Ucrania no puede ganar. Rusia no debe ganar. Todos podríamos perder
Diego Varela Corral
25 de Noviembre de 2024
A más de 1,000 días del inicio de la guerra en Ucrania, el panorama es sombrío: más de 1 millón de personas están muertas o han sido heridas, según las estimaciones generalmente aceptadas de la inteligencia occidental: estas incluyen hasta 200,000 rusos y 80,000 ucranianos que han perdido la vida, a los que se suman 400,000 heridos en cada lado del frente (Pancevski, B., 2024).
Rusia mantiene su lento avance, aunque en meses recientes se ha acelerado a su mayor ritmo desde 2022, y Ucrania está empezando a sucumbir ante problemas de movilización y el desgaste de sus unidades en el frente (que a estas alturas está más relacionado con la falta de hombres dispuestos a servir en el ejército que con la falta de apoyo estadounidense y europeo).
La guerra también ha seguido escalando de forma constante: Corea del Norte se involucró directamente enviando al menos 12,000 soldados al frente, Ucrania ha comenzado ataques con armas de largo alcance estadounidenses y británicas en territorio propiamente ruso y Rusia sigue amenazando con fuego nuclear ante las escalaciones. Con todo esto en cuenta, ¿podemos esperar la paz en Ucrania? Y si llega, ¿cómo se vería?
Por el tiempo que sea necesario (hasta que no)
La realidad es que Ucrania no puede ganar si su definición de victoria es recuperar todos los territorios perdidos, incluida Crimea, y restaurar las fronteras de 1991: la superioridad rusa es abrumadora en una guerra de desgaste, y Putin sabe esto; en su lugar, una victoria ucraniana debería definirse con base en la conservación de su soberanía, la obtención de garantías de seguridad importantes (como unirse a la OTAN), la capacidad de rearmarse y de ser un país económica y políticamente viable, en palabras del analista Richard Hass para la revista Foreign Affairs (2024). Esta ‘nueva definición’ de la victoria no solo hace más probable el fin de la guerra por vías diplomáticas: también podría reforzar el apoyo militar, pues el delineamiento de objetivos alcanzables por vías militares en caso de fracasar la diplomacia podrían ser mejor vistos en occidente que el ‘Plan de la Victoria’ que Zelensky presentó recientemente.
Y es que algo que Ucrania ha logrado reconocer pero no arreglar es el creciente desinterés y agotamiento por la guerra tanto en Europa como en Estados Unidos, sentimientos que han sido ampliados por campañas rusas en todos los ámbitos de la vida diaria. Desde que comenzó el conflicto, las repercusiones fueron globales: el suministro de gas natural, petróleo, granos y fertilizantes tanto ucranianos como rusos disminuyó de forma importante, y los mercados internacionales comenzaron a sentir la presión.
Y desde entonces hubieron muchos que se opusieron a la ayuda europea o estadounidense a Kiev, algunos por miedo a la escalación de la guerra y otros porque preferían ver ese dinero invertido en sus propias economías y ejércitos; uno de los grandes voceros de esta posición ha sido el ahora presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, que prometió terminar la guerra en cuanto empezara su término y con ella el ‘gasto innecesario’ de miles de millones de dólares. Él asegura que EE.UU. ha asumido una proporción importante de un gasto que, por naturaleza, debería ser europeo.
Y aunque es cierto que EE.UU. ha comprometido más dinero que cualquier otro país o institución a la causa ucraniana, también se debería de aclarar que, cuando se habla de ‘dar $60 mil millones de dólares a Ucrania’, gran parte de estos son alocados a la industria y trabajadores estadounidenses que producirán el equipo que eventualmente llegará al frente.
También es cierto que, desde una postura estratégica, EE.UU. tiene una oportunidad única de debilitar a Rusia sin sacrificar vidas estadounidenses y a un costo económico relativamente bajo (menos de la octava parte de su presupuesto militar anual).
La administración Biden reconoció esto al presentarse como el ‘arsenal de la democracia ucraniana’ y al comenzar la inversión en una industria militar propiamente ucraniana para comenzar a darle un nivel de autosuficiencia, prometiendo permanecer junto a Ucrania “el tiempo que sea necesario”. En palabras del ministro de defensa estadounidense: “Ukraine matters to U.S. security for four blunt reasons. Putin’s war is a direct threat to European security, a clear challenge to our NATO allies, an attack on our shared values, and a frontal assault on the rules-based international order that keeps us all safe” (Austin, L., 2024).
Estas son posturas que la administración Trump probablemente va a revertir.
Apoyo prometido y donado a Ucrania por Estados Unidos y principales socios desde febrero de 2022 hasta junio de 2024. (Masters, J. & Merrow, W., 2024).
Sin embargo, no todos han sufrido por la invasión a Ucrania.
Algunos países (como la India o China) se aprovecharon de la situación para comprar cantidades mayores de, por ejemplo, crudo ruso a un costo mucho menor de lo habitual debido al boicot europeo sobre las exportaciones rusas. Aquí el conflicto adquiere una dimensión nueva y a veces ignorada: el conflicto ucraniano se ha convertido en uno global.
El enemigo de mi enemigo…
Oriana Skylar (2024) los define como ‘Agentes del Caos’: China, Rusia, Irán y Corea del Norte, cuatro países con importante poderío militar que, desde la invasión rusa en 2022 pero especialmente desde finales de 2023, han comenzado a acercarse más y han apoyado de forma decisiva el esfuerzo de guerra ruso. China se ha convertido en el principal comprador de una variedad de productos rusos y ha mantenido su economía a flote; también ha apoyado al complejo industrial militar ruso con partes tecnológicas como semiconductores e inteligencia. Irán envió sus drones ‘Shahed’ a Rusia e instaló líneas de producción dentro del país, lo que ha permitido a las fuerzas rusas mantener presión constante sobre los sistemas de defensa aérea ucranianos con ataques masivos, que a veces incluyen cientos de drones de diseño iraní. Corea del Norte, por su parte, ha enviado millones de proyectiles de artillería y decenas de miles de cohetes a Rusia, además de hasta 12,000 soldados que se preparan para unirse a la ofensiva en el frente de Kursk.
En general, estamos viendo un involucramiento cada vez mayor en el conflicto que, evidentemente, viene con un costo: Corea del Norte podría haber obtenido tecnología nuclear y balística rusa a cambio de su apoyo, Irán ha obtenido apoyo político e inversión, y China ha adquirido lo que parecería un rol de ‘liderazgo’ dentro del bloque de caos que le concede influencia sobre algunas decisiones rusas. Esta es también una de las razones por las que una derrota ucraniana podría ser catastrófica: incentivaría a los ‘agentes del caos’ a actuar de forma más coordinada contra Estados Unidos y sus aliados en el futuro: una posibilidad real sería el comienzo de un conflicto en el Indo-Pacífico (ya sea China-Taiwán o una nueva guerra en la península de Corea) con dos posibilidades:
El apoyo o intervención de varios o todos los países del bloque en el mismo frente, buscando superar a las fuerzas estadounidenses.
El comienzo de guerras simultáneas en varios teatros (Rusia podría invadir un país Báltico o Caucásico, mientras Irán escala el conflicto en Oriente Medio), sobre extendiendo a las fuerzas estadounidenses y también limitando el apoyo que Europa podría enviar al frente asiático.
Aunque suene improbable (y para ser sinceros, lo es) el hecho de que sea una posibilidad es inquietante. También debemos reconocer que otros países no europeos han intervenido en la guerra ruso-ucraniana de formas diferentes: Turquía, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos se han posicionado como mediadores en el conflicto, con la esperanza de obtener influencia en el continente europeo y ‘renegociar’ su futuro; también hemos visto cómo países de todo el mundo aprovechan el conflicto en Ucrania para probar nuevas tecnologías y armamento, convirtiendo el frente en un laboratorio para potencias internacionales que se preparan para futuros conflictos (Kimmage, N. & Notte, H., 2024).
Todo esto es posible por la inauguración de una ‘nueva era’ de conflicto, en la que por primera vez en décadas vemos guerra a gran escala que involucra directamente a las potencias mundiales. También estamos viendo como la forma de la guerra se redefine frente a nuestros ojos: la inteligencia artificial, los drones y otros sistemas no tripulados, un mundo con una distribución de fuerza nuclear tripolar (ya no bipolar) tras la entrada de China en el juego de la proliferación, el ciberespacio y el retorno de las rutas navales como enfoque principal han sido mutaciones en la doctrina militar que, en un escenario post-11S en el que el ISIS y Al-Qaeda eran las principales preocupaciones estadounidenses, habrían sido impensables. Hoy, EE.UU. y sus socios en Europa y Asia ya no sólo se enfrentan a los conflictos tradicionales del siglo XX ni a las insurgencias que definieron las primeras dos décadas del siglo: se enfrentan a ambas, al mismo tiempo (Karlin, M., 2024).
Construyendo la paz, preparándose para la guerra
Tanto Ucrania como Estados Unidos deben de ser capaces de restaurar su poder de disuasión ante las nuevas amenazas que comienzan a surgir. Hay varias formas en las que ambos países pueden lograr esto (Karlin, M., 2024):
Disuasión por negación: Se le niega al enemigo la capacidad de hacer daño a tus capacidades ofensivas o defensivas y se le niegan las ventajas que podría obtener de atacarte. Un buen ejemplo para esta forma de disuasión es Israel, que en su conflicto en Gaza y Líbano ha logrado negar a Irán los beneficios de ‘activar’ su red de proxies y el daño que este podría provocar en Israel a través de sus sistemas de defensa aérea y alianzas estratégicas.
Disuasión por castigo: Es el tipo de disuasión que Estados Unidos ha tratado de imponer a Rusia. La presión diplomática o política, sanciones, escalaciones o amenazas son algunas de sus herramientas, aunque en este contexto ha probado ser impráctica debido a la inmunidad que Rusia ha construido desde 2014, sobre todo contra sanciones.
Disuasión por resiliencia: En el contexto ucraniano es impráctico, ya que depende de poder resistir un ataque inicial enemigo y reconstituirse rápidamente para responder de forma decisiva antes de que el adversario tome ventaja; un mejor ejemplo es la estrategia estadounidense en el Pacífico para disuadir a China.
Disuasión por incertidumbre: Esta depende de provocar incertidumbre en el enemigo para que este no pueda predecir una respuesta y realizar sus cálculos militares con base en dicha predicción. Un excelente ejemplo es Trump, que debido a su total imprevisibilidad puede intimidar a sus adversarios y hacerlos pensar dos veces antes de actuar contra los intereses propios.
La mayoría de analistas creen que, debido al fracaso de la disuasión por castigo, la única salida para Ucrania es la disuasión por negación; se deben reforzar las capacidades militares ucranianas a través del apoyo militar como ha ocurrido hasta ahora y también se debe apoyar a la industria militar ucraniana, que ha proliferado con la producción de algunos de los mejores drones militares del mundo, al igual que con sistemas de defensa más avanzados.
Tenemos que recordar que Ucrania está luchando con importantes desventajas y limitaciones, especialmente en el aire y hasta hace poco en sus capacidades para atacar territorio ruso debido a las restricciones estadounidenses y británicas sobre los sistemas ATACMS y Storm Shadow respectivamente (estas fueron eliminadas hace poco) y que ahora Ucrania debe decidir cómo utilizar: ¿atacarán sitios militares que podrían comprarle tiempo al ejército y salvar vidas? ¿o preferirá Ucrania destruir objetivos industriales o económicos para aumentar su poder de negociación? Después de todo, los números de sistemas de largo alcance que Ucrania ha recibido son muy limitados, y las defensas rusas han logrado limitar bastante el daño que estos podrían haber hecho en Crimea. También se debe pensar en la respuesta rusa a lo que Putin percibe como una escalación: si bien una respuesta nuclear es extremadamente improbable, una combinación de escalaciones limitadas en el frente y tácticas de sabotaje y ‘zona gris’ (como interferencia electrónica, sabotaje a cables submarinos, atentados en otros países europeos o el patrocinio a otros grupos como los hutíes en Yemen) son más probables (Watling, J., 2024).
También tenemos que tener en mente que Putin ha expresado su deseo por eliminar a Ucrania como nación soberana, y este ha sido su objetivo desde que comenzó la invasión (de hecho en el Kremlin aún se habla de una ‘operación militar especial’, no de una guerra declarada). Aunque los ucranianos y los rusos deseen paz, la realidad es que la guerra podría estar lejos de terminar, y aún cuando termine, Ucrania debe asegurar que Rusia no tratará de comenzar una guerra de continuación pocos años después, tras reconstituir a su ejército y aprender de sus errores. Se necesita nueva innovación en el armamento, las contramedidas y las estrategias, al igual que una continuación del compromiso por parte de los socios ucranianos en todo el mundo (Zagorodnyuk, A., 2024).
¿Hasta cuándo?
Es difícil predecir el final de un conflicto tan complejo como el ucraniano. Rusia está avanzando cada vez más rápido, lo que podría quitarle incentivos para negociar, sobre todo si Donald Trump decide que Ucrania no es su problema (aunque esto es poco probable, pues incluso Trump reconoce que no puede sólo entregar Ucrania y esperar que su doctrina de ‘Paz a través de la Fuerza’ se mantenga). Es posible que veamos esfuerzos de negociación reales y tal vez fructíferos llegando 2025, aunque tendremos que esperar hasta entonces para ver si la paz regresará a Ucrania o si el mundo seguirá al borde de un abismo al que todos podríamos caer.
Referencias
Andriy Zagorodnyuk. (2024). Overcoming the challenges of building a future force for Ukraine. Royal United Services Institute. https://rusi.org/explore-our-research/publications/commentary/overcoming-challenges-building-future-force-ukraine
Bojan Pancevski. (2024). One million are now dead or injured in the Russia-Ukraine war. Wall Street Journal. https://www.wsj.com/world/one-million-are-now-dead-or-injured-in-the-russia-ukraine-war-b09d04e5
Erik Lin-Greenberg. (2024). Wars are not accidents. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/world/wars-are-not-accidents-managing-risk-erik-lin-greenberg
Jack Watling. (2024). Making the most of Ukraine’s Freedom to strike Russia. Royal United Services Institute. https://rusi.org/explore-our-research/publications/commentary/making-most-ukraines-freedom-strike-russia
Jonathan Masters & Will Merrow. (2024). How much U.S. aid is going to Ukraine? Council on Foreign Relations. https://www.cfr.org/article/how-much-us-aid-going-ukraine#chapter-title-0-5
Lloyd J. Austin III. (2024). The Price of Principle Is Dwarfed by the Cost of Capitulation in Ukraine. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/ukraine/price-principle-dwarfed-cost-capitulation-ukraine
Mara Karlin. (2024). The return of Total War. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/ukraine/return-total-war-karlin
Michael KImmage & Hanna Notte. (2024). How Ukraine became a World War. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/ukraine/how-ukraine-became-world-war
Oriana Skylar Mastro. (2024). China’s Agents of Chaos. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/united-states/china-agents-chaos-russia-mastro
Richard Haass. (2024) The Perfect has become the enemy of the Good in Ukraine. Foreign Affairs. https://www.foreignaffairs.com/ukraine/perfect-has-become-enemy-good-ukraine-haass