Puede tener efectos muy perjudiciales tanto a corto como a largo plazo. Para prevenirlos, tenemos los protectores solares.
El riesgo de aparición de cáncer y cataratas en el adulto es directamente proporcional al número e intensidad de las exposiciones al sol durante los primeros años de vida.
Las radiaciones solares son imprescindibles para la vida. Su acción terapéutica en distintas enfermedades y su contribución a la formación de la vitamina D, junto a la buena imagen social que nos da una piel bronceada, han potenciado tomar el sol. Sin embargo, un exceso de sol sin la protección adecuada puede tener efectos muy perjudiciales tanto a corto como a largo plazo, así como provocar problemas de fotosensibilidad que cada vez se estudian y conocen mejor. Los daños pueden ser irreversibles tanto en la piel como en los ojos.
Para prevenir estos efectos nocivos, tenemos los protectores solares, cosméticos formulados en forma de gel, crema, loción, barra para labios, etc. a base de filtros solares con capacidad para absorber (filtros químicos) o reflejar (filtros físicos) la radiación solar. Los filtros químicos puedes ser sintéticos o vegetales. En general, las formulaciones incluyen mezclas de todos los tipos de filtros para aumentar su eficacia.
Las plantas presentan una amplia variedad de extractos vegetales con las propiedades adecuadas para elaborar tanto productos fotoprotectores, como cosméticos calmantes y antieritema para después del sol. Estos extractos tienen propiedades hidratantes, emolientes, refrescantes (que calman el escozor) y epitelizantes.
Factor de protección solar
La piel tiene mecanismos de defensa propios, naturales, para defenderse del sol. El más conocido es el proceso de formación de la melanina, pigmento que origina el bronceado.
Sin embargo, la radiación que de forma habitual nos llega, supera la capacidad de defensa propia de la piel, de manera que necesitamos la protección adicional que nos proporcionan los fotoprotectores.
Un fotoprotector es un cosmético que se formula con filtros solares. Un buen fotoprotector debe cumplir estas premisas: debe ser seguro (no tóxico, no comedogénico: provoca la formación de granitos), estable frente al calor...), eficaz (activo en la zona de radiación que es dañina para la salud) y versátil (que no manche y sea cosméticamente agradable). Además es deseable y, en niños es imprescindible, que sea resistente al agua, es decir, que sea capaz de permanecer en la piel cuando ésta se moja (por baños o sudor).
La medida de la protección frente al UVB que nos ofrece un fotoprotector es el FPS (factor de protección solar). Es un dato numérico que nos indica el número de veces que el fotoprotector aumenta la capacidad de defensa natural de la piel frente al eritema previo a la quemadura. Este dato se calcula por el Método Colipa, método vigente en Europa.
Protección
Baja: por debajo de 15
Media: entre 15 y 25
Alta: entre 25 y 50
Muy alta: 50 +
Por encima de FPS 50, la protección y seguridad que nos ofrece el producto apenas aumenta.
No existe una evidencia científica suficiente que nos permita asegurar que los protectores solares previenen y evitan los daños del sol. Por tanto, su fin no será nunca alargar el tiempo de exposición sino reducir los riesgos y permitir un bronceado seguro.
Después del sol
Las quemaduras son los efectos más evidentes de una sobreexposición, pero cuando se ha abusado del sol, con el tiempo, se pueden manifestar manchas en la piel, arrugas, cataratas y, a largo plazo, cáncer cutáneo o tumoraciones superficiales.
El enrojecimiento de la piel suele hacerse patente alrededor de 24 horas después de tomar el sol. Siempre que no se trate de una quemadura en la cual tendrá que intervenir un médico según su gravedad, podemos pedir al farmacéutico cosméticos adecuados para paliar este eritema, calmar el ardor y regenerar de nuevo la piel. Es muy habitual que estos productos lleven ingredientes vegetales que contemplan estas acciones. Como ejemplo representativo de estos ingredientes están el gel de aloe y el aceite de rosa mosqueta.
Gel de aloe (Aloe barbadensis): posee acción cicatrizante, antiinflamatoria, emoliente, hidratante y humectante. Su acción cicatrizante o regeneradora se debe a que aumenta la producción de fibroblastos que participan en la estructura de la piel.
Los efectos beneficiosos del áloe a nivel cutáneo no sólo afectan a las heridas, también se manifiestan en otras lesiones debidas a otras causas, como quemaduras por radiación o calor, úlceras crónicas, etc. Sus propiedades hidratantes y emolientes se deben a su contenido en mucílagos. Asimismo, el gel de áloe también presenta un efecto fotoprotector.
Gracias a estas características, el gel de aloe, además de usarse casi puro, es un ingrediente habitual de muchos productos cosméticos, como humectante para la preparación de protectores solares, cremas labiales, pomadas cicatrizantes, mascarillas faciales y otras cremas.
Casi no hay referencias sobre efectos adversos del gel de áloe. Ocasionalmente, se ha descrito algún caso de fotodermatitis y reacción alérgica.
Aceite de Rosa mosqueta (Rosa moschata y otras especies): el aceite se extrae de las semillas que se encuentran dentro del fruto, que es naranja o rojizo y aparece cuando la flor se seca – por primera expresión en frío. Este proceso consiste en que la semilla se limpia para eliminar impurezas y a continuación se lleva a una prensa. Se ha de vigilar la temperatura para que no exceda de 45º C y así asegurar que los ácidos grasos no se desestabilizan. El aceite obtenido es un líquido amarillo rojizo, de olor característico, típico de los aceites.
Sus principales componentes son ácidos grasos esenciales, entre los que destacan los ácidos linoleico y linolénico.
El aceite de rosa mosqueta ha demostrado en cosmética su eficacia en procesos de regeneración, hidratación, nutrición, incluso es activo reafirmando la piel. Se usa en la reducción de arrugas, por su acción antioxidante y antirradicales libres, por su actividad descongestiva, por revitalizar el fibroblasto, por mejorar la vascularización y oxigenación de la piel.
En cuanto a su acción después del sol, es muy adecuado para prevenir el fotoenvejecimiento y se ha probado que atenúa las arrugas y la manchas.
No tiene efectos secundarios y la única precaución, dado su alto contenido en lípidos, es que no se recomienda su uso en el caso de pieles grasas y acné seborreico.
Importante tener en cuenta que el aceite de rosa mosqueta se adultera con facilidad, por tanto confiemos en la calidad contrastada que nos aportan los productos que se adquieren en la farmacia.
CONSEJOS PRÁCTICOS Y ADVERTENCIAS
La OMS incluye la fotoprotección en el Decálogo contra el cáncer y asegura que hasta 60.000 personas mueren al año por sobre-exposición al sol. Esta cifra sería reducible si seguimos unos simples consejos que nos ayudan a tomar el sol con seguridad.
Reducir al mínimo la exposición al sol entre las 12,00 y las 16,00 horas, tiempo en el que el sol es más peligroso. Es aconsejable estar en movimiento, no permanecer tumbado o quieto mucho tiempo.
Las personas que trabajan al aire libre, pieles muy claras, personas que han padecido cáncer, embarazadas, etc. deben aplicarse diariamente protección solar muy alta.
La mejor protección es la física: usar ropa, sombrero, camisas de manga larga y pantalones largos, preferiblemente de trama apretada para una mayor protección, además de las gafas de sol con protección 100% al ultravioleta.
En días nublados, no olvidar aplicarse el protector solar; gran parte de las radiaciones atraviesan las nubes y son tan dañinas como en días soleados.
Utilizar un protector adecuado (crema, spray, leche o gel) para cada zona del cuerpo, fototipo, edad y circunstancias (altitud, UVI, etc.) en las que nos exponemos al sol.
Aplicarse el protector, en cantidad generosa, antes de cada exposición, al menos 30 minutos antes y volver a aplicar cada 2 horas o después de nadar o sudar, aunque el producto sea resistente al agua.
No usar fotoprotectores con un FPS menor de 15 en adultos y 20 en niños.
No usar nunca un protector abierto desde el año anterior o caducado, pues puede haber perdido su capacidad para protegernos si los filtros se han degradado.
Extremar las precauciones en las zonas más sensibles, la cara, labios, cuello, escote, orejas, empeine y calva.
Estar en la sombra no garantiza estar protegido. Superficies como la arena, la nieve o el agua reflejan los rayos solares y llegan a la piel.
Fotosensibilidad: ciertos perfumes y colonias alcohólicas con esencias vegetales, al igual que ciertos medicamentos aumentan la sensibilidad de la piel en la exposición al sol. La intervención del farmacéutico es imprescindible para detectar estos medicamentos y proteger el paciente del problema.
Beber abundante líquido, sobre todo los ancianos y niños para evitar la deshidratación.
Evitar el uso de cabinas solares que pueden causar quemaduras, envejecimiento prematuro de la piel y aumentan el riesgo de desarrollar cáncer cutáneo. Si se hace bajo prescripción médica, exigir un buen equipo de radiación y personal cualificado.
La exposición intensa al sol (mucho tiempo- pocos días) no lleva a un bronceado seguro. La melanina se forma en la capa basal de la piel y tarda de 2 a 3 días en llegar a la superficie y colorearla, luego sólo conseguiremos una piel enrojecida o quemada. Las quemaduras reiteradas producen daños que se acumulan con el consiguiente riesgo que conllevan.
En los niños, además:
No debemos exponerlos al sol antes de los 3 años y hay que enseñarles desde edades tempranas a protegerse del sol, tanto la piel (camisetas, gorras o mejor sombreros para que no se quemen las orejas ) como los ojos (con gafas de sol).
Es importante permanecer con ellos en la sombra e hidratarles con abundante líquido.