Esa primera semana en Santa Bárbara no fue lo peor.
La segunda semana se cayó de cabeza
por beber justo antes de una lectura.
En la esquina del bar, aquella misma semana, ella le quitó el micrófono
de las manos a la cantante y susurró
su propia canción de desamor. Luego bailó. Y luego se cayó redonda
sobre una mesa. Pero eso no fue lo peor, tampoco. Los metieron
en la cárcel esa misma semana. No conducía él,
así que le ficharon, le dieron un pijama
y le encerraron en Detox. Le dijeron que intentara dormir algo.
Le dijeron que podría ver a su mujer por la mañana.
Pero cómo iba a dormir si no le dejaban
cerrar la puerta de su habitación.
Entraba la luz verde del corredor
y se oía llorar a un hombre.
A su mujer le habían pedido que dijera el alfabeto
en el arcén, en mitad de la noche.
Eso ya es bastante raro. Pero los polis le pidieron también
que mantuviera el equilibrio sobre una pierna, que cerrara los ojos
e intentara tocarse la nariz con el índice.
Se negó a todo.
La encerraron por resistencia a la autoridad.
Él pagó la fianza cuando salió de Detox.
Condujeron de vuelta a casa hechos una ruina.
Pero eso no es lo peor. Su hija había elegido aquella noche
para marcharse de casa. Dejó una nota:
“Los dos estáis locos. Dadme un respiro, POR FAVOR.
No me sigáis”.
Pero esto todavía no es lo peor. Seguían
creyendo que eran el tipo de gente que decían que eran.
Respondiendo a sus nombres.
Haciendo el amor con sus nombres.
Noches sin comienzo que no tenían final.
Hablando de un pasado como si realmente lo tuvieran.
Diciéndose a sí mismos que el año que viene,
el año que viene por estas fechas,
las cosas iban a ser diferentes.