Estados Unidos había puesto en la mira a la línea interoceánica de Tehuantepec-Coatzacoalcos y estaba dispuesto a hacer todo por conseguirlo. Era entonces, el porfiriato, cuando comenzaron con las negociaciones, querían comprar los estados de Oaxaca, Veracruz y Tabasco, pero Díaz se negó. Entonces los ciudadanos norteamericanos empezaron a adquirir tierras en la costa del Pacífico, pero este era un movimiento del Filibustero Walker, quien estaba organizando un golpe de Estado para pedir la "Independencia" de los lugares comprados para después revenderlos a su gobierno en mayor precio, pero dicho plan falló, por lo cual buscaron una última alternativa; una ocupación militar de Salina Cruz, mandando a su escuadrón del Pacífico a tomar posesión del lugar. El gobierno mexicano, por su parte, reforzó la defensa de Salina Cruz, enviando tropas del aquel entonces Ejército Federal, pero la mayor defensa fue crear una eficiente Defensa Costera. Manuel Mondragón, un ingeniero importantísimo en México y general que es considerado como el más grande armero de la historia del país, fue el encargado de crear las piezas de artillería más grandes jamás creadas en nuestro país. Es un 9 de Abril de 1905 cuando llegócgfgexo el día...
Cuentan los rumores que cuando el viento sopla fuerte , se puede escuchar un lamento desgarrador que pone la piel de gallina. "¡Ay, mis hijos!", grita una voz llena de dolor, flotando en el aire como un susurro de otro mundo. Es la Llorona, el alma en pena de una mujer atrapada en su propio sufrimiento, condenada a vagar por la eternidad en busca de sus hijos.
Hace muchos años, en un pequeño pueblo cercano a la costa, vivía una joven llamada María. Era hermosa, de una belleza que cautivaba a todos los que la veían. Un día, se enamoró de un joven adinerado que, aunque la amaba, nunca la consideró digna de él. A pesar de todo, se casaron y tuvieron hijos, pero con el tiempo él empezó a alejarse. Cada vez pasaba menos tiempo en casa, hasta que finalmente la abandonó por otra mujer de su misma clase social.
María, destrozada por la tristeza y el coraje, sintió que su mundo se desmoronaba. La desesperación la cegó, y en un arranque de locura, llevó a sus hijos a la orilla del río. El sonido del agua chocando contra las rocas y el eco del viento fueron testigos de su horrendo acto: los arrojó al agua y los vio desaparecer en la corriente. Apenas se dio cuenta de lo que había hecho, un grito de horror salió de su garganta: "¡Ay, mis hijos!". Desde ese momento, su espíritu quedó atrapado en este mundo, condenado a buscar a sus pequeños por ríos y lagunas, llorando su terrible error.
Hay quienes aseguran haberla visto caminar por la playa en las noches de luna llena, su silueta cubierta por un vestido blanco flotando sobre la arena. Otros dicen que su figura se asoma en los ríos, con su largo cabello negro cubriéndole el rostro, lamentándose con un dolor que estremece el alma. Y están los que afirman que, si su lamento se escucha cerca, no hay peligro, pero si su grito parece lejano, es señal de que la muerte ronda cerca.
Por eso, si alguna vez caminas por las orillas de un río o una laguna en la madrugada y el viento te trae un lamento largo y desesperado, no mires atrás, no intentes encontrarla. Porque la Llorona sigue ahí, buscando a sus hijos, esperando que alguien escuche su dolor... y tal vez, llevándose contigo un poco de su tristeza eterna.
Dicen que en las madrugadas más tranquilas , cuando no hay ni un alma en la calle y solo el viento del mar se cuela entre las casas, se escucha un ruido raro que pone los pelos de punta. Es como si unas ruedas de madera chirriaran contra el suelo polvoriento, moviéndose lento, muy lento. La gente, cuando lo escucha, mejor se encierra y no mira por las ventanas, pero hay quienes no pueden evitar la curiosidad.
Los que han tenido la mala suerte de verla dicen que es una carreta vieja, hecha de madera podrida y con un aspecto que da miedo. Nadie la guía, pero avanza sola, como si una fuerza invisible la empujara. A veces, se dice que la arrastran caballos flacos, casi en los huesos, con ojos vacíos y un olor espantoso. Y el que la maneja... bueno, algunos juran que es una figura encapuchada que nunca muestra la cara, mientras que otros aseguran que es un esqueleto silencioso con ojos que brillan en la oscuridad.
Los más viejos del pueblo siempre advierten que si oyes la carreta pero no la ves, no pasa nada, pero si te atreves a mirarla de cerca... prepárate, porque dicen que en unos días la muerte te viene a buscar. Otros cuentan que esta carreta no solo anuncia la muerte, sino que recoge las almas de los que ya se fueron, llevándolas a quién sabe dónde. También se dice que si pasa cerca de tu casa, alguien de tu familia podría morir pronto, y no hay nada que hacer al respecto.
Muchos aseguran que quienes la han visto han caído enfermos de la nada y en menos de una semana han muerto sin explicación. Hay quienes dicen que, cuando pasa, se escuchan lamentos, como si las almas atrapadas en ella estuvieran pidiendo ayuda. Algunos hasta han encontrado huellas de ruedas en la tierra, aunque nadie haya visto pasar la carreta.
Por eso, desde hace generaciones, la gente sabe bien que cuando se escucha ese sonido en la madrugada, es mejor hacerse el dormido, rezar y no abrir los ojos, porque el que la ve, rara vez vive para contarlo.
Cuenta la leyenda que en tiempos antiguos, cuando los dioses crearon a los primeros seres humanos, se dieron cuenta de que no podían sobrevivir sin alimento. Preocupados, comenzaron a buscar la manera de darles qué consumir, pero ningún alimento parecía digno . Fue entonces cuando Centéotl, la diosa del maíz, ofreció su propio cuerpo en sacrificio para que de él naciera el alimento sagrado.
Los dioses descendieron del cielo y con gran respeto la sepultaron en la tierra. Pasaron los días, y de su cuerpo comenzaron a brotar las primeras plantas de maíz. Su sangre se convirtió en granos dorados, y su espíritu quedó ligado para siempre a la cosecha, asegurando que el maíz se multiplicara y alimentara a los pueblos mesoamericanos. Desde entonces, el maíz se volvió el alimento más sagrado, el alimento que daba vida y fuerza a la gente.
Los antiguos habitantes que conocen esta leyenda, al igual que otros pueblos, veneraban a Centéotl con danzas y ofrendas, agradeciendo su sacrificio y pidiendo abundancia en sus cosechas. Se decía que, cuando los humanos olvidaban agradecerle, Centéotl podía desvanecerse y con ella, el maíz dejaría de crecer, trayendo hambre y tristeza.
Aún hoy, en algunas comunidades, se siguen celebrando ceremonias en honor a Centéotl, asegurando que su presencia nunca se extinga y que el maíz siga alimentando a generaciones futuras. Se dice que aquel que desprecia este grano sagrado o lo desperdicia, está faltando al respeto a la diosa y podría atraer su descontento.
Así, la leyenda de Centéotl sigue viva en la memoria de quienes valoran el maíz como el tesoro más preciado de la tierra, recordando siempre que su origen no es otro que el sacrificio de una diosa que entregó su propia esencia para dar vida a su pueblo.
Dicen que, en tiempos antiguos, había personas en los pueblos de Oaxaca que no eran como todos los demás. Estas personas tenían un poder muy especial: podían transformarse en animales, como jaguares, coyotes o águilas. A estas personas se les conocía como nahuales.
El nahual no es solo un hombre o mujer común, sino alguien con un don muy raro. Según cuentan, los nahuales podían tomar la forma de cualquier animal durante la noche, y se creía que usaban ese poder para hacer el bien o, a veces, para hacer travesuras o hasta maldades.
Uno de los relatos más conocidos habla de un hombre que vivía en un pequeño pueblo de Oaxaca. Nadie sabía que él era un nahual, pero lo sospechaban porque tenía unos ojos muy extraños, como si pudieran ver todo lo que ocurría a su alrededor, incluso lo que no se podía ver. Por las noches, siempre se le veía vagando por el campo, sin rumbo fijo, pero con una mirada fija y alerta.
Una noche, cuando el pueblo dormía, el hombre se transformó en un jaguar gigante, su cuerpo se cubrió de una piel suave como el terciopelo y sus ojos brillaban como dos lunas llenas. En su nueva forma, caminó por los caminos del pueblo, y todos los animales que se cruzaban con él se apartaban asustados. Nadie sabía que ese jaguar era en realidad el hombre que siempre había estado allí.
El jaguar andaba por el monte buscando cosas que solo él entendía. Algunos decían que su misión era proteger a la gente de los malos espíritus, otros decían que lo hacía para vigilar el campo y cuidar las cosechas. Pero también se rumoraba que, en ocasiones, él podía ser un poco travieso, y que algunas veces se metía en las casas para robarse algo o asustar a quienes no eran de fiar.
Las personas aseguran que los nahuales, cuando no se transformaban en animales, podían curar a los enfermos con hierbas o con rezos, pero si alguien los molestaba o los traicionaba, podrían volverse muy peligrosos. Se decía que los nahuales sabían todo lo que pasaba en el pueblo, porque podían oír las conversaciones incluso a distancia, gracias a sus poderes.
En la región de Oaxaca, las personas que eran nahuales vivían entre la gente, pero siempre tenían una mirada diferente, como si supieran secretos que los demás no podían entender. Aunque algunos los temían, otros los respetaban mucho porque sabían que, en el fondo, los nahuales tenían el poder de protegerlos o guiarlos en momentos difíciles.
Pero, como en todas las leyendas, no todo era bueno. También se decía que los nahuales podían usar su poder para hacer daño, y por eso, la gente debía ser muy cuidadosa con ellos. Si un nahual sentía que alguien no le tenía respeto o que le hacía daño, podía castigar a esa persona de formas misteriosas, dejando señales de su poder en la naturaleza o en los sueños de las personas.
Hoy en día, aún se dice que, en algunas partes de Oaxaca, se pueden ver extrañas luces en las montañas o escuchar sonidos misteriosos en la noche, y algunos creen que son los nahuales, vigilando el lugar y protegiendo a su gente.
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Hace muchos siglos, cuando el mundo todavía estaba tejido por los dioses y los espíritus hablaban al oído de los hombres, en la costa del Istmo de Tehuantepec vivía el pueblo huave, también conocido como los ikoots, "los que vienen del mar".
En un pequeño poblado pesquero, a orillas de lo que hoy se conoce como San Mateo del Mar, habitaba una princesa huave llamada Naa Nindaa (que en su lengua significa “hija del mar”). Era la hija del cacique, sabia y bondadosa, con cabellos largos como las olas negras y ojos tan profundos como el océano. Desde muy pequeña, Naa Nindaa sintió un vínculo especial con el mar: lo escuchaba, lo entendía, y sentía que él también la comprendía.
Cada día, al amanecer y al anochecer, la princesa se sentaba en la arena mirando el horizonte, como si esperara algo. Los ancianos del pueblo decían que la muchacha había sido elegida por Yuku’, el espíritu del océano, para ser su esposa. Yuku’, el señor de las mareas y los vientos, había quedado encantado con su alma pura, y por eso le hablaba en sueños, en forma de canto de caracoles o rumor de olas.
Pero ese amor tenía un precio.
Una noche, mientras la luna llena se alzaba redonda y brillante sobre el agua, Naa Nindaa se adentró lentamente en el mar, vestida con un manto blanco tejido por su madre. Nunca más se le volvió a ver. Algunos dijeron que se ahogó, otros que fue arrastrada por las corrientes. Pero los pescadores más antiguos afirmaron que ella no murió, sino que se convirtió en espíritu del mar, esposa de Yuku’.
Desde entonces, el mar cambió. Los pescadores comenzaron a notar que cuando salían con buenas intenciones y respeto, el mar les ofrecía abundancia de peces. Cuando algún forastero llegaba a lastimar los manglares o tirar basura, las olas se embravecían. Muchas veces, si alguien desaparecía en el mar, los abuelos decían: “La princesa lo protegió” o “La princesa lo castigó”, dependiendo de su conducta.
Cada vez que hay luna llena y el viento sopla suave, los habitantes de San Mateo aseguran ver una figura blanca sobre las olas: es Naa Nindaa, danzando con su amado entre las corrientes, cuidando a su pueblo.
En lo alto del imponente Cerro del Crestón, ubicado en la ciudad oaxaqueña de Salina Cruz, circula una antigua leyenda que ha pasado de generación en generación entre los pobladores locales. Se trata de la enigmática historia de un tesoro escondido, un relato cargado de misterio, superstición y elementos sobrenaturales que ha despertado durante años la imaginación de quienes viven a su sombra o se atreven a escalar sus faldas en busca de respuestas.
Cuenta la leyenda que, en tiempos remotos —algunos dicen que durante la época de los piratas, otros durante las guerras civiles o incluso en los días de la Revolución Mexicana—, un grupo de personas escondió en las entrañas del cerro un gran tesoro. Se dice que este botín estaba compuesto por oro, joyas, reliquias valiosas y objetos ceremoniales de tiempos antiguos. El motivo por el cual fue ocultado varía según quién lo cuente: algunos afirman que era un botín robado por bandidos; otros creen que era un tesoro indígena que se escondió para protegerlo de los conquistadores o de los invasores extranjeros.
Lo cierto es que desde entonces, el Cerro del Crestón ha sido rodeado de mitos y advertencias. Muchas personas aseguran haber visto luces misteriosas en la cima del cerro durante la noche, pequeñas flamas flotantes que se mueven entre las rocas o que surgen repentinamente de las grietas, como si marcaran la ubicación del tesoro. Otras versiones hablan de ruidos extraños: martillazos, cadenas arrastrándose o voces que murmuran en lenguas incomprensibles. Estos fenómenos suelen presentarse en las madrugadas, sobre todo a las 3:00 de la mañana, una hora que en muchas culturas se considera vinculada a lo sobrenatural.
También hay quienes afirman haber intentado encontrar el tesoro, internándose en cuevas y túneles que se ocultan en las laderas del cerro. Sin embargo, todos los intentos habrían terminado en fracaso. Algunos dicen que, justo cuando están a punto de encontrar algo, sufren mareos, desmayos, o ven figuras oscuras que les bloquean el paso. Otros aseguran que la tierra misma parece volverse más dura, o que los caminos desaparecen misteriosamente. Por esta razón, se cree que el tesoro está custodiado por espíritus o seres antiguos, guardianes sobrenaturales que protegen lo escondido y castigan la ambición.
Entre los habitantes de Salina Cruz, la leyenda del tesoro del Cerro del Crestón no solo es un cuento para asustar a los niños; es parte de su identidad colectiva. Representa una conexión con el pasado, con un tiempo lleno de secretos y riquezas, pero también con respeto hacia lo desconocido. Muchos creen que el tesoro solo se revelará a quien tenga un corazón puro y no lo busque por codicia, sino por destino.
A pesar de la falta de evidencia arqueológica o registros oficiales que confirmen esta historia, el mito sigue vivo. El cerro, con su presencia majestuosa frente al mar, continúa siendo un guardián silencioso de este relato. Ya sea que lo mires como un simple accidente geográfico o como el escondite de un antiguo secreto, lo cierto es que el Crestón guarda algo más que piedras: guarda una leyenda que sigue resonando con fuerza en el imaginario de Salina Cruz.
En Juchitán de Zaragoza, territorio zapoteca cargado de historia y tradición, circulan diversas historias sobre duendes —también llamados chaneques, ndodo o ñuhu según la cosmovisión local. Estos pequeños seres mágicos, invisibles o traviesos, forman parte del imaginario colectivo de sus habitantes y aparecen en diferentes relatos y leyendas.
Según la tradición, los chaneques son espíritus que habitan en bosques, montes y alrededores de agua, aunque también pueden infiltrarse en hogares. Tienen fama de secuestrar bebés o de hacer que las personas se pierdan en el monte. Para protegerse de sus travesuras, se cuenta que los padres colocan tijeras bajo la almohada de los niños y les advierten que no saquen juguetes al exterior, pues eso “invita” a los duendes a entrar
Otra creencia popular sugiere que si alguien se pierde en la sierra de día, debe vestirse al revés para confundir a los chaneques y retomar el camino . Estos seres, parte del núcleo espiritual zapoteca, se decía eran guardianes de lugares sagrados: piedras, cavernas o ríos, y debían ser tratados con respeto o se volvían traviesos o incluso peligrosos . En esta misma línea, si un niño se ausenta demasiado a menudo en caminatas, los ancianos relacionan esa costumbre con la acción de los chaneques.
Asimismo, en la comunidad se hablan historias de personas adultas que aseguran haber sido frenadas por fuerzas invisibles: algunos oyen risas o pasos por la noche, sienten corrientes extrañas o perciben que objetos se mueven por sí solos, evidencias de la presencia de estos duendes
En ocasiones, los chaneques cumplen funciones negativas: se creen almas de niños no bautizados, que se quedan en el mundo terrenal buscando compañía, y terminan causando caos o extravíos. Pero también pueden ser traviesos guardianes de la naturaleza, castigando a quienes dañan su entorno, como animales, campos o manantiales, sosteniendo una relación ambivalente entre ayuda y travesura muy propia del folklore zapoteca .
Hace muchos siglos, cuando el mundo aún estaba joven y los hombres no conocían el arte de cultivar la tierra, el pueblo zapoteca vivía de lo que la naturaleza les daba, cazando animales y recolectando frutos silvestres. Pero no todo era abundancia: había temporadas de sequía, hambre y escasez. El pueblo sufría y oraba a los dioses por una solución.
Entre ellos vivía un anciano sabio, conocido por su sabiduría, su cercanía con los espíritus y su gran corazón. Cierta noche, mientras meditaba en la cima de un cerro, apareció un pequeño colibrí de plumaje resplandeciente. No era un colibrí común: sus alas brillaban como el sol, y su canto tenía un tono que parecía mezclar el viento, el agua y el fuego.
El colibrí revoloteó alrededor del anciano y luego voló hacia la selva. El anciano, entendiendo que era una señal divina, siguió al ave durante días, cruzando ríos, montañas y valles, hasta llegar a la entrada de una cueva cubierta de enredaderas. El colibrí se detuvo frente a ella y desapareció. El sabio comprendió que debía entrar.
Dentro de la cueva, la oscuridad era profunda, pero en el centro brillaba una luz suave. Al acercarse, descubrió una planta que jamás había visto: alta, con hojas verdes y fuertes, y mazorcas doradas como el sol. El espíritu del colibrí le habló en sueños esa noche y le reveló que aquella era la planta sagrada que los dioses habían escondido hasta que la humanidad estuviera lista: el maíz.
El anciano llevó algunas semillas de regreso a su pueblo y, siguiendo las instrucciones que recibió en su sueño, enseñó a los demás a sembrarlas, cuidarlas y cosecharlas. Así nació la agricultura entre los zapotecas, y con ella, una nueva etapa de abundancia y comunión con la tierra.
Desde entonces, el maíz no es solo alimento: es vida, es cultura, es raíz. Se dice que el colibrí aún vigila los campos, asegurándose de que el pueblo no olvide que el maíz fue un regalo sagrado, una bendición que solo llegó cuando el corazón humano fue digno de recibirla.
En el corazón de Juchitán de Zaragoza, cada febrero, las calles se llenan de música, flores, danzas y rezos para celebrar a la Virgen de la Candelaria, patrona querida por los pueblos del Istmo. Las festividades son alegres, pero también profundamente espirituales. Es en estas fechas cuando algunos juchitecos aseguran haber visto algo más que luces y fuegos artificiales: una figura luminosa que camina en silencio entre las sombras de la madrugada.
Según la leyenda, durante las noches previas al 2 de febrero, cuando el pueblo duerme tras los convites y las procesiones, una mujer vestida de blanco, rodeada por un halo brillante, aparece en las esquinas más antiguas del centro, cerca de iglesias, capillas o campos. Su figura flota levemente sobre el suelo, y aunque nadie escucha sus pasos, todos quienes la han visto coinciden en que irradia una paz inmensa, como si su sola presencia bendijera el aire.
No habla. No mira a nadie directamente. Solo camina con serenidad, a veces cargando una vela encendida, otras, con los brazos abiertos como si bendijera los hogares que atraviesa. Muchos creen que esta figura no es otra que el espíritu protector de la Virgen de la Candelaria —una manifestación divina que visita el pueblo para traer esperanza, abundancia y guía.
Los abuelos cuentan que cuando la mujer luminosa se deja ver, el año será bueno para todos: el maíz crecerá alto, los pescadores traerán buena pesca desde el mar, y las lluvias llegarán en su justo momento. Por eso, su aparición es un símbolo de buenos augurios, una promesa de equilibrio entre el hombre y la naturaleza.
Pero no todos pueden verla. La leyenda dice que solo aquellos con el corazón limpio, los humildes y quienes tienen verdadera fe, pueden presenciar su paso. Si alguien intenta seguirla o llamarla, la figura se desvanece suavemente en el aire, dejando apenas una brisa tibia y olor a incienso.
Algunos afirman que no es la Virgen misma, sino el espíritu de una mujer antigua, una curandera o alma buena que fue devota durante su vida y ahora protege al pueblo. Otros creen que es una representación de la madre tierra misma, vestida con la forma de la Virgen, recordando que todo en la tierra —las cosechas, la pesca, la salud— depende del equilibrio y el respeto con el mundo natural y espiritual.
Hoy en día, muchos juchitecos encienden veladoras en sus puertas durante las noches de la fiesta, no solo para honrar a la Virgen, sino por si acaso el espíritu de la Candelaria pasa y decide bendecir su casa con su luz.