proyecto individual de Claudia Luna
Dicen los que saben que tanto monumentos como otros caprichos del urbanismo nos son impuestos, que cuerpos de notables colegiados deberían dilucidar en nombre de la ciudadanía lo que fuese más conveniente para nuestro bienestar estético. En lo que la igualmente caprichosa propuesta sucede, nuestros gobernantes pueblan la urbe con mazacotes condicionando el transitar en ella, imposiciones de unos objetos cuyo nombre inclusive desconocemos. Por lo menos deberíamos tener la oportunidad de nominalizar nuestro oprobio.
Un bolardo es en escencia uno de esos pilares bajos que delimitan el tránsito en las calles, sin embargo su forma no necesariamente debe ser tubular, esta responde nuevamente al albedrío de sus creadores. Seguramente su estructura responderá algún tipo de consideración utilitaria que desconocemos, pero lo que nos compete, la forma, es la materia con la que Claudia Luna (CDMX, 1988) crea su escultura abstracta que reclama su derecho a la franca futilidad.
Porque si uno ha de contribuir a las cientos de maneras que encuentran gobernantes, arquitectos, urbanistas y los notables académicos de dichas disciplinas para montarle estorbos a las ciudades que vivimos, habrá que hacerlo con auténtica dicha, recreándose en formas puras y colores vibrantes que por lo menos nos arrebaten la sonrisa como lo hacen los bellos volúmenes inútiles de Luna, quien presenta en Álamos un nutrido cuerpo de obra que incluye una pieza desarrollada ex profeso para la galería, la cual mutará a lo largo de su residencia, prolongando así este ciclo de caprichos impositivos nada más porqué sí, pues a diferencia de quienes tienen injerencia sobre el devenir de las ciudades, Claudia no obliga nada a nadie, salvo la sorpresa de encontrarse repentinamente entre bolardos y monolitos.
Carlos De La O