María Dolores Ramírez Rodríguez.
No conocí a la niña del cuadro, sin embargo reconozco la mirada, el gesto al unir los labios, la expresión de la mujer que llegó a ser. No conocí al pintor que la retrató pero ella lo dibujó para mí con sus recuerdos.
Tengo un retrato inacabado que Antonio pintó de mi madre cuando aún era una niña y veo el alma de mi madre en ese retrato. Me habla de muchos años ese lienzo. Esa imagen que Antonio tenía de mi madre me devuelve a su vez la imagen que ella tenía de él.
Era un tío cariñoso que se desvivía con sus sobrinos. Cuando estaban enfermos les contaba cuentos y sus cuentos tenían la misma magia que aparecía en sus cuadros aunque cambiaran sus personajes. El escenario era habitualmente la selva y siempre sonaban tambores de fondo. Otras veces los animaba cantándoles acompañado del acordeón.
También tocaba Antonio la armónica, el timple, la guitarra y el piano. Cuando ya no eran niñas cogía la guitarra y cantaba con mi madre y con Pepa rancheras de Jorge Negrete y boleros.
Le interesaban mucho a Antonio los avances tecnológicos, al menos los relacionados con la imagen y el sonido. Tenía un proyector de cine en el que a parte de las películas que a él le interesaban les ponía dibujos, muchas veces de Popeye, a sus sobrinos.
Por supuesto fue de los primeros en hacerse con un televisor, antes incluso de que la señal de televisión española emitiese en Canarias. El primer televisor que mi madre recordaba haber visto era el de Antonio en el que captaban señales de África y Portugal.
También me habló mi madre del jardín exótico de Antonio y de los injertos que hacía con los cactus; de los animales que tenía: patos, canarios un guacamayo y sobre todo de las gacelas, pues le regaló una.
Como buen tío no perdía ocasión de echar una mano a sus sobrinos y, siendo mi madre estudiante en La Laguna y alumna del doctor Hernández Perera, le mandó con ella el cuadro La Quesera y, sin cuestionar la amistad y estima que entre ellos pudiera existir, mi madre siempre intuyó una ligera cuña en ese regalo.
No pueden faltar recuerdos relacionados con la pintura. Los primeros son del dinero que le daba por posar en los retratos, ¡cómo si no iba a estar un niño quieto tanto tiempo! , pero también habló con mi madre de sus cuadros, en concreto de los de las jaulas. A ella le gustaban mucho y él le dijo que no estaban mal para ponerlos en una casa con un toque moderno pero que para él pictóricamente no tenían mucho valor porque no le costaba hacerlos. Me lo contaba cuando oía a críticos especulando sobre la corta fase de abstracción de Antonio.
Otra curiosidad es que para dibujar esos dedos tan característicos y cuadrados, con esas uñas tan marcadas Antonio tomó como modelo los dedos de los pies de su hermana Severa.
Sé que Antonio estuvo enseñando a pintar a mi madre, le enseñó a hacer unos dibujos con no recuerdo que técnica. Como ella estudiaba fuera interrumpieron las clases hasta las siguientes vacaciones, las del verano del 68. Nunca llegaron, quedaron inconclusas como el retrato de la niña, pero la niña se quedó con el gusanillo de aprender a pintar y 30 años después lo hizo. También ella dejó un retrato inacabado en un lienzo, pero no el de Antonio, ese retrato lo acabó para mí, me enseñó su museo, me enseñó a entender y a disfrutar su pintura, las letras de sus canciones. Mantuvo su recuerdo vivo en mí que es en definitiva la forma de evitar que los que nos importan mueran, recordándolos.
M. Dolores Ramírez Rodríguez.