Enviado por un amigo coleccionista, a continuación registramos sus memorias de los años 50 para la eternidad:
... se trata de un viaje en el tiempo. Por aquel entonces, yo tenía unos 22 añitos y pocas posibilidades económicas, de forma que mi biblioteca estaba en sus balbuceos. Mis adquisiciones de literatura se centraban en la colección Austral, de Espasa Calpe (creo que a unas 11 pesetas ejemplar sencillo y a 18 ó 20 Pts. el extra) y, en caso de que Aguilar tuviera un volumen de la colección Crisol (25 Ptas.) con 2 obras (generalmente teatro), optaba por comprar el libro en Aguilar, ya que, dada la calidad de encuadernación, me resultaba mejor adquisición un libro de Crisol (25 ptas.) que dos de Austral (22 ptas.), dada la escasa diferencia entre las dos opciones. Entonces fue cuando surgió la ocasión (te estoy hablando de los años 50):
Aguilar lanzó la oferta de ir facilitando la colección Crisol, con pagos mensuales de 100 Ptas., de forma que, cada mes, facilitaban 5 libros, lo que representaba para mí una alternativa demasiado buena para dejarla escapar. Creo recordar que también admitían pagos semanales ya que, por entonces, era muy corriente cobrar por semanas (concretamente los viernes), en determinados ámbitos de trabajo, en especial, los relacionados con la construcción y el campo. De ese modo, la editorial abría posibilidades a mucho elemento obrero.
Yo solicité solamente unos 150 volúmenes, correspondientes a obras de literatura clásica (hoy lamento no haberlo hecho para toda la colección) y cada mes me dirigía a la librería de la calle de Goya (entre Velázquez y la gasolinera de Núñez de Balboa), con mi dinerito fresco, y me llevaba los 5 tomos correspondientes. Naturalmente, era obligado el paseo por la librería para hojear libros de la serie Joya (inmejorable en mi opinión), Obras Eternas y algunos otros realmente espectaculares, pero totalmente fuera de mis posibilidades.
Sí que era algo singular. Después contacté con un librero de la calle de Espoz y Mina (hoy ya a punto de jubilarse), con el que me abrí una cuenta por 100 pesetas al mes, y mantuve con él la costumbre de dar un paseo por la librería cada 2 sábados.
Creo, sinceramente, que Manuel Aguilar, con ese abanico de calidades y precios que ofrecía, fue un notable impulsor de la cultura literaria de la juventud de aquella época, y que demostró desde la práctica (como antaño lo hiciera Saturnino Calleja) que la gente sólo necesita un empujoncito para caer en el deseo de leer. Es cuestión de estar enamorado del propio trabajo y creo también que él lo estaba.