Grupo 3
Por Pedro Cisternas, Alondra Martínez, Diego Huerta
Grupo 3
Por Pedro Cisternas, Alondra Martínez, Diego Huerta
Cristián Cox y Rodrigo Mayorga
Desconexión entre la política pública y práctica escolar
¿Qué es la formación ciudadana?
El Plan de Formación Ciudadana (Ley 20.911) nació en 2016 con un propósito claro: que los estudiantes chilenos no solo conocieran sus derechos, sino que aprendieran a defenderlos y a asumir responsabilidades con la sociedad. El día 11 de junio de 2026 se realizó un conversatorio, "Formación Ciudadana en Chile (2016-2036)" el cual dejó en evidencia que esta promesa sigue siendo una asignatura pendiente. Los profesores Cristián Cox y Rodrigo Mayorga, coincidieron en que la ley ha tenido una trayectoria difusa, marcada por cambios de gobierno y una baja prioridad frente a otras urgencias educativas. Pero, el principal obstáculo no sólo recae en esto, sino también en un currículum pobre y desarticulado que deja a los docentes sin herramientas para traducir la formación ciudadana en prácticas concretas dentro del aula.
Desarrollo
Los panelistas del conversatorio fueron contundentes al señalar las carencias del currículum. Cristián Cox mostró cómo las Bases Curriculares de 7° a 2° medio se organizan en un "núcleo cívico-político" y "temas socio-económicos y culturales", pero advirtió que existe un "currículum nulo": dimensiones enteras de la formación ciudadana quedan fuera, como la deliberación, la negociación y la participación activa más allá de lo institucional. Cox señaló que el currículum representa un obstáculo para el abordaje amplio de la dimensión de participación tal como se plantea en la ley 20.911, porque se limita a categorías de la esfera institucional y representativa, dejando fuera la participación ciudadana en su sentido más amplio. En sus propias palabras, el currículum actual subvalora la dimensión cívico-política y no logra articularse con los desafíos contemporáneos. Por su parte, Rodrigo Mayorga agregó que el Ministerio de Educación ha producido documentos de calidad, pero sin un acompañamiento pedagógico que permita a los docentes sortear la vaguedad curricular. El resultado: los Planes de Formación Ciudadana existen formalmente, pero son percibidos como un “trámite administrativo más” que como una herramienta pedagógica efectiva.
Lo que se dijo
Este diagnóstico curricular explica lo que ocurre en las aulas. Si el currículum no define con claridad qué significa formar ciudadanos, si no entrega orientaciones prácticas sobre cómo trabajar la deliberación, el disenso o la participación desde la experiencia escolar cotidiana, ¿cómo se puede exigir a los docentes que lo implementen? La respuesta de los expertos fue clara: no se puede. El currículum actual promete una formación ciudadana integral, pero en la práctica se reduce a contenidos institucionales (elementos tales como: Constitución, separación de poderes, derechos humanos) que, aunque son necesarios, no bastan para desarrollar el pensamiento crítico, la deliberación, o la capacidad de resolver conflictos. La ciudadanía no es memorizar leyes, sino resolver conflictos en la escuela e incluso fuera de esta, pero el currículum no ofrece un camino ideal para hacerlo.
Lo que se acerca a la realidad
Los docentes quedan atrapados entre la exigencia de cumplir con un currículum vago y la realidad de un aula donde la tecnología, la crisis de autoridad y el quiebre de la alianza con los padres dificultan aún más cualquier intento de formación ciudadana significativa. No es que las escuelas no quieran; es que el currículum no les da las herramientas para poder hacerlo, lo que produce una desconexión entre la política administrativa y la realidad de las escuelas.
Se les exige participación, pero se les limita cuando quieren incidir en las decisiones que afectan su vida escolar. Si la democracia se aprende ejerciéndola, entonces la voz estudiantil no puede ser un complemento opcional, sino un elemento central de cualquier proyecto de formación ciudadana. El plan de formación ciudadana corre el riesgo de convertirse en una pedagogía de la obediencia con lenguaje democrático, se enseña a respetar la diversidad, pero no necesariamente a convivir con el disenso, se promueve la participación pero muchas veces en lo superficial, sin ceder realmente espacios de decisión a infancias y adolescentes. Así, la escuela termina diciendo que forma ciudadanía, mientras mantiene intacta una lógica donde el mundo adulto sigue teniendo casi todo el control.
Al final, la pregunta que da título a esta columna sigue abierta: ¿estamos formando ciudadanos o simplemente cumpliendo un requisito? la respuesta también entra en el marco de una educación cívica versus formación ciudadana, lo cual dependerá de nuestra capacidad para transformar la escuela en un espacio donde niñas, niños y adolescentes puedan participar, deliberar y construir comunidad de manera real como parte de una convivencia democrática en donde se puedan formar identidades cara a cara, a través de una educación política que se debería trabajar desde pre-escolar como mencionaba Cristián Cox, porque la ciudadanía no empieza cuando una persona cumple cierta edad, sino cuando aprende desde pequeña a convivir, escuchar, expresar lo que siente, participar con otros y que convivir implica respetar, esperar turnos, cooperar y reconocer a los demás. Porque una democracia sólida no se construye cuando los jóvenes aprenden a obedecer, sino cuando aprenden que su voz tiene valor y que también pueden ser parte de las decisiones que moldean al mundo que habitan. Una educación verdaderamente democrática no forma obediencia, forma conciencia, vínculo y comunidad que se deben practicar desde la infancia. Y esa práctica temprana es la que puede formar personas más autónomas, más críticas y capaces de vivir con otros en una sociedad más justa.