INTRODUCCIÓN
La retórica o arte de convencer con la palabra ha sido durante más de dos milenios una asignatura fundamental de la educación en Europa, desde sus comienzos en la Grecia Clásica, hacia el 485 a. C., hasta la actualidad, en la que experimenta, tras un prolongado período de olvido y desdén, iniciado con el Romanticismo a finales del siglo XVIII, un renacimiento. Muchos son, en efecto, los manuales que, con el título genérico de "cómo hablar en público", se publican para satisfacer una demanda cada vez mayor; en internet -esa ágora global- la difusión de charlas, conferencias y coloquios sobre asuntos muy dispares aumenta día tras día, exigiendo a los "speakers" un discurso coherente, entretenido y persuasivo; por último y en sintonía con esta revalorización, muchos institutos y universidades se han decidido a reimplantarla y ofertarla en sus programas educativos.
Pero, antes de recorrer brevemente la historia de la retórica, vamos a hacer una distinción fundamental entre oratoria y retórica, pues a veces se confunden y se usan como sinónimos, cuando no lo son. La oratoria es el ejercicio de la retórica. En román paladino: la retórica es la teoría de cómo hablar con elocuencia; la oratoria, en cambio, es su puesta en práctica.
Tener oratoria es, por tanto, hablar de forma convincente, E interesa aquí conocer que el lexema básico de "oratoria" es orator, "el que habla" en latín, y que este tiene, a su vez, como núcleo semántico la palabra latina os oris, "boca". Seguro que alguna vez habréis escuchado la expresión "tiene un piquito de oro". Esto es: persuade cuando habla. Si es un vendedor, logra que le compres su producto; si es un entrenador, consigue que sigas a pies juntillas sus indicaciones o, si es un maestro, capta la atención de la toda clase toda la hora. Es un don para algunos afortunados, muy pocos; para otros es una habilidad que puede aprenderse y practicarse hasta alcanzar la maestría. Es anécdota conocida que Demóstenes -el que a menudo aparece en el cabecero de nuestras páginas- había sido tartamudo y que, aun así, llegó a ser el más notable orador de la Antigüedad. Se cuenta que, movido por una férrea determinación, llenaba su boca con guijarros y andaba por la playa hasta el atardecer ejercitando su dicción. Y así, con esfuerzo y paciencia, logró la excelencia en el arte oratorio.
GRECIA
La retórica, como la filosofía y la ciencia, no comenzó en Atenas, aunque ya en tiempos de Pericles (495-429 a. C.), mientras florecía la democracia ateniense, ganarse al público en las asambleas se convirtió en un bien preciado. Fue en Siracusa, una ciudad de Sicilia fundada por colonos de Corinto en el 734 a. C., donde Córax, un autor de discursos judiciales o "logógrafo", escribió a mediados del siglo V a. C. un tratado sobre cómo pronunciar discursos persuasivos. Quería ayudar a los pequeños propietarios de Sicilia, cuyas tierras habían sido confiscadas por el tirano Trasíbulo y, tras su derrocamiento y la vuelta a la democracia, no conseguían demostrar que eran sus dueños ante el tribunal. Ante la diversidad de casos y las dificultades en las pruebas, Córax tomo por criterio para ganar el número mayor de pleitos el siguiente:
"Más vale lo que parece verdad que lo que es verdad, pues la verdad que no es creíble difícilmente se acepta"
Con él empieza la intrincada y polémica historia de la retórica, que, como vemos, está íntimamente ligada a la de la abogacía y que ya en sus albores fue objeto de enconadas discusiones sobre si debía buscar como ideal la verdad o de forma práctica el éxito, fuera justo o injusto.
Junto a esta retórica, basada en la verosimilitud, auspiciada por Córax, se desarrolló, también en Siracusa, la retórica "psicagógica" o "conductora de almas". Fue Empédocles de Agrigento (493-433 a. C.) el promotor de esta nueva corriente retórica que, a diferencia de la probabilista y racional de Córax, apelaba más a las emociones y sentimientos para ganarse favor del tribunal, de la asamblea o, simplemente, del público. No pretendían tanto hacer una demostración rigurosa como conmover a los destinatarios.
Fueron los sofistas, filósofos y profesores dedicados, en muchos casos, a la enseñanza de la oratoria, quienes sistematizaron las reglas y técnicas de la persuasión, escribiendo los primeros tratados retóricos. Entre los más famosos se cuenta Protágoras de Abdera (481-411 a. C.), a quien se debe el adagio "El hombre es la medida de todas las cosas". El abderita defendía que de un mismo asunto podían pronunciarse de forma persuasiva dos discursos opuestos: uno a favor y otro en contra. Otro sofista trascendente para el desarrollo de la retórica griega fue Gorgias de Leontino (485-380 a. C.), siciliano de origen que, instalado en Atenas, abrió una escuela y convirtió la retórica en una disciplina escolar fundamental. Gorgias era escéptico sobre la posibilidad de que la retórica fuera una ciencia exacta; pensaba, más bien, que era una disciplina útil para la sociedad, dado que servía en la vida política por su gran capacidad de influir en la ciudadanía. En consecuencia, Gorgias prestó mucha atención a los efectos emotivos que los recursos estilísticos de la poesía producían en la audiencia, insistiendo en la necesaria ornamentación del discurso por medio de tropos y figuras, así como en la conveniente adecuación de cada discurso al auditorio (politropía).
El primer tratado retórico que se conserva se debe a Aristóteles (394-322 a. C.). Su Retórica ha sido una obra miliar de la Antigüedad clásica. Influyó extraordinariamente en la tradición posterior de la oratoria. A diferencia de los sofistas, Aristóteles creía que no todo era opinable o convencional, sino que era necesario distinguir lo científico y demostrable con hechos constatables de lo probable y discutible. Y la dialéctica y la retórica, en su opinión, eran disciplinas que había que incluir dentro de esto último.
ROMA
La ars rhetorica arraigó en la cultura romana a mediados del siglo II a. C. El primer manual latino, la Retórica para Herenio, data de aproximadamente del 90 a. C. No se conoce a su autor, aunque tradicionalmente ha sido considerada una obra de Cicerón. En este enquiridión aparecen ya las cinco operaciones tradicionales de la retórica: inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio.
Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) fue orador más destacado de Roma. Escribió un número significativo de tratados sobre retórica, entre ellos una suerte de historia de la oratoria romana, cuyo título, Brutus, era el nombre del mejor orador anterior a él. Su manual más importante es De oratore (Sobre el orador), dividido en tres libros que tratan de la invención, la disposición y la elocución. En él, Cicerón incide en la importancia de que el orador empatice con el auditorio, buscando identificarse emocionalmente con él gracias al humor, a la claridad, la dicción melodiosa... Insiste, así mismo, en la necesidad de que el orador tenga la mejor formación intelectual posible, ya que esta repercute directamente en la eficacia de su oficio. Opinaba que el talento individual (ingenium) superaba al conocimiento teórico y a la correcta aplicación de las normas retóricas. El orador perfecto, así, sería aquel que conjugase un dominio técnico de la retórica, una amplia formación intelectual y, ante todo, gran ingenio personal.
Dejo escritos también un buen número de discursos de acusación (Verrinas) y de defensa (Pro Archia poeta), fruto de su actividad como abogado, que han sido objeto de emulación y estudio.
En el siglo primero de nuestra era apareció el último gran teórico de la retórica: Marco Fabio Quintiliano (ca. 35 - ca. 96). Nació en Hispania, en Calahorra (La Rioja), y emigró a Roma, donde escribió el manual más completo sobre retórica y, en general, sobre la educación del ciudadano romano: la Institutio oratoria. Esta obra, de doce libros, tuvo una repercusión extraordinaria durante el Renacimiento, al convertirse en el manual por antonomasia para el estudio de la Retórica, una de las asignaturas cimeras de los studia humanitatis. Quintiliano concebía la retórica como un pilar estructural del saber y de la educación, de ahí que esta obra haya sido un libro de texto fundamental en la formación de los intelectuales europeos.