Qué difícil resulta hoy en día echar una buena partida de cuatro contra cuatro. Sin embargo, ahora recuerdo, con una sonrisa, cómo el pasado mes de agosto jugamos una verdaderamente buena en Quintanilla del Rebollar. Una de esas partidas de las de antes, en las que te juegas un porrón y pones todos los sentidos. Tuvimos incluso que bramar aquello de «¡Vamos! ¡Niños! ¡Fuera!», como nos decían antes.
Los niños, asombrados, se salían de la bolera. Y es que, no sé si lo sabes, pero en mi pueblo la bolera es su coto privado: allí pasan muchas horas del verano jugando a los bolos, a la sombra de sus espléndidas nogalas. Para ellos, ver una partida de mayores es un acontecimiento extraordinario. Simplemente no están acostumbrados, porque son ellos —los más pequeños— quienes, paradójicamente, mantienen viva esta cultura ancestral.
Si la esencia de los bolos está en las partidas, los campeonatos son también un buen termómetro de su salud en los pueblos. Algunos mantienen sus torneos, creo yo, más por respeto a la tradición que por verdadera vitalidad. En realidad, solo cuatro pueblos de la Merindad de Sotoscueva cuentan hoy con niños y niñas que juegan con cierta asiduidad: Cornejo, Quintanilla del Rebollar, Redondo y La Parte de Sotoscueva.
Donde mejor se aprecia es en el número y en el estilo de los chavales que llevan a los concursos. Se nota la clase. Y no porque sean ni mejores ni peores, sino porque ha habido alguien que se ha tomado la molestia de enseñarles.
En el resto de pueblos, salvo algún caso aislado, los niños solo tiran el día de la fiesta… y ya vale. Hasta el año que viene.
Esta pérdida de la cultura propia, tan evidente en muchos pueblos de la Merindad de Sotoscueva, se aprecia también en la mayoría de municipios de las Merindades. Los niños, sin embargo, no tienen la culpa. Solo necesitan que alguien quiera enseñarles.
Óscar Ruiz, diciembre de 2018.