Un escenario breve,
contradanza de pasos,
el musical instante puro
más allá de las máscaras.
Lámparas que se enfrentan
con un reflejo de ópalo discreto,
ese apogeo verde se disculpa
de una ignota tristeza.
«Lo que está arriba es como lo de abajo,
lo de fuera está dentro».
Conoces esa ley, sabes sus equilibrios puros
en la cósmica luz que los abarca.
Y lo vecino tiene también su regla
de preciso vaivén, de luz y sombra.
Atención al banquete cuyo invitado es único
y levanta la copa ante su imagen
con impulso de viento que irisará la flor
en un jarrón chinesco
donde cada figura se convierte en su propio reflejo
complicando su voz con otra voz,
amándose a sí misma.
Muchas voces se trepan a un rito de cristal,
bajan a un rumor bronco de marea
en el dúo de pájaros que vuelan
merodeando la vida.
Es verdad que el verano
empuja la misión de los árboles,
es dádiva de frutos,
se convierte en provecho
la finitud de la estación.
Y también el invierno
con sus marcas de nieve
abre como cábala oculta
su fuego en cada flor.
Hojas quemadas.
Resina que despierta en sus colores
mientras la llama duerme entre los troncos
como algún tenue sol,
un brasero gastado por algunos crepúsculos
que al mismo tiempo huyen del invierno
y evaden el asalto del estío.
Cada platillo pertenece a un país
para el otro, extranjero,
ambos se unen por dos manos de aire,
pretendiendo trazar el lugar justo,
cierta ambigua palabra salvadora.
Esas manos gobiernan un limitado día
y hay una sola llave para abrir las dos puertas.