Grupo N°8
Blas Benavides P - Tiare González V - Catalina Romero E.
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¿Ciudadanos de papel o de aula? El desafío de que la Formación Ciudadana no se quede en el papel
La promulgación de la Ley 20.911 en 2016 y la creación del Plan de Formación Ciudadana (PFC) fue la forma en que el Estado chileno respondió a la necesidad de fortalecer la democracia desde los establecimientos educacionales. Su objetivo es alejarse de lo memorístico y acercarse a lo práctico y participativo, promoviendo en los estudiantes el conocimiento de sus derechos y deberes, la valoración de la diversidad y la participación activa en la vida pública. Sin embargo, el conversatorio “Formación Ciudadana en Chile 2016-2036”, dejó en evidencia que esta tarea está lejos de ser un asunto zanjado. La irrupción de las redes sociales, la polarización política y los cambios culturales que han caracterizado a la sociedad pospandémica han convertido la Formación Ciudadana en un desafío vivo y urgente. En este contexto, consideramos que el verdadero problema no radica en la falta de normativas, sino en que la Formación Ciudadana corre el riesgo de convertirse en una obligación burocrática, cuando debería consolidarse como una auténtica política de Estado capaz de fortalecer la convivencia democrática y la participación efectiva de las nuevas generaciones.
Uno de los aspectos más relevantes planteados por los expertos durante el conversatorio fue la progresiva erosión del espacio escolar como un entorno propicio para la enseñanza y la implementación efectiva del Plan de Formación Ciudadana. En este sentido, el académico Cristián Cox destacó el quiebre de la alianza entre apoderados y docentes, lo que ha tendido a depositar la responsabilidad educativa principalmente en el profesorado. Asimismo, advirtió la existencia de un “currículum nulo”, es decir, la ausencia de contenidos esenciales para la vida democrática, tales como el sufragio, la representación, la deliberación democrática y la capacidad de negociación y construcción de acuerdos. Por su parte, Rodrigo Mayorga señaló que, en numerosos establecimientos, los Planes de Formación Ciudadana terminan reducidos a documentos elaborados para cumplir exigencias administrativas, sin contar con un acompañamiento pedagógico situado y suficiente. Coincidimos con las preocupaciones expresadas por ambos especialistas, pues sus observaciones evidencian que el desafío de formar ciudadanos no puede recaer únicamente en la existencia de una normativa, sino que exige el compromiso y la participación activa de las escuelas, sus equipos educativos, las familias y la comunidad en general.
A pesar de la importancia otorgada por el MINEDUC al Plan de Formación Ciudadana y de los recursos elaborados para su implementación, la realidad cotidiana del sistema escolar evidencia una contradicción. Mientras se destaca la relevancia de la participación y el pensamiento crítico, continúa privilegiándose el rendimiento académico y las calificaciones por sobre el diálogo, la empatía y la resolución de conflictos. Esta priorización reduce los espacios destinados al aprendizaje de prácticas democráticas y provoca que muchos jóvenes desarrollen su participación principalmente a través de las redes sociales, ejerciendo una ciudadanía digital que, en numerosas ocasiones, carece de una orientación institucional que favorezca un uso responsable y reflexivo. En lugar de promover una convivencia democrática basada en el respeto y la deliberación, las escuelas corren el riesgo de reproducir una lógica centrada en la competencia y el cumplimiento de metas académicas. Desde nuestra perspectiva, existe el peligro de formar estudiantes capaces de memorizar conceptos vinculados con la educación cívica y la formación ciudadana, pero con escasas oportunidades para ejercer una ciudadanía activa, crítica y responsable.
A nuestro juicio, el desafío actual no pasa únicamente por discutir si la educación cívica debe privilegiarse por sobre la Formación Ciudadana, sino por reflexionar sobre las condiciones que hacen posible una implementación funcional. Ninguna política educativa logra sus objetivos cuando los planes y documentos que la sustentan son vistos como un requisito que cumplir y no como una oportunidad para enriquecer los procesos de aprendizaje. La formación de los estudiantes requiere del compromiso de todos los actores vinculados a la escuela: profesores, equipos directivos, familias y comunidades educativas. Cuando alguno de estos pilares se debilita, las consecuencias terminan proyectándose más allá de las aulas y se reflejan en la manera en que las nuevas generaciones comprenden y ejercen la ciudadanía.
A nuestro juicio, el desafío actual no pasa únicamente por discutir si la educación cívica debe privilegiarse por sobre la Formación Ciudadana, sino por reflexionar sobre las condiciones que hacen posible una implementación funcional. Ninguna política educativa logra sus objetivos cuando los planes y documentos que la sustentan son vistos como un requisito que cumplir y no como una oportunidad para enriquecer los procesos de aprendizaje. La formación de los estudiantes requiere del compromiso de todos los actores vinculados a la escuela: profesores, equipos directivos, familias y comunidades educativas. Cuando alguno de estos pilares se debilita, las consecuencias terminan proyectándose más allá de las aulas y se reflejan en la manera en que las nuevas generaciones comprenden y ejercen la ciudadanía.
Si las escuelas siguen relegando estos aprendizajes y las familias se mantienen al margen de la tarea educativa, no debería sorprendernos encontrarnos con una ciudadanía cada vez más frágil y una democracia más distante de las personas. Por el contrario, fortalecer las escuelas como espacios de participación, diálogo y convivencia democrática podría contribuir no sólo al cumplimiento de una ley, sino también a la formación de ciudadanos críticos y comprometidos con el bien común. La pregunta, entonces, no es únicamente qué tipo de educación ciudadana queremos promover, sino si como sociedad estamos realmente dispuestos a asumir las responsabilidades que implica construirla. Después de todo, la democracia que tendrá Chile en 2036 dependerá, en gran medida, de las decisiones que seamos capaces de tomar hoy.