El muerto movió los pies en el ataúd.
Todos lo vimos, pero la mosca huyó de la mejilla
espantada por ese desatino de la creación.
¿Un accidente de la materia? ¿Un resto de memoria humana
en la congelada estructura del átomo?
Por alguna razón no merecemos la revelación de las cosas secretas.
Por eso concluimos, mientras lo enterrábamos:
el pobre estaba tratando de inventarse un lenguaje.