A medianoche mi oreja de intelectual
giró hacia un rincón de la cocina
donde una rata aplicaba a un hueso
un trabajo tenaz de músculos y dientes.
Nada tuve que agregar sino un saludo respetuoso
a ese obrero que sabe lo que quiere.
Todo lo justificaba, todas las obras del mundo
seguían despiertas como un día inacabable,
mientras el deber de estar vivo continuaba
en mis uñas, mi cerebro,
por encima y debajo de las tumbas,
en los océanos y en las constelaciones.