La orina de mi marido fluye libremente
asistida por una certidumbre que no me concierne
y no es culpa suya si yo
preparo la comida, atada por una cuerda
que va de mi cuello a su cerebro.
Su poder devoró mi apellido y mi salario
y en sus planes infinitos naufraga
el mundo que me asignan. Debajo
de la continuación del mono
mis razones sucumben cada noche, cuando
la primavera es tibia en el jardín
y mi neurosis
golpea en las paredes del dormitorio.
De este modo, la hembra desposada
hace girar, como soñando,
la desmayada alianza en su dedo
mientras agradece el derecho a un sitio en la cama
a un mínimo de fe para respirar.