Los que recopilo
Los que recopilo
ORIÓN Y SIRIO
En las noches claras, la tribu Chinook, en el sudeste de Washington, alzaba la vista hacia Orión. Allí, entre las estrellas, veían una gran canoa en su cinturón y una más pequeña en la espada del cazador. Ambas surcaban el inmenso río de la Vía Láctea, compitiendo por atrapar un salmón de luz.
La gran canoa avanzaba con fuerza, pero la pequeña, ligera y constante, se dejó guiar por el brillo de las estrellas. Por eso ganó la carrera, y al recoger su presa, el salmón ascendió al cielo, transformándose en Sirio, la estrella más brillante de la noche.
LA OSA MAYOR
Bajo el inmenso cielo del norte, los musquakie contaban una historia cuando las noches se alargaban y el aire olía a hojas secas. Decían que, allí en lo alto, una osa huía sin descanso de tres perros incansables. Su cuerpo se adivinaba en el gran cazo del cielo, y su aliento helado se mezclaba con las luces titilantes del firmamento.
Los tres perros que corrían tras ella —grandes, veloces, con ojos de fuego— se podían ver en las tres estrellas que formaban el asa del cazo. Situada en medio de ellas, la más débil era un cachorro al que protegían y llamaban Agárrate fuerte, y que nosotros conocemos como Alcor.
Una noche de otoño, cuando la gran osa estaba más cerca de la Tierra, una flecha perdida la alcanzó. La herida se abrió en su costado y su sangre cayó lentamente sobre el mundo. Las gotas se posaron sobre los árboles dormidos, tiñendo sus hojas de rojo y marrón. Desde entonces —decían los ancianos— el bosque se viste de esos colores cada otoño, recordando el paso de la gran cacería celestial.
Y todavía, cuando el viento sopla entre las ramas y el cielo se inclina hacia el horizonte, parece oírse el jadeo lejano de los perros y el lamento suave de la osa que nunca deja de huir.
LA CORONA BOREAL Y HÉRCULES
En las vastas llanuras del norte, donde el viento canta entre las hierbas altas y las noches son un manto de fuego y hielo, la tribu de los Pies Negros levantaba la vista hacia el cielo en busca de señales. Allí, entre las estrellas, habitaba el dios Araña, aquel que tejía los destinos del mundo con hilos de luz.
Decían los ancianos que en la Corona Boreal brillaban sus ojos, siempre atentos, siempre deseosos de tocar la Tierra que tanto amaba. Pero entre él y el mundo de los hombres se extendía el abismo del cielo, un vacío imposible de cruzar.
Así, cada verano, el dios Araña comenzaba su labor sagrada. En la constelación de Hércules, los Pies Negros veían la gran telaraña que tejía con paciencia infinita. Día tras día, entre las sombras de las estrellas, el dios lanzaba sus hilos de plata, trepando por la Vía Láctea, su sendero de sueños y polvo celeste.
Cuando las luces del norte danzaban sobre las praderas, decían que era el momento en que el dios casi alcanzaba la Tierra, rozando sus montañas con la punta de sus patas luminosas. Pero el amanecer, celoso guardián de los hombres, rompía su obra cada vez.
Y entonces, el dios Araña volvía a empezar, año tras año, tejiendo en el cielo la eterna esperanza de un amor que jamás podría alcanzar.
EL CISNE Y LA VÍA LÁCTEA
Hace mucho, mucho tiempo, cuando los animales aún hablaban con las estrellas, vivía un gran oso pardo en las montañas donde habitaba la tribu shoshoni.
Era un oso curioso y valiente, que soñaba con cazar en el cielo, donde brillaban luces misteriosas que él creía eran aves doradas.
Una noche, el oso decidió escalar la montaña más alta. Subió y subió sin descansar, y mientras lo hacía, la nieve se pegaba a sus patas y el hielo brillaba en sus garras. Cuando al fin llegó tan alto que tocó el cielo, comenzó a caminar entre las estrellas.
Con cada paso, caían pequeños trocitos de hielo que se quedaron flotando y formaron un gran camino brillante en el firmamento. Desde entonces, los shoshoni decían que esa luz que cruza la noche, la Vía Láctea, es el sendero que el oso dejó al subir al cielo.
Y cuando miraban las estrellas, veían que el oso aún seguía allí, descansando después de su larga escalada… lo reconocen en la constelación del Cisne, que para ellos no es un ave, sino el gran oso del cielo.
LAS PLÉYADES Y LAS HÍADES
Cuentan los abuelos que, cuando el mundo era joven y los ríos aún cantaban, vivían en un valle seis mujeres hermosas y alegres: las Pléyades. Eran curiosas, risueñas y algo traviesas.
Un día, mientras buscaban hierbas por el monte, hallaron unas cebollas silvestres, gordas y brillantes como lunas pequeñas.
—¡Miren qué lindas! —dijo una.
—¡Y qué aroma! —dijo otra.
Las cogieron y se las comieron con gusto. Pero ay… el olor que dejaron fue tan fuerte que ni los grillos quisieron seguir cantando.
Cuando regresaron a casa, sus maridos —los sátiros del bosque, conocidos como las Híades— las olieron desde lejos y casi se caen de espaldas.
—¡Por los cuernos de Pan! —bufaron—. ¡Con ese aliento ni el viento se atreve a entrar!
Y furiosos, las echaron de sus chozas, golpeando el suelo con los cascos.
Las pobres Pléyades, tristes y avergonzadas, subieron al monte más alto, donde el cielo toca la tierra. Allí pidieron un refugio donde nadie las despreciara.
El cielo, que tiene corazón grande y oído fino, las tomó de la mano y las levantó despacito hasta convertirlas en estrellas. Y desde entonces brillan juntas, limpias y felices, en lo más alto del firmamento.
Cuando los sátiros las vieron, corrieron detrás de ellas, llenos de remordimiento.
Pero el cielo, sabio y justo, solo los dejó subir un poco más, y allí quedaron, mirándolas desde lejos.
Dicen los viejos que, cuando las Híades lloran por sus mujeres perdidas, sus lágrimas caen en la tierra como lluvia. Y cada vez que el cielo llora y las Pléyades titilan alegres, el viento murmura entre los árboles:
—Fue por unas cebollas… y un amor que llegó tarde.