La autoestima es la derivación natural de un sistema de creencias sobre sí mismo (autoconcepto) que es positivo y que se ha aprendido en el hogar y que el niño ha asimilado desde su nacimiento mediante mensajes proactivos ante el reto y resilientes ante la frustración. De la misma manera, cuando es negativo el circuito, el autoconcepto será denigrante y la autoestima, baja.
En cuanto el ser humano evoluciona, elabora procesos de autoevaluación, como una derivación directa de la consciencia personal. Los criterios para esta autoevaluación están fuertemente influenciados por los mensajes paternos, y en segundo lugar por los profesores, que subsidian a los niños con sus propias percepciones y expectativas. Los adultos constantemente añadimos juicios de valor a las conductas que manifiestan los niños y adolescentes hasta que los asumen como parte de su conciencia personal.
En las relaciones familiares se observa la transferencia intergeneracional de patrones de comunicación que se refuerzan por las experiencias repetidas del flujo de energía e información. Cuando los bebés miran a sus padres para saber cómo se sienten y responden, elaboran una referencia social y es un proceso fundamental con el que los niños llegan a regularse a sí mismos y a conocer el mundo.
El ritmo de vida se refiere al tiempo invertido entre la percepción de un estímulo y la respuesta que damos. En la cultura actual se valora exageradamente la rapidez y se le equipara con eficacia; sin embargo, la lentitud de respuesta tiene mucha relación con la reflexión y la mesura para reunir la información necesaria y procesarla con mayor conciencia de causas y efectos. El ritmo de vida normalmente lo condiciona la genética (nacemos rápidos o lentos en nuestras reacciones) aunque es posible modificar el ritmo con trabajo sistemático.
Este factor se refiere a la respuesta emocional interna ante un estímulo externo; tiene componentes genéticos (intensidad personal, temperamento, características neurológicas) que forman el punto de partida para la educación del carácter. Muchos problemas sociales tienen su origen en una emotividad descontrolada y caótica, En el otro extremo, una emotividad débil o disminuida genera apatía, falta de motivación y lejanía social.