LÍNEAS PRÁCTICAS
La Celebración de la Misa Dominical
Preparativos
Al acercarse el celebrante al altar de Dios tendrá presente las palabras de san Juan Bautista “Preciso es que Él crezca y yo mengüe” [1]. Aunque él guíe y presida la liturgia de la palabra y el sacrificio, esta acción sublime y central de la Iglesia llama a la humildad y a un cierto recogimiento que es característico en el Rito Romano. El celebrante puede atraer al pueblo a una participación más activa y completa en su sentido más profundo, expresando de palabra y con gestos que el Señor Jesús es el centro de esta acción, y que esta acción importa más que cualquier otra. El ideal que todavía se encuentra escrito en algunas viejas sacristías sigue estando vigente: celebra como si ésta fuera tu primera, última y única Misa.
El celebrante se acerca al altar libre de pecado mortal y con espíritu de contrición. Si es posible, el celebrante, antes de la Misa, rezará la parte de la Liturgia las Horas que sea apropiada en ese momento del día. También puede servirse de las oraciones preparatorias que hay en el misal (aquí). El equipo de Liturgia que sirva en cada celebración también deberá tener su propia preparación espiritual. También pueden servirse de las oraciones preparatorias que hay en el misal (aquí).
La asamblea del pueblo
Al mismo tiempo que el sacerdote se prepara, también el pueblo hace lo mismo. Se debe asegurar de que toda la gente tenga fácil acceso a la iglesia. Debe tener en cuenta a los niños, ancianos e incapacitados en el diseño de las puertas, escalones y rampas. En la iglesia debe instalarse una buena iluminación, climatización y demás acondicionamientos. Si es costumbre, un equipo de hospitalidad dará la bienvenida y ayudará a los fieles, pero sin dar preferencia a algunas personas cuando se acomoda a los feligreses. [2]
La iglesia debe estar abierta antes de la liturgia para que quien lo desee pueda rezar en privado. El silencio es la mejor preparación de la liturgia. Aparte de una música apropiada, no se debe permitir ningún menoscabo del derecho que el pueblo tiene a la tranquilidad antes de la Eucaristía, por ejemplo: no se deben permitir ensayos del coro o musicales, avisos que pueden darse más tarde, o distracciones en el presbiterio o en cualquier otro sitio. Los asistentes pueden encontrarse y hablar antes de la Misa, pero en una zona bien apartada del lugar donde se celebra la liturgia (el lugar es el atrio, antes de ingresar a la iglesia).
Si se cree oportuno se puede animar al pueblo a que asista con su propio misal mensual o anual para que puedan seguir las lecturas y oraciones. Los textos se pueden facilitar también en el boletín parroquial, en un misal pequeño o en una plataforma digital. Aun con todo ello, el uso de estos recursos e incluso el uso de una pantalla para proyectar textos o letras de canciones debe subordinarse al espíritu de la liturgia, evitando cada uno de ellos se conviertan en el centro de atención, en vez del altar, el ambón, o la sede. La tecnología audiovisual puede tener algún uso en la iglesia, pero proyectar durante la Misa películas o diapositivas sugerentes reduce la piedad a la mera cultura televisiva. Por otro lado, se permite poner música religiosa discreta, de buena calidad, antes o después de la Misa, pero no durante la liturgia, en la que la comunidad debe ofrecer a Dios sus propios regalos de alabanza musical.
Preparación inmediata
Al llegar a la sacristía, el celebrante se asegurará de que se ha escogido la celebración apropiada, de acuerdo con el calendario que se encuentra en sacristía (libro: Calendario litúrgico-pastoral). Según sea costumbre, los sacristanes, ayudantes, lectores o ministros deben encargarse de localizar las oraciones, lecturas, evangelio, y siguientes preparativos:
El altar: se retira el cubremantel (si hubiera), y queda extendido al menos un mantel blanco, se encienden las velas en o cerca del altar (2, 4 o 6, pero cuando celebra el Arzobispo se encenderán 7). En este momento no queda nada sobre el altar excepto el crucifijo (si no hubiera ya uno que preside la iglesia), los candeleros y las flores (frente al altar). Un frontal del color adecuado se puede poner en el altar y el micrófono.
La sede: se colocan cerca el Misal Romano en los ritos iniciales, el libro para la oración de los fieles, los avisos y el micrófono.
El ambón: se pone el Leccionario abierto, el texto que lee el lector de la oración de los fieles y la homilía también deben estar preparados (si es texto escrito previamente). Un frontal del color correspondiente puede cubrir el ambón, y, por último, el micrófono. El Evangeliario se llevará en procesión.
La credencia: se extiende un mantel sobre la mesa y se coloca el cáliz cubierto con: un purificador doblado, patena con la forma del celebrante (hostia grande), una palia, un corporal doblado y de ser necesario en algunas celebraciones otros cálices según las necesidades, cada uno con su purificador [3]; el atril; Misal Romano; la jofaina y la toalla; en la credencia se colocarán también: la (s) patena (s) y el copón con las formas que serán consagradas junto con las vinajeras con la cantidad apropiada de vino y agua. Puede dejarse preparado un segundo corporal para extenderlo en la credencia, si la purificación al finalizar la celebración se va a efectuar allí. También en la credencia o en cualquier otro sitio adecuado puede colocarse la campanilla, un vaso sagrado de agua y un purificador para el lavado de los dedos (abluciones) de los ministros que distribuyen la Sagrada Comunión. Después de pandemia se ha utilizado alcohol para desinfectarse las manos antes y después de dar la Sagrada Comunión.
Mesa de las ofrendas: donde comienza la procesión de las ofrendas se prepara una mesa apropiada y segura cubierta con un mantel, sobre la que se colocarán: Un copón con formas; las vinajeras con agua y vino; las ofrendas para los pobres de acuerdo con las costumbres locales.
El sagrario: en el altar de la reserva, en la mesa, o en la repisa cerca del sagrario se debe extender un corporal. Cerca de él debe estar la llave y un(os) recipiente(s) con agua y un(os) purificador(es) para los que distribuyen la Sagrada Comunión. Los recipientes para las abluciones pueden estar en la credencia como se mencionó antes.
La sacristía: Las vestiduras litúrgicas están dispuestas como está establecido. Si se usa, se prepara el Evangeliario en la página correspondiente. Si se usa incienso, se encenderá el carbón en el incensario al menos diez minutos antes de la Misa [4]
Revestirse
El celebrante se acerca al lugar para revestirse con tiempo suficiente para que la liturgia comience con puntualidad. Por costumbre, puede lavarse las manos y santiguarse antes de revestirse. Debe revestirse en silencio y recogido en oración. Algunos sacerdotes recitan las oraciones previstas mientras se revisten.
Se pone el alba dejándola caer en orden por todo el cuerpo, y estirando las mangas hasta las muñecas. No es necesario hacer pliegues en la espalda, basta con poner el cíngulo, si se usa, de manera conveniente. Se coloca la estola con cuidado alrededor del cuello de modo que se apoye en su base y cuelgue equilibradamente a ambos lados. Si utiliza el cíngulo, la estola se suele asegurar con éste. El diácono lleva la estola en el hombro izquierdo cruzando el cuerpo, y sujetándola debajo del brazo derecho. La casulla se pone de modo que quede bien apoyada en los hombros y recta.
LA CELEBRACIÓN
Ritos iniciales
Procesión de entrada
En la procesión se reúne:
al turiferario o portador de incensario,
al cruciferario o portador de la cruz,
a los ceroferarios o portadores de ciriales,
al portador del libro (Misal Romano),
y al lector o diácono (llevando el Evangeliario).
Si se utiliza incienso, el turiferario se acerca al celebrante que lo pone en el incensario abierto y lo bendice en silencio con la señal de la cruz. Después de hacer reverencia ante el crucifijo o imagen de la sacristía, todos se dirigen hacia el presbiterio con paso firme y pausado durante el canto de entrada.[5]
Al llegar ante el altar, los que no llevan nada hacen una inclinación profunda (o una genuflexión si el sagrario está en el presbiterio). Si el diácono o lector lleva el Evangeliario, lo coloca en el altar con reverencia. El celebrante se dirige hacia el altar y lo besa. Si se usa incienso, al llegar al presbiterio, el incensario y el ayudante de la naveta se acercan a él para que ponga más incienso en el incensario; el celebrante toma el incensario (acompañado por el diácono) e inciensa la cruz y el altar. Después, el celebrante y el que lleva el misal romano van a la sede.
Saludo
De pie delante de la sede el celebrante se santigua diciendo: “En el Nombre del Padre…” y junta las manos. Extendiendo las manos saluda al pueblo, y las vuelve a juntar una vez dicha la fórmula escogida. Después, introduce la Misa brevemente. No es ni una homilía, ni una explicación de las lecturas, aunque puede indicar el tema central de las lecturas o usar alguna palabra clave de éstas.
Acto Penitencial o Aspersión
Luego, invita a la asamblea a unirse en el acto penitencial, preferiblemente con una frase. Tras una breve pausa en silencio para poder hacer examen de conciencia, sigue el rito penitencial elegido. Un ayudante sostiene el misal romano. Existen varias opciones para este rito penitencial.[6]
Los domingos es recomendable que el de la bendición y aspersión del agua bendita (Asperges) ocupe el lugar del rito penitencial de la Misa.[7]
Señor ten piedad
Gloria
Después del rito penitencial, de la aspersión o del Señor ten piedad; con las manos juntas el celebrante inicia las primeras palabras del Gloria, cuando la liturgia del día así lo prescribe, a saber, todos los domingos, excepto en Adviento y Cuaresma, las solemnidades y fiestas y en las celebraciones locales solemnes. Durante el Gloria todos permanecen de pie.[8]
Oración colecta
Un ayudante sostiene el misal abierto ante el celebrante, que, con las manos juntas, canta o dice “Oremos”. Luego, puede cerrar los ojos en oración; es un buen momento para recordar la intención específica por la que ofrece esa Misa. Se guarda silencio durante un tiempo razonable. Después, extiende las manos y dice o entona la oración colecta. Junta las manos en “Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…”[9] La oración colecta se termina con la fórmula trinitaria larga. El ayudante cierra el libro, hace una inclinación y se lo lleva.
Liturgia de la Palabra
En la “mesa de la Palabra”, Dios habla a su pueblo. Por el ministerio de la palabra, Cristo está presente entre nosotros. El pueblo comparte la palabra oyendo, respondiendo y mediante el acto de fe en el Credo. La palabra lleva a la intercesión por las necesidades de la Iglesia y la salvación del mundo. Nunca debe utilizarse lecturas que no sean bíblicas, porque sería un gran abuso sustituir la palabra de Dios por la palabra del hombre.[10]
Lecturas
Los lectores y el salmista (vienen al presbiterio y) hacen la reverencia acostumbrada; primero inclinándose profundamente ante el altar o haciendo una genuflexión ante el sagrario. Es preferible que el lector, mientras lee, siempre en el ambón, apoye las dos manos sobre el libro. El lector puede unir las manos y hacer una pausa antes de cantar o decir: “Palabra de Dios”… Es de gran riqueza guardar silencio después de cada lectura para reflexionar sobre la Palabra proclamada.[11]
Durante las lecturas, el celebrante dará ejemplo de atención.
Después de la lectura o del salmo responsorial, el lector vuelve al centro, reverencia el altar o el sagrario. En algunas ocasiones puede ser útil que un ceremoniero o un ayudante acompañe al lector para señalar la lectura, acomodar el micrófono y las oportunas indicaciones mientras va y vuelve del ambón.
Salmo responsorial
El salmo responsorial es cantado o proclamado. El solista, el coro o el salmista conduce al pueblo para que responda. Los domingos o solemnidades el salmo responsorial debe cantarse.
*Al final de la segunda lectura (o del salmo responsorial, si sólo hay una lectura), un ayudante quita el leccionario del ambón y lo coloca en un sitio adecuado, a no ser que deba utilizarse para leer el texto del Evangelio.
Aclamación antes del Evangelio
El aleluya (o su equivalente durante la Cuaresma) debería cantarse siempre. En este momento todos están de pie. Pero si se utiliza incienso, el celebrante permanece sentado y prepara el incensario. El diácono ayuda a preparar el incienso. Luego, inclinado ante el celebrante, pide la bendición y lleva el Evangeliario al ambón. El canto del Aleluya se prolonga hasta que el Evangeliario sea colocado en el ambón.
Evangelio
Si el celebrante lee el Evangelio, se pone de pie, se acerca ante el altar inclinándose profundamente, con las manos juntas dice en secreto “purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso…”. Si se utiliza el Evangeliario, lo toma del altar y lo lleva en procesión hasta el ambón, precedido por los ministros que llevan los ciriales. Ya en el ambón abre el libro y saluda al pueblo diciendo con las manos unidas: “El Señor esté con ustedes”, después, canta o dice: “Del santo Evangelio según san N.”, y mientras tanto hace la señal de la cruz con el dedo pulgar derecho sobre el texto del libro y en la frente, en los labios y en el pecho (e inciensa el libro con tres movimientos dobles). Proclama el Evangelio con las manos juntas, como es usual. Durante el Evangelio todos permanecen de pie y girados hacia el ambón para honrar a Cristo en su Palabra.[12] Los ciriales, también de pie, se colocan a cada lado del ambón.
Al terminar la lectura o canto dice: “Palabra del Señor”. Toma el libro con ambas manos y besa el texto: “Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados”.
La homilía
La homilía se pronuncia en el ambón. Pero el obispo o el sacerdote pueden predicar en la sede, sentado o de pie. Sólo el obispo, el sacerdote o el diácono pueden predicar la homilía, que es obligatoria los domingos y días de precepto, y se recomienda vivamente los demás días, especialmente durante el Adviento y la Cuaresma, así como en otras ocasiones pastorales.[13] No se deberían leer avisos antes o después de la homilía, a no ser que se deba recordar al pueblo algo sobre la colecta o dar alguna indicación litúrgica o sacramental.
La profesión de fe
El celebrante vuelve a la sede. Puede sentarse para reflexionar en silencio después de la homilía. Después, de pie, canta o dice las primeras palabras del Credo. Éste debe decirse todos los domingos y solemnidades. Todos se inclinan profundamente en “… y por obra del Espíritu Santo…” hasta “…se hizo hombre…”, y en la solemnidad de la Navidad y de la Anunciación todos se arrodillan en estas palabras.
Oración de los fieles u Oración universal.
Con las manos juntas, el sacerdote introduce a la oración de los fieles. El ayudante le sostiene el libro. El diácono, el cantor, el lector u otra (s) persona (s) idónea (s) lee las intenciones desde el ambón. Todos contestan a cada intención con la misma respuesta breve, cantada o recitada; también pueden orar en silencio. Al final, el celebrante separa las manos y canta o recita la oración conclusiva, y junta las manos, como siempre, al acabar.
Liturgia Eucarística
La liturgia de la Palabra lleva a la celebración del sacrificio del Señor en la liturgia Eucarística. Presenta ya en su pueblo, en su sacerdote y a través del ministerio de la Palabra, Jesús se hace total y sustancialmente presente bajo las apariencias del pan y del vino. Está presente como sacrificio y alimento de los miembros de su Cuerpo, la Iglesia, que son atraídos al culto perfecto del Padre por el Espíritu Santo.[14]
Por esta razón, nuestro Rito es la actualización litúrgica de la acción central de la Última Cena, que consta de cuatro partes:
Jesucristo toma el pan y el vino → la preparación de las ofrendas u ofertorio.
Da gracias por estas ofrendas y las bendice → Plegaria eucarística y Consagración.
Parte el pan → Rito de la fracción del pan.
Da la Eucaristía a sus apóstoles → Rito de la Comunión.
Preparación del altar y de las ofendas.
El celebrante y el pueblo se sientan mientras el acólito, diácono o sacerdote preparan el altar. Un ayudante trae el cáliz (o cálices), el corporal y purificador(es), el misal, el atril, y cualquier otro vaso que contenga formas. Se extiende el corporal en el centro del altar. El celebrante va directamente al altar, si no hay procesión de las ofrendas, cuando los ayudantes hayan preparado los vasos sagrados y el misal.
Procesión de las ofrendas.
Los que van a llevar las ofrendas se reúnen junto a la mesa de las ofrendas y reciben los vasos sagrados y las vinajeras. También pueden traer las ofrendas para los pobres. No llevarán los cálices y otros vasos vacíos. En ciertas ocasiones pueden llevar objetos simbólicos en particular muestras de trabajo. La procesión de las ofrendas se puede acompañar con un canto u otra forma musical.
El celebrante, normalmente, recibe las ofrendas de pie en la parte delantera del presbiterio, acompañado por dos ayudantes. De manera digna y amable, muestra agradecimiento por la generosidad expresada por esta acción. Los ayudantes recibirán de él el pan y el vino así como otros objetos y los llevarán al altar o a la credencia. El celebrante no debe llevar nada al altar. Si la colecta ya se ha realizado y se ha presentado dinero, éste no se pone en el altar sino en un lugar adecuado.[15]
Preparación de los dones.
El celebrante se acerca al centro del altar y hace reverencia. El diácono, le presenta la patena, para indicar que las ofrendas vienen de la comunidad. Entonces, con ambas manos eleva “ligeramente” la patena sobre el altar y dice: “…Bendito seas, Señor…”
Durante esta oración levante sólo un vaso sagrado que contenga pan. Dice la oración en secreto si está cantando en este momento o, si no se canta, el sacerdote dice en voz alta la oración, y entonces el pueblo aclama: “…Bendito seas por siempre, Señor…”. Si esta oración la dice en voz alta, no deja la patena en el corporal hasta que el pueblo haya respondido. Cuando no hay canto, el celebrante puede optar también por decir las oraciones en secretos. Parece más conveniente colocar la patena en el centro de la parte delantera del corporal. El copón se habrá colocado en la parte posterior del corporal, o si hay muchos vasos, en otras partes del altar.[16]
A no ser que el diácono prepare el cáliz (ces), en el altar o en la credencia, el celebrante lo prepara vertiendo el vino en el cáliz cuidando de no derramarlo, después sirviéndose de las vinajeras, echará una pequeña cantidad de agua en el cáliz (ces), diciendo en secreto: “El agua unida al vino sea signo…” Levanta el cáliz “ligeramente” sobre el altar, “Bendito seas, Señor,…” en secreto o en voz alta. Si lo dice en voz alta no baja el cáliz al corporal hasta que el pueblo haya respondido.
Junta las manos, retrocede un poco, se inclina profundamente, y dice en secreto: “Acepta, Señor, nuestro corazón contrito…”[17] Se endereza, se gira hacia la derecha y camina hacia la esquina del altar para el lavabo a no ser que inciense las ofrendas. Con las manos sobre la jofaina forma un cuenco cuando el ayudante le echa el agua. Mientras, en secreto, dice la oración: “Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado…”
Posteriormente extiende las manos y dice: “…Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso” y junta las manos. Debe mirar al pueblo mientras dice estas palabras, invitándoles a participar en la ofrenda fructuosa del sacrificio del Señor. En vez de “hermanos” puede decir “hermanos y hermanas”, “amigos”, “amados”, etc.
Luego, el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración sobre las ofrendas. La recita o canta en voz alta, y una vez acabada junta las manos. Antes de comenzar la Plegaria eucarística, sería apropiado hacer una breve pausa.
Plegaria eucarística.
Esta gran oración de acción de gracias y santificación es el centro y cumbre de toda la celebración por razones pastorales, en algunas ocasiones, el celebrante puede introducir la oración con unas palabras cuidadosamente escogidas.
En “El Señor esté con ustedes” extiende las manos, y las vuelve a juntar, mirando al pueblo. En “… Levantemos el corazón”, extiende las manos y las eleva, volviéndolas a bajar a la altura normal cuando dice o canta: “…Demos gracias al Señor, nuestro Dios” (pero no junta las manos en… Demos gracias…).
Mantiene sus manos extendidas mientras recita o canta el prefacio, inclinando la cabeza cuando se incluyen nombres de santos en el texto. Junta las manos en las últimas palabras del prefacio y, con el pueblo, canta o recita el “Sanctus”. Puede bajar los ojos de forma recogida durante esta aclamación, pero no se inclina. Luego, extiende sus manos y continúa la Plegaria eucarística, que recita en voz alta o canta de acuerdo con lo que disponga cada una.
Para las cuatro Plegarias eucarísticas principales, hay que tener en cuenta las siguientes variaciones textuales y ceremoniales:
Plegaria eucarística I Canon Romano.
Como Plegaria eucarística por excelencia de nuestro rito, el Canon Romano puede utilizarse en cualquier tiempo.[18] Es conveniente en las fiestas o memorias de los santos y mártires incluidos en este texto, y los domingos, a no ser que razones pastorales aconsejen otra plegaria.
Plegaria eucarística II.
El canon basado en la anáfora de Hipólito es mejor usarlo en días ordinarios de entre semana pero no de modo habitual en domingos y solemnidades.[19] Puede usarse íntegro con su prefacio propio, o con otro prefacio, en especial los que presentan en forma más resumida el misterio de la salvación, como los Prefacios de los domingos del Tiempo Ordinario y con los Prefacios comunes.
Plegaria eucarística III.
Esta plegaria, que subraya fuertemente el carácter sacrificial, deriva en gran parte del Canon Romano. Será mejor utilizarla los domingos, solemnidades y fiestas, con un prefacio adecuado.
Plegaria eucarística IV.
Este canon majestuoso, adaptado del texto más largo de la gran anáfora de san Basilio, es mejor reservarlo para ocasiones solemnes o para una comunidad que tenga un gran conocimiento de la Escritura. Al proclamar y ofrecer alabanzas toda la historia de la salvación, se utiliza siempre como un todo con su propio prefacio. Por tato, no se usa cuando una Misa tiene prefacio propio.
La epíclesis.
En la Plegaria eucarística, la epíclesis lleva a la Consagración. Se invoca al Espíritu Santo para que obre la transustanciación de las ofrendas del pan y del vino.[20] El celebrante mantiene las manos extendidas sobre las ofrendas, sin tocarlas, con las palmas hacia abajo. Durante la epíclesis se aconseja bajar la voz y disminuir el ruido de las palabras, para llevar al pueblo al momento de la Consagración. La campanilla debe sonar brevemente antes de que comience la epíclesis.
Narración de la institución y Consagración.
En el momento más sagrado del sacrificio eucarístico, el celebrante puede guiarse por la sabiduría pastoral del papa Juan Pablo II: “El culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la Plegaria Eucarística y especialmente las de las de la Consagración, son pronunciadas con humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia Eucarística es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento”.[21]
Si no se han arrodillado después del himno “Santo” o en la epíclesis, el pueblo estará de rodillas, a no ser que lo impida la estrechez del lugar o la aglomeración de la concurrencia o cualquier otra causa razonable, durante la Consagración.[22] El celebrante hará una pausa hasta que el pueblo se arrodille.
Consagración del pan.
Después de la epíclesis, el celebrante junta las manos. Toma una forma grande en sus manos en “…tomó pan…” No se debe partir o desmenuzar el pan en “…partió”.
Se inclina ligeramente hacia delante mientras dice las palabras de la Consagración que han de pronunciarse con claridad, como requiere la naturaleza de éstas “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Si conoce las palabras de la Consagración de memoria, puede mirar al pan, y no hacia el libro o hacia el pueblo. Puede bajar la voz ligeramente, así como el ritmo de las palabras, para que tanto él mismo como el pueblo sean atraídos por la acción sublime de Cristo en su Iglesia.
La elevación de la Hostia debe ser un mostrar el Cuerpo de Cristo al pueblo de manera respetuosa y con pausa. Después de decir las palabras de la Consagración, el celebrante permanece de pie, erguido, manteniendo aún la Hostia, que reverentemente levanta sobre el corporal. Luego, poniendo ambas manos en el corporal, hace una genuflexión adorándolo, sin prisa y sin inclinar la cabeza.
Consagración del vino.
El celebrante quita la palia, a no ser que el diácono o el acólito la hayan quitado durante la epíclesis. En las palabras “tomó este cáliz glorioso” o sus equivalentes en las distintas Plegarias eucarísticas, toma el cáliz, preferiblemente cogiendo el nudo con la mano derecha y sosteniendo la base con la mano izquierda, manteniéndolo recto (no inclinado hacia él), lo levante un poco sobre la superficie del altar, y luego se inclina mientras dice las palabras de la Consagración. Ya que se inclina ligeramente, con naturalidad, dirige su mirada al cáliz, no hacia el libro, mientras dice: “Tomad y bebed… Haced esto en conmemoración mía”, manteniendo el mismo tono de voz y ritmo de las palabras que en la Consagración del pan. Luego, pone ambas manos en el corporal y hace una genuflexión en adoración, sin prisa y sin inclinar la cabeza. Si se usa palia, la coloca sobre el cáliz.
En cada elevación puede tocarse la campanilla, de acuerdo con la local. [23] Si se utiliza incienso, se inciensa la Hostia y la Preciosa Sangre en cada elevación.
Aclamación después de la Consagración.
Con las manos juntas y mirando al pueblo, el celebrante canta o dice: “Este es el Sacramento de nuestra fe”. El pueblo debe estar familiarizado con todas las opciones posibles de esta aclamación. Después, el celebrante extiende las manos y continúa la Plegaria eucarística según corresponda.
La doxología de la Plegaria Eucarística.
La gran doxología de la Plegaria eucarística es una majestuosa expresión del misterio de la Trinidad en el Sacrificio eterno. La doxología se canta o recita por el celebrante. El pueblo participa en la doxología cantando o aclamando el gran “Amén”, al que se le debe dar especial énfasis en la catequesis litúrgica. El pueblo no canta o recita la doxología acompañando al celebrante.[24]
El celebrante eleva el cáliz con la mano derecha, y la patena con la izquierda. El cáliz y la patena no se colocan en el corporal hasta que el pueblo haya respondido aclamando o cantando “Amén… Si asiste un diácono, permanece de pie a la derecha del celebrante y levanta el cáliz cuando el celebrante levanta la patena con ambas manos.
Rito de la Comunión.
En el banquete Pascual Cristo da su Cuerpo y su Sangre a su Esposa, la Iglesia.[25] Los ayudantes y el pueblo estarán de pie. Con las manos juntas, el celebrante, mirando al pueblo, canta o recita la introducción al Padre nuestro. Utiliza una de las opciones, o una fórmula similar a las que prevén en el breviario, o palabras propias. Extiende las manos mientras todos cantan o recitan el Padre nuestro. Durante la oración puede dirigir la mirada a la Hostia o mantenerla ligeramente levantada.
Mantiene las manos extendidas mientras canta o recita el embolismo del Padrenuestro “líbranos de todos los males, Señor…”. Junta las manos y se inclina ante el Santo Nombre al final de la oración. El pueblo responde cantando o recitando la aclamación “Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor…”
De nuevo extiende las manos para cantar o recitar “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles…” Luego, mirando al pueblo, canta o recita: “La paz del Señor esté siempre con vosotros” extendiendo y juntando las manos.
El signo de la paz.
Con las manos juntas y vuelto hacia el pueblo el celebrante (o el diácono) invita al pueblo a darse fraternalmente la paz, según la costumbre local. En el rito de la paz el celebrante no abandona el altar, así que el diácono y algunos ayudantes se dirigen a él para recibir la paz. El signo de la paz se lo dan entre sí los que están más cerca. Los ayudantes no deben deambular por el presbiterio ni van por la iglesia dando la paz a todo el mundo.
La fracción.
El tercer momento de la cuádruple acción de Jesucristo es la fracción del pan. Esta acción significa que “puesto que el pan es uno, muchos somos un solo cuerpo, porque a todos participamos de un solo pan.[26] Durante el rito de la fracción del pan el coro o cantor canta el Agnus Dei (Cordero de Dios) y el pueblo responde, o cantan unidos o sólo el coro, o se recita. Si deben fraccionarse muchas Hostias, el “Cordero” se puede repetir varias veces, hasta que se haya terminado la fracción, pero la última vez que se dice el Agnus Dei se termina con “…danos la paz”.[27]
La fracción de la (s) Hostia (s) se realiza sobre la (s) patena (s), y no sobre el (los) cáliz (ces).[28] El celebrante fracciona con muchísimo cuidado una Hostia grande de arriba abajo por el centro, sirviéndose de la marca que tiene por detrás. Sólo los concelebrantes ayudan al celebrante en la fracción. Los diáconos, acólitos y ministros extraordinarios nunca fraccionan la Hostia, ya que este acto presidencial pertenece a los que están ordenados para celebrar la Eucaristía.
La inmixtión.
Cuando se ha realizado la fracción, el celebrante parte un pequeño fragmento de la Hostia con su mano derecha y lo coloca con veneración en el cáliz diciendo “El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento para la vida eterna”.[29] Si se usa palia, se quita para la inmixtión, y se vuelve a poner.
Comunión.
La acción final de las cuatro que hizo Jesucristo en la Última Cena es dar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Sagrada Comunión. Los fieles rezan en silencio, a no ser que estén todavía cantando el Agnus Dei; mientras, el sacerdote dice en secreto cualquiera de las oraciones de preparación de la Comunión colocando ambas manos en el corporal, el celebrante hace la genuflexión de adoración. Luego, toma ambas porciones de la Hostia, y las coloca un poco separadas. Levantando la patena alza la Hostia fraccionada y dice “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo… Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Mantiene elevado el Cuerpo del Señor de la misma manera mientras dice con el pueblo una sola vez “…Señor no soy digno…”. Luego, coloca la patena en el altar.
Después de la comunión del celebrante y de los concelebrantes de forma acostumbrada, sigue la comunión de los fieles; primero, el celebrante da la Comunión (al diácono, al acólito y) a los ayudantes. El diácono la recibe bajo las dos especies, en el altar. Los ayudantes pueden recibirla en el centro del presbiterio, acercándose al celebrante; si es costumbre, pueden arrodillarse para recibir la Eucaristía. Luego, el celebrante lleva la patena o copón al lugar de la Comunión donde sea la costumbre local de administrar la Eucaristía al pueblo.
Los fieles pueden recibir la Eucaristía de rodillas o de pie. Se dirigen al celebrante o a otro ministro de la Eucaristía, en fila de uno en uno, de dos en dos, para recibirla de pie. Pueden colocarse a lo largo de la grada o alrededor de los límites del presbiterio, si es posible acercarse por varios lados, mientras que el celebrante u otros ministros administran la Eucaristía. Cuando se comulga de pie se recomienda encarecidamente que los que se acercan hagan una reverencia antes de la recepción del Sacramento en lugar y tiempo oportuno para que no entorpezca el paso y retiro de los fieles.[30] En nuestro Rito, una “señal” de reverencia a la Eucaristía sería la genuflexión (o una inclinación para quienes no puedan hacer genuflexión). Este acto de reverencia antes de recibir la Comunión se puede realizar fácilmente y no retrasa la recepción de la Comunión. La persona que va inmediatamente detrás del que comulga hace la reverencia mientras el anterior está recibiendo al Señor.
Cuando el que comulga se aproxima al celebrante, o cuando él se aproxima al que comulga, el celebrante levanta la Hostia sobre la patena o copón y dice: “El Cuerpo de Cristo…” El que comulga responde “Amén” y recibe el Sacramento, eligiendo entre recibirlo directamente en la boca o en la palma de la mano izquierda según la costumbre local.
La Comunión se da también por intinción, es decir, el celebrante moja con cuidado parte de la Hostia en el cáliz y la pone en la lengua del que comulga, diciendo antes “El Cuerpo y la Sangre de Cristo”. Un diácono, un acólito u otro ministro extraordinario sostiene el cáliz.
Durante la Comunión, tanto se puede cantar la antífona como himnos apropiados, o cantar el coro, o poner música. Conviene, en caso de aglomeración, para mayor orden, ayudar al pueblo mientras va y viene. Nunca se debe hacer ir al altar fila por fila, porque esto podría obligar a comulgar a personas que no están preparadas o no puedan recibir la Comunión, o que no sean católicos e incluso no cristianos. Si queda algo de la Sangre de Cristo, se consume inmediatamente después de la Comunión, en el altar o preferiblemente en la credencia, por el celebrante, diácono o acólito (ayudado por otros si es necesario).
Purificaciones
El celebrante (o el diácono o el acólito) pueden purificar los vasos sagrados en el lado derecho del altar o en la credencia.[31] Sin embargo, para evitar distraer al pueblo en su acción de gracias, parece preferible realizar las abluciones en la credencia. Al purificar los vasos, hay dos tendencias que se deben evitar:
· un esfuerzo demasiado escrupuloso para encontrar las partículas más pequeñas, y…
· un modo aparentemente informal y despreocupado que podría implicar, al menos, una falta de respeto a la Eucaristía.
Después de colocar las formas en el sagrario, el celebrante de pie en el centro del altar, consume lo que queda de la Preciosa Sangre (ayudado por otros si es necesario). Luego, lleva el cáliz y la patena o los otros vasos sagrados al lado derecho del altar (o los ayudantes los llevan a la credencia, si las purificaciones se realizan allí). Mientras el ayudante derrama una cantidad razonable de agua (y vino) en el cáliz o en el copón, el ayudante derrama una cantidad razonable de agua (y vino) en el cáliz o en el copón, el celebrante puede poner los dedos encima para que los fragmentos, adheridos a los dedos caigan dentro. Luego, bebe la ablución. Si hay varios copones para purificar, puede no ser fácil limpiarlos “en seco” con el purificador. Por tanto, se puede echar agua en un copón (sobre los dedos), seca los dedos y echa la ablución en el siguiente, y así sucesivamente, hasta que al final lo vierte en el cáliz y lo bebe.
Durante las purificaciones, el celebrante (diácono o acólito) dice en secreto “Haz, Señor, que recibamos con un corazón limpio…”. Después de beber la ablución, si es necesario, el celebrante se limpia los labios con el purificador. Deja el purificador en el altar o en la credencia, donde el ayudante cubre el cáliz. Si las purificaciones se dejan para después de la Misa, los vasos sagrados se llevan a la credencia. Durante la Comunión, un ayudante quita el misal y el atril del altar. El celebrante puede decidir recitar la oración después de la Comunión e impartir la bendición final desde el altar. En este caso, después de llevar el corporal y los vasos sagrados a la credencia, el misal y el atril pueden ponerse en el centro, donde estaba el corporal. Antes de que el celebrante vaya al altar, un ayudante puede pasar las páginas del misal hasta la oración propia del día.
Después de la Comunión.
Después de la purificación de los vasos sagrados (o mientras el diácono o acólito se los llevan), el celebrante va a la sede y se sienta. Después de la Sagrada Comunión hay un momento de silencio, o se canta un salmo, o un canto de alabanza. Incluso después de que se haya cantado un himno, debe haber una pausa definida para rezar en silencio.
El celebrante se pone de pie en la sede o vuelve al centro del altar. El pueblo debe ponerse de pie cuando lo hace el celebrante, porque el “Oremos” no es una invitación a ponerse de pie… Luego, el celebrante canta o dice “Oremos…” con las manos juntas. En la sede, un ayudante sostiene el libro delante de él durante la oración. Los avisos deben comunicarse en este momento. Deben ser breves, si los avisos son un poco largos, el celebrante o el diácono invita al pueblo a sentarse.
Rito de conclusión.
De cara al pueblo, el celebrante extiende las manos y canta o dice: “El Señor esté con vosotros”, si se utiliza la forma simple de bendición, de cara al pueblo, con las manos juntas, canta o recita: “La bendición de Dios Todopoderoso…”. Luego hace la señal de la cruz, una vez, de forma clara y sin prisa sobre el pueblo, mientras dice: “Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Todos responden cantando o recitando: “Amén”. Si se utiliza la Bendición Solemne, el diácono o celebrante invita al pueblo a inclinarse para la bendición, usando la fórmula prevista en el misal o unas breves palabras similares. Luego, el celebrante extiende las manos, con las palmas hacia abajo, como en la epíclesis, pero esta vez un poco más elevadas y separadas con naturalidad, mientras canta o recita las tres deprecaciones a las que el pueblo responde: “Amén”, para indicar el momento de la respuesta, parece mejor bajar la voz en las últimas palabras de cada una de estas deprecaciones. Une sus manos e imparte la bendición después de la tercera deprecación.
De cara al pueblo, el diácono o el celebrante canta o recita la despedida, con las manos juntas, usando sólo una de las opciones previstas. El pueblo responde cantando o diciendo “…Demos gracias a Dios”. La celebración de la liturgia concluye en este momento en que los fieles de Cristo son enviados al mundo, alabando y bendiciendo al Señor como miembros vivos de su Cuerpo entre los pueblos. Por tanto, nadie debe añadir avisos o comentarios después de la despedida. Sin embargo, si sigue inmediatamente otra acción litúrgica, se omite el rito de despedida.
A no ser que el celebrante continúe de pie allí, va al altar y lo besa de la misma manera que al comienzo de la Misa. Va al centro del presbiterio donde los ayudantes deben estar ya en posición para la procesión, se inclina profundamente ante el altar o hace una genuflexión si el Sagrario está en el presbiterio. Durante el himno final o una música de salida, la procesión vuelve a la sacristía o a la habitación donde se revistieron. Después de la liturgia puede continuar una música apropiada o permanecer en silencio en atención a los que se quedan rezando en la iglesia.
En la sacristía, todos se inclinan ante el crucifijo o imagen. Otra solución es inclinarse ante la cruz procesional, mantenida por el cruciferario que (junto con los portadores de los ciriales) se sitúa de cara al celebrante y los otros ayudantes. El celebrante se quita los ornamentos. Por respeto al sacristán, debería dejarlos ordenados en el lugar correspondiente de cada ornamento o sobre la mesa. El celebrante, de ordinario, vuelve a la iglesia para hacer su acción de gracias. Sin embargo, los domingos y otras ocasiones apropiadas podrá saludar a la gente en un lugar conveniente, normalmente antes de quitarse todos los ornamentos sagrados. Puede desprenderse de la casulla y dársela al ayudante antes de saludar a los asistentes a la puerta de la iglesia. Luego, regresa a la sacristía o habitación donde se revistió, y se quita los ornamentos de la celebración litúrgica. En la iglesia o en otro lugar hace su acción de gracias. Otros deberían encargarse de todos los detalles materiales de la iglesia y sacristía, de este modo el sacerdote estará libre para realizar su función pastoral con el pueblo o para su oración personal después de celebrar el sacrificio del Señor.
TEMA 7
22 DE OCTUBRE.
LÍNEAS PRÁCTICAS.
3.6. Misa solemne.
El celebrante está asistido por uno o dos diáconos. Si le asiste un diácono, éste proclama el Evangelio y sirve en el altar durante la liturgia eucarística. Si le asisten dos diáconos, un modo razonable de repartir sus funciones podría ser que uno de ellos actuara como “diácono de la Palabra” y el otro de “diácono de la Eucaristía”. El primero proclama el Evangelio y dirige las intenciones de la oración de los fieles, el segundo sirve en el altar y permanece a la derecha del celebrante durante la liturgia eucarística. Ambos le asisten en la distribución de la Comunión.
Se requieren los mismos ayudantes que para una misa dominical, nada más que se agregan dos ayudantes más cuando celebra el obispo, es decir, el que ayuda con la mitra y el que ayuda con el báculo. Ellos en la procesión van detrás del obispo.
El portador de los libros se sitúa cerca de la sede. El diácono va directo al altar y coloca el evangeliario en el centro. Se desplaza a su derecha y espera al celebrante (y al segundo diácono), y juntos besan el altar. Si preside el obispo, después de besar el altar le pasa la mitra al diácono y éste se la da al ayudante de la mitra igualmente el báculo. Desde el lado de la credencia, el turiferario y la naveta se aproximan al altar para volver a servir el incensario, se lo da al diácono que, a su vez, lo da al celebrante. El celebrante y el diácono (s) se ponen de cara al altar. El altar se inciensa del siguiente modo: El celebrante y el diácono se inclinan ante el altar y proceden al incensario, rodeándolo por su derecha. Si la cruz está sobre el altar o cerca de él, primero se inclinan ante ella y la inciensan con tres movimientos dobles. Se inclinan de nuevo y siguen a su derecha rodeando el altar. Si la cruz está detrás del altar o suspendida sobre el mismo, de modo que la imagen da la cara al pueblo, se inciensa cuando llegan al centro del frontal del altar. Sin embargo, si la cruz procesional se emplea como cruz del altar y está situada lejos del mismo, se inciensa cuando hayan llegado a un lugar próximo a ella.
Una vez que el celebrante ha vuelto al centro del altar, entrega el incensario al diácono (que se lo da al turiferario); luego se dirige hacia la sede con el diácono (s). El himno de entrada debería acompañar estas acciones, pero si ha finalizado, el organista o los músicos podrían tocar una música apropiada hasta que se complete la incensación y el celebrante y el diácono estén junto a la sede.
Ritos introductorios.
El celebrante comienza la Misa como siempre. El diácono permanece a su derecha (el segundo diácono a su izquierda). El ayudante de los libros está de pie delante del celebrante a su izquierda.
Liturgia de la palabra.
El rito continúa tal y como se describió en la misa dominical. El salmo responsorial es cantado. Si los lectores salen de entre los fieles un ayudante o el maestro de ceremonias puede acompañarlos al ambón, observando las reverencias establecidas.
Preparación para el Evangelio.
Hay tres etapas en la preparación para la lectura del Evangelio: -bendición del incienso, -bendición del diácono y –procesión al ambón. El celebrante permanece sentado mientras todos se levantan para cantar el Aleluya. El turiferario y el portador de la naveta se aproximan a la sede y hacen una ligera inclinación ante el celebrante. El turiferario abre el incensario y lo sostiene a una altura adecuada, asegurándose de que ninguna de las cadentillas impide depositar el incienso sobre el carbón. El diácono presenta la naveta abierta y la cucharilla a la altura de las manos del celebrante, de modo que pueda tomar el incienso con facilidad. El celebrante hace en silencio la señal de la cruz sobre el incensario que entonces se cierra. El turiferario se inclina ante el celebrante y se retira a esperar en un lugar central, delante o detrás del altar, donde aguardan los ceroferarios después de haber traído los ciriales. El diácono se sitúa delante del celebrante para recibir su bendición, diciendo discretamente: “Su bendición…”. Mientras es bendecido hace una inclinación profunda. Al final de la bendición, el celebrante hace la señal de la cruz sobre el diácono, que se santigua y hace una reverencia al celebrante.
El celebrante se levanta. El diácono se acerca al altar. Se inclina ante él y coge con reverencia el evangeliario que lleva solemnemente en procesión hasta el ambón, precedido por el turiferario y los ceroferarios.
Los ceroferarios permanecen en pie a cada lado del ambón y el turiferario se sitúa a la derecha del diácono. El diácono deja el evangeliario sobre el ambón y lo abre por el lugar señalado. Entonces, con las manos juntas, saluda al pueblo cantando: “El Señor esté con vosotros”. En “lectura del…”, hace el signo de la cruz claramente y sin prisa, primero sobre el texto, después en su frente, boca y pecho. Después toma el incensario que está en manos del turiferario, hace una inclinación ante el evangeliario y lo inciensa con tres incensaciones dobles: en el medio, a su izquierda y a su derecha. Se inclina de nuevo y entrega el incensario al turiferario. Después canta o lee el Evangelio con las manos juntas. Durante la lectura, el celebrante y todos los que están en el presbiterio se vuelven hacia el ambón. Si el que preside es el obispo, él dará la bendición al diácono con la mitra sentado, y al ponerse de pie se quitará la mitra y se le proporcionará el báculo.
Después de cantar “Palabra del Señor”. Alza el libro abierto y besa el texto diciendo en voz baja: “Por las palabras del Evangelio…”. Después del Evangelio los ceroferarios vuelven por el camino más corto al lugar que ocupaban cerca de la credencia y dejan los cirios en su sitio. Si el presidente es el obispo, el diácono o el sacerdote que proclamó el Evangelio se lo lleva para que lo bese, para esto otro diácono o el ayudante del báculo se lo cuida. Continúa la homilía de manera acostumbrada, si preside el obispo, lo puede hacer con la mitra puesta.
Después se hace la Profesión de fe como de costumbre y la Oración de los fieles; en Misa solemne parece preferible que sea el diácono (o el primer diácono -diácono de la Palabra-) el que lea o cante las intenciones desde el ambón o desde el lugar que ocupa junto a la sede.
Preparación del altar y de las ofrendas.
El celebrante se sienta. Los ceroferarios (y otros ayudantes, si es necesario) traen el corporal y el purificador (es), el cáliz o cálices y el misal y permanecen junto al altar. El diácono (o el segundo diácono –el de la Eucaristía-) se dirige al altar, extiende el corporal y supervisa la disposición de los vasos sagrados. Después se dirige a la sede o se une al celebrante en el lugar donde recibirán las ofrendas.
Procesión de las ofrendas.
El celebrante recibe las ofrendas de los fieles asistido por el diácono que se sitúa a su derecha. El diácono y los ayudantes llevan las ofrendas y demás objetos al altar donde los colocan ordenadamente. El celebrante se dirige al altar. Un himno o música acompañará la procesión de ofrendas y puede continuar durante la preparación de las ofrendas. El diácono entrega la patena al celebrante. Mientras el celebrante hace la ofrenda del pan, el diácono vierte el vino en el cáliz o cálices en el lado derecho del altar o en la credencia. Un ceroferario ofrece la vinajera del agua al diácono que vierte una pequeña cantidad en el cáliz (principal), diciendo en secreto “Que por el misterio…” si hay varios cálices, el diácono asiste al celebrante para disponerlos ordenadamente sobre el corporal o en otros sitio. Luego entrega el cáliz al celebrante, que ofrece el vino como es costumbre. El diácono permanece a su derecha, pero separado del altar.
Mientras el celebrante ofrece el vino, el turiferario se acerca. El celebrante, después de haber hecho una inclinación profunda, gira a su derecha y el turiferario le presenta el incensario abierto. El diácono que se sitúa ligeramente detrás del celebrante, a su derecha y de cara al altar, le ofrece la naveta abierta y la cucharilla al celebrante que le echa incienso sobre el carbón en el incensario. Hace en silencio la señal de la cruz sobre éste que, entonces, se cierra. El turiferario entrega el incensario al diácono, se inclina ante el celebrante y se retira a un lado del altar, donde no estorbe la incensación.
El celebrante toma el incensario del diácono, de cara al altar, se inclina junto con el diácono (s) y entonces inciensa las ofrendas con tres incensaciones dobles: al centro, a la izquierda y a la derecha. El celebrante y el diácono se inclinan de nuevo, giran a su derecha e inciensan el altar del mismo modo que al comienzo de la Misa. Cuando vuelven al centro, el diácono recibe el incensario del celebrante y se dirige al lado derecho del altar. Cara a cara, el celebrante y el diácono se inclinan, y el diácono inciensa al celebrante con tres incensaciones dobles, junto con los demás concelebrantes pidiéndoles que se pongan de pie si están sentados. Después el diácono en la parte delantera del presbiterio, hace inclinación antes y después del haber sido incensado. Luego permanece de pie. Habiendo hecho reverencia al pueblo, el diácono entrega el incensario al turiferario y regresa al altar.
Durante estas incensaciones, los ceroferarios se acercan al altar, uno con el aguamanil y la jofaina, y con la toalla. El celebrante se lava las manos. Durante las incensaciones y el lavado de manos, si ha terminado el himno sobre las ofrendas, el coro puede seguir cantando o se puede tocar una música apropiada.
El diácono ocupa su sitio junto al altar, en el que se mantendrá hasta la Comunión. Permanece a la derecha del celebrante, pero unos pasos más atrás, significado que no es un concelebrante, y también dejando espacio para los concelebrantes que se pueden acercar al altar después de la oración sobre las ofrendas. Después de la incensación del pueblo, y sólo cuando el canto o la música hayan acabado, el celebrante dice “Orad… para que este sacrificio mío y vuestro…”. Luego, canta la oración sobre las ofrendas.
Plegaria eucarística.
El celebrante continúa con la Plegaria eucarística escogida. Si preside el obispo en esta parte de la misa se le retira el solideo. Sería conveniente que, en las grandes ocasiones, el celebrante cantase la plegaria si está capacitado para ello. El diácono (s), acólito (s), ayudantes y el maestro de ceremonias se arrodillan en la epíclesis para la Consagración, cuando uno de los ceroferarios o un ayudante toca la campanilla. El diácono permanece de rodillas desde la epíclesis hasta después de la elevación del cáliz.[32] Antes de arrodillarse, diácono quitará la palia del cáliz. En la epíclesis el turiferario se pondrá enfrente al altar e incensará en las elevaciones a las especies eucarísticas, mientras un ayudante puede hacer sobar una campanilla en los mismos momentos. Los concelebrantes participan según sea el caso.
Rito de la Comunión.
Todos cantan el Padrenuestro. El diácono (o diácono de la Palabra) se adelanta o se vuelve al pueblo y, con las manos juntas, invita al pueblo a darse la paz, de acuerdo con las costumbres locales. Luego se dirige al celebrante para recibir la señal de la paz. Mientras se canta el Agnus Dei (Cordero). Los concelebrantes pueden pasarse la patena uno a otro para que cada uno tome una fracción de la Hostia. El diácono permanece en el altar y no toma una porción de la Hostia, porque no es concelebrante.
Comunión.
El celebrante muestra la Hostia a la asamblea y dice “Este es el Cordero de Dios…” Inmediatamente después de haber bebido el cáliz y antes de que cualquier concelebrante beba del mismo, se vuelve y da la Comunión bajo las dos especies al diácono (a los diáconos). Un diácono siempre recibe la Eucaristía del celebrante. El diácono ayuda al celebrante en la distribución de la Eucaristía a los fieles, ofreciendo la Hostia o el cáliz de acuerdo con las costumbres locales. Si se emplea la intención, el diácono se sitúa a la derecha del celebrante o del concelebrante, sosteniendo el cáliz y el purificador, o el mismo diácono ofrece la Hostia, ayudado por un acólito o un ministro extraordinario, que sostiene el cáliz y el purificador.
Purificaciones.
El diácono (s) y el acólito realizan las purificaciones, el celebrante se dirige a la sede y se sienta. Un ayudante puede traer un pequeño vaso con agua y un purificador para lavar sus manos. Los ceroferarios recogen el corporal, los vasos sagrados y el misal y los llevan del altar a la credencia.
Después de la Comunión.
Hechas las purificaciones, el diácono vuelve a sus sitio cerca de la sede y se sienta para el tiempo de oración en silencio o mientras se canta el himno para después de la Comunión. Luego, el celebrante y el diácono se levantan, y el celebrante o el diácono se levantan, y el celebrante canta la oración después de la Comunión, ayudado por el encargado de los libros. El celebrante o el diácono (o el diácono de la Palabra) pueden dar algún aviso.
Rito de conclusión.
El celebrante canta “El Señor esté con vosotros” y da la bendición. Aunque se use una bendición u oración solemne sobre el pueblo. El celebrante canta “El Señor esté con vosotros”; después, cara al pueblo, el diácono (o el diácono de la Palabra) los invita a recibir la bendición, diciendo: “Inclinaos para recibir…” o alguna fórmula breve similar. Después de la bendición, el diácono (o el diácono de la Palabra) despide a la asamblea. De cara al pueblo canta la despedida con las manos juntas, empleando alguna de las opciones previstas. Después de que la asamblea ha respondido, el celebrante y el diácono van al altar, lo besan y se dirigen al pasillo frente al altar donde se disponen para la procesión final. La procesión se retira por el mismo orden con el que entró, excepto que el turiferario (y el portador de la naveta) no llevan ya estos objetos litúrgicos. En la sacristía se observan las ceremonias acostumbradas.
[1] Jn 3, 30.
[2] Cf. Santiago 2, 1 – 5.
[3] Es preferible en las grandes celebraciones que los cálices deban prepararse antes de la Misa, para ganar tiempo en la preparación de las ofrendas. Pero no con mucha anticipación, pues el vino puede adquirir un sabor como a metal.
[4] Al igual que los sacristanes, los ayudantes deben saber dónde se guarda el pan, el vino, los lienzos, el incienso, el carbón, las velas, etc., para que, si es necesario, se puedan reponer durante la liturgia.
[5] El fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido, elevar sus pensamientos a la contemplación del misterio litúrgico. IGMR, n. 25.
[6] Ver Misal Romano: Ritos Iniciales, pág. 272 – 285.
[7] Cf. IGMR, n. 29 descrito en CO, n. 133.
[8] De acuerdo con el CO, n. 135 y n. 143.
[9] Cf. CO, n. 136.
[10] Inaestimabile Donum, n. I.
[11] Cf. CO. N. 138.
[12] Cf. CO, n. 74.
[13] Cf. CIC, canon 767.
[14] Cf. CEC, nn. 1084 – 1090. 1356 – 1381, y referencias.
[15] Cf. IGMR, n. 49.
[16] Excepto en una Misa celebrada al aire libre, el copón puede permanecer abierto durante todo el rito, con la tapa en la credencia, de donde se traerá si se necesita para guardar el copón en el sagrario.
[17] Cf. IGMR, n. 234 b.
[18] Cf. IGMR, n. 322.
[19] Cf. IGMR, n. 322 b. Si el uso de esta plegaria es para “ahorrar tiempo” tal vez se deba a que la homilía ha sido demasiado larga, desequilibrando la liturgia,
[20] Cf. CEC, nn. 1373 – 1381.
[21] Dominicae Cenae n. 9.
[22] Cf. IGMR, n. 21.
[23] Cf. IGMR, n. 109.
[24] Cf. Inaestimabile Donum, n. 4.
[25] Cf. CEC, nn. 1355, 1384 – 1390.
[26] 1 Cor 10, 17. Cf. IGMR, n. 56 c.
[27] Cf. IGMR, n. 56 e.
[28] Cf. IGMR n. 113.
[29] Cf. IGMR, n. 113.
[30] Cf. IGMR, nn. 244 c, 246 b, 247 b.
[31] Cf. IGMR, n. 120, 238.
[32] Cf. CO, n. 155.