En abril, Mariela cayó enferma en su lecho. Sin aviso previo, se vio tendida entre la lencería de la cama durante varios meses, como si tuviera una mala gripe; olvidó hablar por completo. Solo era capaz de pronunciar balbuceos poco claros, imitaba sonidos de pájaros y con su boca formaba burbujas de saliva que flotaban hasta explotar. Las hijas se asustaron al ver a su madre en tales condiciones sin mejora notoria. Mientras Mariela estaba enferma, la casa tomó una apariencia de deterioro y olvido: las paredes se cubrieron de musgo verde y el techo se agrietó sin arreglo posible. Cada vez que alguien intentaba cubrirlas, casi al instante, la grieta volvía a surgir. Desde que Mariela enfermó, dentro de la casa, la noche fue continua, aunque fuera de ella el sol alumbrara. Padecía de fiebres altas, tan altas que las almohadas se quemaban cuando reposaba su cabeza en la tela. Ningún remedio funcionaba: los brebajes de ramas y las sopas hirviendo no hacían efecto. Para su marido y sus hijas era imposible dormir; los fantasmas de sus antepasados llegaron en la noche e insistieron en que había que curar a Mariela lo más rápido posible. Mamino, Arquimedes y Carmelita rondaban el cuarto de la aquejada con severa preocupación. Los familiares difuntos se sentaban en el comedor para conversar hasta que amaneciera, pero como el sol no llegaba a la casa, la noche se volvió extensa y Ruby, la hija mayor, tenía que bajar constantemente para callar a los fantasmas pidiendo que dejaran la conversa para poder dormir. Los Gómez Giraldo decidieron acudir al curandero del pueblo: Pedro Rengifo, un hombre que había escapado de la ciudad para dedicarse a la medicina tradicional y que había curado los males de ojo y otras enfermedades de la gente. Al llegar a casa, los fantasmas lo recibieron con chocolate y pan fresco, y le avisaron que pronto el sancocho estaría listo, sugiriéndole que era mejor no llenarse comiendo pan porque el fantasma de una de las primeras tías muertas había estado casi cincuenta años sin cocinar y había preparado una olla de caldo gigantesca.
Mariela se encontraba en la primera habitación de la casa, tendida. No se podía andar descalzo sobre el suelo del cuarto porque la fiebre había calentado demasiado el lugar. Era tanta la temperatura que el agua se evaporaba al instante de ponerla sobre la mesa de noche.
—¿Desde cuándo Doña Mariela se encuentra enferma? —preguntó el curandero.
—Casi dos meses. Llegó del mercado cansada, con mucho sueño, dijo que se iría a dormir y desde entonces no se ha levantado, ni habla, y poco a poco los familiares fueron llegando preocupados por su estado. Le hemos preparado muchas sopas y bebidas, pero ninguna nos ha ayudado —respondió Ruby.
—¿Sabe por qué ninguno de sus remedios está funcionando? —Pedro supo al instante la razón—. Lo que pasa es que su mamá no está enferma, ella tiene una brujería encima.
Ruby quedó perpleja al escucharlo y aunque quiso acercarse a su madre, cuando intentó tocarla su piel se quemó. El curandero le pidió urgentemente que todos los familiares rodearan la casa, los cuartos, las puertas y los rincones posibles con azúcar blanca, y que contrario a lo que habían estado haciendo los últimos días, era necesario dejar las ventanas y las puertas abiertas para que la bruja llegara por la azúcar. A la casa no podría entrar ni salir ninguna persona o fantasma; solamente la bruja tendría la capacidad de ingresar a ella.
Pasaron más semanas. Los fantasmas siguieron cocinando, Mariela no se levantaba de la casa y Bernardo se disponía a regar más azúcar todos los días esperando a la bruja. Al mes ocurrió el suceso: por la mañana, una extensa fila de hormigas negras entró a la casa marchando una tras otra y guiadas por la azúcar blanca rodearon todos los rincones sin separarse. Marchaban y se escuchaba el murmullo de sus antenas; la familia miraba todo el espectáculo desde arriba, subidos a la mesa del comedor. Todas las hormigas del pueblo se encontraban disfrutando del festín y tras ellas venía Rosa del Carmen, la vecina, gateando en cuatro patas imitando a los bichos que habían entrado antes de ella. Con sus manos recogía desesperada la sacarosa, guardándola en sus bolsillos, en el medio de sus senos y metiéndola en su boca. Sin separarse recorrió toda la casa. Rosa del Carmen era la vecina con la que Mariela conversaba casi todas las mañanas antes de ir al mercado y a veces se juntaban por las tardes en la casa para tomar tinto. Bernardo y sus hijas quedaron atónitos al ver a la mujer entrar como un animal por la puerta. El curandero se presentó en la casa sabiendo que esa mañana la bruja llegaría. Desde la puerta, continuó esparciendo azúcar blanca que traía en sus manos, creando un camino hasta la plazoleta del pueblo, logrando que las filas de hormigas lo siguieran para que Rosa llegara hasta donde él se encontraba.
—¿Necesita más azúcar, Carmen? —le preguntó cuándo la mujer terminó de recorrer el camino y quedó arrastrada a sus pies.
La bruja se vio así misma estupefacta con el cuerpo endulzado, rodeada por los bichos. Pedro, enojado, la levantó tomándola de un pie para colgarla desde su mano.
—¡Yo no soy culpable de nada! —gritó.
—¡Bruja! —le dijo. La gente se amontonaba para ver cómo Pedro tenía a Rosa colgando boca abajo—. Una mujer envidiosa es lo que usted es, sinvergüenza, capaz de hacer enfermar a alguien por envidia.
Las hormigas rodearon al curandero y comenzaron a girar en círculo; el murmullo que traían se escuchó fuerte. La bruja se sintió avergonzada, el azúcar le cayó de todas partes, y se resistió a admitir la verdad. El curandero empezó a sacudirla como si fuera un viejo trapo para que la verdad saliera de ella; fue así como de su boca comenzó a confesar: 'Yo soy, yo fui la culpable de que la mujer de Bernardo cayera enferma en la cama con fiebre. Yo le dejé una araña infectada sumergida en su café para que terminara dormida por el resto de su vida. Yo soy la bruja, yo lo hice”. Luego de escucharla, Pedro la soltó, dejándola caer de rostro contra el suelo. Las personas empezaron a gritarle: “¡Bruja!”, haciendo que Carmen se fuera abochornada a su casa, y tras ella la fila de hormigas, que a partir de ese momento nunca se separaron de ella.