La primera edición de El Camino del Sol (el fabuloso Reino de Quito) vio la luz en 1959, cuando su autor, Jorge Carrera Andrade (1902-1978), había publicado, por los mismos días, la versión final de Hombre Planetario. El aparecimiento coincidente de los dos libros, de poesía y prosa, es una señal de otra doble coordenada característica en la obra de este escritor: la visión universal y la visión local. Una y otra se mueven, se penetran y relacionan, como el líquido de los vasos comunicantes, en la vasta producción intelectual y estética de Carrera Andrade.
En Hombre Planetario, el hombre de todas las latitudes, de Tokio y Europa, del Congo, de la Polinesia y de América, el hombre de todas las razas y de todos los oficios, el "tripulante de todas las ventanas" traza su versión del mundo contemporáneo, se acerca como a una fuente cegadora de luz a las preocupaciones universales del tiempo, la eternidad, la muerte y la soledad humana, y no renuncia a la esperanza ni a la utopía de un mundo diferente, en donde "los hombres cantarán en los caminos/ libres ya de la muerte solapada".
Sin embargo, cuando el autor gestaba aquellos poemas de asedio a la realidad contemporánea, viajaba al mismo tiempo hacia el pasado por medio de la lectura de los cronistas de Indias e historiadores para recrear, en El Camino del Sol, una versión de la historia del Ecuador, desde la llegada de sus primeros pobladores, hace miles de años, hasta la conquista española.
El lugar de origen, su propia tierra y lo contemporáneo, fueron siempre espacio y tiempo de permanente retorno o, mejor, las ventanas madres por donde Jorge Carrera Andrade contempló el mundo e intentó su indagación y registro.
Precedida de una breve introducción en la que el autor da cuenta de la antigüedad de la civilización del Ecuador y el origen de su primeros pobladores, El Camino del Sol se divide en tres partes: en la primera, relata el arribo a la tierra equinoccial de hombres y mujeres en grandes balsas arrastradas por las corrientes marítimas, quizás desde la Polinesia, y el establecimiento ulterior de la población de Cara o Caráquez y, más adelante, su expansión por la vasta geografía hacia el sur litoral, primero, y después el ascenso por los Andes y la relación con los pueblos de la sierra, con los cuales formarían, a mediados del siglo XV, el Reino Confederado de Quito.
Toda esta primera parte es un minucioso recorrido por el espacio regional y el desarrollo de los pueblos de la costa, sierra y amazonia, sus avances en el dominio de ella, y una pintura de conjunto de los señoríos étnicos desde los misteriosos orígenes hasta antes de la invasión inca.
La segunda parte comprende el relato del avance inca, los enfrentamientos y resistencia de estos pueblos y la consolidación de la conquista, que convierte a Huayna Cápac en gran constructor de Quito; la tercera, narra la reuniticación imperial bajo el mando de Atahualpa y la pronta división y caída del imperio por la presencia del conquistador español.
La sintaxis del relato se sostiene, en primer lugar, en el registro de los mitos. Uno de ellos es, en la primera parte, el del hijo de Quitumbe, Guayanay, arrebatado por un cóndor cuando