Carmen, ese 30 de febrero, decidió salir muy temprano en la mañana, con el perro amarrado a la correa porque se le reventaba la vejiga al animal, y no quiso quitarse el pijama porque no creyó que algunos de sus vecinos estarían ya en las ventanas tomando café. Salió con el cabello recogido, su bata corta amarilla, los pies en chanclas y la boca a medio cepillar. Llevaba tantos meses divorciada que se había acostumbrado a no tener que despertarse en las madrugadas a hacer desayuno, ahora solo salía a las siete de la mañana para que Cesar, su perro, cagara en el pastizal frente de su casa, a la orilla del río. Pero ella pudo notar una extraña bolsa gigante cuando se acercó. De un color amarillo, amarrada con varios nudos, parecida a las bolsas del supermercado, llevaba un letrero de cartón amarrado en una de sus orillas, pero como era ciega no pudo leer lo que decía. Tuvo que regresar a la casa por sus gafas para poder ver a la distancia.
Se dio cuenta de que el mensaje estaba escrito con marcador negro: “Esto le pasa por rata”, decía el letrero. Carmen se asustó, la bolsa estaba limpia en su exterior, no pudo llegar a una sola idea de lo que podría tratarse. Entonces motivó a Cesar para que se acercara y, con los dientes de su hocico, la rompiera para ver su interior. El perro fue hasta la bolsa y la olió, emocionado, pero no le acercó la boca y tampoco se interesó en ella, mejor se distrajo con un pájaro que le voló cerca y se fue corriendo para perseguirlo. La mujer tuvo que llenarse de valor, decepcionada de su mascota. Decidió meterse al pastizal que le rascaba los pies pocos cubiertos y con sus dedos torcidos, que temblaban por la vejez, comenzó a zafar los nudos. El primero le pareció el más sencillo, luego el segundo la obligó a tener que concentrarse y en el tercero llegó a considerar usar la boca para poder soltarlo. Al abrir la bolsa amarilla se llevó la sorpresa de encontrar en su interior otra bolsa, oscura, mucho más ajustada, pero con un solo nudo, pero a este sí se le podía ver una forma deforme, mal embutida, que la llevó a pensar que lo único que estaba abriendo ella era la basura de un vecino descarado para no llenarse de nervios.
No quiso soltar el nudo, abrió la bolsa con sus dos manos en un arranque de pérdida del asco y rasgó el plástico. Casi lo empuja al borde de la corriente sin querer. Un hedor familiar le golpeó la nariz y sus ojos se partieron en dos cuando lo primero que vieron fue un cuello sin cabeza que aún goteaba sangre. Gritó tan fuerte del susto que su perro regresó ladrando, alertado por el ruido, y los vecinos que estaban dormidos salieron a las puertas preocupados por la vecina. En minutos todos los del barrio se acercaron al pastizal para ver el cadáver incompleto. Un hombre desnudo que habían empacado en pose fetal en la bolsa. Todos se habían puesto de acuerdo para sacarlo de la bolsa y extenderlo en el suelo para observarlo con más detalles, más precisión, más morbo. Tenía el miembro retraído y peludo, le faltaba uno de los dedos del pie, y su piel era clara, pero no lo suficiente para considerarlo como alguien blanco. Pero lo más preocupante para todos ellos era saber dónde estaba la cabeza. Leyeron el letrero y supusieron que se debía a un ajuste de cuentas, los resultados de los malos negocios.
Una mujer llegó llorando hasta el lugar, horrorizada, era tan gorda que sus piernas parecían quejarse al soporte de su peso y tenía el pijama puesto también, unos pantalones cortos con blusa de tiras que le hacían colgar los senos enormes. Se lanzó hacia el menudeado y, apoyada en un hombro, decía, entre bramidos, que ese cuerpo era el de su hijo menor, Miguel, que había salido la noche anterior casi a las once a jugar un partido de fútbol y que no regresó a la casa; aparentemente se había llevado una mochila con ropa porque ella, al revisarle el cuarto, se dio cuenta de que el armario estaba prácticamente vacío. La mujer se desveló toda la madrugada, pero nunca tuvo información sobre el paradero de Miguel, hasta esa mañana que escuchó del cuerpo. Supo que era su hijo porque le vio el tatuaje con forma de ave sobre el brazo izquierdo, un dibujo que terminaba convertido en la forma de un reloj. La mujer lloró tanto que había empezado a hablar del funeral, de enterrarlo en ese mismo suelo, pero cortó sus lágrimas repentinamente cuando vio que el cuerpo sin cabeza tenía un piercing en el medio del ombligo: “Este no es mi hijo”, dijo. Y se levantó del suelo asqueada por el muerto.
Entonces uno de los vecinos, de los que ayudó a sacarlo de la bolsa, gritó desgarrándose la garganta y se lanzó al suelo mugroso llorando, diciendo que ese cuerpo era el de su sobrino el marica, Kevin, que llevaba desaparecido cinco días, y tenía esa perforación en su ombligo, un dije colgante con forma de gato rosado. El hombre explicó que el hijo de su hermana era un muchacho muy fiestero, que le gustaba estar con hombres mayores, que había escuchado que sus amigos le decían “el gallito” cuando pasaban por la casa y lo saludaban. Confesó que estaba seguro de que la desaparición de su sobrino tenía que ver con un secuestro y lloró mientras se revolcaba en el pasto. Pero Carmen le preguntó qué le había ocurrido en el estómago, pues tenía la cicatriz de una operación que le subía del ombligo al pecho, a lo que el hombre indiferente se levantó para meterse de regreso a su casa y decir que no, que su sobrino no había tenido ninguna cirugía, que el descabezado no era de él.
De inmediato el teléfono de uno de los asistentes comenzó a sonar, no se detuvo hasta que lo contestaron, la voz de otro hombre al otro lado del teléfono se escuchó, desesperado. Lo pusieron en altavoz para que todos lo oyeran. El cuerpo era de Daniel, su hermano pequeño, que lo habían operado hace dos años de unos cálculos en el estómago y tuvieron que abrirlos porque las piedras eran del tamaño de un puño. Explicó que su hermano había salido muy temprano en la mañana a comprar unas arepas, pero que no había regresado, no habían desayunado todavía, y estaba seguro de que algo malo le había pasado. Preguntó que, si el cadáver tenía dos dedos del pie derecho sin uñas, entonces Carmen revisó, pero todas las uñas estaban bien, completas, hasta pintadas de color rojo. Al instante el hombre en la llamada se retractó y dijo no conocer al descabezado, su hermano era daltónico y no podía diferenciar los colores, colgó.
Una mujer que pasó por el lado con su perro se asustó al ver al muerto y preguntó quién era, pero nadie supo qué respuesta darle, así que ella se concentró en detallarlo para reconocerlo y sí, pudo dar con sus sospechas, ese hombre sin cabeza era su ex amante al que su esposo le había amenazado tantas veces con mandarlo a matar. Lo alcanzó a reconocer por el anillo de compromiso que llevaba en la mano derecha y que ella, con su dinero, le había comprado. Oscar, se llamaba el muchacho, y no lo veía hace un año porque su señor esposo los pilló metidos en el baño de la casa mientras se enjabonaban y lo sacó de la casa con el golpe de la correa de su pantalón. La mujer le contó a todos los del barrio su historia romántica, conmovida, hasta que empezó a hablar de las cosas que hacían en la cama, sus poses, la manera en que ese muchacho le mordía los senos, hasta el enorme tamaño de su miembro. Cuando lo señaló se quedó callada, se rio, burlándose de lo pequeño que era el pene del muerto y pidió disculpas, pues ese cadáver no era el de su amante.
Cuando la mujer se fue, muerta de risa, la gente se propuso guardar el cuerpo otra vez en la bolsa y lo tomaron por las extremidades para levantarlo. Metieron la primera pierna y al levantar la segunda otra mujer, que lo estaba cargando, dio otro grito desesperado. Una marca de nacimiento, dijo, que la marca era de su hijastro. Una mancha en uno de los muslos, con forma de manzana, se parecía al inicio de un vitíligo. La mujer soltó la pierna de inmediato y los vecinos tuvieron que agarrarlo con fuerza para que no cayera al suelo. “Víctor, Víctor, Víctor”, gritaba. Contaba que el hijastro había salido a trabajar en una finca ya hace un mes en Ocaña, pero que desde su viaje nunca se comunicó con ellos, nunca los llamó, tampoco les mandó plata; tenía el presentimiento de que había muerto, porque cuando leía las cartas un espectro siempre se le aparecía en las visiones. Estaba muy segura de que ese era el muchachito. Nadie dijo nada, todos los espectadores se cerraron al silencio esperando que la mujer, abrumada, tomara conciencia de que ese no era su hijastro, como había ocurrido con los otros, pero nunca se negó, tampoco se tomó el tiempo para revisarlo.
Satisfechos todos con el veredicto del cuerpo, sabiendo que el descabezado tenía familia, siguieron con la tarea de empacarlo a la bolsa. Pero el cuerpo no cabía, sus extremidades ya se habían endurecido. Uno de los vecinos propuso darle la vuelta para que cupiera mejor. Así que lo voltearon hacia la espalda y se encontraron con otro tatuaje, inmenso, en toda la plancha de la cintura: “Carmen”, tenía tatuado en cursiva. La mujer dejó de llorar. La atención se puso sobre Carmen que, por asco, no estaba ayudando a empacar el cuerpo. Así que se acercó al muerto para repararlo, ahora sí podía verlo sin ganas de vomitar. El cadáver habría de tener unos días de guillotinado porque ya tenía manchas moradas en la carne, empezaba a inflarse, pero no fue capaz de reconocer el cuerpo, ni el tatuaje, y tampoco las otras cosas por las que los demás lo habían descartado.
Carmen no encontró en aquel hombre sin suerte ninguna similitud familiar, pero sintiéndose en la obligación con él, por llevar su nombre tatuado, propuso comenzar a montar el funeral ahí mismo, en el pastizal, con el ruido de la corriente del agua arrullándolos. Nadie se opuso, ni siquiera siguieron intentando guardarlo en la bolsa. Empezaron a sacar de las casas las sillas de los comedores, una olla para el café, se trajeron todos los ramos de las salas y los espejos también. Un vecino llevó una mesa larga para poner encima el cuerpo. El funeral estaba casi listo. Solo faltaba ponerle ropa al muerto. No tuvieron más remedio que velarlo sin la cabeza, le pusieron una piña en el cuello en su reemplazo. Pero uno de los vecinos gritó, espantado, tapándose los ojos aterrados. Carmen y los otros corrieron hacia él, a la orilla del río, y vieron que con uno de sus dedos apuntaba al agua que arrastraba algo, una cosa flotante, era la cabeza que le faltaba al muerto.
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