proyecto individual de Wladymir Bernechea dentro del ciclo Fábulas de fantasmas, dos shows individuales entrelazados.
Wladymir no recibe muy gustoso la observación de que los personajes que pueblan sus lienzos se parecen a los monstruos de las entregas de la clásica saga de videojuegos Silent Hill. Puede que le asista la razón, la monstruosidad de sus criaturas posiblemente emana de una belleza intuida, pues sus rostros cercenados han sido sustituidos no solo por prismas geométricos sino por la ausencia misma; caso contrario del Pyramid Head, de presencia oxidada y grotesca. Para el infortunio de la narrativa personal de Bernechea, se complica no establecer la relación entre el juego de video y sus protagonistas cuando se sabe que es un conocedor erudito de la cultura popular japonesa. Es algo que a primera vista se percibe aún en su reticencia a la comparación.
Sin embargo, para ahondar en la investigación pictórica del chileno será mejor tomar como punto de partida la fascinación que ejerce en él desde su etapa formativa, el encuentro con Composición Suprematista: Blanco sobre blanco (Супрематическая композиция: белый на белом) del pintor ruso (nacido en lo que actualmente conocemos como Ucrania), Kasimir Malevich. Inspirado por esta, retrata blancuzcas tonalidades en planos pictóricos imposibles que transmiten una sensación general de inestabilidad. Juegos de perspectivas indómitas y personajes que crean la atmósfera inquietante en sus lienzos. Otra neblina pictórica que puede remitir al pueblo maldito de Silent Hill, quizá -sic-.
En estos, no caben las preguntas sobre las leyes de la física a las que se apegan sus drapeados, la lógica que persiguen los puntos de fuga de sus espacios o la refracción de la luz sobre esas superficies, a veces tersas como el terciopelo, en ocasiones tan rígidas como esa dura materia blanca de la que suponemos se construyen los sólidos prismas que en ocasiones juegan el papel de musa para Bernechea; a los que fetichiza casi tanto como a sus decapitadas damiselas a quienes viste de arquetipos cosplayeros, ya sea con los primorosos volúmenes de un intrincado vestido -inspirado seguramente en algún personaje de un manga para conocedores-, o simplemente con el clásico estilo de colegiala que tanto gusta y emociona lo mismo en Japón que en occidente.
Aún así con toda esa vasta referencialidad bullendo en cada recoveco de su obra, Wladymir impone a sus escenas un estoico silencio contemplativo. Intentar reconocer narrativa alguna en su pintura es jugar el juego de los necios. Al negarle a sus personajes la capacidad del gesto, corrobora su compromiso con la nada, esa en la que flotan como espíritus errantes los afiches de Akira, las ilógicas luces de una ratonera triangular, el espíritu de Yoshitomo Nara y los espectros ataviados al estilo del surrealismo mexicano -¿quién sabe? A lo mejor Bernechea hace eco de Varo o Carrington por osmosis-. Canciones mudas de complejas melodías que se vuelven ruido blanco en su espesura, aún con sus féminas desafiando los límites bidimensionales del lienzo.
Carlos De La O