Aquella mañana se presentó con enormes contradicciones para don Alfonso Pereira.
Había dejado en estado irresoluto, al amparo del instinto y de la intuición de las mujeres
—su esposa y su hija—, un problema que él lo llamaba de "honor en peligro". Como de
costumbre en tales situaciones —de donde le era indispensable surgir inmaculado—,
había salido dando un portazo y mascullando una veintena de maldiciones. Sus mejillas
de ordinario rubicundas y lustrosas —hartazgo de sol y aire de los valles de la sierra
andina—, presentaban una palidez verdosa que, poco a poco, conforme la bilis fue
diluyéndose en las sorpresas de la calle, recuperaron su color natural.
"No. Esto no puede quedar así. El poco cuidado de una muchacha, de una niña
inocente de diecisiete años engañada por un sinvergüenza, por un criminal, no debe
deshonrarnos a todos. A todos...
"Yo, un caballero de la alta sociedad... Mi mujer, una matrona de las iglesias... Mi
apellido...", pensó don Alfonso, mirando sin tomar en cuenta a las gentes que pas aban a
su lado, que se topaban con él. Las ideas salvadoras, las que todo pueden ocultar y
disfrazar hábil y honestamente no acudían con prontitud a su cerebro. A su pobre
cerebro. ¿Por qué? ¡Ah! Es que se quedaban estranguladas en sus puños, en su garganta.
—Carajo.
Coadyuvaban el mal humor del caballero los recuerdos de sus deudas —al tío Julio
Pereira, al señor Arzobispo, a los bancos, a la Tesorería Nacional por las rentas, por los
predios, por la casa, al Municipio por... "Impuestos. Malditos impuestos. ¿Quién los
cubre? ¿Quién los paga? ¿Quién...? ¡Mi dinero! Cinco mil... Ocho mil. .Los intereses. ..
No llegan los billetes con la facilidad necesaria. Nooo...", se dijo don Alfonso mientras
cruzaba la calle, abstraído por aquel problema que era su fantasma burlón: "¿Surge el
dinero de la nada? ¿Cae sobre los buenos como el maná del cielo? ...". La acometida de
un automóvil de línea aerodinámica —costoso como una casa— y el escándalo del pito
y el freno liquidaron sus preocupaciones. Al borde de esa pausa fría, sin orillas, que deja
el susto de un peligro sorteado milagrosamente, don Alfonso Pereira notó que una mano
amistosa le llamaba desde el interior del vehículo que estuvo a punto de borrarle de la
página gris de la calzada, con sus gomas. ¿Quién podía ser? ¿Tal vez una disculpa? ¿Tal
vez una recomendación? El desconocido sacó entonces la cabeza por la ventanilla de su
coche y ordenó con voz familiar:
—Ven. Sube.
Era la fatalidad, era el acreedor más fuerte, era el tío Julio. Tenía que obedecer,
tenía que acercarse, tenía que sonreír.
—¿Cómo...? ¿Cómo esta tío?
—Casi te aplasto de una vez.
—No importa. De usted...
—Sube. Tenemos que hablar de cosas muy importantes.
—Encantado —concluyó don Alfonso trepando al automóvil con fingida alegría y
sentándose luego junto a su poderoso pariente gruesa figura de cejas pobladas, de
cabellera entrecana, de ojos de mirar retador, de profundas arrugas, de labios secos,
pálidos, el cual tenía la costumbre de hablar en plural, como si fuera miembro de alguna
pandilla secreta o dependiente de almacén.
El argumento del diálogo de los dos caballeros cobró interés y franqueza sólo al
amparo del despacho particular del viejo Pereira —un gabinete con puerta de cristales
escarchados, con enorme escritorio agobiado por papeles y legajos, con ficheros de
color verde aceituna por los rincones, con amplios divanes para degollar cómodamente
a las víctimas de los múltiples tratos y contratos de la habilidad latifundista, con enorme