"Al principio de todo, cuando la literatura apenas era un proceso en construcción y, por tanto, cuando todavía no se habían fijado los arquetipos a los que los escritores habrían de agarrarse durante los siglos posteriores, Homero esbozó dos modelos de virilidad. Uno lo encarnaba Héctor, el héroe que escuchaba a las mujeres; otro, Aquiles, el guerrero que se adoraba a sí mismo. En una de las escenas más conmovedoras de la Ilíada, el primero se acerca al hijo que Andrómaca le ha dado y lo observa en silencio. Lógicamente, el niño se asusta ante la armadura que asoma por el cielo de su cuna y rompe a llorar, reacción que incita al padre a sacarse el casco, mostrar su rostro desnudo y, cogiendo al bebé con ambas manos, elevarlo por encima de su cabeza para rogar a los dioses que lo conviertan en un hombre más justo y más valiente que él. Como comenta Luigi Zoja en su ensayo El gesto de Héctor (Taurus), esta acción supuso una revolución en la época, ya que, hasta ese momento, los padres veían a sus hijos como seres inferiores, fardos que debían arrastrar durante años, molestias que las mujeres traían al mundo sin que nadie se lo hubiera pedido.
Héctor fue el primer héroe que antepuso el bienestar de su descendiente al suyo propio, convirtiéndose de este modo en el paradigma del hombre tierno, protector e inteligente. Pero ese modelo de masculinidad apenas habría de durar unas escenas. Porque, algunas estrofas después, Aquiles se enfrenta al príncipe en combate y no sólo lo derrite clavándole una lanza en el cuello, sino que además ata su cadáver a un carruaje y los arrastra por la arena ante la mirada atónita de los troyanos. Es el triunfo del hombre violento sobre el hombre sensible. Del puño sobre la caricia. De lo masculino sobre lo femenino.
Homero marcó el camino –los héroes serán agresivos o no serán– y los escritores posteriores siguieron la senda marcada por el padre. Aquiles representa la virilidad que continúa apareciendo en la épica contemporánea, y aunque algunos autores han tratado de ensalzar a Héctor, la literatura sobre la masculinidad sigue empeñada en dibujar al héroe como un hombre dotado de tres características: coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad." Álvaro Colomer
En este recomendable artículo de Álvaro Colomer publicado en junio de 2018, se hace referencia a dos de los personajes más destacados de la Ilíada, Héctor y Aquiles, encarnación de dos arquetipos masculinos casi antagónicos. En este recorrido por la huella de la paternidad en la literatura arrancaremos de la otra gran obra de Homero, la Odisea, marcada desde su arranque por la figura del padre ausente. Pero antes queremos preguntaros por las relaciones que con sus padres o sus hijos mantuvieron algunos de los personajes que aquí os presentamos.
Diez años duró la guerra de Troya. Ulises, uno de los pocos héroes que logró sobrevirla, inició entonces su camino de regerso a su Ítaca natal, donde habían quedado su esposa Penélope y su hijito Telémaco. Pero este camino de regreso -esta larga odisea- había de ocuparle otros diez años. De esto trata la Odisea.
El canto primero de la obra nos situa en Ítaca, en un palacio tomado por un sinfín de pretendientes que instan a Penélope a tomar nuevo esposo en ausencia de Ulises, al que muchos dan por muerto. La diosa Atenea, disfrazada de mendigo, insta a Telémaco, ya muchacho, a salir en busca de su padre.
178 Respondió Atenea, la deidad de los ojos de lechuza: —De todo esto voy a informarte circunstanciadamente. [...] Vine porque me aseguraron que tu padre estaba de vuelta en la población, mas sin duda lo impiden las deidades, poniendo obstáculos a su retorno; que el divinal Odiseo no desapareció aún de la tierra, pues vive y está detenido en el vasto ponto, en una isla que surge entre las olas, desde que cayó en poder de hombres crueles y salvajes que lo retienen a su despecho. Voy ahora a predecir lo que ha de suceder, según los dioses me lo inspiran en el ánimo y yo creo que ha de verificarse porque no soy adivino ni hábil intérprete de sueños: aquel no estará largo tiempo fuera de su patria, aunque lo sujeten férreos vínculos; antes hallará algún medio para volver, ya que es ingenioso en sumo grado.
206 Mas, ¡ea! habla y dime con sinceridad si eres el hijo del propio Odiseo. Eres pintiparado a él así en la cabeza como en los bellos ojos; y bien lo recuerdo, pues nos reuníamos a menudo antes de que se embarcara para Troya, adonde fueron los príncipes argivos en las cóncavas naves. Desde entonces ni yo he visto a Odiseo ni él a mi.
213 Contestóle el prudente Telémaco: —Voy a hablarte oh huésped, con gran sinceridad. Mi madre afirma que soy hijo de aquél, y no sé más; que nadie consiguió conocer por sí su propio linaje. ¡Ojalá que fuera vástago de un hombre dichoso que envejeciese en su casa, rodeado de sus riquezas!; mas ahora dicen que desciendo, ya que me lo preguntas, del más infeliz de los mortales hombres.
221 Replicóle Atenea, la deidad de ojos de lechuza: —Los dioses no deben de haber dispuesto que tu linaje sea oscuro, cuando Penelopea te ha parido cual eres. Mas, ea, habla y dime con franqueza: ¿Qué comida, qué reunión es esta y qué necesidad tienes de darla? ¿Se celebra convite o casamiento? que no nos hallamos evidentemente en un festín a escote. Paréceme que los que comen en el palacio con tal arrogancia ultrajan a alguien; pues cualquier hombre sensato se indignaría al presenciar sus muchas torpezas.
230 Contestóle el prudente Telémaco: —¡Huésped! Ya que tales cosas preguntas e inquieres, sabe que esta casa hubo de ser opulenta y respetada en cuanto aquel varón permaneció en el pueblo. Mudóse después la voluntad de los dioses, quienes, maquinando males, han hecho de Odiseo el más ignorado de todos los hombres; que yo no me afligiera de tal suerte si acabara la vida entre sus compañeros en el país de Troya o en brazos de sus amigos luego que terminó la guerra, pues entonces todos los aqueos le habrían erigido un túmulo y hubiese dejado a su hijo una gloria inmensa. Ahora desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías; su muerte fue oculta e ignota; y tan sólo me dejó pesares y llanto. Y no me lamento y gimo únicamente por él, pues los dioses me han enviado otras funestas calamidades. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Itaca, todos pretenden a mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las odiosas nupcias ni sabe poner fin a tales cosas, y aquellos comen y agotan mi hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo.
252 Contestóle Atenea muy indignada: —¡Oh dioses! ¡Qué falta no te hace el ausente Odiseo, para que ponga las manos en los desvergonzados pretendientes! Si volviera y se mostrara ante el portal de esta casa, con su yelmo, su escudo y sus dos lanzas, como la primera vez que le vi en la mía, bebiendo y recreándose, cuando volvió de Efira, del palacio de Ilo Mermérida -allá fue Odiseo en su velera nave por un veneno mortal con que pudiese teñir las broncíneas flechas; pero Ilo, temeroso de los sempiternos dioses, no se lo procuró y entregóselo mi padre, que le quería muchísimo-, si, pues, mostrándose tal, se encontrara Odiseo con los pretendientes, fuera corta la vida de éstos y bien amargas sus nupcias. Mas está puesto en manos de los dioses si ha de volver y tomar venganza en su palacio, y te exhorto a que desde luego medites como arrojarás de aquí a Ios pretendientes. Ea, óyeme, si te place, y presta atención a mis palabras. Mañana convoca en el ágora a los héroes aqueos, háblales a todos y sean testigos las propias deidades. Intima a los pretendientes que se separen, yéndose a sus casas; y si a tu madre el ánimo le mueve a casarse, vuelve al palacio de su muy poderoso padre y allí dispondrán las nupcias y le aparejarán una dote tan cuantiosa como debe llevar una hija amada. También a ti te daré un prudente consejo, por si te decidieras a seguirlo: Apresta la mejor embarcación que hallares, con veinte remeros; ve a preguntar por tu padre, cuya ausencia se hace ya tan larga, y quizá algún mortal te hablará del mismo o llegará a tus oídos la fama que procede de Zeus y es la que más difunde la gloria de los hombres. Trasládate primeramente a Pilos e interroga al divinal Néstor; y desde allí ve a Esparta, al rubio Menelao, que ha llegado el potrero de los argivos de broncíneas corazas. Si oyeres decir que tu padre vive y ha de volver, súfrelo todo un año más, aunque estés afligido; pero si te participaren que ha muerto y ya no existe, retorna sin dilación a la patria, erígele un túmulo, hazle las muchas exequias que se le deben, y búscale a tu madre un esposo. Y así que hayas ejecutado y llevado a cumplimiento todas estas cosas, medita en tu mente y en tu corazón cómo matarás a los pretendientes en tu palacio: si con dolo o a la descubierta; porque es preciso que no andes en niñerías, que ya no tienes edad para ello. ¿Por ventura no sabes cuánta gloria ha ganado ante los hombres el divinal Orestes desde que hizo perecer al matador de su padre, al doloso Egisto, que le había muerto a su ilustre progenitor? También tú, amigo, ya que veo que eres gallardo y de elevada estatura, sé fuerte para que los venideros te elogien. Y yo me voy hacia la velera nave y los amigos, que ya deben de estar cansados de esperarme. Cuida de hacer cuanto te dije y acuérdate de mis consejos.
¿Proponer aquí un ejercicio de escritura, actualizando el texto a nuestros días?