proyecto individual de Carolina Barrera
La idea de paisaje se ha hecho y rehecho millones de veces en la historia de la humanidad, quizá la misma cantidad en que el bordado ha entablado una relación cercana con lo humano. Codependientes, corresponsales, las manos han querido mesurar la dimensión del mundo a partir de sus alcances antropométricos y a través de la invención de las herramientas y las técnicas para alcanzar a representar su dimensión y su naturaleza. El paisaje se desenvuelve salvajemente y el bordado le persigue en fuga resonándolo en cierta clave de eternidad suspendida, pausada sobre el paño que le da soporte.
Carolina Barrera hilvana su personal relación de elementos para extender su narrativa lineal y continua hacia la complejidad de objetivación aprehensible de la escena que pugna por no manifestarse, pero que cede en su abstracción como un observatorio que va de lo molecular - científico a lo geográfico - cartografiado.
La exhibición propone el recorrido de un soneto mudo, incluso en la visión contundente del enunciado tejido en una prenda pareciera cálida y reconfortante. Pienso mucho en la música atmosférica y mínima, en el trance mántrico armonizando la pinza de los dedos con el percutor que es la aguja, el acto de penetrar una lámina de algodón industrialmente lograda (a sabiendas de lo que significa la planta y el plantío del algodón), y la línea enrollada en un carrete que contiene los metros y metros de dibujo en potencia. Carolina acompasa todos los factores y los convierte en espacios contenedores, epítomes de la infinitud que ha elegido fragmentar, dentro de cierto jardín salvaje, regalándonos ventanas.
Fernando Carabajal