Óscar E. Jordán Arandia
El asunto principal de la filosofía ha sido, y aún es, la búsqueda de la verdad. Un concepto que resulta muy difícil de aprehender ya que se suele pensar que "la verdad” es relativa; no es propia de nadie, que cada cual tiene la suya, o bien, se atribuye a un ser superior el conocimiento de lo verdadero y uno se somete al cumplimiento de sus reglas. La verdad, finalmente, o es relativa o inalcanzable o simplemente es atributo de un dios infinito y poderoso (o un extraterrestre).
Creemos, y nos sentimos cómodos con ello, que la verdad es una metáfora literaria, una idea vana que no tiene repercusión en nuestra vida. Pero lo cierto es que si no existiera lo verdadero, tampoco habría la falsedad. ¿Y quién se atreve a dudar de la existencia de lo que es falso, es decir lo que es incierto?
El hábitat de la verdad
Para tratar de encontrar alguna prueba de la existencia de aquello verdadero pongamos, por ejemplo, una idea: "la tierra es esférica”. Esa idea, que por la observación ha sido demostrada, ¿es verdadera? Veamos otra: "la especie humana es mortal”. Pareciera que ambas son afirmaciones correctas y tenemos pruebas empíricas de ello. Pero si decimos: "el ser humano es el único ser vivo que tiene alma”, es muy probable que no todos estén de acuerdo y seguramente habrá muchísimos argumentos en contra de esa afirmación.
En una primera fase, podríamos pensar que la diferencia entre lo verdadero y lo falso está en su posibilidad de verificación, ya que es imposible comprobar si alguien tiene o no alma pero sí podemos demostrar la mortalidad del hombre o la forma esférica del planeta.
Pero, ¿si nada de eso fuese cierto? ¿Y si viviésemos en una realidad tipo Matrix? Para muchos esa posibilidad es absurda pero, aunque el amigable lector no lo crea, en 1637, cuando se publicó el libro El discurso del método, de René Descartes, la realidad en que en ese momento se creía no era la real. Pocos años antes de esa publicación, el 22 de julio de 1633, Galileo, arrodillado ante un tribunal de la inquisición, leía un texto en el que renunciaba a las ideas que había defendido durante toda la vida. La verdad de ese entonces no era la de Galileo ni la de Descartes, aunque ambos tenían razón.
Descartes rompe los paradigmas tradicionales del pensamiento occidental de la humanidad. Y lo hace a través de una estrategia por demás surrealista.
Imaginemos –dice Descartes– que todo cuanto se ha asumido como cierto no lo es. Si el saber del que se ha nutrido la consciencia a través de la filosofía, la ciencias naturales, las matemáticas, la física y, en fin, todas las ramas del conocimiento fuese una falacia; si lo que asumimos como normas morales permanentes no fueran más que arbitrarias y pasajeras posturas valorativas frente al mundo; si es que los hechos fácticos manifestados en la condición natural de existencia de nuestra especie y de los demás habitantes del mundo (llámese cosas, astros, energía, etc.) fuesen una ilusión de nuestro pensamiento; si la vida no fuera más que un sueño con un carácter sensorial tan real como ficticio, exactamente igual a las imágenes oníricas… si todo cuanto es cierto resultara que no lo es, quedaría aún una certeza indubitable: que pensamos. Puede que estemos en un sueño y que nosotros mismos seamos aquello soñado por otro, pero no obstante estamos pensando y si hay pensamiento hay un alguien que piensa y ese alguien es uno mismo. Cogito ergo sum, pienso, por lo tanto existo.
La certeza del cogito es una certeza que proviene de un método de indagación, elegido entre muchos para acercarse a la verdad. El discurso del método es pues una forma de acceso al yo a través de la duda metódica. En estos días la ciencia se sirve de este método para fortalecer teorías que de otro modo serían inconsistentes.
La identidad de lo moderno
Cuando Descartes se dijo así mismo cogito, ergo sum, lo que hizo fue consolidar la afirmación del sujeto y permitió así el inicio de lo que llamamos la modernidad. En ella el hombre se coloca en el centro del mundo, se afirma y logra vencer milenios de tradición. El sujeto se identifica consigo mismo, tiene seguridad de su condición. En él encuentra una garantía de verdad, de fortaleza, de resistencia, de conocimiento.
Sabemos todos que las diferentes etapas en la historia de la humanidad no llegan de forma abrupta y repentina, sino como fruto de una transición. La modernidad resulta de una larga trasformación, cuyo primer escalón podría ser Lutero (1483-1546), con sus importantes reformas en el ámbito religioso. Pero es innegable que con René Descartes el paso de la modernidad se vuelve rítmico y constante, para transformarse luego en una estruendosa carrera de velocidad.
Entonces aparece el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que se estrella contra las ideas modernas, medievales y antiguas. Mueve la alfombra en la cual se sostiene la historia y afirma que no hay verdades absolutas, que todo es sólo una "interpretación”, y que además toda afirmación "científica” es, en el fondo, fruto de un pensamiento moral.
Con él se pone en duda las verdades absolutas (lo bueno, la verdad o la justicia) y la ciencia actual se sirve de ello, ya que no podría actuar sin la premisa de que existe algo que es verdadero —aunque fuese de manera provisional— o por lo menos que es menos falso que otra cosa. De lo contrario, ¿cómo podríamos separar lo que es cierto de lo que no lo es?
Cuando confesé que mi carrera sería la filosofía mucha gente me dijo: ¿Filosofía y letras? ¿En serio? ¿Y de qué vas a vivir? En honor a la verdad, todavía no sé de qué cuernos uno consigue sobrevivir con el oficio de filósofo, pero estoy seguro que sin una reflexión filosófica es imposible entender al mundo. Y aunque la verdad no sea aún comprensible, sabemos que, al menos, podemos tratar de alcanzarla a través de un ejercicio filosófico.