proyecto individual de Roberto García Hernández
Calidad es hacer lo correcto cuando nadie está observando
Henry Ford
Tengo que empezar diciendo algo: ya no soporto los textos de sala, ni siquiera un poco, incluso si alguna vez los creí parte esencial de la experiencia del arte. Sin embargo, en esta ocasión me pareció pertinente incluir éste, no para anteponer mis intenciones (esta vez no las hay), sino a manera de anécdota que ubique estos dibujos, de dónde salieron y por qué están aquí ahora. Así que, por favor, mantente conmigo.
Produje estas quinientas piezas sobre papel entre enero de 2009 y octubre de 2010, periodo en el que comenzaba a darle forma al proceso de trabajo que adoptaría en los años siguientes, construido a empellones a partir de mi entendimiento, fragmentario y de oídas, de un legado posconceptual al que, como tantos otros artistas, deseaba adscribirme decididamente. No obstante, en el corazón de aquel proceso yacía una sensibilidad afectada que buscaba apuntar hacia sí misma en círculos cada vez más cerrados. Es decir, un quebradero de cabeza que me llevaba a dedicar la mayor parte del tiempo a pensar en cómo estructurar una idea y el resto, como en un gesto apenas necesario, a su ejecución material.
Estos dibujos, como es evidente a simple vista, no pertenecen a dicha genealogía que, por neurótica, eventualmente resultaba cansada, al grado que por cortas temporadas, extrañando la simple labor de escritorio, me encerraba a hacer estas obras que no exigían más que el elemental y desvergonzado forcejeo con el papel en blanco y así continuaba hasta despachar por completo el fajo de láminas que previamente había preparado y que siempre creía que sería el último. Estos escapismos me representaron, dicho de la manera más llana posible, un descanso de lo que yo consideraba mi trabajo “en serio”, libre de penosos arrebatos expresivos, de manera que, cada vez con más frecuencia, volvía a ellos, que no hacían sino multiplicarse.
Si bien lo que animó en un principio a estos devaneos formales fue el collage y algunos remanentes agonizantes de mi formación como pintor, muy pronto el dibujo tomó el control, más específicamente en la forma de caricaturas y diagramas, además, por supuesto, de una cantidad inusitada de escritura que incluso me llevó a planear un performance demencial que no vio la luz. Descontando esa fugaz intención de llevar el fardo de dibujos a terrenos más "contemporáneos", siempre consideré que no debían exhibirse ni los mostré a nadie. Eran un ejercicio privado que, por un lado, serviría en la aparición de algunos temas que desarrollaría después, por ejemplo, gran parte del proyecto Ideas para escultura de 2011. Pero también eran el desfogue en bruto de una serie de referencias sobreconsultadas en un espacio demasiado hermético. En resumen, que era impresentable, y me parecía que descansaba mejor a la sombra.
A la fecha, al rebuscado proceso bajo el que he trabajado los últimos años, responsable del destierro de este medio millar de dibujos, todavía lo reconozco como propio, aun si hoy me encuentro buscando la manera de apartarme de él. De ahí la decisión de presentar, más de una década después, un proyecto marginal como No quiero comunicación, quiero un hoyo en la tierra, pues quizá algunas pistas de un posible proceso futuro se encuentren en el pasado.
Roberto García Hernández