Hoy nuestro horario es un tanto dispar. Sergio acude temprano al conservatorio para presenciar clases con el profesor Pedro Queirós. Mientras tanto, María y Gonzalo se toman un desayuno digno, con pasteis de nata incluidos. Tras un pequeño paseo por el centro de la ciudad, se une Sergio para visitar la Catedral de Braga. Nos impresiona su imponente órgano barroco y la mezcla de estilos en la arquitectura y los adornos: una nave románica, partes y puertas góticas, decorados manuelinos y adornos barrocos.
Continuamos el paseo, haciendo hambre para poder darnos el manjar en A Tasquinha Dom Ferreira, un encantador lugar de comida tradicional donde degustamos el bacalhao à Braga y el arroz con pato tan típico de la zona. Como de tradiciones va el asunto, Sergio se retira a una típica siesta española mientras que María y Gonzalo acuden a las clases de la Prof. Ana Maria Rodrigues y Prof. Heder Vasconcelos respectivamente. En esta última, Gonzalo ha podido observar no solo la clase al alumno, sino también una tutorización a un alumno de universidad en prácticas.
Como dicen las abuelas, después de la obligación va la devoción. Como hay que hacerles caso sin rechistar, nos dirigimos al Templo do Bom Jesus. La penitencia del día son 600 escalones. La absolución, unas increíbles vistas de la ciudad. Por si no fuera poco, tras una pastoral travesía de 40 minutos divagando sobre música de cámara, cuartetos, música contemporánea y Gonzalo dirigiendo el cotarro mientras aguanta el chaparrón dialéctico, llegamos a la Basílica de Sameiro, donde las vistas han sido aún más espectaculares y nos ha quedado claro que mañana el que fluye es Gonzalo.
Como todo lo que sube tiene que bajar si no eres terraplanista, volvemos a la ciudad. Derrotados por el arroz con pato que nos hemos comido a mediodía, apostamos por un saludable poké bowl.
Para finalizar el día, brindamos mientras escribimos la entrada de hoy.