Mira la luz oblicua
color azul que nace en el océano,
esa palabra oculta
surgida sin una voz que la pronuncie,
es mensaje, señal,
fuerza que la materia desconoce.
No sueñes como en mí se sueña.
Para mis ojos todo lo que cae renace,
habla de pájaros, animales sedientos
o ángeles que le fueran a la infancia
tan ciertos y desnudos.
Hoy es la lluvia contra los vidrios del ayer,
mañana será la melopea
de otras lluvias ajenas.
Existo:
es la manera de dolerme en todo.
¿Debo creer que alimento mi hambre?
Mi mandato es andar y los pies por sí solos
saben cuándo deberán detenerse
para que alguien refresque su cansancio,
como las manos
que un día dieron a otras fatigas.
Mi mandato es danzar en las arenas
y correr sin cansancio
por las piedras, los surcos, los desiertos.
¿Por qué no quedan huellas de mis pasos
cavadas en la tierra?
¿Por qué el pez no respira
en la burbuja de oro resguardada
por el ópalo líquido?
El otro pez le roba las sustancias
en el fervor de imán que cubre la corriente dudosa,
desdeñando la fuerza que lo enlaza a los suelos
de zafiro emboscado en el fondo del mar.
La paciencia del agua se parece a las lágrimas.
Oh Dios, piedad para este siglo
y sus espinas de reparación
que duelen al costado.
Lavaremos los pies del peregrino,
diremos la humildad de los suelos
para expiar el gozo de vivir.
Hay que seguir uniendo los extremos
de alegría y dolor
como esos cuerpos agridulces
donde la vida entabla grandes bodas:
una palabra que nos una,
una respuesta en el desierto.
Nos queda el «carpe diem»
pero en su brevedad no cabe la plegaria.
Deja que la madera crezca endurecida
por las pruebas del mundo.
Afírmate en el hierro de cárcel derribada,
dibuja su contorno como acero en el aire,
mientras
te nombras desde lejos
para saber que existes.