TRANSCULTURACIÓN EN EL MESTIZO PRIMIGENIO: GONZALO GUERRERO DE EUGENIO AGUIRRE.
En esta reseña me dispongo a analizar la obra literaria de Eugenio Aguirre titulada “Gonzalo Guerrero; en concreto analizaré la primera de las ediciones, compuesta de 218 páginas, publicada por la UNAM (si bien la editorial digital es Titivillus), en 1980. Aunque cabe señalar que la obra ha tenido un total de cinco ediciones contando la de 1981 (EDUVEM), 1986 (SEP), 2002, 2012 y 2016, con más de setenta mil ejemplares vendidos mayoritariamente en México.
Destacable es, también, el hecho de que actualmente su precio es muy elevado, consecuencia de que desde la edición de 2016 no se han seguido publicando sucesivamente ejemplares, por ende, si bien su versión en formato electrónico no supera los tres euros, en formato papel, ya sea tapa dura o blanda, se valor se encuentra muy elevado, difícilmente hallable por menos de ochenta euros en tapa blanda y cien, como poco, en tapa dura.
En lo que al autor respecta, Eugenio es originario de Ciudad de México, donde nació el 31 de julio de 1944 y falleció el 16 de marzo de 2023. Ensayista, guionista y narrador fueron sus principales oficios y a los que dedicó buena parte de su vida creativa, si bien cursó derecho y literatura en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Además de redactar su autobiografía, su profusa literatura, entre las que destacan Isabel Moctezuma (2008), Templo de sangre (2016), Los burgueses (2017), hidalgo (2011) o Pasos de Sangre (1986), valiéndose esta última el premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares en 1988; siendo la obra a reseñar gracias a la que fue galardonado con la Gran Medalla de Plata de la Academia Internacional de Lutèce-Paris en 1981.
La obra se aleja de la problemática más tratada de la década en México, es decir, el movimiento de 1968, para ser fiel a su estilo de personaje y concepto, atendiendo a las semejanzas del personaje de Gonzalo comparte con Victoria, de Victoria (2004), como la valentía y/o incomprensión; con Leona Vicario, de La insurgente (2010), en el enfrentamiento a la corona española, la represión y el papel del vencido o con Cantolla, de Cantolla, el aeronauta (2012), véase en la relación con lo autóctono, el coraje al defender al núcleo familiar y su patria o en la marginalización sufrida a lo largo de la Historia.
Hay que tener en cuenta que se trata de una novela histórica, y por ende hay que dilucidar fuentes existentes para analizar al protagonista en cuestión y el contexto narrado. Siendo su primera semblanza la realizada en 1549 por González Fernando de Oviedo, aunque su figura también es analizable en los escritos de Bernal Díaz del Castillo y Francisco López de Gómara. Y, aunque difieren levemente entre sí, los hechos narrados parecen ser claros, y son los utilizados por Eugenio Aguirre para mostrar su idearía sobre la identidad y la esencia humana en esta obra.
En la novela se presenta como protagonista al sujeto que porta el nombre del título de la obra: Gonzalo Guerrero, quien naufraga en 1511 con un velero español en Yucatán junto a Jerónimo de Aguilar y otros miembros. Todos sus compatriotas van muriendo excepto Aguilar, quien a la llegada de Cortés en el año 1519 a las costas decide reunirse con este, a diferencia de Guerrero, ya que este empieza a cuestionarse su identidad y su relativa lealtad a unos conquistadores que no sabe si considerar aliados o enemigos. Generando un conflicto interno (y externo) entre la lealtad a lo tangible y lo inherente a su ser; su familia mestiza y su origen europeo.
Más allá del proceso a través del cual la tripulación queda varada, me parece interesante comenzar analizando la que es una de las esencias de la obra, la dualidad entre Guerrero y Aguilar (un clérigo peninsular), atendiendo al punto en el que estos, tras ser entregados a los Tutuk Xiúes, restan como el último resquicio vivo que queda del navío español. Es aquí donde el autor ofrece una de las ideas clave de la obra a mi juicio: la cruz (Aguilar) y la batalla (Guerrero) no son estrictamente incompatibles a pesar de tener perspectivas diferentes de un mismo suceso, siendo así que se nutren entre sí sin influenciar en la convicción del otro.
Es a la llegada de Cortés a Yucatán cuando ambos simbolismos divergen definitivamente en su posición: Aguilar lo percibe como una salvación y Guerrero como una condena. Son ocho años de aculturación que han dejado honda huella en una personalidad del protagonista marcada por la incertidumbre de su futuro, pero por un presente decidido y a pesar de su convicción anclado a un pasado del que no se puede desligar.
La utilización de la en la narrativa de la transfocalización es muy elocuente en lo referido a la capacidad del interior maya de Guerrero de imponerse a una crónica de del Castillo que aparentemente lo opaca. Esto se aprecia en que el primer y sexto capítulo de los diez que componen la obra son narrados desde la perspectiva del cronista, coincidiendo con las veces en las que Guerrero se halla, en el primer capítulo, consciente de ser español, y, en el sexto, con dudas y recelo sobre los actos que sus ojos presencian, que se expresan a través de la lejanía y desprecio con la que son narrado los sacrificios de los cheles que buscaban remediar la epidemia de peste. La identidad de ambos narradores es exactamente la misma a la vista del lector, sin embargo, la manera de digerir los acontecimientos y, sobre todo, de expresarlos, son, en cuanto a perspectiva, diferentes en la narración en primera y tercera persona.
A través de las pruebas a las que es sometido Guerrero y tras conseguir ascender al rango de Nacom se casa con Ix Chel Can, con quien tiene tres hijos, siendo en el capítulo octavo donde el protagonista confiesa a Aguilar que su ser ya está profundamente enraizado en esa tierra: “Mis afectos, mi amor, están aquí en esta tierra, en esta selva habitada por seres que, a los ojos de nuestros paisanos, son salvajes e idólatras, y que para mí son lo más noble y sensato del mundo… “.
Ante la alegría del clérigo por la llegada de los españoles el flamante chele se siente atormentado y plenamente consciente de que su postura está férreamente sustentada en una familia ya formada como traidora y condenable. En la conservación con Aguilar, Gonzalo expresa que por un lado su conciencia se siente atormentada y culmina con: “Reza por mi alma y olvídate de mi cuerpo.”[4]. Esta manera de expresar culpa en sus acciones y remordimientos es muy elocuente al mostrar cómo en el fondo de su alma (cuya existencia es corroborada por él mismo, y destaca el hecho de que el alma es una concepción que recibe del catolicismo) se considera una especie de traidor.
Un concepto que se aprecia que teme se le atribuya desde el capítulo seis, pero es en el siete cuando se vuelve evidente. Estando la clave, a mi parecer, en el hecho de que la mera concepción de traición (referenciando al mismísimo Judas) lleva implícita la asunción de formar parte del colectivo, en este caso, al que se traiciona. Por ende, aquí el autor expresa cómo Gonzalo Guerrero se siente chele, tiene familia y cargo chele, pero se sabe español, como un elemento étnico del que no puede desligarse completamente el cual está enraizado en las creencias de las que no puede despegarse, ejemplificadas estas en la persistencia de su alma. Es por este ser/no ser a pesar de querer, que Aguilar le considera de una “nueva raza”, una ensalzación primigenia de la etnia mexicana, donde se halla el origen conceptual y étnico de la actual nación; no son europeos, no son indígenas: son las mezcla de ambos, exaltándose Guerrero como un mito fundacional.
De esta manera, Guerrero e Ix Chel Can se contraponen a Cortés y la Malinche, representando el autor la comparación entre una unión fundamentada en el interés y el poder y otra enraizada en el amor y el respeto, siendo él quien recibe la violencia que debía recibir (según patrones establecidos en el proceso de mestizaje posterior) la mujer indígena al someterse a pruebas y abstinencia[6].
Así pues, se trata de un libro de más que recomendable lectura por los sentimientos que consigue suscitar en el lector, consiguiendo esto a través de los capítulos narrados en primera persona, logrando una empatización con un personaje que se sabe traidor, pero convive con una nueva raza, a la vez que crea una nueva surgida de él y que reúne ambos mundos en uno solo: los mestizos. Estableciéndose el protagonista a nivel socio-cultural como el “padre del mestizaje” configurando la identidad mexicana dignificada en su honorabilidad.
Otros temas que deberían suscitar su lectura son la manera de Aguirre de criticar indirectamente la hipocresía del Estado, inclusive, de la sociedad mexicana, en la parcial condescendencia y encasillamiento en el cómputo cultural que supone ser indígena a todos aquellos pueblos en los que enraízan sus orígenes como base para el detesto por lo hispano.
Una obra amena y enriquecedora entre cuyas páginas no se aprenden exclusivamente las referencias históricas desarrolladas con la delicadeza del autor, sino una profundidad transhistórica en la mentalidad del protagonista que conecta con una sociedad mexicana contemporánea a la que le interesa rebuscar en su pasado, y poder así discernir lo indio de lo español y, posteriormente, lo mestizo de exógeno.