Todo inició antes del período Kamakura, en las Provincias de Kioto, unos terrenos inicialmente potenciados por grandes tierras. Vivían en un mundo en el proceso de conquista, los Dioses del Shintoismo no estuvieron de acuerdo en estas prácticas a excepción de Tsukuyomi, el único cuyo se alimentaba de la fuerza y el terror de estos eventos. Cada uno había partido por su propio camino impartiendo sus ideologías de Paz y conocimientos sobre el uso de la Energía espiritual, ya que era una fuerza vital que desbordaba el origen de este mundo.
Sin embargo, hubo humanos celosos y siempre ansiosos de poder y deseos. El dios de la Noche tampoco se quedaría perdiendo el tiempo y ya había empezado a mover sus hilos tras las bambalinas sin duda alguna. Este logró desatar una guerra de dioses. Los súbditos de ambas facciones estaban batallando con gran fervor y firmeza, entre estos dioses buscando proteger a los simples humanos, a excepción de Tsukuyomi, quien los trataba como simples herramientas y peones desechables.
Fue lo que terminó condenando el avatar físico de estas divinidades. La confianza en ellos les hizo pagar el precio de la traición entre sus filas. Invadidos por la envidia, el odio y el resentimiento de siempre ser seres inferiores contra alguien superior, estos no se quedarían atrás dejándolos libres, ya que con sus últimas fuerzas les prometieron a estos que una enorme desgracia y penurias les vendrían a subyugar y no serían capaces de ponerse a ellos.
Los siglos pasaron y empezaba el inicio del período Edo, con los conocimientos vagos de los que fueron los Dioses y los que tenían fe, y los que supieron que murieron a cambio de la vida de ellos. Se desconocía el paradero de Tsukuyomi, pero entre todo, el humano jamás dejó de ser obsesivo con la búsqueda del poder y logró encontrar el método de abrir las puertas del Jigoku una vez, desatando contra el mundo miles de seres y demonios de fuerza desconocida y orígenes únicos en las pesadillas. Manifestándose y incrementando sus fuerzas con el dolor y sufrimiento de los débiles, incluyendo las creaciones de las divinidades, las cuales no se quedarían de brazos cruzados ya que estos seguían las enseñanzas de sus creadores, cuales eran proteger a los humanos.
Estos no eran tan inocentes y no hacían nada gratis, exigían ofrendas para poder mantener su protección contra estos demonios y espíritus de orígenes desconocidos ante su poder divino capaz de evitar lastimar a los inocentes. Sin embargo, en un país de cuyas tierras pobres y población rozando la muerte y enfermedad por carencia de recursos, no dudaron en probar su suerte en contactar con estos demonios y seres extraños. Estos sintieron enorme curiosidad y deseo por estos humanos, sea por su miserable carne o su propio cuerpo para sus propios usos carnales.
Estos lograrían formar un simple pacto con los amantes de la guerra conocidos como Tengu, pero no sería algo gratuito, ya que estos exigían el alma de los caídos en batalla para poder incrementar sus fuerzas y poder en este dominio terrenal. Los demás seres codiciosos no se quedarían atrás ante la desesperación, aceptarían todo con los demonios, abandonando las bestias guardianas, las cuales habían sido creadas para protegerlos. Les habían terminado traicionando, repitiendo la historia con sus creadores. Pero estos no eran tan inocentes y no permitirían dejarse asesinar por seres débiles, estos batallaron por su propia supervivencia, volviendo el mundo a su alrededor tiñéndolo de rojo y caos absoluto.
En un mundo donde ya no era una simple guerra entre dominios y terrenos, sino en quienes eran capaces de sobrevivir o controlar el plano terrenal del mundo, entre las deidades, espíritus y demonios. Tiempo faltaría para que estos comenzaran a contaminar el mundo con su propia fuerza, estos demonios, y buscar también consumir las fuerzas de otros seres para ser más fuertes. Sin embargo, esto no terminó más que en desatar unos seres cuyos no eran capaces de controlar sus propios pensamientos, ya que en su mente y deseo yacía la única cosa, ser completos. Demonios cuyos podían manipular la energía espiritual y drenarla de forma salvaje, siendo estos incapaces de controlar su naturaleza y atacando tanto a los suyos en la búsqueda de consumirlo todo y corromper la tierra.
Hubo algunos que lograron consumir y dominar este poder casi imbatible, imposible de dañar o consumir. Estos fueron los Tengus, quienes comenzaron su cacería y batallas sanguinarias en búsqueda de no dejar ni un solo residuo de fuerza entre ningún bando, coronándose como el rey de estos dominios. Los Yokais con inteligencia no tuvieron otra opción más que aliarse con los humanos y otros espíritus con el simple objetivo de sobrevivir, únicamente dejando la esperanza en la próxima generación de siquiera ser estos capaces de poder limpiar el mundo.