¿Cómo volvemos a rescatar el tesoro de la Formación Ciudadana en Chile?
Isidora Ibáñez, Antonia Tobar, Joaquín Jaque y Renato Navarrete
¿Cómo volvemos a rescatar el tesoro de la Formación Ciudadana en Chile?
Isidora Ibáñez, Antonia Tobar, Joaquín Jaque y Renato Navarrete
El pasado jueves 11 de Junio presenciamos el “Conversatorio Formación Ciudadana en Chile 2016-2036: balance y proyecciones de una agenda en construcción” , organizado por docentes del Instituto de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, donde los panelistas Cristian Cox y Rodrigo Mayorga, especialistas en área, nos presentaron distintas problemáticas que presenta esta dimensión escolar. El tema convocado fue el Plan de Formación Ciudadana, proveniente de la promulgación de la Ley 20.911 en el año 2016.
A una década de la promulgación de esta ley que buscaba reponer la educación democrática en todas las áreas del quehacer educativo, buscamos conocer la realidad actual y su balance. Por un lado, como propuso el panelista Cox, nos enfrentamos a una tremenda mutación sociocultural donde la era digital y la “web en el bolsillo” se enfrentan constantemente a la cultura escolar, los choques hacia la autoridad docente y la pérdida de la relación entre escuela y apoderados es una problemática latente. Por otro lado, presenciamos cómo esta ley ha sufrido constantes alteraciones de los ciclos de gobierno, transformando lo que debía ser el eje articulador del bien común, muchas veces, a un trámite burocrático carente de un acompañamiento territorial sostenido a lo largo de estos diez años.
Al observar este escenario a pasos de asumir definitivamente nuestra labor pedagógica en las aulas, nos surge una gran interrogante ¿cómo logramos presentar el “tesoro” de la educación cívica a nuestros futuros estudiantes cuando el currículum que aún presenta grandes silencios respecto a mecanismos básicos de representación democrática, y ante estudiantes que sus vidas están medidas por la hiperconexión?
En base al conversatorio quedó en evidencia que la Ley 20.911, nace originariamente bajo la premisa de fomentar la probidad y la transparencia frente a las crisis políticas de la época, trazó metas sumamente ambiciosas desde la ética ciudadana. Sin embargo, la realidad expuesta demuestra que a casi diez años de su implementación, pasando por contextos como procesos constituyentes, un estallido social, el auge de la ciudadanía digital y una pandemia, el plan acusa graves discontinuidades operativas.
En lugar de superar la antigua educación cívica mediante un acompañamiento ministerial efectivo, el estudio cuantitativo reveló que las escuelas se enfrentan a una baja capacitación docente y a una profunda inequidad, donde las escasas redes de apoyo surgen únicamente por la iniciativa aislada de cada establecimiento. Ante este desvalimiento estatal, la ansiada Formación Ciudadana terminó estancándose y es concebida hoy por muchas comunidades como un mero trámite burocrático desconectado de las verdaderas necesidades del aula.
Frente a este nuevo sujeto educativo, el currículum oficial sigue presentando grandes y preocupantes silencios respecto a los mecanismos básicos de representación democrática. Según evidenció el estudio cuantitativo, la respuesta del Ministerio se ha limitado a generar documentos orientadores, pero ha fallado estrepitosamente en proveer un acompañamiento pedagógico situado y sistemático. Al dejar a las escuelas a la deriva, el anhelo de trascender la anticuada educación cívica ha fracasado, convirtiendo los planes en un simple trámite burocrático que es incapaz de dialogar con la realidad hiperconectada de los jóvenes. Es precisamente esta desconexión absoluta entre la teoría ministerial y la cruda realidad del aula lo que consolida que nos enfrentamos a una política educativa de carácter puramente simbólico. Se le exige por ley a los colegios fomentar una convivencia democrática robusta e impecable, pero el Estado no inyecta los recursos económicos, no facilita las herramientas materiales, ni otorga los tiempos lectivos necesarios para lograrlo.
El sistema asume de manera persuasiva, que el peso de la implementación debe recaer exclusivamente en las dispares capacidades internas y en la iniciativa voluntariosa de cada recinto educativo, generando con ello una brecha de inequidad insostenible. Bajo este modelo de orfandad institucional, resulta imperativo preguntarnos: ¿cómo se imagina el legislador la evaluación justa de la puesta en acto de esta ley cuando las realidades, las redes y el capital cultural entre un colegio y otro son abismalmente diferentes?.
Mientras desde un sistema burocrático se exige documentación, nos encontramos con aulas habitadas por estudiantes cuyas vidas, identidades y formas de relacionarse están medidas casi en su totalidad por la hiperconexión y la inmediatez de las redes sociales. El currículum oficial sigue presentando silencios ensordecedores respecto a los mecanismos básicos de representación democrática. Las recomendaciones de los expertos en el panel, aunque innegablemente lúcidas y acertadas en su diagnóstico cuantitativo, continúan operando en una esfera de la macropolítica inalcanzable, una arena legislativa e institucional en la cual los docentes no tenemos ni voz ni espacio de incidencia.
En paralelo, si el debate se mantiene atrapado en esas alturas académicas, las escuelas seguirán enfrentando en la más absoluta soledad el titánico desafío de conectar a jóvenes inmersos en sus pantallas con la urgencia de construir una comunidad tangible y solidaria.
Entonces, ¿cómo logramos darle un sentido real y una vitalidad transformadora a esta labor ante tanta adversidad sistémica? La respuesta definitiva no provendrá jamás de un frío decreto ministerial ni de un manual estandarizado, sino de la acción micropolítica y territorial que nosotros mismos ejercemos desde el interior de nuestra propia comunidad educativa.
Como futuros profesores de historia, nuestra principal responsabilidad ética y profesional es asumir un liderazgo activo para subvertir el sentido puramente administrativo con el que nació esta ley. La clave para romper el letargo radica en utilizar nuestras disciplinas, el razonamiento histórico y el debate contingente como herramientas vivas para desarrollar y afinar el pensamiento crítico de nuestros estudiantes. Si el Estado no nos da los recursos, debemos transformar nuestra propia pedagogía en el recurso principal: al promover estrategias desafiantes en el aula que les permitan a los jóvenes cuestionar la desinformación, desarmar los discursos de odio y analizar críticamente su entorno digital hiperconectado, podemos transformar esa misma tecnología que hoy los aísla en un puente directo hacia una participación activa y consciente.
Es en la trinchera cotidiana, en el barro del día a día escolar, donde debemos llenar con voz y contenido los vergonzosos silencios del currículum, aterrizando los lejanos conceptos de representación democrática a las problemáticas locales y urgentes que viven los jóvenes en sus barrios. Solo al arrebatarle el plan a la burocracia de las direcciones escolares para convertirlo en una experiencia pedagógica palpitante y significativa, lograremos consolidar una auténtica Formación Ciudadana, una que sea genuinamente capaz de forjar sujetos políticos preparados para sostener y defender nuestra democracia en medio de las complejidades y tensiones del Chile contemporáneo.
Los y las jóvenes de hoy muestran una disposición participativa mucho mayor, especialmente movilizados por causas como la crisis del medio ambiente. Sin embargo, esta hiperconexión suele vivirse desde la comodidad de una cámara de eco digital, donde las redes sociales nos han acostumbrado a bloquear, silenciar o ignorar a quien piensa distinto con un solo clic. En este escenario de aislamiento virtual, la escuela emerge como el último refugio físico para la fricción social genuina. El aula es, quizás, el único espacio en la vida de un adolescente dónde está obligado a sentarse, dialogar y negociar con un "otro" que sostiene ideas radicalmente diferentes a las suyas. Reducir la educación cívica a un papeleo burocrático o a la memorización estéril de instituciones es desperdiciar este milagro cotidiano.
La verdadera Formación Ciudadana debe concebirse hoy como un acto de resistencia frente a la inmediatez de internet; debe ser el laboratorio vivo donde se ensaya una convivencia democrática real y compleja, basada en mirar a los ojos al compañero. Para que la participación no se limite a un efímero like en una pantalla, nuestro deber docente es inyectar un pensamiento crítico que desestabilice las verdades absolutas de la red, demostrándoles a los jóvenes que la democracia no es una interfaz digital diseñada para darnos la razón, sino un tejido humano que se construye asumiendo el conflicto desde la base misma de nuestro territorio escolar.