El origen Nicasio Sangurima, el abuelo, era de raza blanca, casi puro. Solía decir: —Es que yo soy hijo de gringo. Tenía el pelo azambado, revuelto en rizos prietos, como si por la cabeza le corriera siempre un travieso ciclón: pero era de cabello de hebra fina, de un suave color flavo, como el de las mieles maduras. —Pelo como el fideo «cabello de ángel» que venden en las pulperías, amigo. ¡Cosa linda! Las canas estaban ausentes de esa mata de hilos ensortijados. Por ahí en esa ausencia, denotaba su presencia remota la raza de África. Pero don Nicasio lo entendía de otra manera: —¿Pa qué canas? Las tuve de chico. Ahora no. Yo soy, de madera incorruptible, guachapelí, a lo menos. Tras los párpados abotagados, enrojecidos, los ojos rasgados de don Nicasio se mostraban realmente hermosos. La pupila era verdosa, cristalina, con el tono tierno de los primeros brotes de la caña de azúcar. O como la hierba recién nacida en lo mangales. Esos ojos miraban con una lenta dulzura. Plácidos y felices. Cuando joven, cierta vez, en Santo Domingo de los Colorados, una india bruja le había dicho a don Nicasio: —Tienes ojos pa un hechizo. 5 Don Nicasio repetía eso, verdadero o falso, que le dijera la india bruja, a quien fuera a buscar para que le curara de un mal secreto. Se envanecía: —Aquí donde me ven, postrado, jodido, sin casi poder levantarme de la hamaca, cuando mozo hacía daño… le clavaba los ojos a una mujer, y ya estaba… No le quedaba más que templarse en el catre. ¡Hacía raya, amigo!… Me agarraron miedo. ¡Qué monilla del cacao!… Yo era pa peor… Donde mejor se advertía la raza blanca de don Nicasio era en el tinte de la tez y en la línea regular del perfil. A pesar del sol y de los vientos quemadores, su piel conservaba un fondo de albura, apreciable, bajo las costras de manchosidad, como es apreciable, en los turbios de las aguas lodosas, en el fondo limpio de arena. Y su perfil se volteaba en un ángulo poco menos que recto, sobre la nariz vascónica al nivel de la frente elevada. —Es que soy hijo de gringo, pues: ¿no creen? —¿Y cómo se llama Sangurima, entonces, ño Nicasio? Sangurima es nombre montuvio; no es nombre gringo. Los gringos se mientan Juan, se mientan Jones; pero Sangurima, no. —Es que ustedes no saben. Claro, claro. Pero es que yo llevo el apelativo de mi mama. Mi mama era Sangurima. De los Sangurimas de Balao. —¡Ha!… Gente de bragueta —Gente brava, amigo. Los tenían bien puestos, donde deben estar. Con los Sangurimas no se jugaba naidien. Fijaba en el vacío la mirada de los ojos alagartados, melancólicos como trayendo un recuerdo perdido. Él insistía: 6 —Gente de bragueta, amigo. No aflojaban el machete ni pa dormir. Y por cualquier cosita, ¡vaina afuera! Imitaba el gesto vagamente. —Eran del partido de García Moreno. Siempre andaban de aquí pa allá con el doctor. Cuando la guerra con los paisas de Colombia ahí estuvieron. Los amores del gringo Si ño Nicasio estaba de buen humor, se extendía en largas charlas acerca de los amores de su padre con su madre. —Mi mama era, pues, doncella cuando vino el gringo de mi padre y le empezó a tender el ala. A mi mama dizque no le gustaba; pero el gringo era fregado y no soltaba el anzuelo… —Su señora mamás querría no más, ño Nicasio. Así son las mujeres, que se hacen las remolonas pa interesar al hombre. —Mi mama no era así, don cojudo. Mi mama era de otro palo. De a veras no quería. Pero usté sabe que la mujer es frágil. —Así es, ño Nicasio. No monte a caballo. De este jaez continuaba la narración, interrumpida por las observaciones del interlocutor, que colmaba de rabia al anciano. A lo que este contaba, el gringo aquel de su padre apretó tanto el nudo que al fin consiguió lo que pretendía. —Y ahí fue que me hicieron a mí. Y tan bien hecho, como usté me verá. —Así es, don Sangurima. —Claro que así es. —Claro. Cuna sangrienta —Pero ahí no paró la vaina… Cuando mi papá se aprovechó de mi mama, 7 ninguno de mis tíos Sangurimas estaba en la finca. Andaban de montoneros con no sé qué general. Eran igualitos a mi hijo Ufrasio. Al primero que vino, le fueron con el cuento. —¿Y qué pasó? —Nada. Mi tío Sangurima se calentó. Buscó al gringo y lo mató. Mi mama no dijo esta boca es mía. Nací yo. Cuando nací, mi mama me atendió como pudo. Pero, en cuanto se alzó de la cama, fue a ver a mi tío. Lo topó solo. Se acomodó bien. Le tiró un machetazo por la espalda y le abrió la cabeza como un coco. Nada más. —¡Barajo, qué alma! —Así es, amigo. Los Sangurimas somos así. —¿Y no siguió más el asunto? —Habría seguido; pero el papás de mi mama se metió de por medio, y ahí acabó el negocio… Porque lo que el papás de mi mama mandaba, era ley de Dios…