Una posible oración
de un ministro fiel laico
Señor,
ayúdame a darte a conocer,
por medio de este servicio
al que me invita la santa madre Iglesia.
Para que los más necesitados,
especialmente los enfermos
y todos mis hermanos
a los cuales te entrego
al participar fructuosamente
en la Eucaristía,
vean en mis actos y en mis palabras
el reflejo de tu Amor.
Hazme digno(a) de su confianza,
de su afecto
y de su amistad cristiana,
para que puedan recibirte
con mayor luz y disposición de corazón.
Que todos puedan contar conmigo
y sea un(a) servidor(a) de verdad.
No soy el(la) mejor,
necesito siempre de tu ayuda,
Dios de la ternura y la comprensión.
Amén.
san Cirilo de Jerusalén, obispo
Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo». Y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad, bebed; ésta es mi sangre». Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Esta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?
Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo.
Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.
En otro tiempo Cristo, disputando con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. Pero como no lograron entender el sentido espiritual de lo que estaban oyendo, se hicieron atrás escandalizados, pensando que se les estaba invitando a comer carne humana.
En la antigua alianza existían también los panes de la proposición: pero se acabaron precisamente por pertenecer a la antigua alianza. En cambio, en la nueva alianza, tenemos un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican alma y cuerpo. Porque del mismo modo que el pan es conveniente para la vida del cuerpo, así el Verbo lo es para la vida del alma.
No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica y asegura la verdadera realidad.
La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aún cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso ya en la antigüedad, decía David en los salmos: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma.
Y que con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Oficio de lectura, Sábado de la octava de pascua
Catequesis de Jerusalén
Catequesis 22, (Mistagógica 4,1.3-6.9: PG 33, 1098-1106).
san Fulgencio de Ruspe, obispo
La edificación espiritual del cuerpo de Cristo, que se realiza en la caridad (según la expresión del bienaventurado Pedro, las piedras vivas entran en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales, que Dios acepta por Jesucristo), esta edificación espiritual, repito, nunca se pide más oportunamente que cuando el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, ofrece el mismo cuerpo y la misma sangre de Cristo en el sacramento del pan y del cáliz: El cáliz que bebemos es comunión con la sangre de Cristo, y el pan que partimos es comunión con el cuerpo de Cristo; el pan es uno, y así nosotros, aunque seamos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.
Y lo que en consecuencia pedimos es que con la misma gracia con la que la Iglesia se constituyó en cuerpo de Cristo, todos los miembros, unidos en la caridad, perseveren en la unidad del mismo cuerpo, sin que su unión se rompa.
Esto es lo que pedimos que se realice en nosotros por la gracia del Espíritu, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo; porque la Santa Trinidad, en la unidad de naturaleza, igualdad y caridad, es el único, solo y verdadero Dios, que santifica conjuntamente a los que adopta.
Por lo cual se dice: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Pues el Espíritu Santo, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo, en aquellos a quienes concede la gracia de la adopción divina, realiza lo mismo que llevó a cabo en aquellos de quienes se dice, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que habían recibido el mismo Espíritu. De ellos se dice, en efecto: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo; pues el Espíritu único del Padre y del Hijo, que, con el Padre y el Hijo es el único Dios, había creado un solo corazón y una sola alma en la muchedumbre de los creyentes.
Por lo que el Apóstol dice que esta unidad del Espíritu con el vínculo de la paz ha de ser guardada con toda solicitud, y aconseja así a los Efesios: Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz.
Dios acepta y recibe con agrado a la Iglesia como sacrificio cuando la Iglesia conserva la caridad que derramó en ella el Espíritu Santo: así, si la Iglesia conserva la caridad del Espíritu, puede presentarse ante el Señor como una hostia viva, santa y agradable a Dios.
san Gaudencio de Brescia, obispo
El sacrificio celestial instituido por Cristo es verdaderamente el don de su nueva alianza que nos dejó en herencia, como prenda de su presencia entre nosotros, la misma noche en que iba a ser entregado para ser crucificado. Éste es el viático de nuestro camino, con el cual nos alimentamos y nutrimos durante el peregrinar de nuestra vida presente, hasta que salgamos de este mundo y lleguemos al Señor; por esto decía el mismo Señor: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros.
Quiso, en efecto, que sus beneficios permanecieran en nosotros, quiso que las almas redimidas con su sangre preciosa fueran continuamente santificadas por el sacramento de su pasión; por esto mandó a sus fieles discípulos, a los que instituyó también como primeros sacerdotes de su Iglesia, que celebraran incesantemente estos misterios de vida eterna, que todos los sacerdotes deben continuar celebrando en las Iglesias de todo el mundo, hasta que Cristo vuelva desde el cielo, de modo que, tanto los mismos sacerdotes como los fieles todos, teniendo cada día ante nuestros ojos y en nuestras manos el memorial de la pasión de Cristo, recibiéndolo en nuestros labios y en nuestro pecho, conservemos el recuerdo indeleble de nuestra redención.
Además, puesto que el pan, compuesto de muchos granos de trigo reducidos a harina, necesita, para llegar a serlo, de la acción del agua y del fuego, nuestra mente descubre en él una figura del cuerpo de Cristo, el cual, como sabemos, es un solo cuerpo compuesto por la muchedumbre de todo el género humano y unido por el fuego del Espíritu Santo.
Jesús, en efecto, nació por obra del Espíritu Santo y, porque así convenía para cumplir la voluntad salvífica de Dios, penetró en las aguas bautismales para consagrarlas, y volvió del Jordán lleno del Espíritu Santo, que había descendido sobre él en forma de paloma, como atestigua el evangelista san Lucas: Jesús regresó de las orillas del Jordán, lleno del Espíritu Santo.
Asimismo, también el vino que es su sangre, resultante de la unión de muchos granos de uva de la viña por él plantada, fue exprimido en el lagar de la cruz, y fermenta, por su propia virtud, en el espacioso recipiente de los que lo beben con espíritu de fe.
Todos nosotros, los que hemos escapado de la tiranía de Egipto y del diabólico Faraón, debemos recibir, con toda la avidez de que es capaz nuestro religioso corazón, este sacrificio de la Pascua salvadora, para que nuestro Señor Jesucristo, al que creemos presente en sus sacramentos, santifique nuestro interior; él, cuya inestimable eficacia perdura a través de los siglos.
Oficio de lectura, tiempo de Pascua
Segunda Lectura
De los Tratados de san Gaudencio de Brescia, obispo
(Tratado 2: CSEL 68, 30-32)
san Buenaventura, obispo
Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!
Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna.
Levántate, pues, alma amiga de Cristo, Y sé la paloma que labra su nido en los agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.
Corre con vivo deseo a esta fuente de vida y de luz quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:
«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!
¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!
De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz.»
Oficio de lectura, tiempo de Pascua
Segunda Lectura
En ti está la fuente de la vida
San Buenaventura, obispo
Obras: En ti está la fuente de la vida, Opúsculo 3, El árbol de la vida, 29-30. 47: Opera omnia 8, 79
«En ti está la fuente de la vida»
santo Tomás de Aquino, abad
El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.
Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.
Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.
¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?
No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.
Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.
Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.
Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.
Oficio de Lectura
Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor
De las Obras de santo Tomás de Aquino, presbítero
(Opúsculo 57, En la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4)
san Columbano, presbítero
Dios está en todas partes, es inmenso y está cerca de todos, según atestigua de sí mismo: Yo soy -dice- un Dios cercano, no lejano. El Dios que buscamos no está lejos de nosotros, ya que está dentro de nosotros, si somos dignos de esta presencia. Habita en nosotros como el alma en el cuerpo, a condición de que seamos miembros sanos de él, de que estemos muertos al pecado. Entonces habita verdaderamente en nosotros aquel que ha dicho: Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos. Si somos dignos de que él esté en nosotros, entonces somos realmente vivificados por él, como miembros vivos suyos: Pues en él - como dice el Apóstol- vivimos, nos movemos y existimos.
¿Quién, me pregunto, será capaz de penetrar en el conocimiento del Altísimo, si tenemos en cuenta lo indecible e incomprensible de su ser? ¿Quién podrá investigar las profundidades de Dios? ¿Quién podrá gloriarse de conocer al Dios infinito que todo lo llena y todo lo rodea, que todo lo penetra y todo lo supera, que todo lo abarca y todo lo trasciende? A Dios ningún hombre vio ni puede ver. Nadie, pues, tenga la arrogancia de preguntarse sobre lo indescifrable de Dios, qué fue, cómo fue, quién fue. Éstas son cosas inexpresables, inescrutables, impenetrables; limítate a creer con sencillez, pero con firmeza, que Dios es y será tal cual fue, porque no cambia.
¿Quién es, por tanto, Dios? El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. No intentes averiguar más acerca de Dios; porque los que quieren saber las profundidades sin fondo deben antes considerar las cosas de la naturaleza. En efecto, el conocimiento de la Trinidad divina se compara, con razón, a la profundidad del mar, según aquella expresión del Eclesiastés: Profundo quedó lo que estaba profundo: ¿quién lo alcanzará? Porque, del mismo modo que la profundidad del mar es impenetrable a nuestros ojos, así también la divinidad de la Trinidad escapa a nuestra comprensión. Y por esto, insisto, si alguno se empeña en saber lo que debe creer, no piense que lo entenderá mejor haciendo sabias reflexiones que creyendo; al contrario, al ser buscado, el conocimiento de la divinidad se alejará más aún que antes de aquel que pretenda conseguirlo.
Busca, pues, el conocimiento supremo, no con alegatos ni discusiones, sino con la perfección de una buena conducta; no con palabras, sino con la fe que procede de un corazón sencillo y que no es fruto de una argumentación basada en una sabiduría irreverente. Por tanto, si buscas mediante el discurso de tu inteligencia al que es indecible, estará lejos de ti, más de lo que estaba; pero, si lo buscas mediante la fe, la sabiduría estará a la puerta, que es donde tiene su morada, y allí será contemplada, en parte por lo menos. Y también podemos realmente alcanzarla un poco cuando creemos en aquel que es invisible, sin comprenderlo; porque Dios ha de ser creído tal cual es, invisible, aunque el corazón puro pueda, en parte, contemplarlo.
Escuchen, amados hermanos, mis palabras; escúchenlas bien, como si se tratara de algo que les es muy necesario; vengan a saciar su sed con el agua de la fuente divina de la que les voy a hablar; deseen este agua y no dejen que su sed se acabe; beban y no se crean nunca saciados; nos está llamando el que es fuente viva, el que es la fuente misma de la vida nos dice: El que tenga sed que venga a mí, y que beba.
Entiendan bien de qué bebida se trata: escuchen lo que, por medio de Jeremías, les dice aquel que es la misma fuente: Me han abandonado a mí, la fuente de aguas vivas -oráculo del Señor-. El mismo Señor, nuestro Dios Jesucristo, es la fuente de la vida, por ello nos invita a sí como a una fuente para que bebamos de él. Bebe de él quien lo ama, bebe de él quien se alimenta con su palabra, quien lo ama debidamente, quien sinceramente lo desea, bebe de él quien se inflama en el amor de la sabiduría.
Consideren de dónde brota esta fuente: brota de aquel mismo lugar de donde descendió nuestro pan; porque uno mismo es nuestro pan y nuestra fuente, el Hijo único, nuestro Dios, Cristo el Señor, de quien estamos siempre hambrientos. Aunque nos alimentemos de él por el amor, aunque lo devoremos por el deseo, continuemos hambrientos deseándolo. Bebamos de él como si se tratara de una fuente, bebámoslo con un amor que nos parezca siempre capaz de crecer, bebámoslo con toda la fuerza de nuestros deseos y deleitémonos con la suavidad de su dulzura.
Pues el Señor es suave y es dulce; aunque lo hayamos comido y lo hayamos bebido, no dejemos de estar hambrientos y sedientos de él, pues este manjar jamás es totalmente comido, ni esta bebida jamás es agotada; aunque se le coma, jamás se consume; aunque se le beba, jamás se le agota, porque nuestro manjar es eterno y nuestra fuente perenne y siempre deliciosa. Por eso dice el profeta: Los que estén sedientos, vengan a la fuente, pues esta fuente es la fuente de los sedientos, no la de los que se sienten saturados; por ello, a aquellos que tienen hambre -que son aquellos mismos a quienes en otro lugar proclaman dichosos- los llama a sí y convoca a aquellos que nunca han quedado saciados de beber, sino que cuanto más beben, más sedientos se sienten. Por eso, hermanos, hemos de desear siempre, hemos de buscar y amar siempre a aquel que es la Palabra de Dios, fuente de sabiduría, que tiene su asiento en las alturas, en quien, como dice el Apóstol, están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia y que no cesa de llamar a los que están sedientos de esta bebida.
Si estás sediento, bebe de esta fuente de vida; si tienes hambre, come de este pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este pan y sed de esta fuente; estos hambrientos y sedientos, por mucho que coman y beban, siempre buscan saciar aún más plenamente su hambre y su sed. Sin duda debe ser muy dulce aquel manjar y aquella bebida que por mucho que se coma y que se beba continúa aún deseándose y cuyo gusto no deja de excitar el hambre y la sed. Por ello dice el profeta rey: Gusten y vean qué dulce, qué bueno es el Señor.
Oficio de Lectura, XXI miércoles del Tiempo Ordinario
El que tenga sed que venga a mí y que beba
De las instrucciones de San Columbano, abad
Instrucción 13, Sobre Cristo, fuente de vida 1-2
san Juan Eudes, presbítero
Te pido que pienses que nuestro Señor Jesucristo es realmente tu cabeza y que tú eres uno de sus miembros. Él es para ti como la cabeza para con los miembros; todo lo suyo es tuyo: el espíritu, el corazón, el cuerpo, el alma y todas sus facultades, y tú debes usar de todo ello como de algo propio, para que, sirviéndolo, lo alabes, lo ames y lo glorifiques. En cuanto a ti, eres para él como el miembro para con la cabeza, por lo cual él desea intensamente usar de todas tus facultades como propias, para servir y glorificar al Padre.
Y él no es para ti sólo eso que hemos dicho, sino que además quiere estar en ti, viviendo y dominando en ti a la manera que la cabeza vive en sus miembros y los gobierna. Quiere que todo lo que hay en él viva y domine en ti: su espíritu en tu espíritu, su corazón en el tuyo, todas las facultades de su alma en las tuyas, de modo que en ti se realicen aquellas palabras: Glorificad a Dios con vuestro cuerpo, y que la vida de Jesús se manifieste en vosotros.
Igualmente, tú no sólo eres para el Hijo de Dios, sino que debes estar en él como los miembros están en la cabeza. Todo lo que hay en ti debe ser injertado en él, y de él debes recibir la vida y ser gobernado por él. Fuera de él no hallarás la vida verdadera, ya que él es la única fuente de vida verdadera; fuera de él no hallarás sino muerte y destrucción. Él ha de ser el único principio de toda tu actividad y de todas tus energías; debes vivir de él y por él, para que en ti se cumplan aquellas palabras: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.
Eres, por tanto, una sola cosa con Jesús, del mismo modo que los miembros son una sola cosa con la cabeza y, por eso, debes tener con él un solo espíritu, una sola alma, una sola vida, una sola voluntad, un solo sentir, un solo corazón. Y él debe ser tu espíritu, tu corazón, tu amor, tu vida y todo lo tuyo. Todas estas grandezas del cristiano tienen su origen en el bautismo, son aumentadas y corroboradas por el sacramento de la confirmación y por el buen empleo de las demás gracias comunicadas por Dios, que en la sagrada eucaristía encuentran su mejor complemento.
Del Oficio de Lectura, 19 de agosto,
San Juan Eudes, Presbítero
Fuente de salvación y de vida verdadera
Del tratado de san Juan Eudes, presbítero, sobre el admirable Corazón de Jesús
Libro 1,5: Opera omnia 6,7. 113-115
Tomás de Kempis, presbítero
Palabra del Amado:
1. Yo soy amante de la pureza y quien otorga toda santidad. Yo busco el corazón puro y ese es el lugar de mi descanso. Prepárame una sala grande, bien amoblada y celebraré la Pascua contigo y mis discípulos (ver Lc 22,12). Si deseas que venga a ti y permanezca contigo libérate del fermento antiguo y limpia la habitación de tu corazón. Excluye todo el mundo y el tumulto de tus vicios mantente como un ave solitaria en el tejado y piensa en tus despropósitos con amargura en el alma (Sal 102,8; Is 38,15). Todo verdadero amante prepara un lugar óptimo y hermosísimo a su escogido amado porque en esto se reconoce el afecto de quien recibe a su amado.
2. Acepta sin embargo, que no puedes alcanzar esta preparación en mérito a tus acciones, aunque te prepares durante un año entero y nada más tengas en mente. Pero sólo por mi piedad y gracia se te permite llegar a mi mesa como si un rico invitara a un mendigo a comer y él no tuviera otra cosa para pagar a sus beneficios que reconocer lo que es y agradecerlo. Haz lo que esté de tu parte, y hazlo cuidadosamente, no por costumbre ni por imposición; sino con respeto, reverencia y afecto recibe el Cuerpo de tu querido Señor Dios que se digna venir a ti. Yo soy quien llamé, Yo dispuse que así fuera, Yo supliré lo que te falta: ven y recíbeme.
3. Cuando te concedo el afecto de la devoción, agradece a tu Dios no porque te lo mereces sino porque tengo misericordia de ti. Si no tienes devoción y sientes gran aridez insiste en orar, gime, toca la puerta, no desistas hasta que logres recibir una pizca o gota de Gracia salvadora. Tú me necesitas, Yo no tengo necesidad de ti; Tú no vienes a santificarme, sino que Yo vengo a santificarte y mejorarte. Tú vienes para ser santificado por Mí, uniéndote Conmigo para recibir nueva gracia y que de nuevo te animes a enmendarte. No vayas a despreciar estas gracias, más bien prepara con toda diligencia tu corazón y recibe dentro de ti a tu Amado.
4. Conviene, sin embargo, que no solamente te prepares a la devoción antes de la Comunión sino que te conserves con cuidado en ella luego de recibir el sacramento. No se exige después menor cuidado que anteriormente la devota preparación. Porque el buen cuidado que después se tiene es óptima preparación para conseguir mayores gracias. Al contrario, se indispone para ellas el que se entrega con exceso a las complacencias exteriores tan pronto como ha recibido la Comunión. Evita hablar demasiado, permanece en secreto y goza íntimamente de tu Dios. Tienes contigo a quien todo el mundo no puede quitarte. A mí debes entregarte totalmente, de manera que de ahora en adelante ya no vivas en ti sino en Mí, libre de otros cuidados.
La imitación de Cristo
Libro IV, Capítulo XII
GRAN CUIDADO EN PREPARARSE A LA COMUNIÓN DE CRISTO.
Tomás de Kempis, presbítero
Palabra del discípulo:
1. ¡Qué abundancia de tu dulzura, Señor tienes escondida para los que te respetan! (Sal 31,20). Cuando recuerdo con qué enorme devoción y afecto se acercan algunos a tu Sacramento, de inmediato me desconcierto y avergüenzo ya que tan tibio y frío me llego a tu Altar y a la mesa de la Sagrada Comunión porque permanezco tan árido y sin afecto en el corazón, no estoy totalmente encendido junto a Ti ni me siento tan vehementemente atraído y comprometido como otras personas realmente piadosas que por su corazón, no podían contener su emoción sino que interior y exteriormente te anhelaban, a Ti Dios, Fuente Viva, incapaces de calmar o saciar su sed si no recibían tu Cuerpo con toda alegría y avidez espiritual.
2. La verdadera y ardiente fe de esas personas es prueba evidente de tu Sagrada Presencia en el sacramento. Ellas, efectivamente, reconocen a su Señor al partir el Pan (Lc 24,30-31) porque sienten arder su corazón cuando Jesús los acompaña por el camino. Con frecuencia está muy lejos de mí, semejante afecto y devoción tan ardiente amor y entusiasmo. Jesús bueno, amoroso y benigno, inclínate hacia mí y concede a tu pobre mendigo, al menos alguna vez, que sienta en la Sagrada Comunión un poquito del afecto cordial de tu Amor para que se recobre mi fe, crezca mi confianza en tu bondad y mi caridad, una vez perfectamente encendida y conocedora del alimento del cielo, jamás decaiga. Es poderosa tu misericordia para otorgarme la gracia tan deseada y visitarme con gran clemencia en espíritu de amor cuando tú quieras. Y aunque no ardo en tanto deseo como las personas más dispuestas, sin embargo, con tu favor, quiero sentir esos mismos ardientes deseos rogando y aspirando convertirme en partícipe juntamente con quienes te quieren bien y ser contado como integrante de esa santa comunidad.
La imitación de Cristo
Libro IV, Capítulo XIV
san Juan de Ávila, presbítero
¿Por qué no sienten provecho al comulgar? Porque no saben comer. No hay manjar, por más amargo que sea, que sepa amargo si no lo mastican. Ni tampoco hay uno tan dulce que, si se lo tragan sin masticar, sientan su dulzura.
¿Por qué no saben comulgar? Porque se tragan el Santísimo Sacramento entero y no lo desmenuzan.
Si el sacerdote (y quien va a comulgar), antes de celebrar la Misa, pensara un rato en los sufrimientos de Cristo; si se fuera a un rincón y se detuviera a pensar en aquella tristeza que Jesucristo pasó en el huerto de Getsemaní; si lo estuvieras allí mirando, con cuánta tristeza oraba al Padre, y te dolieras por Él, y lloraras y te entristecieras con Él; y si fueras más allá, a cuando lo arrestaron y cómo iba aquel benditísimo Cordero entre esos lobos rabiosos con tanta mansedumbre; si te detuvieras a verlo cómo anda de juez en juez; si tus ojos lo miraran amarrado en aquella durísima columna, con sus carnes desnudas, y te pararas a pensar cómo las destrozan con crueles azotes; si un rato antes tu alma se detuviera a mirar a Jesucristo, cómo lo coronaban de espinas y miraras por aquel rostro sacratísimo cómo corrían arroyos de sangre; si te detuvieras a considerar cómo iba por aquella calle de la Amargura, tan cansado con la cruz por ti; si lo consideraras puesto después en ella con tanta deshonra y tormento, tan blasfemado y humillado por todos; si te detuvieras a pensar esto y dijeras: “¿A dónde voy? ¿Qué voy a hacer? Señor, ¿a quién voy a recibir? Señor, ¿cómo has de entrar en mi cuerpo?”. ¡Bendito seas!
Si el sacerdote y el que va a comulgar desmenuzaran muy bien a Jesucristo primero, no dudo que sentirían un grandísimo sabor y dulzura al comulgar.
Ojalá, hermano, te prepararas como para un banquete que le ofreces a un amigo. Mira qué ocupado andas, qué solicitado, diligente, buscando esto y aquello. Pero no se disponen como es debido; no hacen más que decir: “¡órale, quiero ir a comulgar!”; no lo han terminado de pensar cuando ya lo hicieron. Al terminar de comulgar, ni se recogen más que antes; terminando de comulgar… luego luego a la plaza, a la casa a preparar la comida, a platicar unos con otros, a la conversación y a andar por ahí distraídos. No lo desmenuzamos, no sentimos nada, porque no lo reflexionamos. Nos comemos el pan de la fuerza y nos quedamos débiles y flacos; nos comemos el pan de la alegría y nos quedamos tristes; nos comemos el pan de la vida y quedamos apagados como antes.
¿Qué es comulgar? El Santísimo Sacramento es alimento para los débiles, alimento para los desmayados, los tristes, los que lloran, los desconsolados, alimento de pobres. Al recibirlo, di: "He comulgado, he participado de lo que ganó la Sangre de mi Señor Jesucristo; ya es mío, por haber comulgado, lo que Él mereció; tengo parte en la herencia que me ganó, he participado de sus méritos". Así lo dice el autor de la carta a los Hebreos: "Participamos de la suerte de Cristo" (Heb 3, 14). Dice Santo Tomás que, así como el bautismo es la entrada y la puerta por donde uno entra a participar de los méritos de Jesucristo, del mismo modo la santísima comunión es una señal de que eres uno de aquellos a quienes ha de aprovechar la pasión y muerte de Jesucristo.
¿Qué quiere decir "he comulgado"? He participado de lo que Jesucristo pasó. "Padre, si tanto bien gano en la santísima comunión, ¿cómo es que no lo siento? Porque aquí adentro no tengo sentimientos como otras personas, ni consuelos, ni nada de eso". Eso, hermano, nuestro Señor se lo da a quien Él quiere; tú no te preocupes por eso. Te basta con recibir lo principal, que es la gracia para la gloria que esperamos, si es que comulgaste bien. ¿Pues qué más quieres? He comulgado no quiere decir otra cosa sino: soy uno de aquellos para quienes Jesucristo quiere su gloria.
Padre, ¿qué es comulgar? Si el rey tuviera una mesa, como en el tiempo de los romanos, que tenían una mesa donde se juntaban a comer cada cierto tiempo. Los que se habían ofendido unos a otros, los que se habían peleado, se sentaban todos a esa mesa y, al sentarse, ya no había más enojo ni más enemistad entre ellos. La llamaban la mesa de la amistad, la mesa de la paz. Nuestra mesa es esta, hermanos: mesa de paz entre Dios y los hombres, mesa de misericordia, mesa de caridad, mesa de comunión; mesa de pobres y de ricos es el altar donde comulgamos, porque el altar significa mesa. Si el rey dijera y mandara anunciar por todo el mundo: “Al que me haya traicionado, si me ha ofendido en algo por lo que merecía la muerte, le doy una señal: si yo lo invito a comer a esta mesa, es que ya lo he perdonado”. Si tú hubieras cometido una traición y el rey te mandara llamar para comer con él, ¿qué alegría sentirías, qué regocijo, qué gusto? “¡El rey me mandó llamar para que coma con él, por lo tanto me ha perdonado!”.
Tienen a Jesucristo entre ustedes, ¿y no lo miran con los ojos que deberían? ¿No se lo agradecen? ¿No aprovechan su misericordia? Si comulgáramos seguido con devoción y humildad, iríamos de buena gana a la mesa de paz.
Vete, hermano mío, a la mesa; que si vas triste, volverás alegre; si vas desmayado, volverás con fuerzas. Acércate a la mesa; gozarás de un abrazo que Dios da allí, tan suave que no se puede explicar. Acércate, hermano, que allí está tu descanso, allí está tu placer, allí está tu gozo, allí está la paz, allí está la gracia y, después, la gloria.
Del Sermón 47:
La comunión te hace participante de la Pasión de Cristo
san Francisco de Asís, diácono
San Francisco no fue sacerdote, solamente diácono, pero amaba entrañablemente a Jesús presente en la Eucaristía y respetaba mucho a los sacerdotes.
Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del Cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado, inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón. Por esto amaba a Francia, por ser devota del Cuerpo del Señor; y deseaba morir allí, por la reverencia en que tenían el sagrado misterio.
Quiso a veces enviar por el mundo hermanos que llevasen copones preciosos, con el fin de que allí donde vieran que estaba colocado con indecencia lo que es el precio de la redención, lo reservaran en el lugar más escogido.
Quería que se tuvieran en mucha veneración las manos del sacerdote, a las cuales se ha concedido el poder tan divino de realizarlo. Decía con frecuencia: “Si me sucediere encontrarme al mismo tiempo con algún santo que viene del cielo y con un sacerdote pobrecillo, me adelantaría a presentar mis respetos al presbítero y correría a besarle las manos, y diría: ¡Oye, san Lorenzo, espera!, porque las manos de éste tocan al Verbo de vida y poseen algo que está por encima de lo humano” (Se refiere a la vida de San Francisco escrita por Tomás de Celano, 201.)
Esteban de Borbón escribe:
Tengo oído referir que, entrando el bienaventurado Francisco en una villa de Lombardia —tenía fama de santidad por aquellas tierras—, un hereje, que le suponía hombre simple, quiso valerse de él para confirmar su secta y afirmar a sus seguidores en ella. Viendo que se acercaba un sacerdote, dijo ante los presentes: “Mira, buen hombre: ¿qué dices de este que administra la parroquia de esta villa y vive con una concubina (y es autor de muchos males) de todos conocidos?”. Percatándose el santo de la malicia del hereje, le dijo: “Este de quien decís tales cosas, ¿es el sacerdote de esta villa?”. Al responderle el hereje: “Lo es”. El santo se puso de rodillas en el barro y, besando las manos del sacerdote, dijo: “Estas manos han tocado a mi Señor; sean como fueren, (no pueden hacerle a Él inmundo ni disminuir su fuerza). En honor del Señor, honro al ministro; (puede que para sí sea malo, para mí es bueno)”. Los herejes quedaron confundidos (Esteban de Borbón, +1261, Anecdotes historiques, París, 1877, p. 264.)
San Francisco decía:
Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, ciertamente conoceríais también a mi Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14,6-9). El Padre habita en una luz inaccesible (cf. 1 Tim 6,16), y Dios es espíritu (Jn 4,24), y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). Por eso no puede ser visto sino en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha para nada (Jn 6,64). Pero ni el Hijo, en lo que es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, de otra manera que el Espíritu Santo. De donde todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan, como lo atestigua el mismo Altísimo, que dice: Esto es mi cuerpo y mi sangre del nuevo testamento, [que será derramada por muchos] (cf. Mc 14,22.24); 11y: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (cf. Jn 6,55). De donde el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los otros que no participan del mismo espíritu y se atreven a recibirlo, comen y beben su condenación (cf. 1 Cor 11,29).
De donde: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? (Sal 4,3).¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (cf. Jn 9,35). Ved que diariamente se humilla (cf. Fil 2,8), como cuando desde el trono real (Sab 18,15) vino al útero de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre (cf. Jn 1,18) sobre el altar en las manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. Y como ellos, con la mirada de su carne, sólo veían la carne de él, pero, contemplándolo con ojos espirituales, creían que él era Dios, así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero. Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (cf. Mt 28,20). (Admoniciones, Cap. I: Del cuerpo del Señor)
Dice el Señor en el Evangelio: El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío (Lc 14,33); y: El que quiera salvar su vida, la perderá (Lc 9,24). Deja todo lo que posee y pierde su cuerpo el hombre que se ofrece a sí mismo todo entero a la obediencia en manos de su prelado. Y todo lo que hace y dice que él sepa que no es contra la voluntad del prelado, mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia. Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que le ordena el prelado, sacrifique voluntariamente sus cosas a Dios, y aplíquese en cambio a cumplir con obras las cosas que son del prelado. Pues ésta es la obediencia caritativa (cf. 1 Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo.
Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos, ámelos más por Dios. Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida (cf. Jn 15,13) por sus hermanos. Pues hay muchos religiosos que, so pretexto de que ven cosas mejores que las que les ordenan sus prelados, miran atrás (cf. Lc 9,62) y vuelven al vómito de la propia voluntad (cf. Prov 26, ; 2 Pe 2,22); éstos son homicidas y, a causa de sus malos ejemplos, hacen que se pierdan muchas almas. (Cap. III: De la perfecta obediencia)
Bienaventurado el siervo que tiene fe en los clérigos que viven rectamente según la forma de la Iglesia Romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque solo el Señor en persona se reserva el juzgarlos. Pues cuanto mayor es el ministerio que ellos tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos, que los que pecan contra todos los demás hombres de este mundo. (Cap. XXVI: Que los siervos de Dios honren a los clérigos)
Debemos visitar con frecuencia las iglesias y venerar y reverenciar a los clérigos, no tanto por ellos mismos en el caso de que sean pecadores, cuanto por su oficio y por la administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo. (Cartas de san Francisco 33)
Os aconsejo firmemente que recibáis benignamente en santa conmemoración suya el cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo. (Carta a las autoridades de los pueblos 6)
Os suplico a todos vosotros hermanos que manifestéis públicamente toda la reverencia y todo el honor que os sea posible al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo. (Carta a toda la Orden 12)
Y añade:
Como (Jesús) se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan sagrado. Y como ellos con su vista corporal solo veían su carne, pero contemplándolo con los ojos espirituales creían que él era Dios, así también nosotros, al ver el pan y el vino, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivos y verdaderos. (Avisos espirituales 19-21)
Bien lo saben cuantos hermanos convivieron con él, que a diario de continuo traía en sus labios la conversación sobre Jesús; qué dulce y suave era su diálogo; qué coloquio más tierno y amoroso mantenía. De la abundancia del corazón hablaba su boca, y la fuente de amor iluminado que llenaba todas sus entrañas, bullendo saltaba fuera. ¡Qué intimidades las suyas con Jesús! Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros. ¡Oh, cuántas veces, estando a la mesa, olvidaba la comida corporal al oír el nombre de Jesús, al mencionarlo o al pensar en él! Y como se lee de un santo: “Viendo, no veía; oyendo, no oía”. Es más: si, estando de viaje, cantaba a Jesús o meditaba en Él, muchas veces olvidaba que estaba de camino y se ponía a invitar a todas las criaturas a loar al Señor (1 Celano 115.)
santa Teresa de Jesús, religiosa
21. Estas me dice Su Majestad muchas veces, mostrándome gran amor: Ya eres mía y Yo soy tuyo. Las que yo siempre tengo costumbre de decir, y a mi parecer las digo con verdad, son: ¿Qué se me da, Señor, a mí de mí, sino de Vos? Son para mí estas palabras y regalos tan grandísima confusión, cuando me acuerdo la que soy, que como he dicho creo otras veces y ahora lo digo algunas a mi confesor, más ánimo me parece es menester para recibir estas mercedes, que para pasar grandísimos trabajos. Cuando pasa, estoy casi olvidada de mis obras, sino un representárseme que soy ruin, sin discurso de entendimiento, que también me parece a veces sobrenatural.
22. Viénenme algunas veces unas ansias de comulgar tan grandes, que no sé si se podría encarecer. Acaecióme una mañana que llovía tanto, que no parece hacía para salir de casa. Estando yo fuera de ella, yo estaba ya tan fuera de mí con aquel deseo, que aunque me pusieran lanzas a los pechos, me parece entrara por ellas, cuánto más agua. Como llegué a la iglesia, diome un arrobamiento grande: parecióme vi abrir los cielos, no una entrada como otras veces he visto. Representóseme el trono que dije a vuestra merced he visto otras veces, y otro encima de él, adonde por una noticia que no sé decir, aunque no lo vi, entendí estar la Divinidad. Parecíame sostenerle unos animales; a mí me parece he oído una figura de estos animales; pensé si eran los evangelistas. Mas cómo estaba el trono, ni qué estaba en él, no lo vi, sino muy gran multitud de ángeles. Pareciéronme sin comparación con muy mayor hermosura que los que en el cielo he visto. He pensado si son serafines o querubines, porque son muy diferentes en la gloria, que parecía tener inflamamiento: es grande la diferencia, como he dicho. Y la gloria que entonces en mí sentí no se puede escribir ni aun decir, ni la podrá pensar quien no hubiere pasado por esto. Entendí estar allí todo junto lo que se puede desear, y no vi nada. Dijéronme, y no sé quién, que lo que allí podía hacer era entender que no podía entender nada, y mirar lo nonada que era todo en comparación de aquello. Es así que se afrentaba después mi alma de ver que pueda parar en ninguna cosa criada, cuánto más aficionarse a ella, porque todo me parecía un hormiguero.
23. Comulgué y estuve en la misa, que no sé cómo pude estar. Parecióme había sido muy breve espacio. Espantéme cuando dio el reloj y vi que eran dos horas las que había estado en aquel arrobamiento y gloria. Espantábame después, cómo en llegando a este fuego, que parece viene de arriba, de verdadero amor de Dios (porque aunque más lo quiera y procure y me deshaga por ello, si no es cuando Su Majestad quiere, como he dicho otras veces, no soy parte para tener una centella de él), parece que consume el hombre viejo de faltas y tibieza y miseria; y a manera de como hace el ave fénix -según he leído- y de la misma ceniza, después que se quema, sale otra, así queda hecha otra el alma después con diferentes deseos y fortaleza grande. No parece es la que antes, sino que comienza con nueva puridad el camino del Señor. Suplicando yo a Su Majestad fuese así, y que de nuevo comenzase a servirle, me dijo: Buena comparación has hecho; mira no se te olvide para procurar mejorarte siempre.
24. Estando una vez con la misma duda que poco ha dije, si eran estas visiones de Dios, me apareció el Señor y me dijo con rigor: ¡Oh hijos de los hombres! ¿Hasta cuándo seréis duros de corazón? Que una cosa examinase bien en mí: si del todo estaba dada por suya, o no; que si lo estaba y lo era, que creyese no me dejaría perder. Yo me fatigué mucho de aquella exclamación. Con gran ternura y regalo me tornó a decir que no me fatigase, que ya sabía que por mí no faltaría de ponerme a todo lo que fuese su servicio; que se haría todo lo que yo quería (y así se hizo lo que entonces le suplicaba); que mirase el amor que se iba aumentando en mí cada día para amarle, que en esto vería no ser demonio; que no pensase que consentía Dios tuviese tanta parte el demonio en las almas de sus siervos y que te pudiese dar la claridad de entendimiento y quietud que tienes. Diome a entender que habiéndome dicho tantas personas, y tales, que era Dios, que haría mal en no creerlo.
El libro de la vida
Santa Teresa de Jesús
nn. 21-24
Poema
Mi amado para mi
Ya toda me entregué y di
Y de tal suerte he trocado
Que mi Amado para mi
Y yo soy para mi Amado.
Cuando el dulce Cazador
Me tiró y dejó herida
En los brazos del amor
Mi alma quedó rendida,
Y cobrando nueva vida
De tal manera he trocado
Que mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.
Hirióme con una flecha
Enherbolada de amor
Y mi alma quedó hecha
Una con su Criador;
Ya yo no quiero otro amor,
Pues a mi Dios me he entregado,
Y mi Amado para mí
Y yo soy para mi Amado.
Poema
Muero porque no muero
Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí
Después que muero de amor,
Porque vivo en el Señor
Que me quiso para Sí.
Cuando el corazón le di
Puso en él este letrero:
Que muero porque no muero.
Esta divina prisión
Del amor con que yo vivo
Ha hecho a Dios mi cautivo
Y libre mi corazón;
Y causa en mí tal pasión
Ver a Dios mi prisionero,
Que muero porque no muero.
¡Ay, que larga es esta vida,
Qué duros estos destierros,
Esta cárcel y estos hierros
En que el alma esta metida!
Sólo esperar la salida
Me causa dolor tan fiero,
Que muero porque no muero.
iAy, que vida tan amarga
Do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
No lo es la esperanza larga:
Quíteme Dios esta carga
Más pesada que el acero,
Que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
Vivo de que he de morir,
Porque muriendo el vivir
Me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
No te tardes, que te espero,
Que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
Vida, no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
Venga el morir muy ligero,
Que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba,
Que es la vida verdadera,
Hasta que esta vida muera
No se goza estando viva.
Muerte, no seas esquiva;
Viva muriendo primero,
Que muero porque no muero.
Vida, ¿que puedo yo darle
A mi Dios que vive en mí,
Si no es perderte a ti
¿Para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
Pues a El solo es al que quiero.
Que muero porque no muero.
san Juan de la Cruz, religioso
El padre Martín de la Asunción afirma: Siempre parecía que estaba en presencia de Nuestro Señor y, de ordinario, estaba las veces que se desocupaba con el Santísimo Sacramento en la iglesia, y decía que Él era su gloria y su contento y que todas las cosas del mundo le llevaban a Él (Proceso I, p. 198. )
Poesía
La fonte
1. Aquella eterna fonte está ascondida
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
2. En esta noche oscura de esta vida,
que bien sé yo por fe la fonte frida
aunque es de noche.
3. Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.
4. Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben della,
aunque es de noche.
5. Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
6. Su claridad nunca es escurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
7. Sé ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.
8. El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.
9. El corriente que de estas dos procede,
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.
10. Bien sé que tres en sola una agua viva
residen, y una de otra se deriva,
aunque es de noche.
11. Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
12. Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a escuras,
porque es de noche.
13. Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque de noche.
Poesía
¡Oh llama de Amor viva!
Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya si quieres,
rompe la tela deste dulce encuentro.
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba escuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras!
Y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
¡cuán delicadamente me enamoras!
san Pascual Bailón, religioso
Fray Pascual pasaba muchas horas de la noche ante Jesús sacramentado, bailando, cantando y amando a Jesús, ante el cual muchas veces lo encontraron extasiado. En sus escritos habla de la Eucaristía como del Dios en forma de pan.
Todos los frailes y seglares notaron mucho en el santo la gran devoción que tenía al Santísimo Sacramento. Cuando se descuidaba (se veía libre) de sus oficios corporales, al punto se hallaba en la iglesia, llevado por la suavísima violencia del amor. Allí acudía mil veces, porque de allí le sacaba otras tantas la obediencia con la campanilla de la portería y, a ratos, debía tener paciencia el que estaba llamando, porque no se podía tan presto librar de las prisiones del amor para acudir a aquel oficio de la obediencia; pero, acabando de dar razón, le habían de hallar oyendo misas o de rodillas, vuelto hacía el sagrario… Tenía una especial reverencia a los sacerdotes, que era cosa notable ver cómo los recibía cuando venían a su puerta, porque, con las dos rodillas puestas en tierra, tomaba la mano del sacerdote con las dos suyas y con mucha pausa las besaba y las apretaba con su cara, ojos y boca…
Comulgaba devotísimamente, no haciendo visajes, no dando recios suspiros, sino con un semblante alegre, sosegado y sencillo, mostrando en él el gozo que recibía su alma con la presencia de tal Huésped.
Se preparaba la noche antes de la comunión, confesándose devotamente, lo cual hacía muchos días, aunque no hubiese de comulgar (Chronica del bendito fray Pascual Baylón, Valencia, 1601, Ximénez, pp. 360-362.)
El día que comulgaba estaba, como es razón, más recogido y hablaba menos con los frailes (Ib. p. 364)
En la Bula de canonización escribía el Papa Inocencio XII el 15 de julio del año 1691: Divulgada la fama de su feliz tránsito, acudió una extraordinaria multitud que, admirada, mientras vivía, de su santidad, fue confirmada en la misma admiración con el prodigio consecuente de abrir los ojos en el féretro a la doble elevación de las especies sacramentales.
santa Rosa de Lima, laica y virgen
El Salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad:
«¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!»
Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen:
«Oíd, pueblo; oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma.»
Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad, se había de ir por el mundo, dando voces:
«¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro inestimable de la gracia. Ésta es la mercancía y logro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conociera las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres.»
Oficio de Lectura
Liturgia de las Horas
Fiesta de Santa Rosa de Lima
De los Escritos de santa Rosa de Lima, virgen
santo Tomás Moro, laico y casado
Es en la vida ordinaria donde se forjan las virtudes que luego florecerán en el momento de la dificultad. Aprendamos de este amigo de Jesús a forjar un amor a Él «fuerte como la muerte» (Ct 8, 6)
Tomás Moro acostumbraba a ayudar en misa en su parroquia de Chelsea todos los días. Una vez lo descubrió, por casualidad, uno de los hombres más importantes del reino, el Duque de Norfolk y le comentó que le parecía chocante “shocking” y se preguntaba qué diría el rey si se enteraba de que todo un Lord Canciller se dedicaba a algo tan vulgar como hacer de monaguillo. Tomás Moro respondió que, conociendo al rey, seguro que le alegraría saber que su canciller servía al Señor de ambos y de todos.
Un día lo hizo llamar el rey cuando asistía a la misa y Tomás Moro, con respeto, pero con una valentía cristiana, le mandó como respuesta el ruego de que tuviese su majestad la bondad de esperar a que hubiese terminado la misa a la que estaba asistiendo. Como se ve, un trabajador competente, sí y un hombre de Eucaristía que la buscaba porque la necesitaba.
Es más, dicen que una vez le criticaron que comulgaba con demasiada frecuencia, teniendo tanto trabajo por hacer y su respuesta fue: precisamente por eso comulgo, Si necesito una luz especial y prudencia para desempeñar mis pesadas obligaciones, me acerco a mi Señor y busco su consejo y su luz en la Sagrada Comunión. Él es mi gran Maestro.
Esta carta fue escrita por Santo Tomás Moro a su hija Margarita (Meg) desde su celda en la Torre de Londres, donde había sido encarcelado por el rey Enrique VIII. Poco después de escribirla, Tomás fue condenado a muerte bajo cargos falsos.
Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.
Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a su divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento premio en el cielo.
No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.
Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.
Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.
Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.
Oración
Dame Señor
(Sir Thomas Moro, Gran canciller)
Dame, Señor, un poco de sol,
algo de trabajo y un poco de alegría.
Dame el pan de cada día, un poco de mantequilla, una buena digestión y algo para digerir.
Dame una manera de ser que ignore el aburrimiento, los lamentos y los suspiros.
No permitas que me preocupe demasiado
por esta cosa embarazosa que soy yo.
Dame, Señor, la dosis de humor suficiente
como para encontrar la felicidad en esta vida
y ser provechoso para los demás.
Que siempre haya en mis labios una canción,
una poesía o una historia para distraerme.
Enséñame a comprender los sufrimientos
y a no ver en ellos una maldición.
Concédeme tener buen sentido,
pues tengo mucha necesidad de él.
Señor, concédeme la gracia,
en este momento supremo de miedo y angustia,
de recurrir al gran miedo
y a la asombrosa angustia
que tú experimentaste en el Monte de los Olivos
antes de tu pasión.
Haz que a fuerza de meditar tu agonía,
reciba el consuelo espiritual necesario
para provecho de mi alma.
Concédeme, Señor, un espíritu abandonado, sosegado, apacible, caritativo, benévolo, dulce y compasivo.
Que en todas mis acciones, palabras y pensamientos experimente el gusto de tu Espíritu santo y bendito.
Dame, Señor, una fe plena,
una esperanza firme y una ardiente caridad.
Que yo no ame a nadie contra tu voluntad,
sino a todas las cosas en función de tu querer.
Rodéame de tu amor y de tu favor
santos Luis y Celia, primer matrimonio en ser elevado a los altares en la historia de la iglesia Católica en una misma celebración.
-Él-
Luis Martin nació en Burdeos el 22 de agosto de 1823. Era el segundo de los cinco hijos del matrimonio Pierre-François Martin, capitán del ejército francés, y Marie Anne Fanny Boureau, cristianos de fe viva. La primera formación de Luis estuvo vinculada a la vida militar y se benefició de las facilidades que tenían los hijos de los militares.
Al jubilarse su padre, la familia se trasladó a Alençon (1831) y Luis estudió con los Hermanos de las Escuelas Cristianas de la ciudad. Tanto en la familia como en el colegio recibió una sólida formación religiosa.
Terminados los estudios, no se inclinó hacia la vida militar, sino que quiso aprender el oficio de relojero, primero en Bretaña, luego en Rennes, Estrasburgo, en el Gran San Bernardo (Alpes suizos) y por último en París.
A los veintidós años sintió el deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa. Para ello, se dirigió al monasterio del Gran San Bernardo, con intención de ingresar en esta Orden, pero no fue admitido porque no sabía latín. Con gran valor se dedicó a estudiarlo durante más de un año, con clases particulares; pero, finalmente, renunció a ese proyecto. No se sabe mucho de este período: sólo que su madre en una carta le exhortaba a "ser siempre humilde", y que mostró su valentía y sangre fría salvando de morir ahogado al hijo del amigo de su padre, con el que residía.
En Alençon puso una relojería. Sus padres, tras la muerte de los otros hijos, vivieron siempre con él, incluso después de su matrimonio.
Hábil en su oficio, tenía amigos y conocidos con los que le gustaba pescar y jugar al billar, y era apreciado por sus cualidades poco comunes y por su distinción natural, que explica por qué le presentaron un proyecto de matrimonio con una joven de la alta sociedad, al que se negó.
En 1871 vendió el edificio a un sobrino. El amor al silencio y al retiro lo llevó a comprar una pequeña propiedad con una torre y un jardín. Allí instaló una estatua de la Virgen, que le había regalado la señora Beaudouin; trasladada más tarde a Buissonnets, esta imagen fue conocida en todo el mundo como la Virgen de la Sonrisa.
-Ella-
Celia Guérin nació en Gandelain, departamento de Orne (Normandía), el 23 de diciembre de 1831. Era hija de Isidoro Guérin, un militar que a los 39 años decidió casarse con Louise-Jeanne Macè, dieciséis años más joven que él. De esta unión nacieron también Marie Louise, la primogénita (fue monja visitandina), e Isidore, el más pequeño. Para los padres de Celia la vida había sido dura, lo que repercutía en su manera de ser: eran rudos, autoritarios y exigentes, si bien tenían una fe firme. Celia, inteligente y comunicativa por naturaleza, dice en una de sus cartas que su infancia y juventud fueron tristes "como un sudario". A pesar de ello, cuando su padre, viudo y enfermo, manifestó el deseo de ir a habitar con ella, lo acogió y cuidó con devoción hasta que murió en 1868. Afortunadamente encontró en su hermana Marie Louise un alma gemela y una segunda madre.
Cuando se jubiló su padre, la familia se estableció en Alençon en 1844. La señora Guérin abrió un café y una sala de billar, pero su carácter intransigente no favoreció el desarrollo del negocio. La familia salía adelante con dificultad, gracias a la pensión y a los trabajos de carpintería del padre. En pocos años, la situación financiera se hizo muy precaria y no mejoró hasta que las hijas contribuyeron con su trabajo a cuadrar el balance familiar. Esta situación económica influyó en los estudios de las hijas: Celia entró en el internado de las religiosas de la Adoración perpetua; aprendió los primeros rudimentos del punto de Alençon, un encaje de los más famosos de la época; luego, para perfeccionarse, se inscribió en la "Ecole dentellière". Mientras tanto, la hermana mayor se dedicó al bordado, con su madre. No tenemos documentación de este período, pero Celia conservaba un excelente recuerdo de este tiempo.
Se dedicó a la confección de dicho encaje. Deseó formar parte de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, pero no la admitieron. Pidió luz al Señor para conocer su voluntad y el 8 de diciembre de 1851, después de una novena a la Inmaculada Concepción, escuchó interiormente las palabras: "Hacer punto de Alençon". Con la ayuda de su hermana comenzó esta empresa y ya a partir de 1853 era conocida como fabricante del punto de Alençon. En 1858 la casa para la que trabajaba recibió una medalla de plata por la fabricación de este encaje y Celia una mención de alabanza. Poco después, su hermana entró en el monasterio de la Visitación y tomó el nombre de María Dositea.
-Ambos-
Un día, al cruzarse con un joven de noble fisonomía, semblante reservado y dignos modales, se sintió fuertemente impresionada y oyó interiormente que ese era el hombre elegido para ella. En poco tiempo los dos jóvenes llegaron a apreciarse y amarse, y el entendimiento fue tan rápido que contrajeron matrimonio el 13 de julio de 1858, tres meses después de su primer encuentro. Llevaron una vida matrimonial ejemplar: misa diaria, oración personal y comunitaria, confesión frecuente, participación en la vida parroquial. De su unión nacieron nueve hijos, cuatro de los cuales murieron prematuramente. Entre las cinco hijas que sobrevivieron, Teresa, la futura santa patrona de las misiones, es una fuente preciosa para comprender la santidad de sus padres: educaban a sus hijas para ser buenas cristianas y ciudadanas honradas.
Hechos el uno para el otro, los esposos Martin se amaron profundamente siempre, siendo delicados y atentos el uno con el otro. Exigentes y vigilantes en la educación de sus hijos, los educaron en el amor de Dios y del prójimo. Asumieron plenamente su vocación de padre y madre y la comprendieron mejor en las dificultades que encontraron.
Al elegir una vida sencilla para su familia, Luis y Celia no dieron cabida en ella a las mundanidades a las que su situación social y su fortuna, adquirida por su trabajo, podrían haberles llevado.
Luis y Celia Martin, activos y trabajadores en su vida de cada día, superaron con valentía las dificultades de su empresa. Atentos y justos con sus empleados, los apoyaron siempre en sus dificultades personales. También dedicaron su tiempo y atención a los más necesitados, implicándose en diferentes obras, como el Círculo Vital Romet o las Conferencias de san Vicente de Paúl. Fueron muy generosos y atentos con los más pequeños y con los más pobres, que siempre agradecieron su entrega y dedicación.
Parroquianos asiduos, cada mañana iban a la misa de los obreros. Amaron y se entregaron a la Adoración nocturna y participaron en diferentes cofradías y asociaciones piadosas. Luis solía hacer peregrinaciones a varios Santuarios. Los dos tuvieron en gran consideración a los sacerdotes y dieron testimonio de su amor a la iglesia. Hombre y mujer de oración, Dios fue siempre lo primero en sus vidas y en las diferentes ocupaciones de cada día.
Luis Martin y Celia Guérin fueron probados, primeramente, en el discernimiento de su vocación respectiva, pasando del deseo de la vida religiosa a la gracia del matrimonio, con una vida de esposos y familiar dichosa y plena. Perdieron a cuatro hijos de muy poca edad. Como padres pasaron grandes dificultades con Leonia que, sin embargo, el 18 de diciembre de 1014 fue declarada “Sierva de Dios” por la santidad de su existencia, abierta al amor de Dios y del prójimo.
A los 45 años, Celia recibió la noticia de que tenía un tumor en el pecho y pidió a su cuñada que, cuando ella muriera, ayudara a su marido en la educación de los más pequeños: vivió la enfermedad con firme esperanza cristiana hasta la muerte, en agosto de 1877. Dejando una familia muy afectada que siempre la echó en falta como esposa y como madre.
Luis se encontró solo para sacar adelante a su familia: La hija mayor tenía 17 años y la más pequeña, Teresa, cuatro y medio. Se trasladó a Lisieux, donde residía el hermano de Celia; de este modo la tía Celina pudo cuidar de las hijas. Entre 1882 y 1887 Luis acompañó a tres de sus hijas al Carmelo. El sacrificio mayor fue separarse de Teresa, que entró en el Carmelo a los 15 años. Luis padeció una arteriosclerosis cerebral que le provocó signos de demencia por lo que fue internado en el sanatorio de Caen durante tres años. Hemipléjico, falleció en casa de la familia Guérin en julio de 1894. Tenía 71 años.
No estamos habituados a pensar en la santidad de un matrimonio, porque nuestra experiencia nos lleva a unir la santidad a un individuo. Juan Pablo II se atrevió a ir más allá de los esquemas, beatificando a Luis y María Beltrame Quattrocchi. Después, el Papa Benedicto XVI ha decidido añadir a ellos a los cónyuges Martin, a fin de mostrar a los padres y madres de familia de todo el mundo la grandeza de la vocación a la vida conyugal.
Con su entrega a Dios en su vida cotidiana y familiar, los santos Luis y Celia Martin presentan la santidad a las familias de hoy como algo posible y deseable, es también una invitación a que Dios sea lo primero en cada uno de nosotros y en nuestras familias para “vivir de amor,” según expresión de su hija santa Teresita y como atestigua su hija Leonia, “la Sierva de Dios, sor Francisca Teresa.”
-Dios-
¿Qué es lo que fascina de los esposos Martin? ¿Qué mensaje deja esta familia a la Iglesia y a la sociedad? Sin duda fascina la valentía de esta familia que, después de diecinueve años de matrimonio, ante la crisis económica que afligía a Francia, queriendo garantizar bienestar y futuro a sus hijos, halló la fuerza de dejar Alençon y trasladarse a Lisieux, como tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, "emigrantes" en busca de lo que pudiera hacer más bella la vida y concreta la esperanza. Hay una belleza que emana de su trabajo artesanal emprendedor: Luis Martín, como relojero y joyero; y Celia Guérin, como pequeña empresaria de una taller de bordado. Junto con sus cinco hijas, emplearon tiempo y dinero en ayudar a quienes tenían necesidad. Su casa no fue una isla feliz en medio de la miseria, sino un espacio de acogida. Anima su testimonio cristiano de laicos, vivido dentro y fuera de las paredes del hogar, a través de la belleza de su vida, la fascinación de los sentimientos, la transparencia del amor, sabiendo dedicarse tiempo, porque "el amor no es un trabajo para hacer de prisa" (M. Noëlle). El compromiso eclesial de los esposos Martin recuerda que "la futura evangelización depende, en gran parte, de la iglesia doméstica" (Familiaris consortio, 52), y tiene el sabor de la ternura.
Su hija Teresa fue proclamada santa el 17 de mayo de 1925 por el Papa Pío XI. Luis y Celia fueron canonizados el 18 de octubre de 2015 por el Papa Francisco durante el Sínodo de la Familia.
En julio mismo año se abrió la causa de beatificación de Leonia, hermana de Santa Teresa de Lisieux.
«De mamá me gustaba la sonrisa,
la mirada profunda que parecía decir :
"La eternidad me llena de alegría y me atrae.
Quiero ir al cielo a ver a Dios»
«Dios me ha dado
un padre y una madre
más dignos del cielo
que de la tierra»
Doctora santa Teresita del niño Jesús
Romano Guardini
Puede decirse, en general, que la oración será tan buena como lo haya sido la preparación...
El sentido y la práctica de esta preparación implican varios aspectos. Pero, fundamentalmente, esta preparación consiste en el recogimiento.
El recogimiento
Recogimiento significa, en primer lugar, que el ser humano se sosiega y se asienta. Por lo general se encuentra el ser humano arrastrado por una multitud de cosas y acontecimientos, excitado por impresiones agradables o desagradables, oprimido por el deseo y el temor, la inquietud y la pasión. Constantemente se esfuerza por alcanzar o evitar algo, adquirir o rechazar algo, construir o destruir algo. El ser humano quiere siempre algo, y querer significa estar en camino, encaminarse a un fin o apartarse de un peligro. Así es desde que existe el ser humano, y, de modo especial, desde que existe el ser humano moderno. A éste le gusta considerarse como un ser activo, luchador, creativo... Pero esto sólo es una parte de la verdad. Con la misma e incluso con mayor razón, debería considerarse el ser humano moderno como un ser desasosegado, incapaz de vivir serenamente y ganar en hondura y verse como un «consumidor» insaciable de personas, cosas, pensamientos y palabras, que está siempre, no obstante, insatisfecho, por haber perdido en gran parte la conexión con su centro y su raíz vitales y estar entregado al azar, a pesar de todo su saber y poder. Este ser humano debe orar, pero ¿puede hacerlo? Ciertamente; pero sólo si se libera de su desasosiego y se serena.
El ser humano, por ello, debe evitar el vagabundeo del deseo y centrarse en lo único importante. Debe desasir su voluntad de todo lo demás y decirse: «Ahora no tengo que hacer otra cosa sino orar. Los próximos diez minutos –o el tiempo por él determinado– son solamente para orar. Todo lo demás no cuenta ahora. Para esto solo estoy aquí, despreocupado de todo lo demás». Esta decisión debe ser sincera. El ser humano es un ser ladino, y la astucia de su corazón se muestra sobre todo en la esfera religiosa. Cuando comienza a orar, le apremia al instante algo -provocado por su inquietud interna– que debe ser inmediatamente realizado. Un trabajo, una conversación, un encargo, una comprobación, un periódico, un libro... se le antojan más importantes que la oración, y ésta le parece una pérdida de tiempo. Sin embargo, tan pronto como deja la oración, tiene en superabundancia el tiempo que antes se le antojaba tan escaso y lo malgasta en las cosas más superfluas... Recogerse significa superar este engaño del desasosiego interior y asentarse internamente, liberarse de todo lo que no tiene que ver con la oración y ponerse a disposición de Aquel que, en este momento, es lo único importante, es decir, Dios.
*** Podemos también expresar esto diciendo que el ser humano debe hacerse «presente». Tan pronto como el ser humano comienza a orar, siente la urgencia de dedicarse a alguna otra cosa. Y en su mano está seguir este impulso, levantarse e irse a la habitación contigua, a la calle o a la oficina; mirar por la ventana, tomar un libro, pensar en otras cosas, en otras personas, en los asuntos de su profesión o en cualquier otra cosa. Su inquietud interior le aparta siempre del lugar y del puesto en que debe estar, el lugar en el que comienza la «seriedad de la vida» y en el que debe perseverar, el lugar en que el propio yo se siente llamado por Dios, a quien debe obedecer. El ser humano se siente molesto en la exigente quietud de la oración y escapa de ella. Huye siempre del santo «aquí» al que es «llamado» y que es su verdadero «puesto». Muchas veces parece que, cuanto más tiene el ser humano el mundo en la mano, tanto más desplazado se halla en cuanto a lo esencial.
Si este ser humano quiere orar, debe apartarse de todo y concentrarse, vivir el presente. Esto le resulta difícil, pues sólo en raras ocasiones siente algo determinado e inmediatamente actuante sobre él que retenga su atención, de modo que se sitúe ante ello y tome una posición personal. Y, sin embargo, todo depende de que lo logre y viva desde dentro cada instante.
*** Podemos referirnos al sentido etimológico de la palabra e indicar que «recogimiento» significa «aunarse», alcanzar la «unidad interior». Una mirada a nuestra vida muestra su poca unidad. Deberíamos tener un núcleo vital que dominase la diversidad de nuestra existencia, un centro vital del que partiesen y al que convergiesen todas nuestras actividades; un principio ordenador que distinguiese lo importante y lo baladí, los medios y el fin, jerarquizando así las diversas acciones y vivencias; algo firme que permaneciese fijo en los cambios de la vida, que se incrementase con el fluir vital y desde el cual pudiésemos comprender quiénes somos. Este centro vital haría también que todos supiesen a qué atenerse respecto a nosotros mismos. ¡Qué falta nos hace esto a nosotros, ser humanos modernos, muy inferiores en este aspecto a los ser humanos de otros tiempos, mucho más profundos y más claramente ordenados en su interioridad. Todo ello repercute también en la oración. Los maestros de la vida espiritual hablan una vez y otra de la «disipación» como de un estado en que el ser humano carece de la unidad de un centro espiritual, de modo que sus pensamientos discurren de un objeto a otro, sus sentimientos permanecen imprecisos y su voluntad no es dueña de la situación. En tal caso no existe ya «una persona» que hable y a quien se pueda hablar, sino una maraña de pensamientos, un flujo de sensaciones y un barullo de impresiones. Frente a esta «disipación», la palabra «recogimiento» indica de modo intuitivo que el ser humano ha «recogido» esforzadamente los pensamientos, esparcidos por doquier, para realizar la oración en un estado de espíritu «unificado»; un estado de espíritu desde el cual –como Samuel cuando fue llamado– pueda decir: «Aquí estoy».
En el recogimiento dice el ser humano que ora: «Aquí está Dios y aquí estoy yo».
(...) Respecto a Dios, mi ser está en una relación distinta de la que tiene una criatura con otra: Yo existo solamente «ante Él» y «por Él». Cuando se alcanza el auténtico recogimiento, se percibe la verdad de todo esto. Se ha aprendido algo muy importante si se sabe que se «existe» ante Dios, solamente ante Dios y que ante Él se existe en verdad. Esto es algo grandioso. Puede ser algo estremecedor, pero también de gran consuelo. Veremos cómo a ello responde uno de los actos fundamentales de la oración: la adoración.
El rostro de Dios ¿Quién es este Dios al que se dirige el ser humano en su recogimiento y al que se puede dirigir porque Él le concede la posibilidad de hacerlo? Ciertamente, no es el Indecible omnipresente, el misterio del ser, la profundidad originaria del mundo o como quiera que se denomine a ese Ser Indeterminado del que tan a menudo se habla. Todo esto constituye, ciertamente, un aspecto de Dios y le pertenece, pero es sólo como el aliento y la vibración que de Él proceden y atraviesan el cosmos. Dios mismo es más que todo esto. No es únicamente sentido o idea, sino realidad. No sólo es profundidad, interioridad, cima o cumbre del mundo, sino un ser en sí mismo. No es mera potencia o fuerza; es «Él». El principio y el fin de la Revelación consiste en atestiguar que Dios es «Él mismo». El que en el monte Horeb se manifestó a Moisés. Y cuando éste preguntó por el nombre de ese Alguien misterioso que se le aparecía, Él respondió: «Yo soy el que soy» (Ex. 3, 14). En este momento solemne prescinde Dios de toda denominación particular –el «Poderoso», el «Justo», el «Benigno»– y se designa según el modo como Él existe: desde Sí y por Sí, en plena autosuficiencia, Señor de Sí mismo, libre y responsable únicamente ante Sí mismo. Este «autoseñorío» es su misma esencia. Dios es «Él-Mismo», esto es, Persona. Y no sólo la más poderosa, noble y pura, sino la persona por antonomasia. Al hablar de la realidad de Dios, dijimos que ésta es de tal naturaleza que ninguna realidad finita puede ser nombrada junto a ella. Dios existe por Sí mismo. El ser humano existe por Él y ante Él. Respecto a la personalidad divina, puede decirse también que Dios es persona por Sí mismo; el ser humano lo es en cuanto es llamado por Dios.
(...) Quisiéramos en este punto conservar la medida justa. La aplicación concreta de lo aquí indicado es asunto del lector.
En primer lugar existe un orden del tiempo. Este orden se funda en el ritmo de la luz, del que depende también el ritmo del trabajo externo del ser humano y de su vida interna.
El ritmo de la luz determina el día y la noche, la semana de trabajo y el domingo, el año y sus estaciones.
Este orden debe también determinar la vida de oración.
Al amanecer se renueva el día.
Al atardecer declina.
En cada mañana resuena el comienzo de la vida, el nacimiento.
En cada atardecer se esboza el fin, la muerte.
Entre la mañana y el atardecer están el trabajo y la lucha, la acción y el destino, el crecimiento, la fecundidad y el peligro.
Todo ello alcanza su expresión en la oración de la mañana y de la nochee. Si éstas faltan, se degrada el día y se hace infecundo.
La semana depende del ritmo de la luna –esto es, del mes– y de las variaciones de la tensión biológica del trabajo y del descanso.
Seis días están destinados al trabajo y uno al descanso.
Durante los días laborables está el ser humano en estado de servicio; el séptimo día goza de libertad. Esta es la ley esencial de la semana vital, establecida por Aquel que ha creado al ser humano y los astros.
A esta ley natural del séptimo día vinculó Dios el precepto espiritual del día del Señor.
Según la Revelación, Dios consumó la creación en seis días y al séptimo día descansó.
Tras este séptimo día está el misterio del descanso de Dios. De ahí que el significado último del domingo no sea el descanso del ser humano, sino el de Dios, y sólo el descanso de Dios da profundidad al descanso del ser humano.
A este descanso de Dios debe el ser humano abrirse en su descanso dominical, así como en su trabajo semanal está al servicio de la obra creadora de Dios, de la que recibe su sentido auténtico todo trabajo humano. Al misterio del descanso de Dios se añade el de la Resurrección de Cristo, que confiere al día del Señor el triunfo de la Redención y despierta la conciencia de que se inicia la nueva creación. Su luz llena el día de Pascua y desde él se irradia a todos los domingos. El domingo es, pues, el día del Señor y, consiguientemente, el día del ser humano.
Su auténtico sentido se ha perdido en gran parte. En el transcurso de la Edad Moderna se ha transformado en un día de imprecisa solemnidad, para convertirse finalmente en una mera ocasión de descanso y diversión. No se puede aquí dar una norma general sobre el modo de estructurar, sin angostura y violencia, este día, como día de homenaje al Creador y Redentor del mundo y, al mismo tiempo, como día de alegría ante Dios en un medio social que cada vez pierde más el sentido de sí mismo. En todo caso, es ésta una tarea que a todos incumbe.
La solución no puede venir de fuera, sino de dentro, profundizando en el misterio de este día, comprendiendo su íntima conexión con la esencia de la vida natural y espiritual, abriéndose a su belleza interna y preguntándose, desde esta perspectiva, cómo es posible dar cabida a todo ello en la vida personal y familiar.
En la medida en que se comprenda el sentido de este día, dejarán de escatimarse los esfuerzos para la realización de este ideal. Se debe también caer en la cuenta de la importancia que tiene para el Domingo la tarde del Sábado. Según la tradición eclesiástica, el día comienza con el atardecer –vigilia– del día anterior. Y esto con todo derecho. En efecto, el día comienza con el despertar; éste es como ha sido el descanso nocturno, el que, a su vez, viene determinado por lo que le ha precedido inmediatamente.
Por tanto, si queremos devolver al domingo su sentido auténtico, debemos comenzar por su prólogo: la tarde del sábado. La forma básica de articular el fluir temporal viene dada por el año con sus estaciones. El año comprende meses, semanas y días y está determinado por las mutaciones de la luz solar y por el despertar, florecer, fructificar y declinar de la vida.
Su expresión religiosa se encuentra en el año litúrgico de la Iglesia, en el cual los sucesos de la vida de Cristo están entrelazados con el ritmo del año solar. De esta forma se consigue una presencia siempre renovada de la vida del Señor y una vivencia siempre actual de su obra redentora. El espíritu se siente diversamente afectado en Adviento y en el tiempo de Navidad y Epifanía; en Cuaresma y en el tiempo pascual; en Pentecostés y en las semanas posteriores, que significan el largo tiempo de la historia y de la espera del segundo advenimiento de Cristo. Así llegamos al último Domingo del año eclesiástico, que nos habla del Juicio universal. Este ciclo litúrgico debe determinar también la vida religiosa personal. Antiguamente se leía en familia el año cristiano. A través de su lectura, los grandes acontecimientos y los grandes representantes de la obra redentora influían en la vida religiosa individual. Hoy se ha perdido en gran parte esta vinculación entre el ciclo litúrgico y la vida religiosa personal, y es una tarea importante restablecerla de nuevo. Vivir la liturgia, leer escritos apropiados, realizar algunas prácticas familiares llenas de significación pueden ayudarnos mucho a conferir a la oración personal, según las épocas, un diverso colorido y un contenido siempre nuevo.
*** Un segundo elemento ordenador de la vida de oración es el medio exterior, con sus diversos aspectos y su unidad. También aquí debemos tener en cuenta el deterioro que se viene produciendo desde hace tiempo. El ámbito de la vida humana estaba antes conformado por la fe. Los pueblos –vistos como células de la vida social– tenían en tiempos pasados su centro de vida religiosa en la iglesia. Alrededor de ésta se hallaban las casas, como hogares y lugares de trabajo de la familia, y los campos y bosques, como lugares de actividad productiva. Entre los hogares y los lugares de trabajo, había, como puntos de conexión religiosa, cementerios, capillas, cruces en las encrucijadas y otros tipos de imágenes santas. El hogar estaba bendecido y ostentaba símbolos cristianos. En el interior había una cruz familiar y ante ella se rezaban las oraciones... Esta ordenación exterior ha desaparecido en gran parte. No existe ya un ámbito exterior cristianamente configurado. Este debe ser de nuevo reconstruido por la persona creyente misma. Ahora bien, puesto que las condiciones en que cada persona vive son en extremo diversas, no se pueden decir en este punto muchas cosas con valor universal. Ante todo debe el creyente dar más importancia a la iglesia. Ha de considerar la iglesia no sólo como el lugar de la celebración comunitaria de los actos religiosos, sino como la casa del Padre, en la que él goza de auténticos derechos filiales. Es necesario formar la conciencia de este derecho a la casa paterna, entrar en ella en el diario caminar por la ciudad, buscar en ella paz, recogimiento, liberación interna, consuelo, ánimo y robustecimiento del espíritu. Más difícil será considerar la casa como un lugar sagrado, sobre todo cuando sus dimensiones son excesivamente reducidas y los otros miembros de la familia se muestran indiferentes u hostiles respecto a lo religioso. Sin embargo, incluso en este caso puede quedar aún alguna posibilidad. Por ejemplo, una cruz en un ángulo de la habitación, ante la que sea posible arrodillarse, o una imagen en la pared, a la que se pueda mirar con reverencia. Una imagen santa no debe servir únicamente para avivar nuestro recuerdo. Por lo menos, las imágenes de Cristo, de María o de alguna figura relevante de la historia de la salvación tienen una función superior. No queremos aquí dejarnos llevar por nuestra fantasía, pero estas imágenes son «algo más» que una mera señal o indicación. Me refiero a la influencia que pueden ejercer en la vida de la familia orientando, exhortando, dirigiendo. Se puede también hacer la oración común ante la cruz y honrarla con flores...
Pero no debe caerse en puerilidades o herir la susceptibilidad ajena. Se debe hacer lo que es hermoso y aquello a lo que tenemos derecho, pero sin llamar la atención innecesariamente y sin molestar a los demás. El mundo pertenece a Dios, y a Él también le pertenece el hogar. Es, por tanto, «justo y necesario» que en él se manifieste el dominio de Dios, destinándole un lugar visible.
El auténtico «lugar cristiano» no es, sin embargo, un lugar fijo; se constituye en la relación viva entre Dios y el ser humano. Es el lugar que Dios abre para cada ser humano en cuanto se vuelve a él amorosamente y le llama a través de los designios de su Providencia. El ser humano, llamado por Dios, responde con su fe, su piedad, su obediencia. El ser humano responde con un «aquí estoy» que le permite entrar en el «lugar santo». Esto puede hacerlo siempre, incluso en los momentos de mayor desamparo exterior.
*** Un tercer elemento ordenador de la vida de oración viene dado por los acontecimientos de la vida. En otro tiempo, estos sucesos se hallaban impregnados de significación religiosa, expresada en usos y prácticas llenas de sentido. De todo esto ha quedado muy poco. En las ciudades, casi nada...
Introducción a la vida de oración
Romano Guardini
(1885-1968)
san Ambrisio de Milán, obispo
Amable Señor Jesucristo,
yo que soy pecador,
sin presumir nada por mis propios méritos,
pero lleno de confianza
en tu misericordia y tu bondad,
me acerco con temor y temblor
a la mesa de tu convite.
Puesto que tengo el corazón y el cuerpo
manchados por innumerables crímenes
y mi inteligencia y mi boca mal vigiladas,
por eso, pobre pecador,
oprimido por la angustia,
acudo a ti, oh Divinidad santísima,
oh tremenda majestad,
fuente de misericordia,
y me apresuro a buscar la salud
de mi alma bajo tu protección;
y ya que no puedo mirarte como Juez,
suspiro por tenerte como Salvador.
Te presento, Señor, mis llagas
y te descubro mi vergüenza.
Pues sé que mis pecados
son grandes y muchos,
por eso temo y, sin embargo,
espero en tu misericordia, que es infinita.
Mírame con ojos de misericordia,
Señor Jesucristo, Rey eterno,
Dios y hombre,
crucificado por el hombre.
Escúchame,
ya que espero en ti;
ten compasión de mí,
que estoy lleno de miserias y pecados,
tú, fuente de misericordia,
que manas sin cesar.
Salve, víctima de salvación,
ofrecida en la Cruz
por mí y por todos los hombres.
Salve, Sangre noble y preciosa,
que brotando de las llagas
de mi Señor Jesucristo crucificado,
lavas los pecados del mundo.
Recuerda, Señor,
a tu creatura redimida con tu Sangre.
Me arrepiento de haber pecado
y deseo enmendar mi vida.
Borra, Padre clementísimo,
todas mis iniquidades y pecados,
para que,
purificado en la mente y en el cuerpo,
merezca gustar dignamente
este santo Sacramento.
Y concédeme que la comunión
del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo,
que indignamente me atrevo a recibir,
sea remisión de mis pecados,
purificación perfecta de mis delitos,
destierro de mis malos pensamientos
y regeneración de mis sentidos,
eficacia saludable
de obras que te agraden
y defensa firmísima contra las asechanzas
de los enemigos de mi alma y de mi cuerpo.
Amén.
santo Tomás de Aquino, abad
Dios todopoderoso y eterno,
he aquí que llego
al Sacramento de tu unigénito Hijo,
nuestro Señor Jesucristo,
como enfermo al médico de la vida,
como manchado a la fuente de la misericordia,
como ciego a la luz de la eterna claridad,
como pobre y necesitado al Señor de cielo y tierra,
como desvalido al Rey de la gloria.
Ruego, Padre,
a tu infinita bondad y misericordia,
que tengas a bien sanar mi enfermedad,
limpiar mis manchas,
alumbrar mi ceguera,
enriquecer mi pobreza,
vestir mi desnudez,
para que así pueda yo
recibir el Pan de los Ángeles,
Rey de los Reyes
y Señor de los que dominan,
con tanta reverencia y humildad,
con tanta contrición y ternura,
con tanta pureza y fe,
con tal propósito e intención,
como conviene para la salud de mi alma.
Padre bueno,
concédeme recibir
no sólo el Sacramento
del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo,
sino también
la gracia y la virtud del Sacramento.
Dios benignísimo,
permíteme de tal manera
recibir el Cuerpo de tu Hijo unigénito,
nuestro Señor Jesucristo,
tomado de la Virgen María,
que merezca ser incorporado
a su Cuerpo Místico
y contado entre sus miembros.
Padre amantísimo,
concédeme
que logre contemplar cara a cara,
por toda la eternidad,
a tu amadísimo Hijo,
a quien ahora en mi vida mortal
me propongo recibir
oculto bajo el velo del Sacramento
y que contigo vive y reina
por los siglos de los siglos.
Amén.
San Juan Crisóstomo, obispo
¡Oh Señor!,
yo creo y profeso
que Tú eres el Cristo Verdadero,
el Hijo de Dios vivo
que vino a este mundo
para salvar a los pecadores,
de los cuales yo soy el primero.
Acéptame
como participante de tu Cena Mística,
¡oh Hijo de Dios!
No revelaré tu Misterio a tus enemigos,
ni te daré un beso como lo hizo Judas,
sino que como el buen ladrón te reconozco.
Recuérdame, ¡Oh Señor!,
cuando llegues a tu Reino.
Recuérdame, ¡oh Maestro!,
cuando llegues a tu Reino.
Recuérdame, ¡oh Santo!,
cuando llegues a tu Reino.
Que mi participación
en tus Santos Misterios, ¡oh Señor!
no sea para mi juicio o condenación,
sino para sanar mi alma y mi cuerpo.
¡Oh Señor!,
yo también creo y profeso
que lo que estoy a punto de recibir
es verdaderamente
tu Preciosísimo Cuerpo
y tu Sangre Vivificante,
los cuales ruego
me hagas digno de recibir,
para la remisión de todos mis pecados
y la vida eterna.
Amén.
¡Oh Dios!,
se misericordioso conmigo, pecador.
¡Oh Dios!,
límpiame de mis pecados y ten misericordia de mí.
¡Oh Dios!,
perdóname, porque he pecado incontables veces.
autor anónimo
Madre de piedad
y de misericordia,
Santísima Virgen María,
yo, pecador indigno y miserable,
me acojo a ti
con todo el afecto de mi corazón,
e imploro de tu piedad que a mí,
y a todos los sacerdotes que en este lugar,
y en toda la santa Iglesia,
van a ofrecer el Santo Sacrificio,
te dignes asistirnos con bondad,
como acompañaste
a tu Hijo dulcísimo en la Cruz,
para que ayudados con tu favor,
podamos degustar,
en presencia de la Indivisa y Santa Trinidad,
esta Hostia digna y aceptable.
Amén.
autor anónimo
Yo
hago intención
de participar en esta Misa
y de degustar
el Cuerpo y la Sangre
de nuestro Señor Jesucristo,
según el rito de la santa Iglesia Romana,
para alabanza de Dios omnipotente
y de toda la Iglesia triunfante,
para mi bien
y el de toda la Iglesia peregrina en la tierra,
por todos aquellos
que se han encomendado a mis oraciones,
ya sea en general o en particular,
por la paz
y la tranquilidad de la santa Iglesia Romana.
Amén.
El Señor omnipotente y misericordioso
nos conceda alegría y paz,
conversión y tiempo de verdadera penitencia,
la gracia y el consuelo del Espíritu Santo
y la perseverancia en el bien obrar.
Amén.
santo Tomás de Aquino, abad
Gracias te doy, Señor Dios,
Padre todopoderoso,
porque, a pesar de mi indignidad
y sólo por tu misericordia,
has querido admitirme a la participación
del sacratísimo Cuerpo de tu Hijo unigénito,
nuestro Señor Jesucristo.
Te suplico, Padre clementísimo,
que esta Sagrada Comunión
no sea para mi alma
ocasión de castigo,
sino intercesión saludable para el perdón;
que sea armadura para mi fe,
escudo para mi buena voluntad,
muerte de todos mi vicios,
exterminio de todos mis carnales apetitos
y aumento de caridad, paciencia,
verdadera humildad
y de todas las virtudes;
sea perfecto sosiego
de mi cuerpo y de mi espíritu,
firme defensa contra todos los enemigos
visibles e invisibles,
serenidad en las tentaciones,
perpetua unión contigo solo,
mi verdadero Dios y Señor,
y sello feliz de mi dichosa muerte.
Y te ruego tengas por bien
llevarme a mí, pecador,
a aquel convite inefable donde tú,
con tu Hijo y el Espíritu Santo,
eres para tus santos luz verdadera,
santificación cumplida
y gozo perdurable,
dicha completa
y felicidad perfecta.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
san Buenaventura, obispo
Traspasa,
dulcísimo Jesús y Señor mío,
la médula de mi alma
con el suavisísimo
y saludabilísimo dardo de tu amor;
con la verdadera, pura
y santísima caridad apostólica,
a fin de que mi alma
desfallezca y se derrita siempre
sólo en amarte y en deseo de poseerte:
que por Ti suspire,
y desfallezca por hallarse en los atrios de tu Casa;
anhele ser desligado del cuerpo
para unirse contigo.
Haz que mi alma tenga hambre de Ti,
Pan de los Ángeles,
alimento de las almas santas,
Pan nuestro de cada día,
lleno de fuerza, de toda dulzura y sabor,
y de todo suave deleite.
Oh Jesús,
en quien se desean mirar los Ángeles:
tenga siempre mi corazón hambre de Ti,
y el interior de mi alma
rebose con la dulzura de tu sabor;
tenga siempre sed de Ti,
fuente de vida,
manantial de sabiduría y de ciencia,
río de luz eterna, torrente de delicias,
abundancia de la Casa de Dios:
que te desee,
te busque,
te halle;
que a Ti vaya y a Ti llegue;
en Ti piense, de Ti hable,
y todas mis acciones
encamine a honra y gloria de tu nombre,
con humildad y discreción,
con amor y deleite,
con facilidad y afecto,
con perseverancia hasta el fin;
para que Tú solo seas siempre mi esperanza,
toda mi confianza,
mi riqueza, mi deleite,
mi contento, mi gozo,
mi descanso y mi tranquilidad,
mi paz, mi suavidad,
mi perfume, mi dulzura,
mi comida, mi alimento,
mi refugio, mi auxilio,
mi sabiduría, mi herencia,
mi posesión, mi tesoro,
en el cual esté siempre fija y firme
e inconmoviblemente arraigada
mi alma y mi corazón.
Amén.
san Ignacio de Loyola, presbítero
Toma, Señor,
y recibe toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad,
todo lo que tengo y poseo.
Tú me lo diste;
a ti, Señor, lo torno;
todo es tuyo,
dispón a toda tu voluntad.
Dame tu amor y gracia,
que esto me basta.
Simeón el nuevo teólogo, abad
Señor, temblando de conmoción, espero en Ti,
entro en comunión con el fuego.
No soy mas que paja, pero me siento abrasado como la zarza ardiente de Moisés.
Señor, tu Cuerpo brilla inefablemente unido al fuego de tu divinidad, y tu me concedes que el templo corruptible de mi carne se una a tu Carne, que mi sangre se mezcle con la tuya, y desde ahora soy miembro transparente y lleno de luz.
atrubuida a Clemente XI, papa
Creo, Señor, fortalece mi fe; espero,
Señor, asegura mi esperanza; te amo,
Señor, inflama mi amor; yo me arrepiento,
Señor, aumenta mi arrepentimiento.
Te adoro como el primer principio,
te deseo como último fin,
te alabo como bienhechor perpetuo,
te invoco como defensor propicio.
Que tu sabiduría me dirija;
que tu justicia me refrene;
que tu clemencia me consuele,
y que tu poder me proteja.
Te ofrezco, Dios mío:
mis pensamientos para pensar en ti,
mis palabras para hablar de ti,
mis obras para obrar según tu voluntad,
mis trabajos para padecerlos por ti.
Quiero lo que tú quieres,
lo quiero porque lo quieres,
lo quiero como lo quieres,
lo quiero mientras lo quieras.
Te ruego, Señor,
que alumbres mi entendimiento,
abrases mi voluntad,
purifiques mi cuerpo
y santifiques mi alma.
Llore las iniquidades pasadas,
rechace las tentaciones futuras,
corrija las inclinaciones viciosas,
cultive las virtudes que me son necesarias.
Concédeme, Dios mío,
amor a ti,
no buscarme a mí,
celo del prójimo,
desprecio del mundo.
Hazme obedecer a los superiores,
atender a los inferiores,
ayudar a los amigos,
perdonar a los enemigos.
Venza el deleite con la mortificación,
la avaricia con la largueza,
la ira con la mansedumbre,
la tibieza con el fervor.
Hazme prudente en los consejos,
constante en los peligros,
paciente en las adversidades,
humilde en las prosperidades.
Haz, Señor,
que sea en la oración fervoroso,
en la comida sobrio,
en el cumplimiento de mis deberes diligente,
en los propósitos constante.
Concédeme que trabaje
para alcanzar la santidad interior,
modestia exterior,
conducta edificante,
proceder correcto.
Que me aplique con diligencia
a domar la naturaleza,
a corresponder a la gracia,
a guardar tu ley
y merecer mi salvación.
Dame a conocer, Dios mío,
cuán frágil es lo terreno,
cuán grande lo celestial y divino,
cuán breve lo temporal,
cuán duradero lo eterno.
Concédeme
que me prepare para la muerte,
que tema el juicio,
que evite el infierno
y que obtenga la gloria del paraíso.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
autor anónimo
Oh María, Virgen y Madre Santísima,
acabo de recibir a tu Hijo, Jesucristo,
a quien en tu seno inmaculado
engendraste, alimentaste,
a quien arrullaste en tus brazos maternales.
Vengo a ti, con humildad y amor,
a pedirte que me enseñes
a amarlo con un corazón como el tuyo
y a ofrecerlo a la Trinidad Santísima
en culto supremo de latría,
para tu honor y gloria
y por todas mis necesidades
y las del mundo entero.
Te ruego, Madre piadosísima,
que me obtengas el perdón de todos mis pecados,
la gracia abundante para servir,
de ahora en adelante,
con mayor fidelidad a Cristo,
y el don de la perseverancia final,
para que pueda alabarlo contigo,
por los siglos de los siglos.
Amén.
Dios te salve, María,
llena eres de gracia, el Señor es contigo,
bendita eres entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.
santo Tomás de Aquino
Canta lengua jubilosa
el misterio del altar,
de la sangre generosa
y del cuerpo que es manjar.
Lo dio el Rey de las naciones
para el mundo rescatar.
De María Virgen pura
para dársenos nació,
habitando en nuestro mundo
como hermano nos habló.
Y su paso entre nosotros
en prodigio terminó.
En la cena de esa noche
hasta el fin llevó su amor,
observando todo el rito
que en la Ley se prescribió.
Hizo su Cuerpo comida
y a los doce se entregó.
Con palabra poderosa
el Verbo Hijo de Dios,
en su cuerpo y en su sangre,
pan y vino transformó.
Los sentidos no lo entienden,
más la fe lo recibió.
Adoremos reverentes
Sacramento sin igual.
El Antiguo Testamento
ceda al Nuevo su lugar.
Lo que falta a los sentidos
nuestra fe lo suplirá.
Gloria al Padre y al Hijo
y al Espíritu de Amor.
Alabanza, jubilosa,
tributemos en su honor.
Por los siglos de los siglos,
ríndase adoración.
Amén.
santo Tomás de Aquino
Sumando nuestro gozo al de esta fiesta
Elevemos cordiales alabanzas,
Y que todo lo viejo se renueve:
Corazones, acciones y palabras.
Hoy se recuerda la postrera cena
En que Jesús, conforme al viejo rito,
Se dignó repartir a sus hermanos
El cordero y los ázimos prescriptos.
Una vez acabado aquel banquete
Y después de comido aquel Cordero,
Creemos que fué el mismo Jesucristo
Quien se dió a todos, igualmente entero.
Como a flacos les dió a comer su cuerpo,
Como a tristes les dió a beber su sangre,
Cuando les dijo: -Recibid, amigos,
Lo que os doy a beber en este cáliz.
Así dejó instituído el sacrificio
y encomendó tan sólo al sacerdote
Celebrar el oficio respectivo
Y distribuir el pan que él mismo come.
El angélico pan se vuelve humano
Y las figuras llegan a su término.
¡Oh maravilla! El pobre y el esclavo
Comen el cuerpo de su propio dueño.
Oh Deidad trina y tina: te rogamos
Que te dignes bajar a nuestra vida,
Y que nos lleves por tus derroteros
Hasta la misma claridad que habitas.
santo Tomás de Aquino
Sin dejar la derecha de su Padre,
y para consumar su obra divina,
el sumo Verbo, que ha venido al mundo,
llega al fin a la tarde de su vida.
Antes de ser, por uno de los suyos,
dado a quienes la muerte le darían,
en el vital banquete del cenáculo
se dio a los suyos como vianda viva.
Se dio a los suyos, bajo dos especies,
en su carne y su sangre sacratísimas,
a fin de alimentar en cuerpo y alma
a cuantos hombres en este mundo habitan.
Se dio, naciendo, como compañero;
comiendo, se entregó como comida;
muriendo, se empeñó como rescate;
reinando, como premio se nos brinda.
Hostia de salvación, que abres las puertas
celestes de la gloria prometida:
fortalece y socorre nuestras almas,
asediadas por fuerzas enemigas.
Glorificada eternamente sea
la perpetua Deidad, que es una y trina,
y que ella finalmente nos conceda,
en la patria sin fin, vida infinita.
Amén.
santo Tomás de Aquino
Sión, alaba a tu Salvador;
alaba a tu guía y pastor
con himnos y cánticos.
Pregona su gloria cuanto puedas,
porque Él está sobre toda alabanza,
y jamás podrás alabarle lo bastante.
El motivo especial de nuestros loores
que hoy se te propone
es el pan vivo y que da vida.
Es el mismo, no lo dudes,
que aquel que en la Santa Cena
a los Doce se entregó.
Sea plena la alabanza, armoniosa,
sea alegre y fervoroso
el gozo del corazón.
Pues celebramos el solemne día
en que fue instituido
este divino banquete.
En esta mesa del nuevo rey,
la pascua nueva de la nueva ley
pone fin a la pascua antigua.
Lo nuevo sustituye lo antiguo,
la verdad ahuyenta las sombras,
y la luz destierra a las tinieblas.
Lo que Jesucristo hizo en la cena,
nos mandó a hacer
en memoria suya.
Instruidos con sus santos mandatos,
consagramos el pan y el vino,
en sacrificio de salvación.
Es dogma que se da a los cristianos,
que el pan se convierte en carne,
y el vino en sangre.
Lo que no comprendes y no ves,
una fe viva lo atestigua,
fuera de todo el orden de la naturaleza.
Bajo diversas especias,
que son signos y no cosas,
están ocultos los dones más preciados.
Su carne es alimento y su sangre bebida;
mas Cristo está todo entero
bajo cada especie.
Quien lo recibe no lo rompe,
no lo quebranta ni lo desmembra;
recíbese todo entero.
Recíbelo uno, recíbenlo mil;
y aquél lo toma tanto como éstos,
pues no se consume al ser tomado.
Recíbenlo buenos y malos;
mas con suerte desigual
de vida o de muerte.
Es muerte para los malos y vida para los buenos;
mira cómo un mismo alimento
produce efectos tan diversos.
Cuando se divida el Sacramento,
no vaciles, sino recuerda
que Jesucristo tan entero está en cada parte
como antes en el todo.
No se parte la sustancia,
solo el signo se fracciona;
ni el ser ni el tamaño se reducen
de Cristo presente.
He aquí el pan de los ángeles,
hecho viático nuestro;
verdadero pan de los hijos,
no lo echemos a los perros.
Figuras lo representaron:
Isaac fue sacrificado;
el cordero pascual, inmolado;
el maná nutrió a nuestros padres.
Buen pastor, pan verdadero,
¡oh Jesús!, ten piedad.
Apaciéntanos y protégenos;
haz que veamos los bienes
en la tierra de los vivientes.
Tú, que todo lo sabes y puedes,
que nos apacientas aquí siendo aún mortales,
haznos allí tus comensales,
coherederos y compañeros
de los ciudadanos santos.
Amén.
Versión del Misal Romano (Mx)
Al Salvador alabemos,
que es nuestro pastor y guía.
Alabémoslo con himnos
y canciones de alegría.
Alabémoslo sin límites
y con nuestras fuerzas todas;
pues tan grande es el Señor,
que nuestra alabanza es poca.
Gustosos hoy aclamamos
a Cristo, que es nuestro pan,
pues él es el pan de vida,
que nos da vida inmortal.
Doce eran los que cenaban
y les dio pan a los doce.
Doce entonces lo comieron,
y, después, todos los hombres.
Sea plena la alabanza
y llena de alegres cantos;
que nuestra alma se desborde
en todo un concierto santo.
Hoy celebramos con gozo
la gloriosa institución
de este banquete divino,
el banquete del Señor.
Esta es la nueva Pascua,
Pascua del único Rey,
que termina con la alianza
tan pesada de la ley.
Esto nuevo, siempre nuevo,
es la luz de la verdad,
que sustituye a lo viejo
con reciente claridad.
En aquella última cena
Cristo hizo la maravilla
de dejar a sus amigos
el memorial de su vida.
Enseñados por la Iglesia,
consagramos pan y vino,
que a los hombres nos redimen,
y dan fuerza en el camino.
Es un dogma del cristiano
que el pan se convierte en carne,
y lo que antes era vino
queda convertido en sangre.
Hay cosas que no entendemos,
pues no alcanza la razón;
más si las vemos con fe,
entrarán al corazón.
Bajo símbolos diversos
y en diferentes figuras,
se esconden ciertas verdades
maravillosas, profundas.
Su sangre es nuestra bebida;
su carne, nuestro alimento;
pero en el pan o en el vino
Cristo está todo completo.
Quien lo come, no lo rompe,
no lo parte ni divide;
él es el todo y la parte;
vivo está en quien lo recibe.
Puede ser tan sólo uno
el que se acerca al altar,
o pueden ser multitudes:
Cristo no se acabará.
Lo comen buenos y malos,
con provecho diferente;
no es lo mismo tener vida
que ser condenado a muerte.
A los malos les da muerte
y a los buenos les da vida.
¡Qué efecto tan diferente
tiene la misma comida!
Si lo parten, no te apures;
sólo parten lo exterior;
en el mínimo fragmento
entero late el Señor.
Cuando parten lo exterior,
sólo parten lo que has visto;
no es una disminución
de la persona de Cristo.
*El pan que del cielo baja
es comida de viajeros.
Es un pan para los hijos.
¡No hay que tirarlo a los perros!
Isaac, el inocente,
es figura de este pan,
con el cordero de Pascua
y el misterioso maná.
Ten compasión de nosotros,
buen pastor, pan verdadero.
Apaciéntanos y cuídanos
y condúcenos al cielo.
Todo lo puedes y sabes,
pastor de ovejas, divino.
Concédenos en el cielo
gozar la herencia contigo. Amén.
santo Tomás de Aquino
Oh víctima de salvación,
que abres la puerta del cielo:
arrecian las guerras del enemigo;
danos fortaleza, concédenos auxilio.
Al Señor Uno y Trino
sea la eterna gloria,
que una vida sin término
nos regale en la patria.
Amén.
santo Ignacio de Loyola
Alma de Cristo, santíficame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame,
Agua del Costado de Cristo, purifícame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh Buen Jesús, óyeme!
Dentro de tus llagas, méteme.
No permitas que me aparte de ti.
Del malgino enemigo, líbrame.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a ti
para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.
Amén.
santo Tomás de Aquino
El pan de los ángeles se convierte en pan de los hombres;
el pan celestial da fin a todas las antiguas figuras.
¡Oh prodigio admirable entre todos! se nutren del Señor
el pobre, el siervo y la criatura más humilde.
A ti, oh Deidad Trina y Una, pedimos
que nos visites según nosotros te honramos.
Guíanos por tus sendas al fin a donde vamos,
a la luz en que habitas.
Amén.
Amado Nervo, poeta y escritor mexicano
Pues busco, debo encontrar.
Pues llamo, débenme abrir.
Pues pido, me deben dar.
Pues amo, débenme amar.
Aquel que me hizo vivir.
¿Calla? Un día me hablará.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá;
pues tiene alas mi alma , y va
volando detrás de Él.
Es poderoso, más no
podrá mi amor esquivar.
Invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.
Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes.
y consuélate en tu mal
pensando como Pascal:
"¿Le buscas? ¡Es que le tienes!
La única verdadera caída del ser humano
es su vida noeucarística
en un mundo noeucarístico."
Alexander Schmemann