PRESENTACIÓN
por Pâmella Fialho
por Pâmella Fialho
En marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer y por eso, consideramos que no hay otra forma de celebrar esta fecha, dedicando todo el mes a esta fecha tan importante, en la cual los temas a discutir son: el feminismo, la mujer y el género en América Latina.
Vivimos en una región donde compartimos muchas problemáticas, y entre ellas está la lucha feminista presente en varios ámbitos. Debido a eso, en esta edición contamos con la participación de 7 mujeres, las cuales han abordado diversos temas en donde se propone el replanteamiento del pensamiento mainstream patriarcal. Dentro de los tópicos encontramos áreas de la economía, ecología, comunicación y periodismo, movimientos sociales y género.
En el primer texto, “El mito detrás de la escoba ¿un trabajo por amor?”, Jareny Stefania y Melissa Adriana, se hablan sobre la participación de la mujer en la economía y las desigualdades laborales. Dicho texto, se enfoca en exponer la realidad de las mujeres que trabajan cuidando su hogar, resaltando su falta de derechos en la esfera privada como pública.
Como parte de un tema muy complejo, en el segundo texto a cargo de Arely Michelle Carbajal, reafirma la participación de las mujeres en la economía y su desigualdad en la división del trabajo cuando un hombre se dedica a trabajar en espacios públicos y la mujer a cuidar en el ámbito privado. En “Economía Feminista: ¿un tema invisibilizado?” Al mismo tiempo, la autora analiza los espacios de las mujeres en sus propios estudios de economía y su ausencia en los espacios académicos.
En el tercer texto, tenemos a Andrea Cortés hablando de la importancia de reconocer y recuperar el conocimiento plural. En “Apuestas por la Red la Vida desde el feminismo territorial-comunitario y los ecofeminismos del Abya Yala”, Andrea Cortés analiza la relación de explotación Territorio-Tierra y Territorios-cuerpos.
Seguido de éstos, Nancy Chávez, expone en su texto "Los movimientos sociales como reacción a la violencia estatal", la importancia de los movimientos sociales como herramienta de resistencia y transformación social frente a la violencia estatal. Para ello, toma como ejemplo los movimientos sociales del 8 de marzo en la Ciudad de México.
El artículo “¿Qué tan crítica es la crítica femninista? Algunas reflexiones sobre las mujeres trans desde la economía feminista”, contiene reflexiones teóricas en relación al género, el sexo, los aspectos feministas y las consecuentes desigualdades del capitalismo. En este texto, Zareni Deniss habla sobre cómo las mujeres trans están excluidas del análisis feminista excluyente, cuando es en sí, este capitalismo patriarcal el que subsume a la mujer (ésta, como configuración histórica social).
Por último, Luz Mariana Rangel, ha redactado el texto “Mujeres en el periodismo: por nosotras y para nosotras”, donde habla y propone sobre el aumento de la investigación en relación con las perspectivas de género y feministas, y la importancia del periodismo especializado para el desarrollo de estas investigaciones.
Como miembro de Revista Contextos, me gustaría agradecer a todas las mujeres que participaron en nuestras actividades durante ese mes. Fue un mes hermoso, en donde ha imperado el intercambiando información, conocimiento, experiencias; los cuales nos enseñando y hecho reflexión. Juntas, ponemos en práctica el significado de “hermandad de mujeres” y hemos hecho crecer nuestras experiencias desde varios espacios.
Por último, es imperante agradecer a todas las escritoras, académicas, activistas y mujeres que nos enviaron mensajes de texto y también a los aquellos que han participado en nuestros círculos de conversación y lectura, sin ustedes, la experiencia no se convertiría en un espacio de crítica.
Termino la presentación con una cita de la feminista Lélia González refiriéndose a Brasil, pero que se puede aplicar a toda nuestra región:
“Estamos cansados de saber que nem na escola, nem nos livros onde mandam a gente estudar, não se fala da efetiva contribuição das classes populares, da mulher, do negro do índio na nossa formação histórica e cultural. Na verdade, o que se faz é folclorizar todos eles. E o que é que fica? A impressão de que só homens, os homens brancos, social e economicamente privilegiados, foram os únicos a construir este país. A essa mentira tripla dá-se o nome de sexismo, racismo e elitismo. E como ainda existe muita mulher que se sente inferiorizada diante do homem, muito negro diante do branco e muito pobre diante do rico a gente tem mais é que mostrar que não é assim, né?” (Mulherio, ano II, nº 5, janeiro/fevereiro de 1982, p. 3).
por Barrios Ocampo Jareny Stefania Barrios Ocampo y Melissa Adriana Medrano Mercado
Si las mujeres de todo el mundo percibirán el salario mínimo por el trabajo doméstico no remunerado en 2019, habrían ganado 10,9 billones de dólares debido a las múltiples actividades que realizan en los hogares.
Wezerek y Ghodsee, 2020
En México, el valor económico del trabajo no remunerado en las labores domésticas y de cuidados registró en 2019 un monto equivalente a 5.6 billones de pesos (INEGI, 2020). El trabajo no remunerado en México presenta mayor peso que la industria manufacturera y los servicios financieros con respecto a la contribución en términos del Producto Interno Bruto (PIB). Por ejemplo, la industria registró el 15.9% y los servicios financieros el 4.7%; en cambio el trabajo no remunerado equivaldría al 22.8% (Statista, 2020).
La paga de este trabajo es el “amor”. Dicho evento desencadena diversas problemáticas que desembocan en agudos niveles de desigualdad. Al analizar los indicadores económicos, la tasa de actividad en las labores domésticas asume que muchas mujeres en la república mexicana se encuentran inactivas. Dicha afirmación es verdadera en términos estadísticos, pero al abrir la puerta de la realidad de miles de hogares en México podemos notar que esto es completamente falso. Las mujeres están más activas que nunca trabajando dentro de su hogar, pero esto no se refleja en las cifras ya que no existe una remuneración; peor aún, su labor ni siquiera suele ser reconocida como trabajo.
Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (INEGI, 2020) de 2019, las mujeres mexicanas trabajaron en promedio 8.5 horas al día. La realización de múltiples actividades no podría cuantificarse de manera precisa ya que dicha labor conlleva la realización de tareas y quehaceres domésticos como el cuidado de la familia, la preparación de los alimentos, el apoyo escolar a los hijos/hijas o niños menores de edad, entre muchas otras ocupaciones que deben realizar “por puro amor''. Se parte de la idea que esta responsabilidad es producto del amor hacia los integrantes de una familia, siendo equivalente al sacrificio que una mujer debe realizar para satisfacer las necesidades y beneficios de cada uno de los miembros de su hogar.
Asimismo, las mujeres han sido marginalizadas del entorno laboral. Son separadas de la esfera pública bajo el argumento socio-cultural que señala que las mujeres deben renunciar a sus aspiraciones personales para responsabilizarse del hogar en términos del estereotipo tradicional de lo femenino y la maternidad. Debido a que la mayoría no cuenta con autonomía económica, su calidad de vida se deteriora; y, además, hay un límite de libertad de acción y pensamiento que se encuentra restringido por la misma familia, así como por las condiciones de su entorno. Esta situación desfavorable provoca que las mujeres se sientan "esclavas" de su propio hogar; por esta misma situación existe insatisfacción, ya que no hay un mínimo reconocimiento social. La carga de trabajo que soportan las mujeres se ha convertido en el centro del debate público.
Sin embargo, la sociedad no ha encontrado un equilibrio en términos del trabajo formal/doméstico. Es decir, la visibilidad de la labor de las mujeres en el hogar no se ha traducido aún en políticas públicas que puedan paliar esta situación. Nosotras insistimos, sin duda, que el trabajo doméstico no se tiene que pagar con “amor”, este trabajo tendría que ser remunerado. Para que sea reconocido socialmente como trabajo productivo, debería entrar en una lógica monetaria que provea sus respectivos derechos; es decir, que se tenga acceso a un salario, seguro social, entre otras prestaciones. De esta forma, la propuesta exige que las mujeres encuentren en este sector reconocimiento, además de brindarle la protección que se merecen.
El trabajo doméstico tiene un valor fundamental a pesar de no ser comprendido y aceptado como parte sustancial del sistema económico. Sin la labor de las amas de casa, el sistema económico no podría cumplir con todas las funciones que impulsan la generación del excedente. La sociedad, al no estar actualizada en términos de las discusiones de género, no comprende la relevancia que tiene promover entornos de igualdad tanto para hombres como mujeres. Sin duda, debería asumirse una distribución equitativa de las labores para ambos sexos en los múltiples aspectos de la vida cotidiana.
Corina Rodríguez (2015, p. 35) alza la voz exigiendo “[…] la necesidad de visibilizar el rol del trabajo doméstico no remunerado en el proceso de acumulación capitalista y las implicancias en términos de la explotación de las mujeres, tanto por parte de los capitalistas como de «los maridos»”. Es importante resaltar que la mayoría de las mujeres que cuentan con empleo formal, cumplen con doble jornada laboral. Esto significa que aquellas mujeres que trabajan fuera del hogar (es decir, en el mercado laboral), deben de realizar la mayoría de las veces las tareas del hogar haciendo que su jornada sea indeterminada.
La Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (ENUT) realizada por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística determinó que en 2019 las mujeres dedicaron en promedio semanal, el mismo tiempo a las labores del hogar con respecto a sus actividades del ámbito público. Asimismo, se cuantificó que las amas de casa invierten 3.8 horas a la semana para descansar y 5.2 horas para su cuidado personal (lo que equivale a 32 y 45 minutos diarios, respectivamente). Por ende, para cumplir con estos parámetros tendrán que abandonar sus inquietudes, careciendo de tiempo libre para la realización de las actividades de su preferencia.
Además, las mujeres experimentan una cuestión inequitativa en términos de la remuneración salarial. El observatorio del trabajo digno de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza (2020, p.15) señala que “[l]as mujeres tendrían que trabajar dos meses más al año, o cinco días más por mes, para tener el mismo salario promedio que los hombres”. Por otro lado, según datos de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, durante 2019 los hombres registraron en promedio, un salario diario de 416.4 pesos mexicanos frente a 363.5 pesos que percibieron las mujeres. Esto significa una brecha del 14.6% (Gobierno de México, 2020).
Estas desigualdades son sumamente claras cuando una mujer busca acceder a determinados puestos laborales. Pese a sus aptitudes y conocimientos, las mujeres se ven afectadas por las cargas sociales que señalan que no tienen la posibilidad de cumplir con los parámetros establecidos en comparación con un hombre. De igual forma, prevalecen contextos que limitan el pleno desarrollo de las capacidades laborales por la cuestión personal de tener o querer formar una familia. En consecuencia, las mujeres experimentan un “techo de cristal” que representa un tipo de barrera que la sociedad impone para impedir el ascenso laboral, lo que dificulta obtener la aprobación de su trabajo, así como llegar a puestos de altas jerarquías o alta dirección.
“Las estructuras jerárquicas de las organizaciones públicas y privadas se rigen por reglas masculinas y el prototipo de empleados ideal sigue siendo el varón” (CONAVIM, 2019). Pese a ello, está en nuestras manos hacer que cambie esta situación como sociedad; se requiere romper estereotipos, debemos reconocer y luchar para algún día lograr este trabajo sea equitativo y remunerado. No te quedes callada y lucha por lo que te mereces.
Referencias
Acción ciudadana. Frente a la Pobreza (2020, 9 noviembre). Brecha salarial en México. Recuperado de: https://frentealapobreza.mx
CONAVIM. (2019, 10 enero). ¿Qué es el techo de cristal y qué pueden hacer las empresas para impulsar la igualdad de género? gob.mx.https://www.gob.mx/conavim/articulos/que-es-el-techo-de-cristal-y-que-pueden-hacer-las-empresas-para-impulsar-la-igualdad-de-genero?idiom=es
Gobierno de México (2020). ¿Sabías que por primera vez se conmemora el Día Internacional de la Igualdad salarial? Recuperado de: https://www.gob.mx/inmujeres/articulos/dia-internacional-de-la-igualdad-salarial?state=published
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (2020). Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2019. Recuperado de: https://www.inegi.org.mx/programas/enut/2019/#Documentacion
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) (2021). Estadísticas. Recuperado de: https://www.inegi.org.mx
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (2021). Trabajo No Remunerado de los Hogares. Recuperado de: https://www.inegi.org.mx/temas/tnrh/
Marçal, K. (2012). ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Una historia sobre las mujeres y la economía. Debate.
Marx, K. (2009). El Capital Libro I. Capítulo VI Inédito. Siglo XXI.
Rodríguez, C. (2015). Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad. Nueva Sociedad, 256, pp. 30-44.
Wezerek, G. y Ghodsee, K. R. (2020, 5 marzo). Women's unpaid labor is worth $10,900,000,000,000. The New York Times. Recuperado de: https://www.nytimes.com/interactive/2020/03/04/opinion/women-unpaid-labor.html
por Arely Michelle Carbajal Enriquez
Como actual estudiante del cuarto semestre de la licenciatura en Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México, me he percatado de una situación que debería de parecernos preocupante. Después de cursar 28 materias, de las cuales el 65% han sido impartidas por profesores hombres, sólo una asignatura ha retomado la importancia de la economía feminista. Desde una perspectiva institucional parece que las temáticas de género, feminismo y mujeres no representan aspectos importantes en el proceso de formación de los y las profesionistas en economía.
La atención académica está centrada discutir asuntos relacionados con la teoría económica neoclásica, la macroeconomía, la visión de los grandes economistas a lo largo de la historia como Karl Marx, John Maynard Keynes, entre otros, pero nunca se hace mención de las representantes femeninas en la materia. Incluso desde el enfoque de la teoría crítica, se recalca la importancia de la reproducción de capital, pero se deja de lado la primera dinámica sustantiva para el funcionamiento del sistema: la reproducción de la vida, que refiere tanto a la procreación como a la economía del cuidado; bajo la construcción sociocultural imperante, se ha naturalizado la labor de las mujeres en las actividades del cuidado impuestas por las relaciones patriarcales establecidas a lo largo de la historia.
La economía feminista surge por la necesidad de incorporar las relaciones de género como variable importante de estudio que permite explicar de manera detallada el funcionamiento del sistema económico bajo parámetros androcéntricos. Sus objetivos consisten en identificar y analizar los contextos de desigualdad de género que nosotras como mujeres vivimos de manera cotidiana, con la intención de proponer y construir una agenda teórico-política orientada a la conformación de espacios de equidad socioeconómica. Esta equidad la podemos entender de manera concreta, por ejemplo, con la transformación en la participación laboral de las mujeres, la erradicación de las brechas de género, así como cualquier situación que pretenda cambiar la violencia y la exclusión.
Para Corina Rodríguez (2015), la economía del cuidado hace referencia a:
“Todas la actividades y prácticas necesarias para la supervivencia cotidiana de las personas en la sociedad en que viven. Incluye el autocuidado, el cuidado directo de otras personas, la provisión de las precondiciones en que se realiza el cuidado (la limpieza de la casa, la compra y preparación de alimentos) y la gestión del cuidado” (p. 36).
El cuidado de otras personas abarca tanto a niños, niñas, adultos mayores, como personas con algún tipo de discapacidad o enfermedad que, por sus condiciones, no pueden lograr atender sus propias necesidades. Las precondiciones del cuidado como la limpieza de la casa, así como la compra y preparación de alimentos son elementos primordiales para preservar la fuerza de trabajo (sujeto principal de la economía capitalista). El hecho de que la clase trabajadora se encuentre cuidada, alimentada, higienizada y descansada, permite generar las condiciones básicas para impulsar el proceso de acumulación de capital. Por lo tanto, el sistema capitalista no podría reproducirse sin la labor doméstica.
Dicho lo anterior, ¿Habías considerado la importancia del trabajo doméstico que desarrollan las mujeres para el funcionamiento de la sociedad en su conjunto?
Desde hace siglos, las mujeres se han encargado de la realización del trabajo en el hogar; esto lo podemos entender por dos razones claras: la primera es la naturalización de la capacidad de las mujeres para cuidar a los demás miembros de un grupo social. Esta idea se ha instaurado con base en la diferencia biológica de parir y amamantar, lo cual hace que a nivel sociocultural se imponga la idea de que las mujeres presentan capacidades superiores para las tareas del cuidado.
La segunda cuestión es la división sexual del trabajo, la cual según el Instituto Nacional de las Mujeres (s.f.):
“Se refiere a la manera en que cada sociedad organiza la distribución del trabajo entre los hombres y las mujeres, según los roles de género establecidos que se consideran apropiados para cada sexo. La distribución social de las tareas parte del sexo biológico y se divide en trabajo productivo y reproductivo; bajo esta perspectiva se les asigna a los hombres el espacio público (trabajo productivo) y a las mujeres, el espacio privado (trabajo de reproducción)” (π. 1 y 2).
Esta forma de organización social del cuidado presenta una dinámica arraigada en muchos aspectos de nuestra vida, comenzando por la educación, las tradiciones, las religiones, las instituciones, las prácticas domésticas cotidianas, los contenidos que consumimos en los medios de comunicación, la publicidad, entre otros.
El trabajo doméstico es una actividad no remunerada a la que las mujeres dedican una gran cantidad de horas diarias. Desde este ámbito, se da una transferencia de valor hacia la acumulación de capital; al no tener una remuneración monetaria, esto representa un subsidio al capital. En este contexto, los indicadores macroeconómicos de un país, tal como el Producto Interno Bruto, son limitados ya que no contabilizan dicha actividad, a pesar de su carácter indispensable para el funcionamiento de una sociedad porque, sin duda, las actividades domésticas representan el punto de partida de cualquier actividad económica.
En términos estadísticos, la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo muestra la distribución total de trabajo a la semana para los años 2014 y 2019. Los resultados para ambos años muestran una distribución de horas por sexo prácticamente igual pese la brecha de tiempo; en otras palabras, la situación no ha cambiado. Si bien las mujeres se han insertado en el mercado laboral en mayor proporción con el paso del tiempo, los hombres se resisten a participar de manera activa en las actividades del hogar.
Como puede observarse en la gráfica, las mujeres siguen dedicando más de la mitad de su tiempo promedio semanal al hogar, mientras que los hombres sólo asignan cerca del 25% de las horas totales de trabajo. Todo este tiempo dedicado por las mujeres podría ser destinado a otro tipo de actividades remuneradas o de interés propio con la intención de mejorar el panorama de vida para nosotras, ya que sin un ingreso propio se perpetúa la desigualdad de oportunidades.
Ante esto, la economía feminista contribuye a formar una mirada que desafíe los principios convencionales que señalan que las mujeres se deben ocupar del ámbito privado, mientras que los hombres se emplean en el espacio público. La economía feminista expone una realidad que ha sido invisibilizada; al mismo tiempo reclama y propone estrategias concretas que guían hacia una transformación de las dinámicas económicas en un sentido igualitario.
Hoy por hoy estamos presenciando una lucha feminista que busca la equidad entre mujeres y hombres. Se ha llegado a un punto de hartazgo ante situaciones donde las mujeres se ven humilladas, denigradas, violentadas, discriminadas, incluso asesinadas, por lo que se ha alzado la voz para buscar y reclamar lo que siempre nos debió pertenecer: los derechos, el respeto, las oportunidades laborales, la equidad salarial, entre otros aspectos relevantes para la reproducción de una vida digna para todas las mujeres.
Ha llegado el momento de deconstruirnos de forma personal y social, es decir, cambiar y readaptarse al contexto actual desmontando estructuras inculcadas por la sociedad a lo largo de los siglos; habrá que evidenciar las ambigüedades, fallas, debilidades y contradicciones discursivas del sistema patriarcal para así tratar de llegar a un cambio colectivo que pueda permear a las demás generaciones.
¡LAS MUJERES YA NO ESTAMOS DISPUESTAS A CALLAR Y CEDER!
Referencias
Instituto Nacional de Geografía y Estadística e Instituto Nacional de las Mujeres (2020). “Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (ENUT) 2019”. Recuperado el 19 de enero de 2021 de https://www.inegi.org.mx/programas/enut/2019/default.html
Instituto Nacional de las Mujeres (s.f.). “División sexual del trabajo”. Gobierno de México. Recuperado el 25 de marzo de 2021 de https://campusgenero.inmujeres.gob.mx/glosario/terminos/division-sexual-del-trabajo
Marçal, K. (2012). “Prólogo & En el que añadimos las mujeres a la mezcla y agitamos. En ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Una historia sobre las mujeres y la economía” (pp. 6-11; 59-69).
Rodríguez, C. (2015). “Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad”. Nueva Sociedad, 256, pp. 30-44.
por Andrea Cortés islas
Los ecofeminismos son una apuesta teórica-empírica que narra la vida desde un lugar de enunciación poco citado, pero fuertemente vivido: nuestros cuerpos, mismos que no son entendidos solamente como un reservorio de carne y huesos, sino como un territorio históricamente disputado por el sistema de organización socioeconómico patriarcal, colonialista y capitalista (Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo, 2017, pp. 1-3)
El acercamiento de nuestros cuerpos como territorios permite comprender de mejor manera la forma en que las violencias personales son en realidad violencias históricas, y que al igual que el territorio-Tierra, es decir el espacio físico en el que habitamos, se han encontrado sometidos a una serie de estrategias de dominación y explotación.
Pero no todos los cuerpos han sido vulnerados de la misma manera. A pesar de que los cuerpos de las mujeres a lo largo de la historia han sido asediados por violencias físicas, sexuales, económicas y psicológicas a diferentes escalas y por distintos medios, este sometimiento no ha sido experimentado de la misma manera por mujeres indígenas, negras, campesinas o no binarias.
Esta razón es lo que ha llevado a señalar la importancia de la Pluralidad, una aproximación encabezada por Lorena Cabnal desde el feminismo comunitario y territorial, que apunta la importancia de reconocer y recuperar los saberes plurales, porque al igual que los cuerpos, las identidades y experiencias de los seres que habitamos la Red de la Vida es plural (Goldsman, 2019).
Antes de proseguir, es menester señalar que la Red de la Vida puede comprenderse, como una inmensa red en que convergen todos los elementos que permiten reproducir la vida, integrada por seres humanos y no humanos, ciclos hidrológicos, astronómicos, agrícolas; idiomas, saberes, vestimentas y prácticas ancestrales; así como la Tierra, los planetas y sus estrellas (Korol, 2019a).
Esta acepción concebida por Lorena Cabnal también es compartida con múltiples autoras, autores, activistas, defensoras y defensores del territorio de la Región del Abaya-Yala. Como apunta Jennifer Rubio, mejor conocida como la Ciguapa, “Más que un nombre, Abya Yala representa la posición política de reconocer la existencia de formas de vida y conocimientos antes de la Modernidad” (Rubio, 2020).
La importancia de nombrar a la Región del Abya Yala como tal y no como América -incluso como América Latina- reside en el reconocimiento de aquellas prácticas ancestrales que han sido negadas, así como las diversas violencias ejercidas tanto en el Territorio-Tierra como en los territorios-cuerpos, pero a la vez, permiten nombrar las resistencias para defender y emancipar la vida, a pesar del asedio estructural que históricamente han experimentado a través de las megacorporaciones, el aparato Estatal y los diversos Organismos gubernamentales, públicos y privados.
En este sentido, es importante señalar lo que desde el accionar teórico-epistemológico de los ecofeminismos del Abya Yala, al igual que el feminismo comunitario y territorial se comprende como la Red de la Vida, distinto a la aproximación de la Web of Life propuesto por autores y autoras anglosajonxs y europexs que la entienden como las relaciones entre la sociedad y la naturaleza, mediadas por el sistema de organización capitalista. En sus términos, “la web of life trata sobre cómo el mosaico de relaciones que llamamos capitalismo funciona a través de la naturaleza; y cómo funciona la naturaleza a través de esa zona más limitada, el capitalismo […]” (Moore, 2015, p. 13).
Aunque en su traducción al castellano parecerían sinónimos, la Red de la Vida entendida desde la óptica del feminismo comunitario y territorial va más allá debido a que no sólo narra el momento presente, sino que concibe todas las relaciones sociales, ecológicas, económicas, culturales, personales, entre otras, desde que comienza la humanidad, reconociendo las transformaciones dadas a partir de la imposición de modelos colonialistas, racistas y sexistas. Al concebir de esta forma la Red de la Vida por medio de un diálogo cosmogónico con el pasado, se busca que, mediante el accionar cotidiano, se creen otros mundos posibles en presente y futuro.
Como apunta la propia Lorena Cabnal (Korol, 2019a):
“Entre los aportes que hace la Red a los movimientos feministas del mundo, hay dos hilos que son vitales. Uno tiene que ver con la recuperación de los saberes, de las epistemologías de mujeres originarias, de nuestras abuelas, madres, ancestras, para la recuperación de los cuerpos y los espíritus en su integralidad. […] El otro hilo es cómo traemos una relación hermosa de esas sabidurías a una dimensión política”.
Al respecto, la Red de la Vida se entiende y siente desde una visión cosmogónica, contemplando las relaciones no sólo con las corporeidades materiales, sino con las expresiones espirituales a su alrededor, en un diálogo a través de la memoria histórica. Esta visión ha enriquecido a los feminismos de otras latitudes, así como otras luchas en defensa de la vida y el territorio, como los ecofeminismos o los ecosocialismos.
Además, la trascendencia de contemplar esta visión reside en la manera en que acentúa el carácter colonialista que se ha ido refuncionalizando a lo largo de los años. Hoy, por ejemplo, se refuncionaliza a través de los modelos extractivistas que atentan contra los territorios-cuerpos y el territorio-Tierra por medio de múltiples megaproyectos a lo largo de la región del Abya Yala, África o Asia, como esos espacios periféricos en el sistema mundo-capitalistapatriarcal (Federici, 2013, pp. 145-146) y sobre los territorios de naciones indígenas, tanto en los centros como en las periferias.
Todo ello no sólo se hace desde un sentido academicista, sino que, como han expresado diversas feministas comunitarias y ecofeministas de la región del Abya Yala, la construcción de este sentido se ha ido amasando en el accionar cotidiano. (Korol, 2016)
Si bien es cierto que los aportes entre la Red de la Vida y la Web of Life se han nutrido los unos de los otros, en el imaginario colectivo ha ganado mayor fuerza la segunda perspectiva. Ello conlleva a cuestionarse las razones de la predominancia de esta visión. Una probable respuesta se puede encontrar en la manera en que el colonialismo ha atravesado fuertemente la academia, puesto que, a pesar de ser conocimientos eurocentrados y anglosajones de las alas más críticas, o desde dentro de los ecofeminismos y feminismos vividos y escritos desde estas posturas, siguen siendo mayormente difundidos a comparación de los saberes hilvanados por feministas territoriales y comunitarias, así como ecofeministas del Abya Yala, lo cual impacta en la cotidianeidad de las comunidades (Cabnal, 2019, p. 114).
La fuerte conexión entre el accionar cotidiano y la generación de conocimientos y herramientas teórico-metodológicas desde estas enunciaciones, se observa a través de los materiales generados, que no sólo se expresan en artículos de revistas y libros, sino también en otros formatos escritos y hablados tanto en las lenguas originarias, como en sus traducciones al castellano, por medio de fanzines, herbolarios y recetarios, cuentos y novelas, así como mesas de diálogos, entrevistas y foros de escucha activa y discusión, que acentúan la importancia de nombrarse desde los territorios-cuerpos, como una apuesta política e histórica.
También es importante destacar que los relatos realizados desde este posicionamiento se hacen a partir de narraciones autobiográficas, no con la intención de individualizar las experiencias, sino en un sentido colectivo que permite comprender que las violencias y emancipaciones personales que son experimentadas por la colectividad, tanto en contextos urbanos y rurales, con el objetivo de tejer propuestas en defensa de los territorios-cuerpos y el territorio-Tierra (Marchese, 2019; Cabnal, 2019, p. 114).
Con este último punto me gustaría ir cerrando este texto. Desde mi propia experiencia como mujer urbana, me he sentido mayormente cobijada y abrazada por las apuestas ecofeministas desde el Abya Yala y las múltiples feministas comunitarias y territoriales, sin dejar de lado los trabajos de ecofeministas de las periferias como Vandana Shiva, proveniente de la India, o de los centros capitalistas como Yayo Herrero y Alicia Puleo, ambas española, resultan importantes debido a los diálogos comunes que han sostenido en defensa de la pluralidad de la vida.
Por una parte, el trabajo de Vandana Shiva se ha centrado en denunciar los efectos del agronegocio y la manera en que la defensa de la alimentación, comenzando por las semillas y una agricultura sostenible, permiten construir otros mundos posibles. Asimismo, su praxis ecofeminista ha encontrado gran eco a lo largo del Abya Yala y los territorios indígenas que han sido expoliados en las periferias capitalistas, principalmente Australia, Canadá y Estados Unidos, para hacer uso de ellos como monocultivos que enferman el suelo y los cuerpos que habitamos y nos alimentamos de él (Shiva, 2017).
A su vez, tanto Yayo Herrero como Alicia Puleo son referentes importantes del ecofeminismo español e internacional, propugnando por sociedades sostenibles afianzadas en la repartición de los cuidados, la lucha contra proyectos extractivos y la gestión de la catástrofe climática a través de la creación de redes ecofeministas que reúnan y reconozcan la pluralidad de voces, comenzando por denunciar los efectos que los múltiples procesos de colonización han tenido sobre las vidas -particularmente de las mujeres y la naturaleza.
Sin embargo, aún me costaba trabajo nombrarme ecofeminista cuando mi relación con el territorio-Tierra me parecía distante, como algo ajeno a mi realidad, y con miedo a interpretar luchas y defensas desde una visión academicista, pero a la vez, con la preocupación y convicción de articularme de alguna forma en la defensa de la Red de la Vida.
Hasta hace muy poco comprendí que esto se debe a la fuerte disociación que tenemos con nuestros propios cuerpos y con los cuerpos entre sí, producto del habitar urbano (Giraldo, 2018, pp. 104-106). (Re)conocer y (re)descubrir mi territorio-cuerpo me ha permitido entender que los distintos padecimientos y trastornos físicos y psicoemocionales en él, devienen de un entramado histórico y cosmogónico, tanto de mis ancestras directas como de quienes me rodean, permitiendo explorar en el territorio-Tierra en que ellas crecieron y que muy probablemente me impulsa a defenderlo.
De esta manera, he descubierto que la Red de la Vida también debe y puede ser defendida desde nuestras realidades urbanas, en la pugna por descolonizar y despatriarcalizar nuestros entornos, por medio de la creación de redes comunes que apuntan a dejar de vernos como cuerpos individuales, sino como cuerpos colectivos (Navarro, 2016, p. 27) que se organizan y tejen diálogos con otros cuerpos-territorios, precisamente a través de la Pluralidad con que se ha sostenido la vida.
Las propuestas que nos han dado muchas mujeres que defienden la vida y el territorio no son meros almanaques conceptuales, son producto del accionar cotidiano que permite la reproducción de la vida, aún en medio de un sistema que le ha declarado la guerra, expresada por medio de múltiples estrategias de muerte que han ido degradando las bases biostémicas y corporéas de la Red de la Vida, visibles en el extractivismo, la acaparación de bienes naturales, su privatización y contaminación, así como el asesinato impune de los, las y lxs defensorxs ambientales.
Las apuestas que defiende la Red de la Vida desde el feminismo territorial-comunitario y los ecofeminismos del Abya Yala, no sólo invitan a pensarnos como seres ecodependientes mediados por un sistema capitalistapatriarcal que busca expandirse infinitamente, a costa de la finitud de los bienes naturales, sino que invitan a la comprensión de nuestro habitar con la Red de la Vida en un sentido cosmogónico, histórico, político y plural.
En ello (re)descubrimos que los dolores y pesares individuales forman parte del continuum histórico de violencias hacia nuestros cuerpos-territorios, pero que al mismo tiempo, cuentan con la capacidad amorosa de sanar y construir emancipaciones colectivas (Cabnal, 2019, pp. 122-123), sin importar el contexto –rural o urbano- desde el cual nos enunciamos.
Son apuestas que se siembran todos los días, movidas por la rabia e indignación frente a este sistema mortífero y letal, pero eso sí, enraizadas en la ternura, la alegría y el amor por la vida. Por defender estos territorios que somos.
Referencias
Arce, M. (2021, 19 febrero). Defender a quien defiende. Recuperado de Defender a quien defiende
Cabnal, L. (2019). El relato de las violencias desde mi territorio cuerpo-tierra. En En tiempos de muerte: Cuerpos, Rebeldías, Resistencias (Vol. 4, pp. 113-123). CLACSO. Recuperado de Feminismos comunitarios
Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo. (2017). Mapeando el cuerpo-territorio. Guía metodológica para mujeres que defienden sus territorios. Quito, Ecuador: CLACSO.
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por Nancy Montzerrat Chávez
“Si convenimos en que toda persona debería ser libre de aspirar a una vida vivible y despojada de violencia entonces estamos aceptando que toda vida debería ser, idealmente, libre de ejercer ese derecho, y que todos aquellos que son privados de su vida por medio de la violencia son
víctimas de una injusticia radical”.
Judith Butler
Los movimientos sociales que se expresaron el pasado 8 de marzo de 2021 en la CDMX son un recordatorio de la violencia letal del Estado: los feminicidios. Muestran la constante lucha en contra del Estado violento, en contra de su construcción histórica misógina y racista que busca coaccionar a los cuerpos para mantener una estructura dicotómica en el acontecer social. Exponen la reivindicación del derecho a la vida, la incongruencia de la normalización de la violencia, de la injusticia, del dolor, la ira, el miedo. Nos ofrecen la oportunidad para dejar de juzgar y comenzar a tener memoria y reconocer el terror constante en el que se encuentran los cuerpos que son feminizados. Combaten el olvido cuando nombran mediante la expresión del ruido de su cuerpo. Son la exigencia por “el derecho a tener derechos” como menciona Hanna Arendt. Son los medios para transformar la realidad por una realidad de la no violencia.
El objetivo de este trabajo es exponer la importancia de los movimientos sociales como una herramienta de resistencia y transformación social ante el aumento de la violencia letal del Estado. Para ello, se divide en dos secciones, la primera que lleva por nombre “La exigencia de la no violencia en los movimientos sociales” muestra cómo es que los movimientos sociales del pasado 8 de marzo en la Ciudad de México ejemplificaron la exigencia, el reclamo por el derecho a la vida por medio de la rabia y la ira. La segunda parte “La importancia de la expresión de los movimientos sociales” se expone cómo el ruido que surge de la ira se convierte en un discurso político que desafía la realidad violenta cuando construye una realidad de la no violencia fundamentada en el recuerdo y la memoria del pasado.
El 8 de marzo del 2021 fue un recordatorio de las víctimas de feminicidio1, fueron cuerpos brutalizados y asesinados por ser feminizados en México y en América Latina. El feminicidio es una forma extrema de mostrar el sometimiento de la violencia como una estructura que gobierna nuestra sociedad. Es una herramienta del Estado para crear un ambiente de terror para lo femenino donde los cuerpos sean considerados como propiedad en los cuales se decide si persisten o mueren.
El feminicidio nos muestra el aumento de la violencia letal que en estos momentos acontece en nuestro país, donde los movimientos sociales se han declarado en lucha contra el Estado. Se colocan como una respuesta alterna a esa construcción histórica misógina y racista que tienen como fin coartar la libertad, los derechos y la justicia, para mantener un estado de inseguridad que invada la existencia de todos los cuerpos humanos. Los cuerpos feminizados se ven aterrorizados, sometidos a partir de la ideología política del Estado que define qué cuerpos y vidas son los que importan2. Las instituciones que crea el Estado le sirven para que se mantenga esa estructura de terror en todo el acontecer social de los cuerpos. “Cada una le sirve de sostén a la otra, están de hecho encadenadas, conectadas, una a otra en una dialéctica potenciadora de terror” (Butler, 2020, p. 49).
Los movimientos sociales son sumamente importantes porque enuncian un discurso vivo, una exaltación a una nueva forma de persistencia de los cuerpos: la solidaridad y el reconocimiento de la importancia del otro en el devenir de la existencia de los cuerpos. El movimiento NiUnaMenos y los otros colectivos que se expresaron, se apoyan del feminismo y gracias a ello han sacado a millones de mujeres en el mundo a enunciar que no se permitirán más pérdidas de vidas por medio de la violencia. “NiUnaMenos es una declaración vivía por parte de las vivas, unidas para que no se reproduzca ni una sola muerte violenta más” (Butler, 2020, p. 51). Buscan afirmar la existencia de sus integrantes mediante un reclamo por el derecho a la vida vivible. Es una expresión de muchas voces que están en constante lucha por la libertad, el derecho a vivir, el derecho al disfrute y el respeto de la pluralidad. Es una búsqueda de la construcción de una política antiopresión y que tiene como objetivo reivindicar la democracia, el derecho, la igualdad y la libertad.
La existencia de movimientos sociales como NiUnaMenos representa la construcción de vínculos que unifican a los cuerpos con el fin de buscar condiciones necesarias para que la vida de todos sea vivible de una forma digna. “A la práctica, afirman no estamos persistiendo, pero persistimos, y lo que queremos combatir son las condiciones económicas y sociales que están destruyendo la posibilidad de nuestra persistencia misma, restringiendo el horizonte futuro de una vida vivible” (Butler, 2020, p 32).
El Estado coloca al género, al racismo y el estatus social como las únicas tres condiciones para juzgar la vida. La pérdida de la vida de los cuerpos por medios altos de violencia como la violencia cruenta de la que habla Segato generan una realidad donde es necesario expresar que esa vida importa aunque ya no este, importa porque expone una realidad que somete a los cuerpos a ese estado de terror, de discriminación, de precariedad. El sentimiento de rabia que expresaron en su manifestación, viene del dolor humano de perder un ser querido o de saberse vulnerables o de verse aterrados.
“En otras palabras, si sentimos dolor y rabia, es que no hemos renunciado a nuestra capacidad de reaccionar ante el mundo. Significa también que no aceptamos la violencia cotidiana como algo natural, y que no vamos a tratar la violencia como algo que se da por supuesto” (Butler, 2020, p. 53).
Pensar que la violencia es parte de la normalidad de la vida, es tener una reacción de sometimiento y conformidad con la frase: <<las cosas son así>> cuando se habla de violencia misógina, sexista, racista, discriminación, violación, asesinato. Sin embargo, si se acepta que la realidad es violenta, entonces pensamos que es algo normal, nos derrotamos ante una realidad que limita, que no reconoce a todas las vidas como dignas de ser vivibles.
“Quienes planifican la violencia, viven también en un mundo donde se tratan algunas vidas como valiosas y otras no. Ahí se esconde un valor diferenciador de la vida. Sólo aquellos que se consideran vivos pueden ser nombrados de manera eficaz y amparados bajo una prohibición de violencia” (Butler, 2020, p. 56).
Por ello, los movimientos que se pronunciaron el 8 de marzo fueron para proteger la posibilidad de que se permita vivir la vida sin violencia. La ira de la que fuimos testigos se convirtió en una expresión de la opresión, de la injusticia de la violencia de Estado que colocó una valla para proteger una de sus edificaciones estatales, la cual se convirtió en el muro de la paz donde se colocaron los nombres de todos los cuerpos feminizados que fueron asesinados con alta intensidad de violencia, con la violencia cruenta que llama Segato. La militancia de los movimientos sociales en contra de la violencia surge del dolor y la rabia para destruir la estructura violenta del Estado que los somete.
“Y del mismo modo que nos oponemos a la violencia por medio de nuestro dolor y de nuestra rabia, estamos practicando la no violencia cuando nos dolemos y militamos en contra de la continuación de la violencia y la destrucción” (Butler, 2020. P. 42).
La expresión de la ira de esos cuerpos no es igual a los dominantes, porque sólo la pueden expresar por medio de la colectividad, porque así se genera un apoyo para desahogarse de aquel dolor que les es imposible expresar con un discurso a acorde a lo que exige el Estado.
La expresión de los movimientos sociales del pasado 8 de marzo se concibe por el Estado, debido a su sistema patriarcal, como “ruido”, eliminando así su potencial político. Como lo nota Butler (2020)
“He empezado a afirmar que algunas demandas políticas suenan como puro ruido a los oídos de aquellos a quienes van dirigidos, o que ciertas formas de expresión política parecen incomunicables en el seno de una esfera pública que regula la forma de apropiada de comunicación y autorrepresentación” (p. 79).
La concepción de la expresión de los movimientos sociales como “ruido” elimina la manifestación del miedo, desorientación y desesperanza ante un Estado que reproduce la letalidad de la violencia contra lo feminizado. Los sonidos que emitieron son nuevas formas de expresión de la inconformidad ante precariedad y exclusión en la cual se desarrollan los cuerpos.
La expresión de los movimientos sociales es un desafío para pensar nuevas formas de la realidad, porque exige de manera muy distinta su reconocimiento porque está cargada de frustración y rabia por ser obligatoriamente sometidos a un estado letal. Nos ofrecen también una oportunidad de conocer la realidad social en la que nos encontramos y que con base en ella podamos juzgar de una forma más realista, más fundamentada que tome en cuenta el contexto histórico y la memoria colectiva que nos dice que vivimos en una sociedad de terror.
Mantener vivía la memoria y combatir el olvido es lo que exigen los colectivos, que se reconozca la violencia letal que le arrebata el sueño a los cuerpos que son nombrados en el muro de la paz en el centro histórico, los cuales no fueron considerados como dignos de vivir. Lo que enunciaron los colectivos al colocar los nombres es: todos los cuerpos importan. Es recordar continuamente que hay una violencia histórica que impide el ejercicio de la vida vivible para todos. Olvidar el pasado como lo desea el Estado es justificar su violencia, aceptarla, normalizarla.
Los colectivos mantienen la memoria cuando nos ayudan a recordar cómo se fundó la sociedad actual, cómo vivimos en una realidad violenta donde se invisibiliza el sufrimiento y terror de los que tienen que vivir con esa letalidad. Nos piden que seamos capaces de comprender lo que ha dejado el pasado la forma en cómo han persistido los cuerpos feminizados. Nos ayudan a pensar en un futuro sin las estructuras violentas del Estado. El ruido que expresan esos movimientos sociales es una ejemplificación de rechazo a mantener esas formas violentas del Estado, a la indignación de la falta de reconocimiento. Sólo entendiendo que la violencia no es normal es la forma en que podemos construir un futuro que se oponga a ella.
“De modo que tal vez la tarea consiste en mostrar que el acto de imaginar un futuro de libertad radical, un futuro en el que las mujeres y las minorías no vivan con miedo y el que perciban en cada aspecto de la vida pública y privada una confirmación de su igualdad, forma parte también de la labor memorialista que llevamos a cabo, pues la crítica al presente debe emprenderse de un futuro más radicalmente democrático. En este futuro que imaginamos juntos y darle forma a ese imaginario, comenzamos a hacerlo real. Nos convertimos nosotros, en ese futuro” (Butler, 2020, p. 142).
Los movimientos sociales cuando hacen “ruido” se apoyan del pensamiento teórico de feministas ya que buscan lo que llama Hanna Arendt “el derecho a tener derechos”. Es una exigencia discursiva que necesita ejecutarse en colectividad, en solidaridad, en pluralidad para crear una nueva ley que desafié esa forma de ejercer el poder estatal. Aunque el Estado necesitó tergiversar los fines de estos movimientos para que ejerza su coacción con la insignia de salvaguardar el propio Estado a partir de la necesidad de la violencia judicial como la que encontraron estos movimientos bajo la justificación de la violencia como un peligro a la soberanía nacional, la expresión pública de la protesta fue por el derecho a la seguridad y las condiciones para que se pueda dar una vida vivible en lo que se considera como feminizado, para eliminar el terror, el miedo con el que devienen todos esos cuerpos.
Los movimientos sociales son vistos por el Estado como una destrucción de la tradición, de la costumbre, de la idea de solidaridad que se esconde en la violencia, la precariedad y el olvido de las vidas que importan. Pero son en realidad una forma de exigir los derechos de seguridad para vivir una vida vivible, para ser solidarios con aquellos cuerpos que persistieron y les quitaron el sueño de vivir en un mundo sin violencia.
Estamos ante un momento de exigir que se reconozcan otras formas de discursos políticos que sean reconocidos en la esfera pública como tal; sin embargo, esa esfera pone en peligro a los cuerpos cuando exigen su reconocimiento, sus derechos, su libertad y justicia. El sistema económico y político necesita de esa valentía de los movimientos sociales para poder enunciar una verdad que es opacada por esa normalización de la violencia hacia lo feminizado.
Los movimientos sociales del pasado 8 de marzo sacan su “ruido” de una forma dispersa porque logran hacerlo con el miedo y terror que les ofrece este Estado feminicida. “Quizás temblemos al hablar o no consigamos sobreponernos al miedo pero aun así hablamos, con temor desafiante” (Butler, 2020, p 17). Su “ruido”, su discurso político no es injustificado, sin sentido o fantasioso porque muestra las formas en que la violencia se justifica para que se mantenga esa normalización desde el Estado.
El discurso de los movimientos que se convierte en un estandarte feminista, le exige al Estado la conciencia de esa letalidad a la que nos enfrentamos todos los días los cuerpos feminizados y de la cual nos tenemos que sobreponer para poder hablar, para poder hacer un ruido, porque es mejor eso a mantener el silencio que exige. El terror es una forma del Estado que legaliza la violencia cruenta para que se paralicen los cuerpos feminizados, para que se mantenga el olvido, para que no se reconozca el peligro constante en el que se encuentran en este estado de terror donde no se tiene libertad de expresión ni un marco legal que le permita al cuerpo ejercer su derecho a la protección de la vida, porque necesita despojarlo de sus derechos para encubrir su detentación del poder, del patriarcado, cuyas diversas formas de violencia son para que se mantenga y se reproduzca. Los movimientos son una opción de reconocer la importancia de los cuerpos, de las posibilidades de la vida para que sea vivida con dignidad sin temer constantemente a aquello que nos arrebata el sueño.
Notas
1 “A las mujeres nos oprimen en el espacio público, siempre fue y es así. Lo que pasa ahora con este brote de feminicidios, es que eso se ha transformado en un peligro de muerte” (Segato, 2017)
2 “El sometimiento consiste precisamente en esa dependencia fundamental ante un discurso que no hemos elegido pero que, paradójicamente, inicia y sustenta nuestra potencia” (Butler, 2015, p 12). El sometimiento explota el deseo por la existencia, que siempre es conferida desde fuera; impone una vulnerabilidad primaria ante el Otro como condición para alcanzar el ser. (Butler, 2015, p 32).
Bibliografía
Josefina Edelstein Entrevista a Segato en periódico La Voz, 2017. Sección Ciudadanos. Subsección Violencia de género. https://www.lavoz.com.ar/ciudadanos/por-que-la- masculinidad-se-transforma-en- violencia?fbclid=IwAR2x2siDwkTbkJEA8JQ5ObuLOn0GxtZ65J2DEiy9-Qe- 2r33YbiAq2iLG5A
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por Zareni Deniss Contreras Baldovinos
Aparentemente, la discusión sobre las mujeres trans ha cobrado mayor fuerza dentro del feminismo. Según las posturas “radicales” transexcluyentes, lo trans pone en “jaque” el sujeto político feminista, poniendo en desventaja a la “mujer biológica”. Esta discusión ha permeado poco a poco la academia, sin embargo, no es nueva. Durante tres siglos de formación, el movimiento feminista ha sido capaz de crear su propio cuerpo teórico brindado categorías fundamentales como género y patriarcado para explicar la subordinación de las mujeres. Durante largo tiempo, el feminismo ha debatido dentro de sus propias filas, llega a consensos y se plantea una agenda propia. Las discusiones más significativas son las planteadas por el feminismo de la Igualdad y el feminismo radical que heredamos incluso en nuestros días.
El feminismo radical nace de toda la oleada de movimientos sociales de la época de los sesentas, mayo del 68, el movimiento hippie, el movimiento antiracista, etc. Dos grandes obras marcan al feminismo radical: Politica Sexual de Kate Millet (1969) y La Dialéctica del Sexo de Shulamit Firestone (1976) publicadas alrededor de los años setenta. De acuerdo con Ana del Miguel (2011)
“Armadas de las herramientas teóricas del marxismo, el psicoanálisis y el anticolonialismo, estas obras acuñaron conceptos fundamentales para el análisis feminista como el de patriarcado, género y casta sexual. El patriarcado se define como un sistema de dominación sexual que se concibe, además, como el sistema básico de dominación sobre el que se levanta el resto de las dominaciones, como la de clase y raza. El género expresa la construcción social de la feminidad y la casta sexual alude a la común experiencia de opresión vivida por todas las mujeres” (p.27).
Es al feminismo radical al que le debemos poner sobre la mesa las discusiones sobre “lo personal es político” que parte precisamente de estas experiencias en común. Actualmente, el feminismo radical transexcluyente tiene una visión muy limitada de lo que el feminismo radical representó en su época, y se ha quedado en el olvido nombres como el de Shulamit Firestone, por mencionar alguno. Pero es con esta autora con la que deseo comenzar. En La Dialéctica del Sexo (1976) Firestone toma el materialismo histórico de Marx para realizar propiamente su análisis de la opresión de las mujeres. Para Firestone, Marx y Engels sobrepasaron, y por mucho, a los socialistas utópicos gracias al haber desarrollado un método de análisis dialectico y materialista. En un primer momento, Firestone explica: “El dualismo ying-yang impregna todo el curso de la cultura, de la historia, de la economía e incluso de la naturaleza misma; las versiones occidentales de la discriminación sexual no constituyen más que su última floración” (p.10). Para Firestone, la diferencia sexual representa una gran importancia; retoma el análisis científico de la historia realizado por Marx y Engels que dieron con el origen económico sobre el cual se edificó la estructura económica capitalista, pues le sirve de punto de partida para explicar la superestructura de las instituciones jurídicas, políticas, religiosas y filosóficas en un periodo dado.
Además, la autora considera la obra de Engels (1884) El origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado, donde explica la división natural del trabajo entre hombre y mujer, lo que la lleva a concluir que la diferenciación reproductiva natural entre los sexos condujo directamente a la primera división del trabajo en los orígenes de clase, así como el paradigma de la casta. Entonces la discriminación se basa en las características biológicas.
Esto es algo que el feminismo radical transexcluyente recupera, pero sin todo este entramado teórico que existe detrás. Algo que Firestone explica es que este origen del sistema de clases sexuales que tiene como fundamento en lo biológico, no garantiza que una vez desaparecida esta base biológica la opresión de mujeres (y niños) alcancen su liberación. ¿Quizá porque el origen de la opresión no se encuentra en causas biológicas sino sociales? Finalmente, recupero algo que pareciera que a las feministas “radicales” de hoy se les olvida y que representa un punto de encuentro con el transfeminismo, y es que Firestone explica que se debe llegar a un punto tal de diferenciación entre los sexos, hasta que “las diferencias genitales entre los seres humanos [deban] pasar a ser culturalmente neutras.” (p.20)
Por otro lado, otra gran autora muy retomada a lo largo del tiempo y que forma parte del feminismo de la igualdad, es Simone De Beauvoir y su gran obra El Segundo Sexo publicado en 1949. De Beauvoir y su término la hembra humana se ha convertido en la bandera de las feministas “radicales” transexcluyentes, porque, según éstas, hace referencia a la “mujer biológica”. Sin embargo, esto no es así. De hecho, su obra comienza discutiendo con el determinismo biológico, de ahí que afirme “la mujer no nace, se hace”.
Pero, ¿por qué la mujer se hace? En el capítulo primero, De Beauvoir contrapone a la hembra y la hembra “humana”, explica que “los privilegios individuales del macho no siempre le confieren la superioridad en el seno de la especie; la hembra reconquista en la maternidad una autonomía diferente.” Esto es así porque en los animales la relación de la maternidad está naturalmente regulada por los ciclos del celo de las hembras, en la mujer es indefinida, porque es la sociedad la que regula la maternidad según la situación económica. Algo interesante, es que señala que
“El equilibrio de las fuerzas productoras y reproductoras se realiza de forma diferente en los distintos momentos económicos de la historia humana, que condicionan la relación del macho y de la hembra con los hijos y, por tanto, de ellos entre sí. Ya estamos saliendo del campo de la biología: no podrá bastar para establecer la primacía de uno de los sexos en lo que se refiere al papel que desempeña en la perpetuación de la especie” (p.72).
Y concluye explicando algo que parece que se nos olvida en ocasiones, la sociedad no es una especie por lo que realmente la mueve son causas distintas a las biológicas. Al respecto, De Beauvoir es muy clara
“el cuerpo de la mujer es uno de los elementos esenciales de la situación que ocupa este mundo. Sin embargo, no basta con definirlo; sólo tiene realidad vital en la medida en que lo asume la conciencia a través de acciones de una sociedad; la biología no es suficiente para ofrecer a la pregunta que nos ocupa: ¿por qué la mujer es Alteridad? Se trata de saber cómo se ha encarnado en ella la naturaleza en el transcurso de la historia, se trata de saber lo que la humanidad ha hecho con la hembra humana” (p.72-73).
Es aquí donde la crítica al feminismo autoproclamado “radical” y transexcluyente empieza. La realidad es una totalidad, no podemos pensar a las mujeres simplemente como sujetos biológicos ajenos a las condiciones en las que se desenvuelve una sociedad especifica. Pensar en la mujer “biológica” como categoría ahistórica nos lleva a pensar que las mujeres siempre han sido subordinadas por dichas condiciones y por tanto le son inmutables. Pero esta realidad “biológica” sólo cobra sentido y se confirma así misma por las relaciones en su conjunto, es decir de cada sociedad especifica.
Tanto Firestone como De Beauvoir discuten y realizan críticas al marxismo por su insuficiencia para explicar la opresión de las mujeres, sin embargo, es lo contrario. En la clásica obra de Engels, es donde se encuentra a la familia patriarcal que después adoptaría el capitalismo heteronormativo. De acuerdo con Claude Meillassoux (1997), dentro de la comunidad doméstica las relaciones sociales están determinadas por la actividad dominante: la agricultura. El patrimonio se establece como relación con la tierra que procede de las relaciones sociales de producción domésticas, el patrimonio se transmite a través de la herencia, por tanto, el control recae en los cuerpos de las mujeres porque se necesita tener el control sobre los medios de producción: la tierra. En el capitalismo, esto es algo muy importante, el control reposa sobre los medios de la reproducción humana: los medios de subsistencia, no sobre los medios de la producción. En síntesis, se debe controlar la reproducción de los trabajadores y el cuerpo de las mujeres resulta fundamental para conseguirlo.
En ese sentido, no son las causas biológicas las que determinan la opresión de las mujeres sino el paso de una sociedad a otra es lo que institucionaliza esta desigualdad. Decir que sólo somos sexo es caer en el mismo discurso del capitalismo. Si entendemos que nos movemos en sociedades históricas, entonces necesitamos conocer el desenvolvimiento de la sociedad capitalista y, por supuesto, ese conocimiento la encontramos en el marxismo. Cuando las feministas “radicales” transexcluyentes señalan que sólo somos sexo, que nuestra opresión es sólo por nuestro sexo, caen en los mismos discursos del capital. Durante años el capital nos ha remarcado que, efectivamente, sólo somos sexo porque concibe nuestros cuerpos como fábricas de trabajadores.
Cuando sostenemos que nuestra supuesta “realidad biológica” cobra sentido en una sociedad determinada es porque dicha realidad es asumida de manera beneficiosa para el capitalismo porque nuestra condición de reproductoras permite al capital mantener exponencialmente fuerza de trabajo disponible en el mercado. Quizá por esta razón el feminismo radical ve como raíz de nuestra opresión “el sexo” pero esto no es totalmente cierto porque no explica el problema por completo. Por eso es tan importante recuperar el método marxista como lo hizo en su tiempo el propio feminismo radical: no podemos separar a la mujer por su realidad biológica del resto del movimiento de la sociedad capitalista.
La mujer es, en efecto, un producto de la historia de las sociedades. Pero el feminismo radical transexcluyente falla al querer dar una explicación “biológica” de nuestra opresión, ¿es posible explicar la opresión de las mujeres a través de la metafísica del sexo? El cuerpo es parte del mundo social, pero el mundo social también se encuentra en el cuerpo, entonces no podemos considerarlo invariable y separar lo inseparable.
Desde la economía feminista, el perfecto funcionamiento del capitalismo necesita configurar desigualdades. La desigualdad es un eje estructural del sistema capitalista, y las relaciones de género otorgan esta posibilidad, por tanto, el género es una construcción social generada por la heteronormatividad que estructura la división del trabajo en las sociedades capitalistas, trabajo productivo y trabajo reproductivo. De acuerdo con Sayak Valencia (2018)
“el análisis feminista de la economía busca articular un espacio de agenciamiento donde los sujetos agentes no sean sólo las mujeres, sino que el esfuerzo por sostener la vida sume a distintas trayectorias, corporalidades y sexualidades al proyecto común de construir una vida vivible, fuera de los paradigmas de la economía y la política tradicionales” (p.39).
Si la economía feminista pone al centro del análisis la vida misma, entonces ¿qué vida merece ser vivida? Siguiendo a Judith Butler (2006) “las normas [de género] que gobiernan la anatomía humana idealizada producen un sentido de la diferencia entre quién es humano y quién no lo es, qué vidas son habitables y cuáles no lo son.” Esto es similar a lo que Valencia denomina sistema “necro-neoliberal”, para hacer referencia al “uso de técnicas necropolíticas aplicadas por el régimen capitalista neoliberal para generar capital económico, político o social, a través de la violencia y la muerte” (Valencia, 2018, p.30).
Ahora bien, el género fue un concepto feminista que permitió crear todo un cuerpo teórico para, precisamente, distanciarse del determinismo biológico. Pero algo que debemos comprender es que el género no es una categoría ahistórica y cerrada, por el contrario, el género debe ser pensado como un concepto político, abierto y en constante movimiento y redefinición. Por ejemplo, ¿género significa lo mismo en EUA que en Alemania? Como lo afirma Donna Haraway (1991)
“[…] al menos yo sabía que lo que estaba pasando con sex y con gender en inglés no era lo mismo que lo que estaba ocurriendo con género, con genre y con Geschlecht. Las historias específicas del movimiento femenino en las enormes áreas globales donde esas lenguas formaban parte de las luchas políticas eran la razón principal de las diferencias” (p.215).
Se debe entender que el género es una forma social de configurar el cuerpo, el sexo y la anatomía, y sólo tienen sentido en la configuración de una sociedad especifica: “sus significados varían de forma radical dependiendo de limites geopolíticos y de restricciones culturales sobre quién imagina a quién, y con qué propósito” (Butler, 2006, p. 25). La diferenciación sexual se sustenta en la naturalización de la reproducción heterosexual que, como ya hemos afirmado, es beneficiosa para el capital porque “el heteropatriarcado como un sistema de regulación de cuerpos y sexualidades, y de ordenamiento de esferas socioeconómicas, que permite la existencia de esos ámbitos feminizados al servicio de los masculinizados y garantiza la existencia de sujetos subalternos que los ocupen” (Orozco, 2013, p.102).
Entonces, podemos afirmar que todas las personas trans, hombres y mujeres, subvierten, ponen en jaque, no al feminismo sino al capitalismo patriarcal porque desafía las normas de lo binario. La crítica “crítica” del feminismo radical transexcluyente contra de las personas trans, es que el deseo trans de convertirse en hombre o mujer legitima y refuerza las estructuras de género. Como explica Vendrell (2012)
“El colectivo transexual carecerá de una verdadera capacidad transgresora como variante de género alternativa mientras no consiga resolver los dilemas y paradojas de intentar construir una identidad específica a partir de una condición patológica, de algo equivocado que debe ser corregido. Como hemos visto, los y las transexuales quieren efectuar el salto de una a otra de las posiciones de género establecidas, y, al leer el género a partir del sexo biológico, pretenden transformar su cuerpo para que se ajuste a su nueva posición de género. En este sentido, constituyen una deriva extrema de la biologización del género operada en los dos últimos siglos, la cual legitiman y refuerzan” (p.133).
Es verdad que lo importante en una mujer trans u hombre trans es su transición, el deseo de convertirse en mujer y hombre, pero este deseo debe ser entendido en la búsqueda de identidad como un acto transformador, porque justamente habitar un cuerpo es habitar dentro de sí al propio mundo social, entonces “tampoco es una opción aceptable una vida para la cual dichas categorías constituyen una restricción no llevadera” (Butler, 2006, p.23). El transfeminismo no es incompatible con la abolición del género, por el contrario, este es un punto de encuentro con el feminismo radical, sin embargo, sabemos que esto no sucederá de manera inmediata, por tanto, el mejor camino es dicha transformación porque esta lleva en sí misma “la idea de desafiar a las normas corporales del género, sea o no sea de manera consciente o direccionada a la acción política; representa una importante acción de posicionamiento” (Almeida, s.f.).
Desde el feminismo se ha insistido fuertemente sobre la dominación del cuerpo, la defensa del cuerpo es parte de una larga lucha feminista, entonces el cuerpo de los sujetos trans también se convierte en un gran terreno de resistencia porque
“el sujeto transgénero ejerce una identidad que transgrede las limitaciones impuestas por la sociedad y la cultura a los roles y estéticas tanto de lo masculino como de lo femenino. Las expresiones corporales transfemeninas desafían las normatividades sociales en el momento en que el sujeto masculino renuncia al ejercicio hegemónico de poder masculino, que juega un papel dominante en la sociedad, y decide transformarse en un sujeto femenino, que, en el sistema de jerarquías sexuales, tiende a posicionarse en desventaja” (Almeida, s.f).
Sin embargo, parecería que el feminismo radical transexcluyente ha entendido todo al revés por su incapacidad de observar el movimiento del sexo y género a través de la historia, deben ser importantes de rescatar a la hora de ser críticas ante el contexto que se nos presenta y pensar la crítica como nuestra mejor herramienta. Desde nuestra postura como marxistas y feministas necesitamos pensar en un sistema que tenga como centro la vida misma, y esta es la máxima expresión anticapitalista. Necesitamos un feminismo anticapitalista, no transexcluyente.
Finalmente, somos y no somos en el cambio, y cada uno de nosotros niega la otredad porque somos y no somos en la diversidad. La mujer es y no es al mismo tiempo porque esta sujeta a cambios todo el tiempo. Las diferentes mujeres tenemos realidades que no encajan con la categoría “mujer” definida simplemente como sexo, existen mujeres trabajadoras, pobres, migrantes, negras, indígenas, discapacitadas, lesbianas y toda esta diversidad es borrada al momento de reducirnos a sólo sexo.
Recurrir a una argumentación simplista y lineal que apela sólo a la biología son argumentos bien conocidos por el capitalismo patriarcal para excluir a las mujeres, una segmentación basada en racismo, sexismo, clasismo y homofobia. En nuestro contexto globalizador y neoliberal donde el individualismo liberal es la base, ¿cómo replantamos la idea de vivir en comunidad desde el feminismo? Así como Audre Lorde lo explicó “sin comunidad no hay liberación”. Lo comunitario como una forma de reproducir la vida social, lo comunitario como antagónico al capital, como una trans-formación necesaria.
Notas
De la misma forma que Judith Butler, utilizamos el término trans para englobar los movimientos transexuales, transgénero e intersexuales.
El término Feminismo Radical TransExcluyente, en inglés Trans-Exclusionary Radical Feminism (TERF), ha sido creado desde el discurso feminista transinclusivo para referirse a una parte de feministas que, “siguiendo” el Feminismo Radical (Radical Feminism o RadFem), manifiestan su rechazo hacia las personas trans, maquillado de las mujeres cis (las únicas mujeres que este grupo considera “verdaderas”).
En redes sociales es muy común leer a compañeras acerca de defender nuestra “realidad biológica” porque somos oprimidas por nuestro sexo, es decir por haber nacido mujeres.
Según Lewontin (1984) el determinismo biológico afirma “todo el comportamiento humano y, por tanto, toda sociedad humana, esta gobernado por una cadena de determinantes que va desde el gen hasta el individuo y la suma de los comportamientos de todos los individuos” (p.6). Desde el determinismo biológico, las sociedades son esa suma de individuos, un discurso muy recurrente desde la economía.
La crítica que realiza Simone de Beauvoir a la obra de Engels (la misma que retoma Firestone) recae supuestamente porque resulta imposible deducir de la propiedad privada la opresión de la mujer. En realidad, De Beauvoir está confundiendo lo que el propio Engels explica como propiedad privada. No es que el hombre por deseo propio se conquistó a si mismo forjando sus herramientas, sino más bien como el propio Engels afirma, es el trabajo el que ha creado al propio hombre, lo que De Beauvoir llama “monismo económico” solo muestra su incapacidad de concebir al trabajo como la condición básica de toda la vida humana. De ahí que la propiedad privada no sólo haga referencia a la herencia, sino a la transformación de los productos en mercancías y esto efectivamente permite explicar la opresión de las mujeres, algo que De Beauvoir simplemente no contempla por su postura existencialista.
La importancia del materialismo dialectico radica en haber sobrepasado los límites esenciales de la biología.
El capitalismo enajena a la velocidad de la luz. La marca Lactacyd sacó al aire un comercial promocionando su champo intimo de uso diario. La publicidad parece un discurso inofensivo, pero demasiado fuerte pues claramente dice “Hola, soy tu vagina, siempre hemos estado juntas. Sé que a veces te dicen que soy una debilidad, pero en realidad soy fuerza”. La capacidad de apropiación del capitalismo es rapaz, pero más sorprendente resulta que nosotras repitamos el mismo discurso una y otra vez.
Ese trabajo que realizamos cotidianamente para reproducir la fuerza de trabajo es percibido como un servicio personal que se mueve fuera de los circuitos del capital. De ahí que se considere al sistema patriarcal y capitalista de forma separada.
“Pero aún perduran notables equívocos e interpretaciones erróneas de la posición marxista, que han conducido a algunas mujeres, que se consideran radicales o socialistas, a desviaciones y a una desorientación teórica. Influenciadas por el mito de que las mujeres han estado siempre condicionadas por sus funciones reproductoras, tienden a concluir que las raíces de la opresión femenina son, al menos en parte, debidas a diferencias sexuales biológicas. En realidad, las causas son exclusivamente históricas y sociales” (Reed, 1970, p.11).
“Los transexuales y las personas transgénero se identifican como hombres (caso de los transexuales de mujer a hombre), como mujeres (caso de las transexuales de hombre a mujer), o como trans, esto es, como transhombres o transmujeres, ya se hayan sometido o no a intervenciones quirúrgicas o a tratamiento hormonal; y cada una de estas prácticas sociales conlleva diferentes cargas sociales y promesas.” (Butler, 2006, p.20)
Bibliografía
Almeida, N., D. (s.f). Legitimidad del sujeto feminista desde lo trans. Revista Crisis. Recuperado de: https://www.revistacrisis.com/debate/la-legitimidad-del-sujeto-del-feminismo-desde-lo-trans
Butler, J. (2006). Deshacer el género. Buenos Aires: Paidós
De Beauvoir, S. (1949). El Segundo Sexo. Buenos Aires: Siglo XX.
Firestone, S. (1976). La Dialéctica del Sexo. Barcelona: Editorial Kairós.
Haraway, J., D. (1991). En Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Ediciones Cátedra.
Meillassoux, C. (1997). Mujeres, graneros y capitales, México: Siglo XXI.
Orozco, P., A. y S. Lafuente. (2013). Economía y (trans)feminismo; retazos de un encuentro. En Solá M. y Urko, E. (comps.), Transfeminismos. Epistemes, fricciones y flujos. España: Editorial txalaparta.
Reed, Evelyn. (1970). Sexo contra sexo o clase contra clase, Editorial Fontana
Valencia, S. (2018). El Transfeminismo no es un Generismo. Pleyade. Revista de humanidades y ciencias. Online ISSN 0718-655X / pp. 27-43.
Vendrell, F., J. (2012). Sobre lo trans: aportaciones desde la antropología. Cuicuilco, No. 54, 117-138.
por Luz Mariana Rangel Grimaldo
El periodismo es una forma de vida; el feminismo también lo es. Pero nadie nace periodista, así como nadie nace feminista. En ambos casos se aprende a vivir así.
El periodismo es una profesión que se enseña en las universidades y se ejerce en las calles, en la redacción. Y desde el feminismo como movimiento social y postura política, se puede aprender a hacer periodismo.
No se trata del tema de moda. Tampoco de una tendencia en las redes sociodigitales. Mucho menos de una ideología que se impone a la audiencia o de una bandera que se ondea en los medios de comunicación. El periodismo feminista es una forma de especialización, de profesionalizar el oficio.
Las investigaciones feministas han ganado terreno en las ciencias sociales. Un ejemplo es el trabajo de la antropóloga Marcela Lagarde (1966), para quien
“la perspectiva de género tiene como uno de sus fines contribuir a la construcción subjetiva y social de una nueva configuración a partir de la resignificación de la historia, la sociedad, la cultura y la política desde las mujeres y con las mujeres” (13).
También las investigaciones con perspectiva de género en las ciencias de la comunicación y en el periodismo comienzan a asomarse. En los últimos años, el tema se aborda en los medios de forma coyuntural, con una edición especial sobre el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres. Y aunque la mal llamada “nota roja” se ha encargado de cubrir los feminicidios que a diario ocurren en el país, no lo hace desde una postura feminista, mucho menos especializada.
Montse Quesada, catedrática del Departamento de Comunicación de la Universidad Pompeu Fabra, define que
“el periodismo especializado es el que resulta de la aplicación minuciosa de la metodología periodística de investigación a los múltiples ámbitos temáticos que conforman la realidad social, condicionada siempre por el medio de comunicación que se utilice como canal para dar respuesta a las nuevas audiencias sectoriales” (Quesada; 1993, 27).
De manera que hacer periodismo con una perspectiva de género implica rigor, métodos y técnicas, más allá de la militancia. La audiencia somos nosotras, el periodismo feminista está hecho por y para las mujeres e implica la interpretación e investigación a partir de nuestra mirada.
Lagarde enlista que
“en la academia, en los movimientos y organizaciones feministas, y ahora en los ámbitos de las políticas públicas, se ha desarrollado una visión crítica, explicativa, y alternativa a lo que acontece en el orden de géneros. Se conoce como perspectiva de género a esta visión científica, analítica y política creada desde el feminismo” (Lagarde, 1996, 13).
Sin embargo, esta visión no ha terminado por permear en los medios de comunicación.
Montse Quesada propone una triple especialización: en contenidos temáticos; en audiencias y en medios. No quiere decir que deba existir una sección dedicada a las mujeres o que sea de género o feminismo; especializarse en un tema puede tener un enfoque transversal en los temas nacionales, internacionales, locales, culturales, deportivos.
Un periodismo feminista habría de distinguirse del periodismo generalista o diarismo que, en la mayoría de los casos, criminaliza las protestas, revictimiza a quienes han sufrido violencias de género. Y también debe apartarse del que es de información selectiva, como la “prensa rosa” dirigida a mujeres, que muchas veces estereotipa.
El periodismo especializado se volvió una asignatura obligatoria en las escuelas de comunicación y a la fecha se mantiene en los planes de estudio. Comenzó a impartirse en las licenciaturas para enseñar a las alumnas y los alumnos la metodología de la especialización periodística. Sin embargo, la mayoría de los medios aún no aceptan sus postulados.
Ser periodista especializada implica ampliar el concepto de actualidad. El feminismo no es el tema de hoy, sino que se ha invisibilizado durante años, pero llegó para quedarse en las agendas mediáticas, en las primeras planas de los periódicos impresos, en las portadas de las revistas, en los sitios web de los medios digitales.
Hacer periodismo especializado con perspectiva de género requiere profundizar en la explicación de un hecho, ya sea en su historia, causas y evolución; por ejemplo, las violencias, los cómos y los porqués de éstas hacia las mujeres. Pero no todo se trata de las víctimas, hay que aprender a reconocer las historias de éxito, a reconocer en los medios a las mujeres y a explicar cómo han logrado romper techos de cristal.
Para hacer periodismo especializado se necesitan fuentes especializadas. Las mujeres no sólo son historias periodísticas, también son expertas a las cuales es necesario consultar en temas de política, economía, cultura, ciencia, tecnología, en fin. Hay que dejar que sean las protagonistas, incluir su expertis con paridad o tanto como se ha incluido la de los hombres, sobre todo en las temáticas que les competen a ellas: maternidad, lactancia, menstruación.
El periodismo especializado debe partir de conceptos teóricos y explicarlos al nivel de la audiencia. En este caso, habría que dar a conocer qué es el feminismo, el feminicidio, partir del género como una construcción social y romper con su sistema binario femenino/mujer y masculino/hombre para tocar temas de la diversidad sexual.
Necesitamos un periodismo feminista que sea inclusivo y expansivo. Es decir, que contemple a niñas, adolescentes, mujeres cis y transgénero. Que además pase de lo local a lo regional, a lo internacional y a lo global.
El periodismo feminista es interseccional y es ahí donde empezamos a considerar además del género otras categorías como la edad (qué está sucediendo con nuestras ancestras, cómo recuperamos sus genealogías), condición social (qué pasa con los privilegios de las mujeres), origen (cómo cubrir a las mujeres indígenas, a quienes son migrantes y descentralizar la mirada).
El periodismo especializado pone especial énfasis en el lenguaje, más aún si la especialización es el feminismo. Hay que resaltar a las mujeres por medio de las palabras, nombrarlas, evitar la discriminación o la invisibilización mediante los plurales masculinos, debemos normalizar adjetivos y sustantivos femeninos que ya existen.
El periodismo especializado con perspectiva de género llegó para quedarse. Algunos medios como The New York Times han optado por nombrar a editoras o corresponsales de género temporales, pues en algún momento deben desaparecer. Eso significará que habremos aprendido que el periodismo feminista es una forma de vida que se teoriza y se practica, que no sólo se plasma en las páginas de un diario o un semanario, sino que las redacciones están compuestas equitativamente por hombres y mujeres, sobre todo en puestos de toma de decisión.
Referencias
Lagarde, Marcela (1996); Género y feminismo Desarrollo humano y democracia, Horas y Horas, España, 244 pp.
Quesada, Montse (2012); Curso de periodismo especializado, Editorial Síntesis, España, 146 pp.