Las Catalinarias
OJEADA SOBRE AMERICA
Los FILÓSOFOS han sacado no pocas consecuencias funestas para la especie humana, haciendo un principio de un hecho que bien podía tener lugar fue¬ ra de las reglas de la razón, y estableciendo como axiomas palabras sofísticas o atroces juicios de hombres poco adictos al alto Señor Dios, que nunca hu¬ biera creado un mundo en el cual su criatura viviese como en infierno, na¬ dando en sangre, ardiendo en llamas, vociferando contra la divina Provi¬ dencia. Así, al ver el constante y vasto degüello que tiene lugar de polo a polo, han concluido que la guerra era de derecho natural, y que nuestra vida no estaba en cobro sino con la muerte de nuestros semejantes. Desde Caín hasta nuestros días todo es matarse unos a otros: nacen las humanas sociedades, y matándose principian: el hogar doméstico se riega con san¬ gre, la primera familia sufre el peso de esa dura ley. Hay dos hermanos y el uno mata al otro; Caín, ríqué has hecho de tu hermano? ¿Soy por ventu¬ ra su custodio? Contesta al Señor el reprobo, dando a entender con su in¬ solencia cuán poco le había derribado una acción que él pensaba acaso te¬ nerla por derecho propio. Conque la familia está manchada en sangre. Fór¬ mase la tribu, y esa tribu procura dar con otra con quien entrar en guerra: los hijos de Jíicob no dieron al mundo pobladores pacíficos: el maldito y el bendito de su padre son contrarios, se aborrecen de muerte y se hacen cruda guerra. Los Israelitas y los Amaledtas no pueden respirar el mismo aire; el universo les viene angosto si los unos no exterminan a los otros y quedan dueños de la vasta creación,
¿Cómo es en efecto que el salvaje ignorante e insensible está de suyo ai cabo de las cosas que constituyen la guerra? Todo se le ignora, y sabe que puede matar a los demás; carece hasta de los instrumentos necesarios para la vida, y armas no le faltan, y las sabe forjar, y las emplea con arte y sa¬ biduría. El rústico esquimal persigue al hurón, el hurón al iroqués, el íroqués al natchc, y el selvoso Nuevo Mundo se llena con el ruido de las ar¬ mas y los ayes de los moribundos en sus inmensas soledades.
Se forman las naciones, y las naciones se acometen desde sus principios, y ias naciones se agarran cuerpo a cuerpo, y las naciones se destruyen- ¿No va el pueblo de Dios en triste cautiverio a Babilonia? Cambises se engolfa con millones de soldados en el desierto, y va sin rumbo, y va sin agua, y va sin guía en busca de pueblos que exterminar, Semíramís aba todos sus reinos, y va sin rumbo, y va sin agua, y va sin guía en busca de pueblos que exterminar. Ciro alza medio mundo y va sin rumbo, y va sin agua, y va sin guía en busca de pueblos que exterminar: y todos estos exterminadores son exterminados, y los conquistadores son conquistados, y los bebe¬ dores de sangre beben sangre. Salta le sanguine, quem silhte. Y a todo esto la tierra queda despoblada, cumpliendo los hombres con la ley natural de matarse unos a otros.
Cartago no puede sufrir a Roma ni Roma a Cartago: los moros acaban con los españoles, ios españoles con los moros; los turcos detestan a los fran¬ cos, los francos abominan a los turcos, y una guerra eterna está librada en¬ tre los hombres de razas y religiones diferentes, ¿Qué digo? Los pueblos más civilizados, aquellos cuya inteligencia se ha encumbrado hasta el mis¬ mo cielo y cuyas prácticas caminan a un paso con la moral, no renuncian a la guerra: sus pechos están ardiendo siempre, su corazón celoso salta con ímpetus de exterminación. Europa no es estéril, como se diría exagerada¬ mente, por motivo de la sangre y los huesos humanos que la fecundizan y devuelven su vigor perdido; todo es campo de batalla, todo pirámides de cráneos, todo inscripciones a las víctimas de los reyes y de las revolucio¬ nes, Morat y Waterloo, Rocroy y M a rengo, las naves de Tolos a y la Ro¬ chela se encuentran por donde eí viajero lleve sus pasos. ¿Cuántos milla¬ res de hombres no han muerto en la Crimea? ¿Cuántos millares de hom¬ bres no han muerto en Solferino? ¿Y cuántos tienen que morir, oh Dios, en los campos que el demonio tiene previstos para sus festines! Y aquí, en este Nuevo Continente, en este virgen mundo están pasando los aconteci¬ mientos más terribles que nunca vio la tierra.
Veis a una gran nación dividirse en dos falanges formidables; hermanos eran ayer, hoy enemigos; se arman de la cabeza a los pies, blandeo la es¬ pada y se amenazan. Notad esa mirada horrible. . . ¡Qué odio, que rencor, qué furia no indican esos ojos sanguíneos, esa arqueada ceja, ese aspecto cuyos rasgos todos intimidan a los enemigos de la paz! Llegó el instan¬ te. . . los ríos corren bramando con redoblado caudal, a causa de la sangre que cae en ellos a torrentes; k metralla destruye las ciudades, la muerte en todas formas se ceba en los americanos! Media nación ha perecido, y nadie triunfa, porque de los restos sojuzgados salen asesinos y siguen ma¬ tando; ¿a quién? [Al libertador de los esclavos, al amigo de las leyes, al padre de ios pueblos!
Dad un paso y en Méjico halláis a la muerte de mantel, borracha, dando gritos y danzando frenética de un extremo al otro de la infortunada Repú¬ blica. El mejicano muere por defender su patria, el francés por dar nuevos esclavos a la suya; el dominicano muere par defender su patria, el español.