En tiempos pasados, los bolos eran un negocio importante para los taberneros porque las apuestas de cuartillos de vino eran muy frecuentes. En aquellas ocasiones en que la bolera del pueblo se subastaba al mejor postor, las tabernas solían pujar por quedarse con su explotación. No todo se solía beber en vino. Una cosa es un cuartillo como medida de capacidad (aproximadamente medio litro) y otra es el valor económico que se le pudiera dar. En los años ochenta se solía valorar el cuartillo a una peseta e incluso a 1,25 pesetas (en este último caso, una peseta era para el ganador y 25 céntimos para el tabernero), pero he recogido testimonios de tiempos más antiguos en que el cuartillo se valoraba a un real (es decir a veinticinco céntimos).
De todas formas, lo de apostar dinero se solía perseguir y, a veces, se prohibía expresamente, como se puede apreciar en este documento de 1944, en el que se saca a subasta el juego de bolos de Cidad de Ebro. A veces, en algunos pueblos, el mismo tabernero tenía su propia bolera privada, y aportaba las bolas y bolos para el juego de sus clientes.
Esta imagen, que muestra uno de los juegabolos de Puentedey, propiedad del recientemente cerrado bar de Victorino, es un claro ejemplo. Junto a la cureña se ve a Ángel María Sainz con una bola en la mano, hacia 1950. Dos datos interesantes se pueden apreciar: la cureña era muy estrecha y las bolas eran mucho más pequeñas que las actuales.
Un jugador de Pasabolo Tablón podrá pensar, al ver un solo tablón, que se trata de su juego, pero la presencia del mico le confundirá. En realidad, corresponde al actual juego de Bolos Tres Tablones, pero con una sola cureña, como era habitual en numerosos pueblos de las Merindades. En boleras como esta podías jugar a lo que quisieses: a bolos con el mico, a pasabolos, a mico a calva… Pero siempre tirando desde el cas; es decir, con un solo paso y sin la carrera que habitualmente hacen en Pasabolo Tablón. Al que le tocaba plantar podía escoger entre un amplio abanico de posibilidades, en las que el ingenio y el estudio del rival, eran puestos a prueba. Por eso, yo siempre insisto en que las partidas libres son lo más divertido de los bolos porque, en ellas, vuela la imaginación, mientras que en casi todos los campeonatos se tiende a cortar las alas.
Óscar Ruiz, diciembre de 2018.