El acto de conocer siempre implica la relación entre dos polos, el objetivo (el objeto que es conocido) y el subjetivo (el sujeto que conoce). Será ahí donde situaremos nuestra definición (o definiciones) de “verdad”.
Hemos visto que el conocimiento tiene lugar en las representaciones simbólicas que un sujeto posee acerca de un objeto, y que se expresan en juicios o razonamientos. La verdad deberá ser algún tipo de propiedad de nuestras representaciones en su relación con los objetos, propiedad que debe poder ser captada por cualquier sujeto.
Tenemos, por tanto, el siguiente esquema:
La verdad se encuentra, pues, en el centro de una relación entre sujeto-representación-objeto. Dependiendo de cómo entendamos que la verdad se relaciona con esos elementos tendríamos las siguientes teorías, representadas esquemáticamente:
Veamos con detenimiento esas distintas concepciones:
La verdad como coherencia se circunscribe al ámbito de las ciencias formales. Dicha concepción sugiere que, un enunciado es verdadero cuando no encierra ninguna contradicción consigo mismo ni con ningún otro enunciado del mismo sistema, que haya sido aceptado como verdadero.
En este caso la verdad está relacionada con las relaciones de coherencia que se establecen entre ellas. Por ejemplo, cuando un matemático dice que es verdad que "el número 3 es entero y primo", dadas ciertas definiciones de número entero y número primo, quiere decir que el enunciado "el número 3 es entero y primo" es coherente con nuestras definiciones de número entero y número primo.
En la verdad como éxito el criterio utilizado, desde el punto de vista práctico, para afirmar que una doctrina o teoría es verdadera es su éxito. El principal valedor de esta concepción de la verdad fue William James (1842-1910).
En este caso, la verdad no se relaciona especialmente con el sujeto, las representaciones o los objetos, sino con la incidencia social, política o económica de nuestros conocimientos. Por ejemplo, una teoría sobre el SIDA es verdadera si, aplicando dicha teoría, podemos curar la enfermedad. O si podemos predecir con éxito quién, en determinadas circunstancias, enfermará o no.