(Fragmento)
Tiene un cuerpo suave. Piel blanca, cremosa; espuma de mar que se violenta; piel de agua que hunde la manos de Pedro en sus cavernas rojas y calientes.
Mar de aguas calientes…
—¡Qué suave es el mar del cuerpo!
Andrea abre los ojos para mirar el día que llega. La sábana de seda se confunde con su piel —ambas blancas y suaves— y toca el cuerpo que también es cremoso. Ella duerme desnuda para que la noche la bese recorriéndola entera; por unas cuantas horas es carne de la oscuridad plena. Las manos de Pedro tocan los senos duros. Andrea responde al contacto con esa mirada cristalina como el océano de violenta y concupiscente espuma. Andrea abre las piernas y Pedro se acerca para anidar en aquella guarida.
La marea sube de intensidad y produce olas que hacen temblar el cuerpo entero hasta dejarlo exhausto. Entonces todo se calma, se apaga. Pedro acaricia la carne desnuda.
— Te quiero —dice él.
— ¿Me quieres? —pregunta ella.
— Te quiero, Y tú ¿me quieres?
— ¿Y tú me quieres? —vuelve a preguntar.
Lentamente ella se levanta. Abre el grifo y el agua recorre hasta el último pétalo de aquella flor nueva. Él sale de la habitación, cruza la puerta y empieza a transitar el habitual camino, el sendero de siempre.
Las calles por las que va pasando se ven oprimidas en una cáscara de cemento; finitas, pesadas, secas y muertas. Opresivas también cuando el andar lento y tortuoso se vuelve por el espacio que se cierra, transformando la atmósfera en densa y espesa. En medio de ellas se cobija la casa donde él todos los días se dirige. En ella trabaja intensamente para formar una nueva estructura y construir un jardín dentro.
Llega a la esquina. Se detiene para mirar la apariencia de aquel espacio hermético.
Un pesar lo gobierna.
— Falta tanto por hacer. La fuerza que para acrecentarse necesita siglos en cualquier hombre debo sintetizarla en algunos años de existencia. Se requiere mucha voluntad para poder reconstruir esta casa. Hay que organizarla otra vez, armarla de tal forma que llegue a ser una nueva creación, más hermosa. Tiene que tener un jardín, no puede ser hermética como estas malditas paredes. Tengo que culminar mi obra, no quiero padecer ante mi propia fuerza. Necesito juventud, sólo así el vigor podrá sobrellevarse. Debo detenerme en la juventud durante el tiempo que conlleve la existencia. Y así, sólo así…
Toma valor y avanza hasta llegar a la puerta. La puerta es de madera pesada; grita de horror cuando la mano de Pedro la empuja. Al abrirse cruje, gruñe, escupe un grito seco; luego el silencio deviene aislando de la luz del espacio de afuera que no logra entrar al de Pedro.
— ¿Qué hay en esta casa? Nada sino yo mismo. Sin día, sin noche… ni luz ni oscuridad. Sólo yo, como un círculo vicioso que se absorbe y consume. Yo, como una fruta en putrefacción. ¿Yo? También es nada.
Siente un hueco, un vacío.
— Me falta un pedazo que alguien debe llenar.
Dolor y espanto conlleva el estar ausente del afuera, en el espacio interno que nos habita, aislados de toda circunstancia. Solamente los ojos capaces de abandonar el afuera pueden mirar y penetrar los jardines que se van construyendo toda la vida.
Para los hombres que saben destrozar los muros que los encierran y marchitan fundidos en una cadena, el jardín existe.
— En este lugar indefinido mi jardín está creciendo. Será un espacio único para ser habitado con ella y lo veo surgir entre mis manos, con mis manos.
Está el sentido de su existencia en aquella casa donde se oculta el jardín todavía indefinido. Es como un palacio que tan sólo tiene sentido con una reina que lo habite. Andrea es parte del jardín; de alguna manera, ella es el jardín.
Toma un martillo y observa los muros que no le agradan. Las manos duras y fuertes empuñan el mango decididamente, con fuerza, como si quisieran ellas ser también martillo, tratando de fundirse en el mazo del hierro.
Un impulso. Un golpe que destroza el silencio. Un grito.
— ¡Andrea!
La mirada de Andrea brilla como el sol en el agua. Cada rincón del espacio de su cuerpo es juventud, vida, suavidad y dulzura. Tranquilidad y calma se respira ante aquella presencia y belleza que en toda su piel recorre.......