MEDARDO ÀNGEL SILVA
María Jesús
Vuelvo a vosotros –campos de mi tierra– malherido del alma, huyendo al tumulto de la ciudad en que viven los malos hombres que nos hacen desconfiados y las malas mujeres que nos hacen tristes.
En una curva de mi camino detengo el paso doloroso para evocaros, tierra de promisión digna de las dulces cañas de la égloga. A esta hora crepuscular en que os evoco, estaréis, húmedas campiñas olorosas a yerba buena y alfalfa, goteada de rocío preparando vuestras maravillosas escenografías de ocaso, para el rojo drama del poniente: la decapitación del rey solar tras la guillotina de los cerros. Y luego, cuando baja la noche su telón de seda estrellada y huele a mango y tamarindo la brisa suave de plumones de garza, y trasciende su dulzura el chirimoyo y se evaporan los floridos naranjos, tú, solemne campo del anochecer, estarás atento al músico río que habla, con voz enronquecida de cangagua, sibilinas palabras y a la flauta del sapo que estrena, plateado de luna, su levita verde y al violín que rasca el grillo que hospedan los gamalotes y al pito del chaguiz burlón.
Acaso irá, bordeando la vega, un peón que canta una de esas canciones, sencillas y tristes que hablan de amores, de besos, de sangre. Y la voz dulcificada por el viento que arrulla el platanal y rige el cabeceo de las palmas, se hundirá en el silencio nocturno como una queja de pájaro herido y rodará como una lágrima sobre el rostro de la noche azul y dorada...
¡Bendita, verde tierra, que fuiste caricia para mis ojos y reposorio y balsámico aceite para mi corazón! Dame la ingenua paz del espíritu, la santa sencillez del alma, la claridad de tus albas que sonrosan los cielos del color de las mejillas adolescentes, la transparencia de tu río que se enrosca a manera de musculoso brazo y te oprime, besándote. Y que, un día, retorne a ti, cuando esté mi cuerpo maduro para la eterna cosecha, y me lleven a dormir el largo sueño en el herboso cementerio del pueblo; y que de mi carne dolorida brote, después, un ramo alegre de florecillas de los campos, en cuyos cálices beban las gotitas del cielo, las irisadas mariposas campesinas y los agrestes pájaros...