Ella estaba dentro del congelador. Llevaba un mes ahí metida. El cuerpo ya tenía un color amarillento, con algunos hematomas negros entre las costillas y las piernas. Conservaba algo de cabello, poco, y estaba repleto de astillas blancas de hielo. Le insistí a mi madre y a mi abuela que no lo hicieran, que no era humano, que estaba mal. Solo con verla extendida sobre la mesa se me revolvía el estómago. La carnicera era una mujer gorda, india, de unos cuarenta años que, al igual que yo, también se negaba a hacer su traba y suplicaba, con la misma repugnancia, olvidar el asunto e irse a su casa. Pero ellas no daban el brazo a torcer: necesitaban alimentar una fiesta completa, casi treinta personas, y no había dinero para la carne.
Entonces la mujer, con su cuchillo afilado y una arcada sostenido dentro de la boca, dio el primero golpe y le cortó uno de los brazos. En vez de salir un río de sangre roja de la extremidad, lo que brotó fue un líquido verde, viscoso y de mal olor que confirmaba el estado de putrefacción en el que estaba. Abrió la carne desde la muleca hasta el antebrazo. “Por el nivel de desnutrición no es que se pueda sacar mucha carne”, insistió ella. “Lo que se pueda sacar funciona, así sea para rellenarlo con arroz”, respondió mi madre. Impaciente, me senté en el suelo a llorar, horrorizado. Mi abuela mantenía la mirada fija en la mesa; parecía que no prestaba atención, que sus ojos no creían lo que estaban haciendo, pero nunca le vi una lagrima.
Mamá insistió en hacerle una incisión en el estómago hinchado, que parecía estar más gordo que las demás partes. La carnicera predijo que ese volumen no se debía a una mejor carnosidad, sino a los gases del cuerpo, al líquido recogido; pero mi madre no quedó satisfecha hasta que vio la barriga abierta de par en par. Para lograr retirarle las entrañas y decidir qué servía o no por su estado de descomposición, empezaron a fracturarle los huesos. Crujían como un palo seco; no tenían fuerza. Así, perdiendo el asco de a poco, la carnicera empezó a desmembrarla y a separar lo que lograba recuperar para la comida: el hígado para fritarlo, las tripas para hacer rellena, carne de las piernas y el pecho para molerla, orejas y vísceras para un caldo. Al final, lo único que no utilizaron fue la cabeza, una de las piernas y los senos. Lo que se llenó de larvas mientras se descongelaba fue desechado a la basura.
Cuando vi que empezaron a llevarse la carne, fijé de regreso la mirada en mi abuela. Estaba sentada en la silla, con los labios apretados. Sentí su incapacidad y la culpa. Su propio asco. Y la comprendí, con una simpatía inútil: yo tampoco sabría qué hacer si viera que han comenzado a despedazar todo el cuerpo de mi difunta madre para alimentar a treinta personas en una fiesta.
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