Mariángeles Ovelar Urbieta
Estudiante del Profesorado de Educación Secundaria en Lengua y Literatura - IFD N°9
La novela 1984, publicada por el escritor británico George Orwell en 1949, se posiciona como una de las obras distópicas fundamentales del siglo XX. Fue escrita después de la Segunda Guerra Mundial y en pleno auge de regímenes totalitarios como el fascismo y el estalinismo soviético. La obra capta la ansiedad de la Guerra Fría, el miedo a la tiranía organizada y ofrece una problematización profunda de los mecanismos de poder absoluto.
1984 nos inserta en la oscura nación de Oceanía, un Estado que se encuentra constantemente vigilado por El Gran Hermano, una figura omnipresente que simboliza un control totalitario que no se debe cuestionar. La trama sigue a Winston Smith, un humilde empleado del Partido Exterior que trabaja en el Ministerio de la Verdad (Miniver). Este ministerio, cuyo nombre es una perfecta ironía, no se dedica a preservar hechos, sino a la manipulación constante de la verdad y la información, para ajustarla a las necesidades ideológicas del Partido.
El tema central de esta novela es la destrucción de la individualidad y la supresión de la libertad de pensamiento, porque plantea que a través del control de la información, los medios por los cuales se transmite, la vigilancia, la manipulación del lenguaje, se puede gobernar, controlar y modificar el pensamiento y el actuar de los individuos y gobernados. A través de la vigilancia se mantiene a los individuos “observados” y por esto controlados, ya que al ser conscientes de la situación, modifican sus acciones.
Al controlar la información que se comparte -y en la novela, modificar los archivos históricos- se logra que el pueblo sepa sólo lo que los dirigentes quieren. En este sentido, el lenguaje es una herramienta sumamente importante para el control. La manera en que se habla y se comunica la información puede favorecer a los dirigentes, especialmente si estos poseen un vocabulario al que la mayoría de las personas no pueden acceder (por falta de educación).
Las complejidades del acceso a la información en la era digital.
Los desafíos en la cultura digital se presentan continuamente, pues a través de redes sociales la información viaja velozmente alrededor del mundo, el problema reside en que no todo lo que se comparte es real; circulan noticias falsas, discursos pensados para provocar odio, confusión; y todo esto puede afectar las creencias y el pensamiento de quienes consumen dicha información. Por eso es tan importante la educación en medios digitales, para estimular el pensamiento crítico y poder reconocer la intención de las publicaciones.
Si el Ministerio de la Verdad funcionara hoy como un sitio web, tendría diferentes secciones destinadas a compartir la información. En estas secciones, los usuarios podrían ver sólo lo que se comparte; quienes publican y crean los contenidos podrían ingresar a través de links o hipervínculos, y modificarlo cada vez que fuese necesario. Por ejemplo, si informara sobre los sucesos de la guerra entre Rusia y Ucrania (suponiendo que estemos del lado de Rusia), el artículo incluiría información acerca del motivo del enfrentamiento con hipervínculos que llevarían a sitios que culpen a Ucrania, con “pruebas” como fotos o vídeos. Todos los vínculos llevarían a publicaciones que fomenten el odio hacia Ucrania. Esa organización de la información implicaría que la población acceda sólo a lo que el Ministerio de la Verdad quisiera, sin importar el orden en que los usuarios seleccionen los links.
En el caso de la novela, toda información está manipulada, los usuarios no lo detectan porque desde que recuerdan las cosas son así. Al leer solamente lo que permiten, no tienen la opción de pensar de manera crítica o tener opiniones propias. Por otro lado, la escritura no la realizan los personajes, ellos le dictan a un artefacto que escribe a medida que se la habla (los habla-escribe). El acceso a la información se obtiene a través de instrumentos tecnológicos creados por el gobierno y, por lo tanto, reproducen solo lo que él mismo quiere que el pueblo sepa y consuma. De esta manera, se censura lo contrario a las ideas del Partido y no se permite la libertad de expresión. Un ejemplo de artefactos creados por el gobierno son las telepantallas, que reproducen propaganda partidaria (unitaria) e información adulterada que se corresponde con el “relato oficialista”. Asimismo, en la actualidad, para quienes tienen acceso a internet la información está a un “click” de distancia. Encontramos información oficial, pero también hay libertad de expresión.
La gran diferencia es que no hay control. Con nuestro teléfono celular accedemos a cualquier dato velozmente. De esta manera, cualquier persona puede escribir lo que quiere y cualquier persona puede leerlo. Cómo se replican noticias reales, también se comparten noticias falsas. De la misma forma que se realizan comentarios positivos, también se expresan comentarios negativos y se distribuyen -a veces esto en mayor medida- mensajes de odio. Hace falta mucha educación para que seamos capaces de leer críticamente, y que no puedan manipularnos ni controlar nuestro pensamiento o nuestro accionar.
Para finalizar, George Orwell no sólo fue un adelantado para su época (con la creación de 1984) sino que, también sigue vigente a través de los años. Desde la actualidad en que nos encontramos, analicé cada momento de la historia, y en cada punto pude encontrar la manipulación mental de la sociedad a través de los medios de comunicación y las redes de información: propagandas políticas, para que los individuos se alisten en el ejército, para incitar el consumismos. No importa la época, el lugar ni el color político. Todos pretenden manipular a la ciudadanía para que actúe (o vote) a su favor. ¿Cuál es la solución? ¿De qué manera podemos contrarrestar este ataque silencioso -y a veces no tanto-, no lo sé a ciencia cierta. Sin embargo, creo firmemente que la educación nos hace libres, nos da la capacidad de crear nuestros propios pensamientos, identificar los mensajes positivos y negativos, ser individuos críticos y autónomos. Si somos capaces de leer la información, teniendo en cuenta de donde viene, a quién se dirige y qué pretende de nosotros, seremos imposibles de manipular.
Bibliografía
Orwell, G. (2014). 1984. Lumen.
Nicolás Mileva
Estudiante de 1°B del Profesorado de Educación Secundaria en Lengua y Literatura - IFD N°9
En La Chaco (2016), Juan Solá convierte la herida en palabra. La novela da voz a quienes fueron nombradas desde el margen, haciendo del lenguaje un territorio de resistencia y de identidad. Este trabajo, elaborado en el marco de Estudios Literarios I del Profesorado de Lengua y Literatura (ISFD N°9, ciclo lectivo 2025), aborda la obra desde los aportes teóricos de Mijaíl Bajtín sobre los géneros discursivos y la polifonía, con el fin de analizar cómo las distintas voces que habitan el texto revelan la tensión entre la violencia institucional y la fuerza transformadora de la palabra.
Mijaíl Bajtín entiende que todo enunciado pertenece a un género discursivo, es decir, a una forma relativamente estable de comunicación que surge de cada esfera de la actividad humana (Bajtín, [1982] 2008, p. 248). Según el autor, los géneros discursivos pueden ser primarios, como la conversación espontánea, y secundarios, como la novela o la investigación científica. Los géneros primarios suelen aparecer insertados dentro de los secundarios, ya que la literatura recupera y reelabora formas del habla cotidiana (Bajtín, 2008, p. 252). Además, todo discurso es dialógico, porque responde a otros discursos previos y anticipa posibles respuestas (Bajtín, 2008, p. 254).
Esto implica que La Chaco, al mezclar registros de la oralidad con formas literarias, se convierte en un espacio donde los géneros primarios y secundarios dialogan. La novela de Solá combina el lenguaje poético con expresiones coloquiales, generando un efecto de credibilidad que acerca la ficción a la experiencia real de las travestis y sus entornos marginales.
En La Chaco, el género secundario principal es la narración literaria, que organiza los capítulos y le da forma a la historia de Ximena. Dentro de ella aparecen géneros primarios, como los diálogos entre travestis, los insultos en la calle, las conversaciones con la policía o los comentarios escolares. Esa mezcla aporta realismo y evidencia cómo el lenguaje refleja desigualdades sociales y posiciones de poder. En diferentes pasajes se percibe el modo en que las instituciones nombran a las protagonistas desde un discurso deshumanizador, mientras que entre ellas circula un lenguaje cargado de afecto y complicidad.
Un aspecto clave es la confrontación entre el discurso oficial e institucional y el discurso marginal. El primero se manifiesta en instituciones como la policía, la justicia, la escuela y la medicina, que nombran a la protagonista con su nombre legal masculino, “Sosa Sergio David”, negando su identidad autopercibida. Un ejemplo claro aparece cuando un oficial la interroga: “¿Usted es Sosa, Sergio David?”, y ella responde con firmeza: “¡Ximena me llamo! Ni la Chaco, ni el Sergio, ni el hijo puto de don Sosa. ¡Ximena!” (Solá, 2016, p. 28). En este diálogo se enfrentan dos lenguajes: el de la ley que impone un nombre y el de la protagonista que lo rechaza para reafirmar su identidad.
Las voces de los policías y del padre reproducen el discurso institucional que impone el orden, el control y la corrección moral. Cuando Ximena recuerda a su padre, se observa el peso del patriarcado: “De un lado de la grieta estaba él y del otro lado, su hijo. Su hijo, el más chico. Su hijo, el puto” (Solá, 2016, p. 6). Frente a esas violencias, la voz de Ximena y la de sus compañeras funcionan como réplica y desafío.
En contraste, el discurso marginal aparece en la forma de hablar de las travestis, caracterizado por la jerga, el humor y la ironía, que funcionan como estrategias de resistencia e identidad. En una conversación con Lucy, por ejemplo, se lee: “¿A qué te vas a quedar acá, mamita? ¿A que don Sosa te rompa un hueso uno de estos días? ¡Rajá!” (Solá, 2016, p. 5). Esta voz afectuosa y desafiante marca la complicidad y el compañerismo que se construyen en los márgenes.
La novela también presenta otros registros: el discurso íntimo, vinculado a los recuerdos de Ximena sobre su infancia y la violencia de su padre, donde se entrelazan la vulnerabilidad y el deseo de ser. El discurso poético-literario transforma la crudeza del dolor en belleza, a través de imágenes y metáforas que convierten la herida en expresión estética. Así, los discursos sociales como la pobreza urbana, la prostitución como alternativa laboral, la violencia policial, el sexismo y la transfobia aparecen incorporados no solo como temas, sino como modos de hablar y narrar. La voz de la protagonista construye una mirada crítica que no busca lástima, sino reconocimiento.
Desde una perspectiva feminista, La Chaco muestra cómo los personajes femeninos enfrentan limitaciones impuestas por estructuras patriarcales, reflejando desigualdades de género que atraviesan la vida cotidiana (Pellizzari, 2019). Frente a estas violencias surge la resistencia comunitaria: la amistad y el compañerismo entre travestis construyen redes de apoyo y contención. En ese sentido, la novela no solo denuncia la exclusión, sino que celebra la sororidad como forma de supervivencia y de construcción colectiva de identidad.
En este marco, la obra se caracteriza por su polifonía, entendida como la presencia de múltiples voces en tensión (Bajtín, 2008, p. 259). En la segunda parte, “Crisálida”, la polifonía se vuelve especialmente visible. Allí la narración incorpora las voces de las compañeras, los recuerdos de Ximena y las intervenciones de figuras institucionales. El epígrafe que abre el capítulo cita a Lewis Carroll: “When you have to turn into a chrysalis... and then after that into a butterfly” (“Cuando tenés que convertirte en crisálida… y luego en mariposa”) (Solá, 2016, p. 93), anticipando el proceso de transformación identitaria. Cada voz aporta una perspectiva distinta sobre el cuerpo, la identidad y el deseo. No hay una sola verdad, sino un entramado de discursos que conviven y se contradicen.
Esa convivencia de voces —íntimas, marginales, poéticas e institucionales— materializa la idea bajtiniana de la novela como espacio dialógico. Ninguna voz domina completamente, sino que todas contribuyen al sentido final del texto, revelando las tensiones entre los discursos de poder y las formas de resistencia.
Finalmente, el capítulo “Mariposa” cierra la obra con una escena de transformación: Ximena se reencuentra consigo misma y con su historia. “Abrí el botiquín y agarré las hojitas de afeitar. —¿Vas a desayunar, Sergio? —me preguntó mamá” (Solá, 2016, p. 25). Este diálogo final, entre la voz materna y la interioridad de Ximena, refleja la última metamorfosis: el desprendimiento del nombre impuesto y el nacimiento simbólico de su identidad plena.
En conclusión, La Chaco utiliza géneros discursivos y polifonía para visibilizar realidades marginalizadas y resistencias comunitarias. La intertextualidad con Alicia en el país de las maravillas refuerza el tema de la identidad en transformación, mientras que la perspectiva feminista permite profundizar en las desigualdades de género y la resistencia frente a las estructuras patriarcales. Así, la obra demuestra que el lenguaje no solo nombra el mundo, sino que también puede transformarlo.
Bibliografía
Bajtín, M. ([1982] 2008). “El problema de los géneros discursivos”, en Estética de la creación verbal. México: Siglo XXI.
Carroll, L. ([1865] 2003). Alicia en el país de las maravillas. Buenos Aires: Ediciones del Sur.
Solá, J. (2016). La Chaco. Buenos Aires: Hojas del Sur.
Pellizzari, G. (2019). “La Chaco”. Feminacida.
Daniela Esther Fernández
Estudiante del Profesorado en Enseñanza Primaria - IFD N°9
*Escrito realizado en el marco de cierre de cursada de AEDE como reflexión argumentada de las experiencias del ciclo lectivo.
Entre el año 2024 y 2025, en un periodo de once meses, he transitado el Profesorado de Educación Primaria (PEP) recorriendo los pasillos, escaleras y aulas del IFD N°9 "Paulo Freire" en la Ciudad de Centenario, provincia de Neuquén.
Puedo afirmar que en el instituto se respira un clima siempre especial, un clima de éxtasis total. ¡Ojo! para algunos pícaros: no hablo del estupefaciente, sino más bien del término, del significado profundo de la palabra; ese estado de ánimo elevado de los sentidos. Mis emociones y sentimientos a menudo son interpelados por diversas acciones y cursados, quedando atravesados por innumerables pensamientos preelaborados. Y sí, esto del 'sujeto sujetado'... ¡puf, sí que hay que sujetarse en esta carrera!
Puedo decirles que por momentos fui feliz, en otros sentí enojo, muchísimo enojo, casi ira. En otros, aburrimiento total. La ansiedad me acompaña la mayor parte del tiempo, algo sin dudas para arreglar en mí, pero en ciertos momentos siento miedo. No quiero tener miedo, porque paraliza, porque nos hace hablar sin medir consecuencias. En ese estado de defensa propia, arruinamos la alegría, dañamos nuestra imagen —que tanto cuesta construir— y, peor aún, destrozamos a los demás; hacemos mucho daño. ¡No me gusta tener miedo!
Estamos casi al cierre del año, y surge la propuesta de escribir. Y aquí estoy. Comienza en mí una reflexión sobre los términos teóricos que circulan por estas paredes, pero que poco se profundizan en cuanto a acciones, infraestructura, recursos y demás. Entiendo que muchos estudiantes, docentes y no docentes se harán eco de mis palabras, mientras que otros quizás no, tal vez hasta se ofendan... Pero ahora explicaré eso. Sigamos. Lo peor de todo es que duele cuando te lo dicen y peor duele cuando no. Duele porque aquellos que se han considerado inclusivos, populares, mediadores e interventores muchas veces no lo fueron conmigo, con el alumnado, con el círculo de profesionales mismos, etc. Y viceversa, porque en muchas ocasiones tampoco lo fui yo. Sin embargo, todavía tenemos tiempo para remendar actitudes, para remediar acciones, dichas o no dichas, y sobre todo para enfocarnos en el docente que realmente queremos ser y aún más en ese ser humano que esta sociedad necesita. Ese ser que puede reflexionar sobre sí mismo y cambiar para ser mejor, siempre mejor.
Esta reflexión crítica, que intenta ser constructiva sobre la coherencia entre la teoría y la práctica dentro de la comunidad educativa, surge enfocándose en la importancia de la autocrítica, el perdón y la reconciliación, que creo es lo fundamental para mi vida y mi entorno.
Algo que puntualmente noto dentro de esta comunidad es que debemos reflexionar y considerar a quiénes prestamos nuestros oídos, nuestros ojos, nuestra voz y, principalmente, nuestros corazones, que es lo que más debemos cuidar. Sin dudas, en este tiempo me he dado cuenta de que hay gente buena, amable, respetuosa, considerada, y otros que no, y tampoco les interesa cambiar.
Tal vez yo ofendí muchas veces y pedí disculpas cuando lo noté; quizás todavía no me han perdonado, aún no lo sé. Pero sí me sentí ofendida en varias oportunidades. ¿Saben qué es una ofensa? Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), es la acción y efecto de despreciar o humillar a alguien mediante palabras o acciones; pero también, la ofensa es un término que se refiere a un tipo de trampa o pozo que se utilizaba en la antigüedad para capturar o dañar a los enemigos; se cavaba en el suelo, a menudo disimulado con ramas y hojas, para atrapar a soldados o animales que se acercaban. El pozo de ofensa es una forma de trampa utilizada en la guerra para debilitar o dañar al enemigo. A menudo se combina con otras trampas en su profundidad, como estacas afiladas o huecas rellenas con estiércol, basura o veneno, e incluso alambre de púas, para aumentar su efectividad. Imaginen todas estas cosas en una persona ofendida: cayó en el pozo, se clavó una estaca, ésta se quebró y el veneno o el estiércol comenzó a circular por su sangre. Tampoco olvidemos que la cabeza juega un papel fundamental a través de las maquinaciones, porque muchas veces lo que realmente pasó no fue ni la décima parte de lo que generamos en nuestra mente.
Por ello, es fundamental que todo aquello que sintamos como una ofensa podamos hablarlo y profundizarlo, pero no a modo de rumores ni habladurías tras las puertas, sino directamente con aquellos que produjeron la acción. Como está escrito: "...reconcíliate pronto con tu adversario, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel." (Mateo 5:23-26, Biblia). En otras partes de este libro, parafraseando los escritos, se dice: ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado un hermano. Pero si no, lleva contigo a uno o dos más, para que todo asunto se resuelva mediante el testimonio de dos o tres testigos. Sin embargo, no siempre pasa así porque algunos prefieren tener algo de qué hablar, y aún peor, algo que tergiversar; por ello, es favorable discernir a quiénes sí y a quiénes no.
Llegado a este punto, después de desandar los pasillos del IFD N°9, de sentir la alegría del aprendizaje y la punzada de la frustración y la ofensa, comprendo que el camino de la formación docente es, ante todo, un camino de profunda humanización. Y si somos humanos, errar es de humanos, y pedir perdón también lo es. Hemos aprendido sobre inclusión, sobre pedagogía popular y sobre la necesidad de intervenir en la realidad, pero la verdadera lección se encuentra en la práctica diaria de la coherencia: en la forma en que miramos, escuchamos y tratamos al otro, incluso a aquel que nos ha herido. Es una tarea constante de desaprendizaje de nuestras propias defensas y de reconstrucción de un espacio verdaderamente dialógico. La fragilidad de los vínculos, la tentación de la habladuría y el dolor de la incomprensión nos recuerdan que la educación, antes que un método, es una ética. Es el compromiso de no caer en la trampa de la amargura, sino de levantarnos y tender puentes. Porque, al final, la meta no es solo obtener un título, sino encarnar al ser humano reflexivo y transformador que esta sociedad y, por supuesto, nuestro futuro estudiantado necesita. Por eso, este ciclo de formación solo puede cerrarse con la certeza de que el verdadero proceso educativo nunca termina.