Seguro que conocerás casos de boleras recientemente remodeladas con subvenciones públicas en las que apenas nadie juega. En mi opinión es dilapidar el dinero; además, en muchas ocasiones se hace con una más que lamentable falta de estética que no tiene en cuenta el respeto por nuestro patrimonio cultural inmaterial.
Una subvención debería estar vinculada a un programa deportivo concreto y luego rendir cuentas de que realmente se ejecuta de forma correcta.
Ayudar en primer lugar a aquellas boleras que justifiquen que enseñan a los niños sería lo más conveniente. Es necesario potenciar este juego entre los más jóvenes, no solo porque es divertido, sino porque forma parte de nuestra riqueza cultural. Y, si no se sabe cómo hacerlo, ahí están nuestros abuelos, verdaderos transmisores de una cultura ancestral no escrita que debemos intentar preservar.
Óscar Ruiz, junio de 2018.