No era la realidad
ni eran las trampas de la tierra
ni la moneda o la codicia.
Era el llamado temerario,
tan sólo el salto a ciegas,
el combate llameante.
Tu cabeza con ojos de no mirar
lanzada hacia el ataque o el vacío.
Fue en ese tiempo que no viste
porque un minuto es demasiado largo
y tu fuerza no podía quebrarse
en esa mensurada realidad.
No, la conciencia; sí, la mano del golpe,
la pasión no del todo alejada
de cierto amor brevísimo,
destello que enceguece.
Tuyo era ese poder elemental,
bailaba entre las llamas
y no dejó que el día floreciera
en la serenidad de las corolas.
Nada quedó del otro lado, sólo rescoldos.
Aquí, tu herida abierta
y tu dolor inútil y tardío.
Agni, piadosamente, atenúa la luz
para esconder las cenizas.