Juan Sebastián López
En el recuerdo de la niñez, mi niñez, Antonio Padrón es un personaje lejano. Es una silueta que se recorta en un balcón y una azotea galdenses, allá en los años sesenta del siglo pasado. Era el pintor, y los ojos infantiles también asistían con asombro a ver pasar cuadros por la puerta de su casa de la calle Larga, posiblemente para algunas de las exposiciones que realizó en Las Palmas.
Antonio Padrón paseaba -así por lo menos está en algunos recuerdos por la azotea de la gañanía de la calle Drago, esquina al entonces empedrado callejón de San Miguel. El edificio desaparecido a principios de los años setenta era terrero y presentaba unas líneas arquitectónicas regionalistas, muy parecidas a las de su estudio. Desde allí vería muy de cerca a las mujeres que lavaban en la acequia que estaba frente, casi en el cruce de la antigua calle de la Estrella, hoy Guayasen. Son las mismas mujeres que aparecen en sus pinturas, hacedoras de una cultura tradicional que todavía era viva y de la que el artista se nutrió. Otra visión era observar al pintor recorriendo el balcón de su casa, con su planta de ángulo recto que diseñara el racionalista Miguel Martín Fernández de la Torre en 1931. No existe en nuestro recuerdo una imagen de cerca. Después, su entierro en 1968.
Ese recuerdo de Padrón, en quietud, y concentración, se deben corresponder con esos momentos en que el artista, en su soledad, se reencontraría con la inspiración en los paisajes abiertos de azoteas y balcones. Así que la propia imagen del artista, pasado los años y a pesar de la gran diferencia que otorga la vestimenta, nos parece que está evocada en el cuadro: ensimismado en la tremenda riqueza de su mundo interior. Sin embargo, esta apreciación es sólo un antojo en el imaginario. El lienzo, en los recuerdos de la infancia, lo vemos colgado en las paredes de una dependencia de la casa de Doña Dolores Rodríguez Ruiz; es la primera obra que de él recordamos. Para un niño galdense era fácil su identificación y memorización por lo figurativo y lo reconocible de la indumentaria de sacristán, tan familiar que todavía se conserva en la Gáldar del siglo XXI.
La escena representada es bien sencilla: sobre un fondo casi uniforme de cortinaje, un hombre de avanzada edad, revestido con sotana negra y sobrepelliz, medita mirando hacia el libro de oraciones que lleva abierto en sus manos. La obra ha sido datada hacia 1957 (María Victoria Padrón Martinón: El pintor Antonio Padrón, t. 11, Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas, 1986, pp. 32 Y 135) Y está dentro de la primera etapa, perteneciente al Padrón más académico. Aunque el cuadro se ha denominado "El sacristán", título que le otorga la indumentaria, no se
tiene la certeza que realmente lo fuera. Gracias a Sebastián Monzón Suárez y mi padre hemos podido conocer algunas referencias del personaje retratado. Cho Juan "el santo", tal como se le conocía, se llamaba en realidad Juan Bolaños y era vecino de la ciudad de Gáldar, en el barrio de La Montaña, contaba con un cachito de tierra en donde llaman El cabuco. Era un hombre popular y todavía es recordado por quienes lo conocieron. Había estado en la Guerra de Filipinas y definía la fecundidad de los campos del archipiélago asiático con el siguiente comentario: "las trías estaban baldiando el suelo porque la caña estaba encová", lo que se interpreta como "las espigas rozaban el suelo porque la caña estaba doblada". Con tal acervo y personalidad popular no es de extrañar que llamara la atención de Padrón, ferviente admirador de la cultura del pueblo, y que quisiera realizarle un retrato. El sobrenombre del "santo" seguramente le vino por ser un hombre muy devoto y religioso, ya que asistía diariamente a misa de las cinco de la madrugada en la iglesia arciprestal de Santiago de los Caballeros, además pertenecía a la Adoración Nocturna, agrupación de la que fue el de mayor edad y se le llamaba "Sr. Juan". Sin embargo, quienes lo conocieron no lo recuerdan como sacristán, ni se ha encontrado referencia documental al respecto en el archivo parroquial jacobeo.
Cho Juan el santo, caracterizado corno sacristán, es un retrato de medio cuerpo, a tamaño natural, de una profunda captación psicológica. Todo parece detenerse en la quietud que emana de la pintura, gracias a la fuerza que irradia de un rostro curtido por el tiempo y la experiencia. La concentración está acentuada por la misma introversión de la mirada que se clava en las páginas del breviario, donde a su vez se cierra la composición con la unión de ambas manos, creando un triángulo imaginario de cara, brazos y libro. Nada distrae la escena y las telas del fondo, con la insinuada orientación vertical de los pliegues, crean una atmósfera aislada del resto del mundo. El personaje está girado hacia su derecha, en tres cuartos, orientado hacia una luz que resalta la cabeza, manos, libro y sobrepelliz, con un tenue contraste que evita fuertes diferencias lumínicas. Antonio usó una pincelada larga y suelta, empastando pocos colores para marcar ese ambiente de sobriedad: el negro, el blanco, el ocre y las carnaciones. Creó con el dibujo y la luz una composición íntima, con un triángulo central, donde Juan el santo, sin necesidad de abrir los labios, habla con Dios.
Gáldar, tarde del Volcán del mes de Santiago, 22 de julio de 2005