Joseph Jacobs(1854-1916)
Enseñanza: La historia del Hombre de Jengibre nos enseña una lección importante sobre la importancia de escuchar y ser precavidos. El Hombre de Jengibre era muy presumido y confiado, creyendo que nadie podía atraparlo. Ignoró las advertencias y confió en el zorro astuto, quien lo engañó para comérselo.Esto nos muestra que a veces, por ser muy orgullosos o creer que lo sabemos todo, podemos caer en trampas. Es fundamental escuchar los consejos y ser cuidadosos con las personas astutas que parecen muy amables, pero tienen otras intenciones. ¡No siempre hay que confiar en el primero que nos ofrece ayuda!
Érase una vez, en una pequeña cocina, una dulce abuela decidió hornear unas galletas de jengibre. Con mucho amor, mezcló la harina, el azúcar, la miel y, por supuesto, el jengibre. Después de mezclar todos los ingredientes, hizo una masa suave y comenzó a dar forma a las galletas.
Mientras trabajaba, la abuela decidió hacer un hombrecito de jengibre. Le dio forma con cuidado, le puso pasas como ojos, un botón de chocolate en el pecho y una sonrisa hecha de glaseado. Cuando terminó, metió al hombre de jengibre en el horno y esperó ansiosamente.
Cuando el hombre de jengibre estuvo listo, la abuela abrió la puerta del horno, y ¡sorpresa! El hombre de jengibre saltó de la bandeja y gritó:
—¡No me comas! ¡Soy un hombre de jengibre! ¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No puedes atraparme!
La abuela, sorprendida, intentó alcanzarlo, pero el hombre de jengibre ya había salido corriendo de la cocina. Corrió por el jardín y salió a la calle.
Mientras corría, se encontró con un perro que lo miraba con curiosidad.
—¡Espera, hombre de jengibre! —ladró el perro—. ¿A dónde vas?
—¡No puedo quedarme! —gritó el hombre de jengibre—. ¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No puedes atraparme!
El perro intentó seguirlo, pero el hombre de jengibre era más rápido. Siguió corriendo y se encontró con un gato que estaba tomando el sol.
—¡Espera, hombre de jengibre! —maulló el gato—. ¿A dónde vas?
—¡No puedo quedarme! —respondió el hombre de jengibre—. ¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No puedes atraparme!
El gato, intrigado, también intentó correr detrás de él, pero el hombre de jengibre continuó su camino. Pronto se encontró con una pata de pato que lo miraba con ojos brillantes.
—¡Espera, hombre de jengibre! —quackó la pata—. ¿A dónde vas?
—¡No puedo quedarme! —gritó el hombre de jengibre—. ¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No puedes atraparme!
La pata de pato también trató de alcanzarlo, pero el hombre de jengibre siguió corriendo. Finalmente, se encontró con un granjero que estaba trabajando en su campo.
—¡Espera, hombre de jengibre! —gritó el granjero—. ¿A dónde vas?
—¡No puedo quedarme! —respondió el hombre de jengibre—. ¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No puedes atraparme!
El granjero se unió a la carrera, y todos los animales lo siguieron. El hombre de jengibre corría más rápido que nunca, riendo y disfrutando de su libertad.
Sin embargo, al llegar a un río, se detuvo. No sabía cómo cruzar. Mientras pensaba, un zorro apareció y le dijo:
—Hola, hombre de jengibre. ¿Por qué no cruzas el río?
—No puedo, tengo miedo de mojarme —respondió el hombre de jengibre.
El zorro, astuto, le ofreció ayuda.
—Sube a mi espalda, yo te llevaré al otro lado.
El hombre de jengibre, confiado, subió al lomo del zorro. Pero, al llegar al centro del río, el zorro decidió que el hombre de jengibre sería un delicioso almuerzo.
—¡Espera! —gritó el hombre de jengibre—. ¡No me comas! ¡Soy un hombre de jengibre!
Pero el zorro, con un movimiento rápido, se lo comió de un bocado. Y así, el hombre de jengibre aprendió que no siempre se puede confiar en los extraños.
Moraleja:
A veces, la confianza excesiva puede llevar a situaciones peligrosas. Es importante ser cauteloso y no dejarse llevar por la apariencia de los demás.
Fin