Cuando comenzaba a amanecer, Julio se levantó de la cama, fastidiado por el ruido. En la madrugada se escuchó un estruendo de ollas cayendo en la cocina. Eran las cinco de la mañana; la neblina en la calle era espesa y el suelo de la casa estaba frío. No quiso despertar a su abuela, pues pensó que los ruidos podrían deberse a los perros de la casa, que hambrientos, estaban buscando comida. La casa García, de dos pisos, parecía gigantesca desde afuera, pero era pequeña en su interior, con paredes de barro, madera y ventanales rodeados de jardines floridos. Julio bajó a la cocina medio despierto, oliendo su propio aliento en los bostezos cortos. Inquieto, se asomó por detrás de la pared y desde aquella distancia logró ver a un fantasma agachado moviendo los platos y las ollas. No pudo reconocer quién era; la figura espectral era deforme. Pensó que quizás había entrado por alguna ventana que habían dejado abierta la noche anterior y, espantado por el frío, buscaba calor dentro del hogar.
Julio entró a la cocina, se sentó en la mesa con formalidad y le preguntó: “Disculpe, ¿qué está buscando?”. El fantasma volteó a verlo, pero el niño no pudo reconocerle la cara. Tenía un rostro de facciones marcadas, era un hombre alto y las cuencas de sus ojos estaban vacías, casi alcanzaba con su cabeza la alacena colgada en la pared. El pequeño niño no recordaba haberlo visto antes. “El chocolate, mijo. ¿Dónde guardan el chocolate en esta casa?”, preguntó el fantasma. Continuó lanzando ollas y platos que se quebraban al caer al suelo. Julio abrió la nevera vieja, sacó una bolsa blanca con pastillas de chocolate sin azúcar y la puso sobre el mesón, evitando tocar al espectro con sus manos. “Siempre lo guardan en la nevera para que las hormigas no se lo coman”, explicó. El fantasma, quejándose, subió una olla a la estufa y la encendió con un soplido. La llenó hasta la mitad con agua, vertió todas las pastillas de chocolate y, con un molinillo, comenzó a batir la mezcla para hacer espuma.
Julio lo miraba desde la mesa, con el estómago rugiendo de hambre. Le pidió al fantasma que le preparara unos huevos revueltos. El espíritu, sin poner problema, tomó cuatro huevos de la gallina de cerámica que estaba en la mesa y los comenzó a revolver en un sartén viejo y arañado por los tenedores. No les echó sal ni les quitó la cáscara. El niño gritó preocupado al ver lo que estaba haciendo, pero el fantasma no interrumpió su concentración en el chocolate. “¿A usted le gusta el chocolate con leche o con agua?”, preguntó el fantasma. “Con leche; el chocolate con agua no sabe a nada”, respondió Julio. “Pues se jodió…”, respondió el espíritu. “En esta casa no hay leche, así que le tocó tomárselo con agua”. Julio insistía en querer reconocer el rostro del fantasma, pero nada le parecía conocido. Pensó que se trataría de algún familiar, pero extraña sería su llegada sin invitación previa; descartó la idea de que fuera algún tío o su propio padre, porque el espectro nunca lo llamó por su nombre. Sin ninguna discreción, se atrevió a preguntarle: “¿Quién es usted? ¿Quién lo invitó a entrar a mi casa?”. La extraña entidad, al escuchar la pregunta, se detuvo en la cocina, dejó de mover los huevos y con una voz angustiada le habló sin mirarlo: “Mijo, ¿no fue usted quien dejó la puerta abierta para que yo entrara?”. “No, yo no he abierto ninguna puerta ni ventana”, respondió Julio.
El fantasma, despavorido, salió corriendo de la cocina dejando el chocolate y la comida olvidados. Se movía entre los muebles de la casa, aterrorizado, derribando todo lo que encontraba a su paso: fotografías de las paredes, sillas, cortinas. Ya era el mediodía y la figura de la entidad se hacía menos visible por la luz que entraba de las ventanas. Desesperado, entró al patio de la casa y tiró las jaulas de los pájaros, haciendo que volaran descontrolados por la casa sin poder escapar. Julio lo seguía, con pasos torpes, mientras el fantasma se movía rápidamente al segundo piso y azotaba las puertas de los cuartos. Los pájaros subieron desesperados y se metieron en las habitaciones; el fantasma entraba y movía todo a su antojo. "¿Dónde está? ¿Dónde la guardaron?", preguntaba, pero no permitía que el pequeño le respondiera. Julio se preocupaba por el ruido, temiendo que su abuela se levantara para regañarlo por el desorden. Los perros ladraban desde abajo. "¿Quién busca? ¿A quién está buscando?", preguntaba él y los pájaros respondían: "¡A LA YAYA! ¡A LA YAYA!".
Ya era de noche; el cuerpo del fantasma se hacía luminoso como una vela. Al tocarlo, no se sentía ni calor ni frío, no se sentía nada. Julio abrió la puerta de la última habitación, al saber a quién buscaba el espíritu, y se encontraron con una cama vacía bien tendida. Solo quedaba el aroma de la Yaya que ya se había levantado hace rato sin que ellos se hubieran enterado. El fantasma se acostó en la cama como si fuera un muerto y pidió a Julio que lo arropara con una cobija: se lamentaba mientras se revolcaba en la tela y decía haber tardado mucho para ver a su amada antes de su muerte. Y Julio se alegró al creer que el fantasma era su abuelo, se emocionó y al mismo tiempo se lamentó el no haberlo reconocido apenas lo vio en la cocina. Pero cuando quiso llamarlo por su nombre una voz femenina les gritó desde la cocina; era la abuela. Gritó el nombre del niño y el del fantasma: "Rogelio", dijo, "¡Rogelio, deja tu escándalo y ven aquí!", el niño se extrañó cuando escuchó el nombre, su abuelo no tenía llamaba así. El fantasma saltó de un brinco y salió por la puerta, ya que no podía atravesar paredes.
Al entrar en la cocina pillaron a la Yaya rodeada de pollos amarillos, que nacieron de los huevos olvidados en el sartén y brincaban de la mesa al mesón. Ella estaba vestida con un pijama blanco y unas trenzas de cabello gris que no le sobrepasaba los hombros. Puso los dos platos en la mesa. El desorden de la casa aún permanecía esparcido por el suelo; el chocolate se había convertido en barro y le había dado lugar a una planta. “Rogelio, la próxima vez que lo invite a la casa a comer, no venga a desordenarme la cocina”, alegó la abuela. Julio los escuchaba y al fantasma se le dibujaba una sonrisa sin dientes mientras acariciaba con sutileza la mano de la Yaya. “Disculpe, mija, la costumbre. Uno puede pasar treinta años en el otro lado y, cuando regresa, lo primero que quiere hacer es comportarse como si estuviera vivo”, explicó Rogelio. “¿Muy buena la vida por allá?”, preguntó la abuela. “No hay de qué quejarse”, respondió el fantasma. “Preferiría venir a comer maduro y queso todos los días, pero ya sabe, es mejor estar por allá que andar penando”.
La abuela se sentó en el medio de los dos, untó la arepa con mantequilla y miró a Julio a la cara. Notó que tenía una expresión de extrañeza en el rostro. Le preguntó a su abuela, con la mirada, por la identidad del fantasma y no fue sino hasta que la Yaya terminó de comer que entendió lo que su nieto quería preguntarle: “¡Ah! Julio, es verdad”, comenzó a explicar. “Eras muy pequeño para acordarte de él. Te lo presento: él es Rogelio, mi amante”.