Fecha de publicación: 09-feb-2011 22:13:15
Corría el año de 1950, yo tenía tan solo cinco años, era el menor de tres hijos y mi padre se dedicaba a la agricultura. Vivíamos en la colonia Carranza, en una humilde casita de madera. Estaba rodeada por árboles frutales y flores que mi madre plantaba.
Nosotros nos manteníamos de las tierras de mi papá. Él sembraba algodón. Como yo era my apegado a él, me contaba y me enseñaba muchas cosas. Me decía que esas tierras eran trabajadas desde los años veinte por mi abuelo.
Siempre que llegábamos a la casa, mi mamá nos regañaba y nos pegaba chanclazos por traer los zapatos sucios. A mí no me gustaba limpiarlos, por eso de vez en cuando me metía por la ventana, me hacía un taco de frijoles y salía otra vez por la ventana. Pero siempre dejaba evidencias, y cuando regresaba por las noches con mi papá, ahí ella me agarraba y me ponía a barrer.
En los años sesenta empezamos a tener problemas de plagas, gusanos que se metían hasta mi cuarto. Mi papá nunca se rajaba, como él decía, y siempre sacábamos la cosecha. Pero a los tres años de las plagas ya no pudo sembrar; según él, no era costeable.
Cuando cumplí once años me sentía soñado, porque teníamos todo lo que queríamos: ampliamos nuestra casa y yo sentía que vivíamos en una mansión. Teníamos carro nuevo, y hasta tractores compramos. Todas las noches mi padre llegaba agotado, pero con una sonrisa que no le cabía en el rostro. Decía que el algodón iba de maravilla, estaba muy feliz por la vida que llevábamos.
En los años sesenta empezamos a tener problemas de plagas, gusanos que se metían hasta mi cuarto. Mi papá nunca se rajaba, como él decía, y siempre sacábamos la cosecha. Pero a los tres años de las plagas ya no pudo sembrar; según él, no era costeable. En ese tiempo sufrió un fuerte golpe en la columna, debido a una caída. Quedó paralítico para siempre.
Cuando yo veía el algodón, cómo iba cayendo todo aquel auge, y veía a mi padre sin poder moverse, me partía el corazón. Y lo único que pude hacer fue tomar su lugar y sacar el rancho adelante. Tuvimos que poner en venta algunas hectáreas, y mi madre vendía comida en la casa de mi tía. Aunque las cosas fueran mal, nunca perdimos la esperanza.
En 1972 mi padre murió, fue una etapa muy difícil en nuestras vidas. A los pocos años me casé, y nacieron después dos hijos varones. Para que mi mamá no estuviera sola, nos fuimos a vivir a su lado. Pero al año siguiente falleció de un infarto.
Actualmente, mi esposa y mis hijos vivimos en la misma casa que me vio crecer, y sigo cultivando la tierra. Es el mayor sueño de mis hijos. Ahora estudian para ser agricultores, cuando antes no se necesitaba.
Tengo 65 años de edad. Sigo sembrando aquel oro blanco.
Segundo grado (2010)