Cuando el mar y la savia
obedecen a las voces lunares,
el vaivén del amor es retorno en mareas;
es la paz de las perlas que platean el cielo
con la luz absoluta donde la reina madre
amamanta con leche de galaxia
a los vástagos de la carne y los sueños.
Por entre surtidores y aguaceros furtivos
va esa ladrona de las plantas mágicas
a fecundar la tierra, a procrear sus hijos
entre humus y rocío,
tal vez, a devorarlos por el imperio de su amor
o bien, a destruirlos para volver madera
el cristal de sus modos.
La realidad la hiere,
se repliega en su forma y se envuelve a sí misma,
cambia las dimensiones de la sombra
y el oscilar del corazón.
Cercados por la llama de las pruebas,
la sumisión, la antorcha que entreteje la historia:
hadas, duendes, castillos,
tramas, inventos desde un sueño perdido:
Tal es su modo de atrapar la vida.
No crezcas nunca, rostro de monaguillo,
ángel redondo, hostia macilenta.
Todo sea nutricio en esas huellas
que no marcan tu nudo en otras vidas.
Tantos bellos relatos te servirán más tarde
para ataviar tu infancia,
caerán como el agua de un manantial secreto,
despierto siempre para la sed de tu memoria.