(Y nos hemos amado en otra
vida, ¿recuerdas?)
He debido soñar
sobre este encuentro que aún no ocurre
sin la memoria o algún descenso de los años.
He debido entender en otro tiempo
la razón de esta historia que se trepa
en los rincones reconocidos de la luz:
es un idioma ya sabido que sube hasta el lenguaje
del que jamás nos hemos separado.
Y la médula canta con la voz del sudor,
dentro del sueño la piel repite lo que apenas es rezo
en el fondo del cuerpo.
Y no es la duración ni lo que muere
por las grietas del tiempo que cava en las raíces.
Se abren los cielos del pasado
como caídos de una borrada noche
reconocemos la temblorosa luz de una taberna,
las preguntas de una avidez muy vieja
mordida entre cerveza y ocio.
Algunas veces supimos de revelaciones
un día, lejos, el peregrino habló:
apenas reconocía piedras o algunos pájaros perdidos.
Y las batallas del corazón no supieron sus señales de fuego.
Su intención anunciaba la respuesta
un mínimo aleteo de piedad
que equivocaba el sol y disfumaba el día.
No es un orgullo que ha nacido
ni un objeto fortuito en la belleza;
toca a nuevo en las manos,
sólo accede al destino desde una clara desnudez.
He debido soñar y es cosa cierta.
La imprecisión suele ser generosa
se parece, en el fondo, a los desórdenes del alma
y no al negocio frío de la memoria, que se preserva y huye.
…
Alguien transmuta soles, y el año es largo todavía,
olvidamos la muerte en algún calendario de alegorías y viejos íconos
Ciudad entre la niebla. El nacimiento nuevo la desplazó al silencio.
No hay espada, no hay viento que derribe los antiguos monosílabos,
ni castillos dorados donde el lugar sea suficiente
y no hay sitio candente para respirar
más que el humo violado entre mis manos,
ni lastima mi boca más que la mordedura de tu piel.
Es la plegaria purificadora,
ciudades donde éramos
un mandato, una luz, una caída.
¿Qué Dios extraño, enloquecido de silencio y belleza
fue responsable del amor?